H. Raz regreso a los dos días por la tarde, su amigo Artl estaba en el zaguán. Le hizo señas desde dentro y ambos prepararon un café. Serían las cinco de la tarde. En Buenos Aires estaba anunciada una tormenta, pero la tarde aunque intranquila y encapotada resistía. H. Raz fue hasta otra habitación. Más pequeña casi la final y retiro de allí una carta. Al sentarse antes de leerla Artl dijo: “si es de hoja verde no. Son las de María Ramírez y no me apetece recordar esa época”. Quise preguntar, pero opte por no incomodarle y la cambie en la misma habitación por una de papel blanco. Antes de salir del cuarto, ¡por primera vez! me di cuenta que había miles de hojas verdes enrolladas. Me puse a su lado, abrí la carta escogida. Era de un tal Bonavena, boxeador de los años 70. Le escribía para contarle:

Hace unos días que he llegado a USA. Ya no regresare más por Buenos Aires. En este garito donde me acomodo, la vida es espantosamente cruel. Del Bonavena de los años grandes no queda más que alcohol y sueños. Le escribo para que gestione mi herencia. Le adjunto los papeles y una autorización de un abogado americano. Un abrazo Ringo B.

— ¿Cómo conoció a Bonavena? –se me ocurrió preguntar.

—Fue una noche caminando por la Costanera, de frente venia un gigantón bamboleándose y choco contra mí. Al mirarle a los ojos vi que estaba como fuera de sí. Le traje hasta casa y le serví café caliente. Hablamos durante toda la madrugada de cómo el boxeo es una escuela de vida. “Con ello llegas a la cima –dijo-  y después te rodean los aduladores que solo quieren que tu ganes. Pero cada victoria te hunde más en la fatal adversidad. Es el puño quien domina la potencia, cada golpe me une al otro pero si le derroto es para sobrevivir. Es como la guerra, amamos la aventura, el peligro, pero al asomarnos al enemigo su vida es nuestra o nosotros somos su presa”. Artl dispuesto al comentario, dijo: Observé que su lado humano estaba derrotado. Pero a la vez era el héroe que latía para millones de personas. Esta violenta separación entre líder y individuo solitario daban un alma compleja y al borde de la desesperación. En los años siguientes le seguiría a través de la prensa y la televisión en una carrera meteórica, hasta que me llego esta carta.

— ¿Que le contestaste?

—Fue breve. Cuidare de los tuyos. Intenta salir desde ese espacio que te tortura… A los pocos días llego una respuesta. Solo ponía: “No, no puedo bajar hasta ese foso lleno de mierda”. Un mes después salió en los telediarios la historia de su asesinato. Artl me pidió la carta, la hizo un bollo y la tiro al patio. La lluvia que se resistía empezó a llenar todo el espacio disponible, los dos observamos como el papel era arrastrado en dirección a un desaguadero y luego bailaba hasta ser devorado. Nos quedamos un rato en silencio, luego él dijo:

—A veces nos sentimos atrapados, uno, o dos, o varios días, hasta imaginarnos que la vida se estrecha en el centro de nuestro pecho y nos ahoga. No es asfixia amigo H Raz, es… la banalidad que transcurre sin poder enfrentarle.