Kennedy y el cap. 8, regresan el miércoles próximo -j re

Pero en este infierno que todos han bautizado como Camelot, Jackie juega el rol de “Jackie Kennelrock”, un brillante maniquí que aparece en la serie “Los Picapiedras” en 1961 (3), cuando Wilma y Betty están comprando con su tarjeta de crédito en unos grandes almacenes y la ven en el escaparate. Y, de nuevo aparece en la punta de mi lengua la horrible pregunta: ¿Qué ha saltado por los aires?, y por primera vez surge una respuesta clara y precisa, es… ¡la inocencia feliz de América! Por ello decido escribir en una cinta de hospital esa frase, y la pego en la puerta de entrada de mi despacho, y retiro de allí la anterior, aquella que decía “Dept. Asses. ¿K?”. Y mientras estoy en mi tarea, dos tipos conocidos se acercan, son los dos de la CIA de la noche pasada. Menos mal —pienso que: “¡Clinton te protege!” Y digo:

–Hola

–Nos han dado órdenes que le ayudemos –dice el negro. Puesto de perfil, con rizos cortos y una mirada pesada y oscura.

–Al lavabo voy solo –respondo. El blanco, nuevo, fresco, de cara alargada y traje azulado oscuro, dice, con cierto fastidio, mientras me muestra una identificación:

–Está es mi chapa. Veo que pone: 037256-A y el nombre de Ron Sánchez. ¡Es hispano! —pienso.

♣♣♣

Fue un primer contacto frío, pero escandaloso. Marilyn estaba sentada en un sillón de terciopelo y el presidente Kennedy entro por un lateral. La gente se arremolinaba, nadie dejaba paso al séquito. Él, miro hacia el final de la sala y desde ese espacio detrás de una copa de Martini con una aceituna, dos ojos le correspondieron. Marilyn le observaba como rasgando el espacio y separando lo interesante de lo estúpido. Vestia un vestido apretado con flores pequeñas, y unas gafas de nácar y curvadas. Se las quito, e hizo un gesto cursi. Una bomba había estallado. Sus amigos, cercanos a la Mafia, la habían situado casi a la entrada para atraer al presidente.

Luego –ellos, en su oído le dejaran correr, que si era capaz de aguantar esos cinco minutos en que Kennedy se movía al acecho, de mujeres, del público, luego escogía una señora o un contacto político y echaba a andar en su dirección. Y, ¡la información fue la correcta!, pudo ver como él se deslizo con rara coquetería hasta dar con su sillón y decir:
–Es Usted la…
–Actriz de sus sueños –respondió Marilyn de manera jovial y mientras el entorno se cargaba de electricidad.
–He visto algunas de sus películas —dijo él, con una sonrisa radiante y atractiva
–Y yo le he votado. Y, le he escuchado por radio mientras me ducho.
–El jabón no encaja con mi curso de política nacional.
–Le aseguro que su voz llega hasta la morada del genio. Aquella frase creció como una espuma, dejando ver que ella suponía un espacio intenso donde al abrir sus piernas el presidente le domaria. Y se pudo de pie estirando su mano. El contacto –para ella– fue la confirmación de un estilo, en cambio –para él– casi superaba a Jackie. Enseguida le rodearon, él se giró y le dibujo una media sonrisa, y dijo a su secretario algo inaudible. Era una cita. Una retirada del amor conyugal y un acercamiento a una excepción entre las féminas. Aquella noche en Hollywood alguien abrió una botella de champagne, para decir: “ella está en la senda de su deseo. Y ella ama sin límite”.

—Y él está en nuestras manos —la voz cavernosa de Sam, el jefe de la Mafia, escapaba desde un sillón donde la luz daba cierto aire de misterio.

Notas

1)      Medicación de Kennedy: esteroides para su enfermedad de Adisson, analgésicos para la espalda, antiespasmódicos para la colitis, antibióticos para las infecciones del tracto urinario, antihistamínicos para las alergias. Fuente Mike Celizic

2)       Mike Celizic

3)       Mike Celizic

4)        Marilyn conoció a Kennedy en 1954, en una fiesta en casa del productor Charlie Feldman. Una fiesta a la que acudió con su marido Joe Di Maggio, en la que bailó acaramelada con su admirado Clark Gable y en la que deslizó un papel con su número de teléfono en la chaqueta del entonces joven senador norteamericano. Durante ocho años se sucedieron los encuentros entre ambos.

Fuente: “Marilyn y JFK” de François Forestier