HOGAR by Pedro Mtz. de Lahidalga

 “Europa no es un lugar, sino una idea” (Bernard-Henri Lévi)

 Cuando visito un lugar me gusta pensar que no pertenece a nadie. Bien es verdad que conozco parajes (de la Europa no anglosajona, esencialmente) envueltos en una atmósfera tan familiar que los siento propios, los reconozco como mi hogar. Todos tenemos una idea de Europa y la mía cabe remedarla poéticamente a modo de un sencillo plano-secuencia (trasunto de toda su complejidad) filmable en apenas tres minutos sobre un escenario con estos o parecidos personajes: me encuentro en la terraza de un cafetería con solera cultural en cualquiera de sus tantas ciudades históricas (Roma, París, Praga, Viena, Lisboa, Budapest…) degustando sosegadamente un expreso muy aromático, en tertulia más o menos ilustrada con algún amigo o recién conocido, da igual; flota en el ambiente un leve murmullo de conversaciones en tonos sumamente modulados, mientras observo de pasada (casi sin querer) cómo una joven y atlética runner frena su carrera para introducir el chicle en una papelera, al tiempo que otros viandantes de diferente edad y condición se ceden educadamente el paso. Fin de la toma.

 Este impagable rosario de sucesos aparentemente nimios, resultado de profusos destilados a través de sucesivas generaciones, explican por sí solos toda la grandeza moral a la que nos es dado aspirar como herederos de esta antigua, pero culta, sociedad que nos precede. Anacrónico o pionero, dependiendo de la perspectiva elegida, el espíritu que ello entraña no ha florecido con tanto vigor en ningún otro confín y es, o debiera serlo para la mayoría (desde luego lo es para mí) una fuente de amor propio que nos atañe conservar y, a ser posible, ampliar. Hoy por hoy, más allá de que otros sean los dueños del planeta o que el futuro económico tienda a trasladarse hacia el Pacífico, el presente del civismo (entendido como una aspiración moderada pero terca de valores como libertad, igualdad, dignidad, bienestar, progreso…) sigue su contumaz discurrir por entre el Mediterráneo y el Báltico. Un espacio habitado por apenas quinientos millones de almas que viene alimentado por entornos y temperamentos inusitadamente distintos, pero reconocibles, al que llamamos Europa.

 Han pasado sesenta y dos años desde los fundacionales Tratados de Roma y van para treinta y cuatro de la entrada de España en la CEE, la actual Unión Europea (UE). Por aquél entonces creía en las hadas y hoy quiero seguir creyendo en Europa (en el convencimiento de que, en cuanto dejas de creer en ellas, unas y otra se mueren), en esa su tradición humanista con la que empezó adoptando los derechos civiles y cuya prosperidad no atiende exclusivamente (a diferencia del mundo anglosajón) a criterios de rentabilidad inmediata. En mi reciente travesía (ver post anterior) por las costas de Normandía, setenta y cinco años después del desembarco, me hice la ineludible pregunta ¿qué queda de aquella Europa soñada, qué de los solemnes compromisos posteriores por mantenerla unida en el imperioso intento por evitar su tribalización recurrente y suicida?. No sin cierta zozobra intelectual, hoy me cabe añadir ¿hasta cuándo podremos seguir defendiendo la idea de este europeísmo ético, frente a ese renaciente euro-escepticismo étnico abanderado por nacionalismos identitarios u otra suerte cualquiera de populismos?. Es llegado el momento de procurar responderlas.

 Por resumirlo en corto, a nuestros griegos antiguos les debemos ese rumbo hacia la verdad racional (logos) escogido en el largo y sinuoso viaje por pasar de la barbarie a la civilización. La misma civilidad (suma de derecho civil más ciudadanía) que los romanos absorbieron, adoptaron y adaptaron para convertirla en una especie de supercultura cuyo alcance geográfico llegara a extenderse mucho más allá del pueblo que la insufló (lo que hoy vendría a interpretarse como una forma de globalización). A partir del Renacimiento, una vez atravesado el inmenso túnel de una Edad Media inmanente, Europa ha mantenido una influencia dominante en la cultura, la economía y los movimientos sociales en el mundo. Basado en su humanismo secular que progresivamente fue ampliado por el pensamiento ilustrado mediante la inteligencia y la adhesión a dos ideas (ciencia y emancipación) hoy ya universales, hasta chocar con el siglo XX de nuestros pecados (el de los totalitarismos, de las dos guerras mundiales y otras calamidades) para, mediado el siglo, terminar renaciendo a través del sueño irrenunciable por construir una unión europea que evite el peligro cierto de volver a las andadas de los enfrentamientos fratricidas u otros desmanes.

 Llevamos algunas décadas penúltimas habitando un continente básicamente liberal y cultivado de ciudadanos libres en sociedades más o menos socialdemócratas con (entre otros destacables patrimonios) una desbordante proporción de estudiantes universitarios, de profesionales altamente cualificados, de intelectuales y científicos mundialmente considerados, de parados y pensionistas cobrando el subsidio o la pensión, de funcionarios elegidos por oposición, de asegurados por distintas pólizas, de igualdad de oportunidades en incontables campos… y, en definitiva, rodeados por un factor humano y por unos correctores de la desigualdad social sin parangón posible con otras latitudes. A mi modo de ver, ésta debe ser y no otra (entiéndase ombliguismos egoístas u otros engañosos cantos de sirena) la argamasa con la que poder cimentar y reconstruir sólidamente nuestro mal llamado Viejo Mundo.

A pesar de todo ello, por diferentes motivos (brexit, refugiados o emigrados, terrorismo, coyuntura económica…) vemos una UE atenazada de tecnocracia y rodeada por el fantasma de las xenofobias nacionalistas, las cruzadas identitarias, los populismos inflamables, los moralismos retrógrados…, formando en su conjunto una creciente minoría que expresa su desencanto euro-escéptico y que vaticina el riesgo cierto de una posible regresión. Debiéramos tomar conciencia de que la necesaria y deseable integración es un proceso dinámico y que, como tal, en caso de no avanzar lo más probable es que retroceda. Si los valores propios de una Europa frente a los totalitarismos (antinazi y anticomunista) alumbraron la primera fase en la formación de la Unión, inscribir a la UE en la historia del devenir mundial exige implementar decididamente el resto de los valores específicos que han marcado su historia (antes resumida) y que caben compendiarse como: tolerancia, seguridad y urbanidad. Y hacerlo, no como respuesta defensiva a una globalizada o regionalizada guerra de culturas, identidades y religiones anunciada por algunos y temida por muchos, sino como la única propuesta honesta de lo que somos, y queremos seguir siendo, los que hoy nos sentimos europeos.

 Desde el pesimismo de la inteligencia pero con el optimismo de la voluntad, mantengo la esperanza en esa idea poética de una Europa en la que creo y por la que voy a seguir luchando tercamente para intentar limpiarla de enredos populistas u otros chapapotes y poder así en un futuro seguir reconociéndola como mi verdadero hogar.

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