¿Qué lees? —pregunté a mi gato

—Una carta —dijo. Estaba allí dentro de un libro, al empujarlo salió fuera. Es de un tal Pascal, cuenta que se encontró con su mujer y dedujo que venía de visitar a un amante. Describe su encuentro, en medio de un campo cerca a los antiguos galpones de los ferrocarriles abandonados. Las mangueras, los raíles oxidados, la soledad y la estación con un nombre raro Oliva. Con la a caída al suelo y rota. Se detuvo un segundo en un caminillo estrecho y marrón. La brisa le golpeaba la cara como en un tic tac, como un rumor. Luego llegó a su casa y se pegó un tiro.

—Los suicidios son parte de la vida —dije. ¡Que iba a decir! Mi gato no acepto que fuera tan diplomático.

—Les dicen a los niños que los hombres no pueden llorar. —afirmó mi gato. Pude volver a evadirme, pero no me lo permitiría. Fuera llovía de nuevo y con intensidad. “Las mujeres hablan con las madres. A los hombres nos cuesta sacar aquello que nos asfixia. Leí un estudio en el Reino Unido que los hombres visitan a las consultas primarias un 32 % menos”                 —agregue. Mi gato dijo:

—Por ello comunicación y abuso del alcohol son más cercanas a los hombres.

—Si —dije. Y recordé a mi padre y su alcoholismo. ¿Cuánta culpa cargaba?

Mi gato se acurruco en el sofá. Eran las tres. En el aire flotaba el ruido del disparo de ese tal Pascal.