Alargó la lengua y la removió dentro del plato, luego sorbió mientras a su alrededor se veía una nevera destartalada, dos sillas la cocina de los años 70 y un gato que movía la mano al estilo chino.

Para Nic Saylor vivir en Vilanova era como un naufragio. Llego hace años, trabajo duro y se jubiló. Nada de especial. Esa mañana debía hacer tantas cosas. Ir al médico, pasear con su coche, e inclusive tomarse un café. Pero estaba en una edad que siempre acababa resistiéndose a salir, resistiéndose a caminar, resistiéndose a hacer cosas que los demás hacían como si fuera una felicidad.

Su piso estaba detrás de la Casa de Amaparo, un caseron del siglo XIX que servia para dejar a los viejos cuando ya nadie los quería. A veces desde su terraza les tiraba migas de pan para ver como sus miradas seguían esa nieve en pleno verano.

En algunas personas toda su vida se condensa en su cabeza, en sus emociones. Es como vivir distraído y en lucha consigo mismo. Tocaron al timbre.

¿Quién será? —pensó

Al abrir una señora de mediana edad le dijo:

—Le traigo una buena nueva —y alargó su mano para poder ver Los Santos de los últimos Dias. La hizo pasar. Ella hablo un buen rato. La vida es pesada —pensó y la liberaré de tanta angustia por sobrevivir, de tanta culpa que arrastra.

Aquella noche, cerca de la carretera que va al pantano de Vilanova y la Geltrú la deposito en un contenedor de extrarradio. A su alrededor, dos televisores viejos y una lavadora le confirmaban que era correcto dejar un cuerpo en el final del consumo de la ciudad. La había bajado por el ascensor en un carrito de la compra gigante que le regalaron en Mercadona cuando compró dos jamones a 40 Euros cada uno. Se fumó un cigarrillo, luego guardo el resto y puso en marcha su Seat Ibiza del 92. Vilanova se veía pegada al mar allí abajo. Una fina llovizna la barría de Este a oeste. En su bolsillo el ultimo cuento de su escritor preferido de vilanova j re crivello.

Dos días después un tuit llego a j. rick

#Te espero en el café de la estación. Ha vuelto a aparecer el asesino de “las religiosas” Y la ha violado. Grow —firmaba

Al llegar a la estación pedí un cortado. Le vi aparecer a Grow por la puerta a mi derecha. Era una tarde calurosa. Estábamos en julio y aun pegaba en estas tierras un calentón. Todos íbamos hartos de bregar con el zumbido de los mosquitos tigre. Pero el llevaba una gabardina gris clara -de aquellas de los años 50. Y en el bolsillo derecho, sobresalía una botella de cristal con leche, de litro, de la marca Letona mezclada con menta.

Continuará…