Tenemos el placer de adelantar la próxima novela de Diana González. Lo haremos cada miércoles. j re crivello -editor

El cuis salió de su madriguera receloso, no lo suficiente para que la hábil mano de Berna no cayera sobre él, la criatura indefensa no se resistió mientras ella succionó hasta la última gota de su líquido elemento vital dejando dos surcos rojos  casi negros que goteaban desde la comisura de sus labios. Se limpió de un manotazo y cansada volvió a repetirse: ━debo dejar de alimentarme así, mientras arrojaba al suelo una costra seca de pelo y uñas que inmediatamente se convirtió en polvo.

Sus fosas nasales se dilataron, la capa de su iris fue totalmente cubierta por su pupila negra, se encorvó alerta y erizada en el anonimato  que le prodigaba la espesura del  árbol, alzó su nariz que se contraía y dilataba, desde un punto no muy lejano le llegaba el olor a sangre y metal. Como una exhalación recorrió la distancia.  

En el suelo, sobre la hojarasca yacía una loba del páramo, un soberbio animal de pelaje rojizo con el lomo plateado, de gran tamaño, y mortalmente herida. Berna la miró desde lo alto, volvió a sonar un disparo. Bajó a su lado y miró a los ojos al animal agonizante, sin dudarlo clavó sus colmillos hasta que solo quedó de la magnífica hembra un cuero peludo y seco que enseguida se convirtió en polvo.  Su olfato había detectado los tres cachorros entre los arbustos, luego se encargaría de ellos, ahora debía acudir al lugar de los disparos. 

Los dos hombres estaban borrachos, y haciendo una fogata, se acercó a su vehículo que era una cuatro por cuatro llena de armas de fuego y los cadáveres de un par de huemules. Berna sabía que era tiempo de veda, que ningún coto estaba abierto y que aquellos no eran sino dos de las inservibles bestias humanas que nada  respetan. Sin que la vieran tomó una de las armas y munición.

El vehículo estaba en la pendiente hacia el lago, solo tenía que quitar el freno de mano, y darle a uno en un hombro y al otro en la pierna. 

Cuando los dos hombres vieron que su vehículo cogía velocidad hacia su destino de agua, barro y hundimiento, intentaron detenerlo con la suficiente falta de pericia como para que Berna terminara con su tarea. 

Subida al árbol más alto vio toda la escena, ellos desesperados por sus heridas llamaron  por teléfono, parte de los que seguramente eran de su gavilla vinieron a buscarlos y casi inmediatamente tres camionetas de las fuerzas de la policía nacional que no dudaron  en reducirlos y arrestarlos

━Terrible escoria no sirven ni como alimento, ━pensó mientras contaba el tiempo que le quedaba para alcanzar a los lobeznos. De camino cazó tres piezas. Cuando llegó al claro supuso que los animales deberían estar en el bosquecillo y hacia allí se dirigió. Al sentir la presencia extraña los tres lobeznos, totalmente erizados mostraron sus dientes. ━Pequeños y feroces ━pensó Berna, mientras los miraba directo a los ojos. Luego arrojó los cuerpos sanguinolentos y despellejados al centro de aquel monte. 

Drake esperó unos días para hackear el sistema. Angelis y Leonard actuaban como  dos autómatas, o eran totalmente indiferentes a lo que los rodeaba o eran excelentes actores. 

Según los archivos las provisiones que ingresaban eran consumidas en su totalidad, como así también los enseres y el dinero recibido para enfermería, intervenciones y personal. Tanta pulcritud contable solo la atribuía Drake a una segunda contabilidad donde seguramente figuraría  la verdadera actividad. Debía ingresar a los archivos del ordenador de Angelis. 

De los expedientes de los condenados los que despertaron sus suspicacias fueron Mr. Elkner, un profesor universitario retirado, escritor de un ensayo filosófico “El Criminal Sublime”. Temerario asesino serial que fue condenado gracias a su propia vanidad de ser además  un pulcro descuartizador. Costó más de diez años echarle el guante. Fue sorprendido en los sótanos de su casa a tiempo para salvarle la vida a su última y narcotizada víctima. 

Otro de los expedientes que tomó para sus primeros análisis fue el del “Carnicero de Coquimbo”, un sencillo e inocente guardia de seguridad que violaba y mataba a martillazos a sus víctimas. 

Ambos estaban en el pabellón de violadores, separado del resto. 

Le llamó la atención que salvo los violadores el resto de los reclusos no estaban agrupados ni por tipo de delito, ni por edades, ni por tiempo de condena. Esto seguramente responde a los privilegios. Y los privilegios llevan tanto a que gobiernen los presos no solo más poderosos, también los más corruptos como a negociaciones con carceleros que no le van a la zaga. ━Pensó Drake al tiempo que sintió una punzada aguda en sus cervicales, se llevó la mano al cuello y giró mirando hacia las ventanas por encima de los dinteles, creyó ver una sombra como de un gran pájaro negro y dos ojos verdes fulgurantes que atribuyó al reflejo de los faros giratorios. Decidió que volvería a su puesto, seguramente si Angelis o Leonard lo vieran trabajando en horas de guardia sospecharían. 

De cualquier manera los informes de sus archivos ya habían sido reportados a su central. 

Berna ya tenía un panorama del movimiento de aquella prisión. Sabía que había privilegiados que no solo tenían televisión, móviles, putas, drogas a su disposición gracias a pagos a la alcaldía de turno, sino que casi todo el personal jerárquico estaba en el ajo. El único que no encajaba era el nuevo, quien en principio le despertó todas las sospechas y a quien tenía más vigilado. Su necesidad era alimentaria, ya no podía seguir vaciando cuerpos de alimañas y pequeñas bestias.

Continuará cada miércoles…