El ajedrecista by Roberto Spinelli

Fecha: 22 noviembre, 2019Autor/a: antoncaes0 ComentariosEditar

Nunca imaginó que sería tan difícil arrastrar un cuerpo muerto, aunque fuera colina abajo y el cadáver del pobre campesino no pesara mucho más que el de un niño.

Unos minutos antes, el hombre caminaba tranquilo subiendo esa loma, pero al sargento se le ocurrió detener el Jeep y tomar unas cervezas.  Después de todo era casi un día libre, habían cumplido la única orden: conseguir un tambor de nafta para el Mercedes del comandante.

Despreciaba al sargento, a su estúpida y ferviente defensa de una supuesta superioridad racial y de una guerra hasta el fin, una guerra que lo asqueaba.

Compartió solo unos sorbos de cerveza con él y los otros dos soldados.  Cuando vieron al campesino, intuyó lo que sucedería y se apartó debajo de los árboles.

En su pequeño tablero de ajedrez reprodujo otra vez aquella famosa partida.  Admiraba a su coterráneo Adolf Anderssen.  Le proporcionaba un gran placer y un poco de envidia, el modo en que el maestro, un siglo antes, disponía las piezas y componía el escenario para el golpe final.

Entonces comenzó el torneo de tiro al blanco, las risas del alcohol y las apuestas.  Desoyó los gritos que lo invitaban a participar.  El desgraciado subía la colina lo más rápido que le daban las piernas.  No supo quién de los tres ganó la competencia de puntería, tenía los ojos fijos en el tablero.

Ninguno oyó al avión, en unos segundos los soldados yacían despedazados.  El sargento trataba entre gritos de detener la sangre que se le iba por los orificios en el vientre.

Guardó el tablero, salió de su escondite de los árboles y se le iluminaron los ojos, como suponía que se iluminarían los de Anderssen cuando la oportunidad lo bendecía.

Llegó arrastrando el cadáver, lo acomodó en el Jeep, se quitó las botas y las calzó en los pies del campesino.  Derramó el combustible sobre el cuerpo.  Buscó la pistola en la cartuchera del sargento,  la colocó en su mano derecha y apretó el gatillo.

El incendio fue monstruoso, se quedó unos minutos debajo de los árboles contemplando su obra cumbre, una partida digna del maestro.

Luego se fue colina arriba, los zapatos del campesino le apretaban un poco.