Termina hoy la experiencia con Mel Gómez de dos cuentos cortos sobre una protagonista que vive de verdad… en el sur.

Angélica Páez  (y dos) by j re crivello

Angélica Páez salió a comprar caramelos de menta, —según decía, le alegraban la vida. Serian casi las 8 de la noche. Vio abierto un paki en una esquina y se entretuvo charlando con el vendedor, hasta que dieron las 9. Luego bajo caminando por una zona de bares y se chocó con un tipo un poco desgarbado, de ojos infinitamente azules, forma de hablar caribeña pero con un estilaso muy propio. Esos minutos interminables se rompieron cuando ella dijo:

—¿Cerveza o ron?

—Ron —respondió con esos ojos maravillosos. Entraron a un bar, entre música y palique dieron las 12 y alegres. Ella acepto subir a la casa allí mismito. La noche acabo con saltos y gemidos. La peluca de Angélica cayó al suelo, y su noche tan intensa no le permitió ver la decoración. A la mañana siguiente, minutos antes de vestirse otros gemidos, esta vez ella encima, le trajo a los años en que estaba un poquitín descontrolada y disfrutaba de varios novios. Se recostó sobre el respaldo de la cama y por primera vez repaso lo que le rodeaba: ¡serpientes! Toda la habitación estaba llena de cubos de cristal llenos de diferentes serpientes.

—¡Mami! Colecciono serpientes —dijo él con una sonrisa y unos ojos celestes. Parecía decirle: tú me puedes amar así.

Angélica se puso de pie, busco en el suelo sus bragas. Su físico escultural se reflejaba en el osario de la derecha donde una boa de 6 metros dormía. Luego recogió su peluca y escucho la voz de su colega nocturno.

—Mami, te pareces a las mías. La piel de la cabeza calva, es tan deliciosa como cuando las toco a ellas. Y vio como una de sus serpientes le pasaba por la parte baja de su cuerpo.

—¿Y anoche estaban? —exclamó llena de asco y sorpresa.

—Mami, ¡te divirtieron mucho!

Angélica salió de la habitación casi tropezándose y al llegar a la puerta se montó en un taxi. El chofer miraba por el retrovisor su peluca desajustada y sus piernas semiabiertas, y cavilaba si era o no era. Y pregunto.

—¿Noche dura? Ella se contuvo, cerro las piernas y tecleo en el WhatsApp a su amiga.

#He dormido con un cabrón que se las hace con serpientes

#¿Y vos? —fue la respuesta de su amiga porteña

#Estaba tan caliente que no recuerdo nada.

Angélica Pérez se bajó del taxi y decidió caminar por el parque. La brisa le calmaba, era fresca, con cierta delicadeza. Al final un cartel de Coca Cola ponía:

Si tienes un deseo ¡Cúmplelo!