Como editor me está ocurriendo que grandes escritores me envian su último libro, luego dicen morirán. Ya he asistido a varios entierros que no se cumplen. Para mi es un honor publicar al mejor escritor de Asturias en vida y ser testigo de sus tramas en ficción y la vida real. Seria descortés en no reconocer que Fleming (masticadores, el Taller, la editorial surgieron hace tres años en una charla con j ordiz, para mi tan solo en catalán Estimat. Vamos alli!, saldrá en enero (En estos días otro gran escritor Julian Fernandez Cruz me ha enviado su último libro)

© José Ángel Ordiz Llaneza ©Fleming Editorial, Barcelona, 2020, La vida y otras ficciones LIBRO PRIMERO:

Vino a matar a un hombre

1

Cuatro años antes de nacer yo, llegó en el tren que entonces sí pasaba por este paraje llano y polvoriento e incluso se detenía en la humilde estación donde hoy habita exclusivamente el abandono. En el tren de las cinco de la tarde llegó ese hombre alto y huesudo al que le faltaba un brazo, vacía la manga izquierda de la chaqueta de cuero negro, el puño en el bolsillo. Cojeaba al caminar, apreció igualmente Silvino, el jefe de estación, tras despedirse en el andén del maquinista y del fogonero del humeante convoy de pasajeros, el último de la jornada. Con gomina en el pelo repeinado hacia atrás, en la mano la pequeña maleta marrón de madera contrachapada, refulgentes los herrajes, el extraño, perfumado, acerada la voz, le preguntó al rechoncho Silvino, amable cuarentón, si había alguna fonda cercana.

            —Enfrente mismo de la estación está la de Petra. ¿Para esta noche?

            —Para esta noche y las que hagan falta.

            —¿Viene de lejos?

            —De la capital de España.

            —De lejos viene… Para esta noche y las que hagan falta… ¿Las que hagan falta para qué?

            Suspiró el recién llegado sin soltar la maleta, sin depositarla en el cemento basto, sucio, del suelo.

            —Si puede saberse.

            —Puede.

            —¿Negocios con el grano o con el ganado?

            —No.

            —No… Poco más hay por aquí.

            —Lo sé.

            —Lo sabe… Si lo sabe… ¿Algún pariente o conocido?

            —Sí.

            —Ya decía yo… ¿Quién?, si puede saberse.

            —El hombre al que he venido a matar.

            —¡Cristo!

2

Y Silvino, en la cantina de la estación, donde no se había parado el hombre joven, el mutilado alto y huesudo y cojo con inequívocas maneras y vestimentas del bando vencedor, mientras fumaba el cigarrillo mal liado —escupió más hebras de la picadura de tabaco—, recordó las balas de plomo de la recién acabada guerra civil y pensó en las balas de ira que aún disparaban en público las bocas de los ganadores, del mismo calibre los proyectiles vesánicos que los vencidos disparaban en privado. Había finalizado la guerra oficial; interminable, según le parecía, su eco. Apuró el vaso de vino, arrojó al suelo de baldosas blancas y negras el pitillo a medio consumir, lo pisó, se despidió de los presentes —del tabernero panzón y de los cuatro viejos que jugaban a la garrafina en una de las tres mesas de hierro y mármol— y se dirigió a la oficina, su vivienda en la segunda y última planta del antiguo edificio de la estación del poblado campesino dividido en dos por la carretera comarcal, más transitada por bestias uncidas a carros cargados con sacos de cereales, camino de los tres silos, o sin carga alguna, de regreso de las altas torres cilíndricas, que por coches. Miró por la ventana de su despacho, al otro lado de la carretera dormida, con más baches que asfalto, la fonda de Petra, iluminada por un sol primaveral que en verano es puro fuego y en invierno es puro embuste. Que había venido a matar a un hombre… No le pareció al jefe de estación que bromease el hombre joven de voz acerada. ¿Deudas pendientes, deudas bélicas, nadie verdaderamente en paz todavía? Deudas con quién. Silvino conocía a todos los hombres del lugar y tal vez podría salvar la vida de alguno de ellos si acudía de inmediato al cuartelillo. Después, en casa, en la cocina, indeciso aún, lo habló con la esposa.

            —Si pudieras hacer algo, no te habría dicho nada —concluyó ella.

            —En eso no había pensado yo.

            —Tú a lo tuyo. Tus banderas son las del tren, que nos da de comer.

            Asintió Silvino.

3

Días más tarde, el domingo, Petra en la iglesia, a su lado el maestro de la escuela —tal vez él entendiese los latines del cura, de espaldas a ellos y al resto de feligreses el pelón sacerdote, sin fe la dueña de la fonda pero disimulaba, nada perdía con el fingimiento y mejor se llevaba bien con él, nunca sobraban las amistades influyentes—, y después, finalizada la misa, descubierta la cabeza, de nuevo parada bajo la sombra de la acacia más próxima a la marquesina de la entrada de la estación del ferrocarril, de charla con el jefe de estación.

            En la fonda seguía el manco y cojo Alonso Quesada. No fumaba, no bebía, comía poco y hablaba menos todavía. Apenas salía de su cuarto. En el comedor, miraba y callaba.

            A qué espera, se preguntó Silvino.

            Él y Petra ignoraban lo que yo supe muchos años más tarde, cuando tuve edad para saberlo: Alonso Quesada, serio, perfumado, repeinado, había mirado y había visto, dubitativo de pronto al contemplar, retenido en la fonda por el arcoíris en unos ojos femeninos.

            —Ayer… ¿Sabes lo de ayer?

            —Cuenta, Petra, cuenta.

            —¿Sabes a qué vino ese hombre aquí?

            —A matar a otro.

            —¿Cómo sabes tú eso?

            —¿Cómo lo sabes tú?

            —Le pregunté, el día que llegó, el miércoles, cuánto tiempo iba a quedarse.

            —Y él te contestó que el tiempo que hiciera falta para matar a un hombre de por aquí.

            —Sí, eso. ¿Quién te contó…?

            —Antes de mandarlo para tu fonda, le pregunté lo mismo y eso mismo, muy serio, me contestó a mí.

            —¿Será verdad? Porque ya te digo que apenas sale del cuarto para comer lo poco que come.

            —¿Qué pasó ayer?

            —Ah, sí, eso.

            Estaba Petra, baja, obesa y viuda, durmiendo la siesta cuando la despertó la hija, también sin marido desde que una bala republicana, al inicio de la guerra, acabó con otra vida en nombre de la necedad humana de turno. «El Anselmo y el Pascual, madre». «Qué quieren». «Preguntan por Alonso». «Qué quieren de él». «Que se presente».

            Y eso había hecho Alonso Quesada. «Documentación», le pidió el Anselmo, el cabo de la Guardia Civil; detrás de él, a la expectativa, su pareja, el número Pascual.

            —O sea —fijó Petra la mirada clara en los ojos negros de Silvino, tan negros como los del tal Alonso Quesada—, que fuiste tú quien dio parte.

            —Tentado estuve, pero no.

            —¿Quién fue entonces?

            —Aquí, en la estación, no había nadie cerca de nosotros cuando hablamos, y yo solo se lo dije a mi mujer, que me pidió callar. ¿Había alguien contigo cuando…?

            —Pues ahora que lo dices…

            —¿Tu hija?

            —No, no, ella no. También se lo conté yo a ella, solo a Carmen, pero esa infeliz ya tiene bastante con llorar por el marido, como si no llevara muerto y enterrado más de tres años. Por allí, cerca del mostrador, estaban… Alguien había, de eso sí me acuerdo.

            —Poco importa, no te apures.

            Algo le tendió Alonso al cabo. Ya otro enseguida, mucho más sumiso, el Anselmo, que le pidió disculpas al huésped de Petra y se despidió de él con un ofrecimiento: «Ya sabe dónde nos tiene para lo que necesite».

            La sonrisa en el rostro de Silvino: Razón tenía mi mujer.

4

El arcoíris, sí, en los ojos de Carmen, menuda y morena, corto el pelo y miel en la voz.

—¿Perdió el brazo en la guerra?

            Asintió Alonso.

            —Yo perdí a mi marido.

            —Supongo que todos perdimos algo.

—Lo mataron los rojos en tierras del norte… Siete meses después de habernos casado… ¿Tiene remedio lo de su pie?

            —No.

            —Ese hombre… ¿Por qué quiere matarlo?

            —Eso ya es mucho preguntar.

            —De la guerra al presidio…

            —Mejor un penal que el hospital donde estuve o dejar las cosas como están.

            —¿No tiene familia?

            —Nadie que me importe.

            —Pero perder así la libertad…

            —Es lo que hay.

            —Lo que hay…

            Tendido en la cama boca arriba —flexionado el brazo, la mano bajo la nuca y sobre la almohada, blanca la camisa y gris el pantalón, calcetines negros en los pies descalzos, los zapatos junto a la única silla del dormitorio, la chaqueta de cuero colgada en el respaldo recto, la maleta delante de la mesa de noche, ninguna de sus pertenencias en el armario de tres puertas, la luna en el centro—, suspiró largamente Alonso, fija la vista en el techo, en la lámpara apagada, pendiente del cabecero de la cama el cable de la pera de la luz.

            —Se arregla bien.

            —¿Cómo dices?

            —Con un solo brazo. Ni que hubiera nacido sin él.

            —Eres muy joven.

            —No, acabo de cumplir veintitrés años. Dos más tenía mi marido cuando…

            —Siete más tengo yo.

            Volvió a crujir el suelo de madera, otro paso de Carmen: No podré hacer la cama si no se levanta de ahí.

            Más crujidos, Alonso asomado a la ventana, otro día soleado, en la distancia el brillo triple de los silos metálicos, nadie por la calle recta, un tren oculto por el edificio de la estación, detenido en ella, únicamente visible el humo de la locomotora, el repentino «¡Virgen santa!» de Carmen al hallar bajo la almohada el arma del huésped, la pistola, la Astra 300.

5

De nuevo Carmen junto al huésped que no podría trocear el filete con el cuchillo: ¿Se lo parto?

            —No hace falta, gracias.

            En la mesa más esquinada del comedor, Alonso Quesada pinchó la carne con el tenedor y comenzó a morder el filete como un perro sin hambre lo mordería.

            —Lo que sí puedes hacer es tutearme.

            —Si me permite que le parta la carne. Comerla así…

            —De acuerdo, niña. Pero solo porque tienes el arcoíris en tus ojos.

            —Una niña viuda con los ojos verdes de mi madre, no sé de dónde ha sacado eso que acaba de decir.

            —Verdes y azules, niña, verdes y azules y…

            A estas alturas del relato que me fueron contando quienes ya no pueden hablar, silenciados por la muerte, estoy seguro de que se tambaleaban más que nunca los planes homicidas del teniente Alonso Quesada —condecorado por su valor en el frente cuando ya era imparable el avance de las tropas franquistas, meses antes del definitivo tremolar de banderas nacionales—, de que no habría ido siquiera a la hacienda de los Ortega de no haberse parado ante la fonda de Petra —esa misma tarde en que Carmen le troceó por primera vez el filete al huésped manco— un coche muy conocido en el lugar. De él se bajó su único ocupante. El chófer, joven y fornido, más alto aún que el hombre al que había venido a buscar, cuando tuvo ante sí al condecorado teniente Alonso, lo miró a los ojos y, acerada también la voz, simplemente le dijo: Ortega, que vaya.

            Asintió Alonso. Se pondría antes la chaqueta.

            —No necesitará la pistola, pero allá usted.

Continuará en MasticadoresEspaña mañana…