Me he quedado solo, a veces a la hora de escribir cuesta conseguir el remanso en la casa. Solo una frase me persigue desde hace días, como escritor debo dejarla salir. Comienza por una primavera del 74, pero realmente es un invierno del 74. Llegué a Barcelona. A veces intento recrear ese estado de ánimo en que uno se marcha muy joven con un solo capital: reducida a cenizas la relación familiar solo quedaba escapar hacia delante.

Barcelona era fría, gris, como de otro mundo. No estaba inflamada por las monsergas nacionalistas. Las de mi pastel… dámelo que es mío. Era una ciudad de provincias que escondía debajo toda su vida. Por fuera provinciana y burguesa, por dentro caliente e insegura. El tardo franquismo estaba latente, las callejuelas del Barrio Chino eran las dueñas de los relatos, sus calles daban morbo. No habían pakis, ni moros, ni panchitos, tal vez algún ocasional  sudaca entremezclado.

A mitad de la Rambla el Drugstore del Liceo, abría de madrugada, luego todo se apagaba bajo las horas de control franquista.

Era otro mundo, antiguo, exhausto, muerto y en decadencia. Y como por arte de magia resurgió en el 75. Ese fue el año clave. Allí comenzó a cambiar esa escenografía que solo aceptaba sexo con casamiento. Que alargaba los coitos hasta las bodas. Pero aquello trajo el fin del Barrio Chino. Barcelona se alargó para hacerse moderna.

En mi caso, deambulé por muchos países regresando a aquel primer amor de Rambla, silencios, coitos y un idioma que crecía. Nada suponía que lo que era provinciano fuera universal. Y lo fue.

Los perros callejeros conocemos bien los lados del bien y el mal. Algunos dicen:

—Te lo has pateado, ¿verdad?

—Si.

Buen viernes a todos