Imagen by Carlos Pradier

Estos artículos pertenecen a un curioso libro descatalogado, que publiqué hace años, “Una furiosa izquierdista se posó en el plato de mi sopa”. -j re

Panteones

Los panteones son un espacio donde está detenido el tiempo. Las gasas y los tules blancos que caen de los diferentes espacios, guardan los catafalcos en hilera de dos. Algunos tienen subdivisiones. Al abrir la puerta un olor a cerrado y humedad nos invade. En mi familia, lo tienen en Hernando, una localidad donde la Pampa es recia, de trigos y soja. Donde usted –si tiene costumbre- visita a los fallecidos, se bebe una cola y decide regresar en aquellos autobuses bisagra de la Ablo. Una empresa que le lleva desde Buenos Aires a Córdoba por 1 Lev y si se atreve se detiene en un pueblo -James Craik- que suena a inglés, pero tiene una taberna, donde enseguida, le matan un gallo y se lo listan con un cuchillo en trozos. Una forma de cortar, donde usted no ve el hueso, pero si una rica y pesada salsa de pimienta que le hiere de la necesidad de abundante vino.

Pero a lo que iba, en un panteón se supone que dejan hasta seis finados, y luego se llena -en deseos insatisfechos-  de deudos que imaginan acabar allí, pero ya se han marchado a otras comarcas y están tan lejos que el cartelito pegado en la pared: “a perpetuidad” nos  explica que aquello es de propiedad para siempre, pero se oxida y muere al ver que no viene ningún otro tertuliano.

Tal es así que hace poco, pase por allí y se me ocurrió entrar en el camposanto (1). Su cuidador me recibió con quejas y le costó encontrar la llave -según el- allí hacia 20 años que no aparecía ninguno, y… abrió. Era casi de noche y me dejo solo, me rodeaba la bruma que se despega del suelo después de un día de mucho calor. Los ataúdes estaban en buen estado, recorrí la base de los nombres y re-visite a todos mis bis-abuelos. Gente venida de más allá en la sierra alpina y extrema del Norte de Italia. La noche fue entrando y para mi sorpresa una bombilla se encendió, había suficiente luz y distinguía cada contorno de las maderas y los dorados. Me sentía ¿tal vez?, más protegido con una luz tenue, lo que me invito a cerrar la puerta para evitar el frio y la humedad. Alguno podría preguntarse: ¿Y no se le apareció alguien?, o  ¿no escucho algún ruido? Pero no, diríamos que ese templo de descanso estaba solo y sujeto a las normas del más allá. Dieron las nueve y el aburrimiento comenzaría a insinuarse. Solo un leve detalle me sorprendió, al querer retirarme pude ver que una de las cajas estaba débil y la madera floja. Hice fuerza y cedió un trozo de tres palmos, introduje mi mano y al moverla por dentro pude tocar ropa vieja y algún resto óseo, también note una pieza de metal. Al retirarla vi que era un anillo, tenía muescas que sujetaban una piedra que brillaba de azul… infinito, y me marche, con dicho trofeo.

Pasados los días repase viejas fotografías familiares, mi bisabuela aparecía en todas las imágenes con el anillo. Nada especial. Quizás… ¿un trazado que seguía su rumbo?

Nota:

(1)Y paré en James Craik, y me comí el pollo y bebí de aquel vino que calienta la cabeza hasta imaginar que uno es virgen y se enamora de efebos con alas que le llevan al… infierno.