Hoy presentamos a un autor que utilizando un método de escritura (Lakin) en el Taller de Escritura j re crivello ha realizado un relato ¡perfecto! y mañana sale ¡en tres MasticadoresdeLetras a la vez! –j re

Septiembre by Jorge Aldegunde

(De madrugada)

Sueño con humo blanco y ceniza gris, color cemento. No alcanzo a ver el fuego, así que es inútil intentar apagarlo. Salen de una nube grande y amorfa que me persigue. Por más que intento correr siempre me alcanzan, hasta convertirse en todo cuanto respiro.

Entonces, abro los ojos.

(8.32h, estación de bomberos Engine 205/Ladder118, 74 Middagh St., Brooklyn, Nueva York)

Me gusta desayunar con los chicos, aun cuando haya terminado el turno. Es divertido charlar con ellos. Son jóvenes y están llenos de energía; cualquier incendio estaría acojonado de tenerlos enfrente. Hoy hablamos de fútbol. No del americano, sino del que inventaron los ingleses, saben jugar los brasileños y (casi) siempre ganan los alemanes. Hacemos planes –y equipos– para el fin de semana, aunque todavía estamos a martes. Miro a través del ventanal: la mañana luce radiante bajo el sol de septiembre. Antes de que me venza la modorra, intento reengancharme a la conversación; Sanders cuenta un chiste, tan verde y malo como los anteriores, pero eso no impide que resuene un coro de risas.

Suena la alarma. Todos nos activamos como un resorte. El capitán Wilkins habla por radio; gasta una expresión bien seria. Hamlin pregunta y Wilkins masculla por lo bajo. Debe de haber jaleo en el WTC: parece que una avioneta se ha estrellado en la Torre Norte.

Echamos mano del reflectante y del casco. Mientras subo al camión un conspicuo letrero me recuerda que vivimos en el ojo de la tormenta.

(8.41h, Parque de Bowling Green, Bajo Manhattan, Nueva York)

Hace diez minutos salí de Battery Park, tranquila y relajada, casi ausente. Vi cómo atracaba el ferri procedente de St. George, anunciándose con su color butano. El edificio de la terminal vomitaba un número fabuloso de almas que, con insondable determinación, viajaban a sus quehaceres diarios.

Me fumo un último cigarro y cumplo con el ritual de tocarle los testículos al toro: hoy necesito acopiarme de toda la suerte del mundo. He tenido que engrasar voluntades pero, por fin, la posición de directora financiera de Morgan & Stanley está a solo una entrevista de distancia. La altura metafórica no me asusta; antes al contrario: sé que me merezco el puesto. Distinto es subirme al piso cincuenta y cuatro de la Torre Sur. La idea de meterme en esos ascensores supersónicos no me hace ninguna gracia –quedarme encerrada entre dos alturas es una de mis peores pesadillas–. Tomo aire y llamo a un taxi, profundamente amarillo. Me tranquilizo: es martes y once; nada malo debería pasar. El conductor, un chicano con aires de sabelotodo y mirada cínica, espera que le desvele la equis que marca el lugar.

En la radio suena música, aunque pronto se interrumpe la emisión. En su lugar, surge una voz agitada, que no consigo escuchar. Pago los ocho dólares que reclama el taxímetro más el treinta y, al salir, el mundo parece otro. Algo ocurre; no paran de llegar bomberos y policía. Todos miran arriba y corren, despavoridos. Una densa y oscura humareda, en lo alto de la Torre Norte, se desparrama hacia el sur. Muchos salen del edificio, ayudados los unos en los otros; los rostros embozados y su ropa cubierta de una suerte de hollín extraño y blancuzco. Parece que vinieran del mismísimo centro de la tierra.

Aprieto el paso; espero que me dé tiempo a tener la condenada reunión.

(8.44h, Planta 54 – Torre Sur, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

No quiero llevar el nudo de la corbata demasiado flojo, así que lo ajusto. Miro por enésima vez el expediente de Porat –brillantísimo–. Más que una entrevista, parece un puro trámite por el que no hubiera hecho falta moverse de Broadway. Intento concentrarme en la impresionante vista –la confluencia entre el Hudson y el Este–, a pesar del dolor de cabeza que, como cada mañana, empieza a martillear.

Consulto el reloj, una vez más. Algo retumba y se escucha un estruendo. Temo que sea dentro de mi cráneo, pero no: tiembla el edificio entero. Por un instante fallan las luces, aunque no es más que un guiño. Salgo del despacho, en la oficina reina el revuelo y muchos están saliendo al vestíbulo. Sarah sigue en su sitio, las gafas posadas en su aguileña nariz –la viva imagen de la concentración–:

–¿Qué es lo que ocurre…? ¿Un terremoto?

–No lo sé, sr. Watts. Dicen que un helicóptero ha colisionado con la Torre Norte.

–¿Qué…?

–Yo tampoco lo creo, sr. Watts. Por cierto, la cita con la señorita Porat empieza a las nueve horas –añadió con eficiente sonrisa–. ¿Puedo ofrecerle café?

(8.55h, WTC Plaza, Bajo Manhattan, Nueva York)

Vaya sangre fría la de la gringa. Ni se ha inmutado, tiene pinta de ser de las que no se amilanan. Miro sus piernas largas, esos tacones –me da que no los consiguió de a grapa–.  Camina rápido, sin mirar atrás; se dirige al rascacielos. El otro tiene fuego arriba y escupe humo denso, negro como la noche. Por la radio no aclararon mucho: parece que un avión mediano se ha estrellado. Menuda pendejada.

Por aquí reina el caos. Todos se largan y yo debería hacer lo mismo. Me entretengo con la propina de la ejecutiva y me digo que no voy a ser menos, así que dejo el coche y tiro para allá. Noto que la garganta se me seca; las manos empiezan a sudar.

Hay un corro en el centro de la plaza. En el centro un tipo moreno, con cara de cantante de boleros. Gesticula y habla español con un bombero; alrededor hay más, todos pendientes de su jefe, que conversa por radio, sin perder de vista lo que ocurre en los pisos superiores del edificio.

–…Siempre que podamos coordinarnos para entrar, claro –terciaba el bombero.

–Estamos a la espera de órdenes; no deberíamos hacer la guerra cada uno por su cuenta –añadió, contrariado, uno de los policías.

–Escuchen –añade el hispano–: yo tengo una llave maestra; puedo abrirles camino por la escalera. Lo conozco bien. Hay que llegar hasta los pisos superiores y evacuar a la gente.

(9.00h, Vestíbulo principal de la Torre Sur, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Espero por uno de los ascensores, que no termina de bajar. Quizás llame al Sr. Watts; lo más sensato es cancelar la entrevista. Sigo absorta en mis pensamientos cuando escucho un estruendo y una enorme explosión. Se sacude todo el edificio, y empiezan a caer trozos del techo. Las puertas del ascensor se abomban frente a mí, acaban cediendo a una enorme presión que escupe una lengua de fuego. Una fracción de segundo después comienzan a salir los ocupantes del interior, en medio de un mar de confusión y llamas. Hay un individuo trajeado, con una corbata estampada, de las caras. Grita, desesperado, las manos cubriéndole la cara. Se arrodilla ante mí y se descubre. Acaso alcanzo a descubrir alguna semblanza con la foto de un sonriente Sr. Watts en el rostro desollado del tipo que se retuerce de dolor frente a mí.

(9.03h, WTC Plaza, Bajo Manhattan, Nueva York)

El impacto nos ha dejado sordos. Todos nos hemos arrojado al suelo, por puro instinto. Apenas alcanzamos a escucharlos, pero caen fragmentos de cristal y acero, la piel del edificio, sobre la plaza.

-¡Tenemos que salir de aquí cagando leches…! Vamos a la Torre Norte.

El hispano y los bomberos salen disparados hacia el rascacielos. Los policías se miran; deciden entrar en la Torre Sur. Absorto en las alturas, donde se ha desatado un infierno, los acompaño como si fuera un pelele, un autómata. Recién recupero mi sentido del oído; algo me llama la atención: un objeto aterriza en el suelo, con un ruido seco, sordo. No lo puedo creer. Se tiran, se están arrojando al vacío.

Esto se está yendo bien rápido a la fregada, así que me largo; no me esperen.

 (9.15h, Planta 70 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Todos se han largado, pero yo sé que nos sacarán de aquí. Tan solo hay que esperar. Parece una locura, pero es ahora cuando me encuentro inspirado. Dentro de todo este caos, es cuando consigo ponerme a escribir. Es como si mi cerebro necesitara toda esta mierda para sentirse vivo. No funcionan los ordenadores, pero tengo todo lo que necesito: mi vieja Montblanc va como un tiro. Aquí escribiré el final de mi novela y, cuando la coloque, venderá millones. Contaré a todos que la terminé en el mismísimo infierno.

(9.57h, Planta 45 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

No funcionan las radios. Estamos bien jodidos. El tal Rodríguez se está portando como un jabato; ha abierto un sinnúmero de puertas de emergencia que –cosa inexplicable– estaban cerradas. Le digo que se marche, que no hay tiempo. Que más arriba no llega nadie.

Solo los bomberos.

(10.27h, Planta 70 – Torre Norte, WTC, Bajo Manhattan, Nueva York)

Se afana en abrir la puerta. La golpea, lo intenta con su propio peso. Ha visto como caía la Torre Sur y ha puesto en marcha un contador en su cerebro que, por más que se engañe, está próximo a cero. Desesperado, usa la llave de Rodríguez. No atina, se le cae. Grita para saber si quedan supervivientes, pero no obtiene respuesta. Un último esfuerzo: a duras penas, consigue abrirla. Del hueco emerge un individuo que, abrazado a un fajo de papeles, enfila las escaleras sin mirar atrás. El calor se ha vuelto insoportable; apenas consigue ver. Apenas le queda resuello.

Suenan unas detonaciones y su cuerpo se pone alerta, se tensiona.

Entonces sabe lo que ocurrirá. Se prepara, mira hacia arriba. Ajusta el casco. Se desprende de la radio, ya inservible. El tiempo parece detenerse, mientras él esboza una extraña sonrisa.

Entonces, cierra los ojos.

FIN

Dedicado a los más valientes de Nueva York.