Hoy y mañana presento dos relatos cortos. La protagonista existe y vive en Sudamérica, nos la presento un escritor residente en Cuba. Con Mel Gómez hemos decidido crear una ficción a partir de unos emails. Esperamos los disfruten. A veces los escritores nos agrada tan solo divertirnos.

J re crivello

Angélica Páez by Mel Gómez

            Angélica Páez tenía treinta y ocho años cuando se quedó calva. Sí, completamente calva. No tenía un pelo, ni una lanita siquiera. El médico le dijo que tenía alopecia y que ya nada crecería en su hermosa cabecita. Se lo dijo tiernamente porque le rompía el alma verla llorando con tanto sentimiento.

            —Es que doctor, usted sabe, el cabello es para la mujer como las plumas de colores al pájaro.

            —Sí, mujer… Te entiendo. Podemos hacerte algún tratamiento, pero no quiero engañarte, lo más probable es que no salga nada. Vamos a mirar este asunto de manera positiva…

            —¿Qué de positivo puede tener esto?

            —Puedes comprar pelucas de todos los estilos y colores. Puedes acentuar tus ojos, que son hermosos o algún otro  rasgo de tu personalidad. Tu belleza no está solamente en el cabello.

            A Angélica no le convencía mucho lo que el buen galeno le dijo, pero no tenía de otra. Del consultorio salió hasta la tienda de pelucas para mirar si alguna le gustaba. Había una gran cantidad de opciones, tantas que no se decidía. Algunas eran de pelo largo con flequillo, otras cortas y sensuales, de todos los colores naturales, incluyendo las de moda de las milenials, pintadas de azul, verde, rosado o fuschia pink.

            A la siguiente mañana Angélica se presentó al despacho con su peluca de trenzas rapta color fuschia pink, con ropa de jamaiquina y gafas oscuras.

            —Señorita, ¿tiene cita?

            —No, hombre Mariana… Que soy yo, Angélica.

            —Pero, ¿qué te has hecho mujer?

            —Un cambio de estilo. ¿Qué te parece?

            —Genial…

            «Se habrá vuelto loca esta mujer?», pensó y siguió en su tarea.

            —Mariana, ¿quién es esa loca que está en la oficina de Angélica?

            —Pues ella, licenciado.

            —¿Y qué se hizo?

            —Un cambio de estilo, al menos eso me dijo.

            —¡Pero es que no puede venir a trabajar en esas fachas! —protestó el licenciado yendo directo a discutir el asunto con la mujer—. ¡Es que no es posible que te presentes a trabajar de esta manera!

            —¿Cómo qué no?

            —Sabes que aquí hay una etiqueta de vestimenta.

            —Eres racista.

            —No, no soy racista.

            —Claro que sí. ¿Qué te molesta? ¿Mi pelo fuschia pink, las trenzas, la bata jamaiquina?

            —No me molestan, solo que aquí no las puedes usar y punto.

            Angélica en un arrebato de cólera, despotricada, enloquecida, se arrancó la peluca, la ropa jamaiquina y quedó desnuda ante el licenciado, gritando su desventura. Todos dejaron sus deberes y corrieron en dirección a sus gritos. No tenía un cabello en la cabeza y ahora todos lo sabían, pensó. Pero nadie lo notó, solo se fijaron en su cuerpo magnífico.