Es viernes y con ello termino la serie de la semana, mi corazón esta apretadito, pues ha fisgoneado en los temas familiares y luego mi estilo de escribir ha intentado conectar con historias que son universales. En medio, en mi WhatsApp aparecían historias complementarias de los familiares que leían lo publicado. Que mi Nona veía con ellos boxeo los sábados por la noche, que hablaba piamontés con su hermano, que Emma era hincha de la Juventus. Y al escribir desde ayer, su hermano, se cruza en mi camino. El Tio Mario. Famoso en su pueblo. De mediana estatura, conversador, de pómulos rojos como el vermut de la Italia enamorada de la vida. Y que trabajaba de intercambiador de objetos, unaprofesión que antiguamente se llamaba compra y venta de chatarra, o trae para aquí que yo encuentro su cliente. A sus manos llegaban los restos de la incipiente sociedad y el hacía dinero. Pero además vendía lotería ilegal. O se la comía si detrás venia la policía. Y así vivió años, entre la legalidad y las ganancias de la ilegalidad.

El llegó antes del 1923. Antes de Mussolini, antes del fascismo. Con solo 6 meses. Ahora, era tan italiano que parecía increíble que fuera el más joven italiano en llegar a Argentina. Los humanos somos del país que nos acompaña en el amor tal vez. Y él hablaba ese difícil idioma piamontés. Y fumaba en pipa. Y mezclaba el piamontés con el español, una y otra, y otra.

A las 7 de la tarde ya estaba durmiendo. Cuando uno se acerca a la vida de otro no puede menos que mirar en sus bolsillos. Tío Mario los tenía a rebosar de humanidad, y mirada inquieta y sonrisa fácil ante la adversidad.

A veces de pequeño caminaba los 150 metros que separaban estas historias familiares. Una casa (la de mi Nona), la otra (de mi otra Nona) y el caserón de Mario. A la edad de 8 años, solo podemos ver las fantásticas historias que creaban esas tres casas en tan pocos metros. Podría meter la mano en la galera que llenaron e ir mostrando una tras otra. Tal vez me viene al recuerdo, una, a las espaldas de Mario, de su caserón, vivían Los Dolan, una familia compuesta por un padre irascible y unos hijos con ojos grandes como los de los chimpancés. O, con una fiera madriguera donde no podías entrar sin riesgo. Mario a veces me los marcaba con un dedo, mientras me dirigia su mirada, como si me dijera:

Allí está el secreto de la vida. Les ves a ellos y aprendes a resolver cientos de dificultades. Yo, no entendía, pero su mirada picara y su sonrisa entre pómulos rojos vermut, me hacían grande.

Si, ¡grande!

Nota, he reservado esta receta para Tio Mario (y vosotros)

Fettuccine Primavera, hecho espárragos, mantequilla, cebolla, apio, zanahorias, calabacines, pimientos rojos, y pimienta negra y un toque de parmesano.

Ingredientes para la pasta primavera

  • 250g de fettuccine
  • 100g de brócoli (o espárragos)
  • 40g de cebolla picada
  • 130g de arvejas congeladas (o apio)
  • 2 zanahorias
  • Queso parmesano rallado
  • Aceite de oliva c/n

Para la salsa Alfredo

  • 50g de mantequilla
  • 2 dientes de ajo
  • 3 cucharadas de aceite de oliva
  • Pimienta negra molida c/n
  • 2 tazas de nata
  • ½ taza de queso parmesano rallado

Elaboración paso a paso

  1. Coloca abundante agua en una olla con un chorro de aceite y un poco de sal.
  2. Lleva a fuego medio y cuando comience a hervir echa la pasta y cocina al dente.
  3. En una sartén u olla agrega un poco de aceite de oliva y lleva al fuego. Una vez caliente agrega la cebolla picada, las arvejas congeladas, las zanahorias ralladas y el brócoli. Remueve y cocina durante 8 minutos.
  4. Para hacer la salsa Alfredo, corta la mantequilla en cubos y fúndala a fuego medio-bajo en una sartén u olla junto con el aceite de oliva.
  5. Machaca el ajo y añádelo junto con la pimienta y la nata/crema de leche. Continúa cocinando mientras remueves con una cuchara de madera y añade el queso parmesano rallado.
  6. Coloca la pasta escurrida en un recipiente junto con los vegetales y la salsa Alfredo. Mezcla muy bien y sirve en platos. Espolvorea con queso parmesano rallado.