4 de la madrugada

Para Artl desde hace días, noche si noche no, al salir del garito de Puerredon, 23 se marchaba con María R. Intentaba frenar ese deseo que le dominaba. Esos meses alrededor de la cama le ponía de los nervios. ¿Describirlo? Ni se atrevía, siempre comenzaba al abrir su puerta y atravesar la salita al lado del teléfono, apretándose los dos, el aparato por el suelo, luego abrazados mientras la ropa caía aquí o allá y esa traicionera curva de la pared antes de dar con la cama. Más de un día se dislocó el hombro para pasar por el giro que tenía una repisa pequeña con la imagen de la virgen de Lujan y dos lucecillas que yacían por el suelo. ¿Y en la cama? Sexo, una manera de aferrarse a sus labios y dejar que le revisaran sus muslos, o su pirueta para zafarse y ver si sus senos tan duros y rectos le empujaban hacia atrás. Y ¡prisionero! Como se sentía al verlos tan turgentes y acechándole. No era capaz de confesar a ningún amigo que aquello tan repetitivo y animal acababa con una tableta de chocolate rozándole en los cantos, ¡los suyos! Y resistiéndose ante ese rasguño lento, pícaro que iniciaba María en su espalda y terminaba en una invitación ácida. Debía detener esta entrega nocturna. Debía alejarse un mes o más. Pensar… ¡que narices significaba este dejarse ir! Por ello busco en su departamento, un lápiz. ¡Estaba todo revuelto! Como si llevara una vida forzada de trabajo y sexo inclinado al delirio. Escribió:

“¡Basta!” En rojo. Luego garabateo: ¡descansemos!, agregó: Quiero que en los próximos meses solo nos veamos en una casa del té. Té y masitas, doradas llenas de crema y mermelada. Y entre ambos… violentas miradas de deseo.

Te amo Artl

No hubo respuesta, Pasaron los días y llego una carta de dos líneas. Artl la dobló y la puso en una habitación vacía. Comenzó para él un calvario de escribir pequeñas misivas que guardaba en el cuarto de los papeles de tono verde.

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H Raz le visito un domingo. Como siempre fue hasta el cuarto y extrajo una hoja verde. Tan solo decía:

Me pides parar. Detener esta fuerza de la vida que es envolverme en ti hasta desfallecer. No, no, ¡no! María R.

— ¿Qué es esto pregunto? H Raz, su amigo mantuvo un silencio durante un largo rato, luego dijo:

—Amigo H. Raz, si te asomas a la fuerza del amor este te avasalla hasta ser intolerable. Y… ¡eso ocurrió!  Ve y trae la nota de la mesilla de la otra habitación ¡por favor! H Raz regreso al cabo de unos minutos y al abrir la hoja cuál sería su sorpresa, comenzó a leer una carta del gran Nicolino Loche.