Amigos les dejo con el cierre de esta serie sobre el cielo, me tomo cuatro días de descanso. Intentaré caminar hasta la playa (está a 3 km de mi casa) y soltar lastre. Les deseo lo mismo, fe, descanso y amor a la vida. Les dejo con R Desnais saludos j re crivello

R Desnais conoció a un tipo mientras bebía cola en un bar de la rotonda, un poco antes, donde se peregrina para entrar al cielo y Dios da las ultimas ordenes, tales como tu pa-aya, tu pa-aca. Él le comento que a varias millas de este bar había uno muy parecido, pero pintado de rojo. Lo atendía un tipo socarrón, de sonrisa pícara. Si tu pedias una jarra de alcohol hecho con papaya podías acceder pasados unos minutos al mijitorio. Siempre que tuvieras más de 50 años y padecieras deseos de ir al lavabo más seguido —aclaró como remarcando la frase. Allí en el lavabo masculino, y solo en él, si uno se metía en la taza de wáter de la derecha y tiraba de la cadena le llevaba directo a la Tierra. R. Desnais apuró el coctel y pido uno más, como todo era gratuito, en el cielo el alcoholismo se notaba, no era como allí abajo que los que bebían les sometían a torturas de los Alcohólicos Anónimos y había que largar todo lo que uno sentía y prometer que la próxima vez lo dejaría. Y que no perjuraría ni le pegaría a su mujer.

—Este es el plano —el tipo le acerco un papel. R Desnais dudaba y, ¿si era una trampa de a Policía de la Moral?, y luego se chivaban a Dios. ¿Y qué haría allí abajo? Trabajar por poco dinero, tener una sola mujer, tener que lavarse la cabeza para quitarse la caspa que volvía una y otra vez. Y si sucesivamente, de tareas ingratas que se repetían, y su lista era larguísima. Al final la lista de regresar solo apareció un nombre. Una tal Patricia a quien conoció una semana antes de que se matara con la moto en una curva en un pueblo de nombre Oliva.

—¿Estas en duda no? —dijo el tipo

—¿Cobras comisión para devolver gente a la Tierra? El tipo sonrió y se limpió la nariz como hacen los futbolistas de la Liga Española que lo sueltan sobre el césped. Como… ¡si na! R. Desnais se puso de pie. Llegaría hasta allí si caminaba toda la tarde. Y salió.

En el camino solo le empujaba una idea: Patricia. El amor, es muy contagioso, nos arrima a lugares insensatos, nos lleva hasta aventuras, o nos llena de calor humano. Esto último flotaba en su interior cuando abrió la puerta del bar y detrás de la barra, un diablo con sonrisa blanca y espasmódica, le preguntó:

—¿Jarra de papaya, o de lo de siempre de por aquí?

—Papaya —contesto y se la bebió de un sorbo largo, de aquellos que uno le agrega el alma como si esperase el milagro que no ocurrirá. Y… corrió hasta el lavabo pues se le escaba un pis que le presionaba, como aquellos de las 7 de la mañana donde uno sabe que sonará el despertador y desea quedarse, pero le aprieta. Dicho esto metió los dos pies dentro del agua con restos fecales y orín putrefacto y tiro de la cadena. Un fogonazo le dejo frente a la casa de Patricia. No podía creerlo, se tocaba y estaba todo igual, la gente corría, el bar de la esquina sonaba a la tragaperras más convencional. Y camino hasta la puerta y toco el timbre. Una mujer de casi 50, de ojos grises casi gatunos, de cabello corto y un lunar suave en la oreja derecha, vestía un chándal deportivo en gris. Le miró. Se miraron.

¡Si! El amor es tan contagioso que si no está lo creamos —pensamos nosotros

—Pasa, —dijo ella.