La noche era negra. Caía una lluvia fina. Phileas Fogg, recostado en su rincón, no decía nada. Passapertot, aun despierto, busca maquinalmente la bolsa del banknotes. […]

—¡Qué le pasa? —va preguntar Mr Fogg.

—Es que… con las prisas… la sorpresa… he olvidado…

—¿Qué?

—¡De apagar la luz de gas de mi habitación!

—Pues bien, amigo mío —va responder fríamente Mr Fogg—, todo lo que gaste irá a su cuenta. pág. 31, Julio Verne, La vuelta al mundo en 80 días.

Los viajes son un caudal de emociones y conocimientos que en estos días han decaído en nuestras vidas. Todos pensamos en dar esa vuelta al mundo que nos transforme en aquellos seres que no temían en un virus potente y desmadrado que nos atrapa y lleva no solo a la posibilidad de morir, o al Post Covid, sino a esos 15 días temidos de encierro. En mi caso viví esos días con una gran soledad mental, como atrapado en la ciénaga que algunos experimentan de abandono.

En esas jornadas nos dejan la comida a la entrada de la puerta y tiramos de la televisión, de un libro, o de la memoria. Es una lucha por no abandonarnos en una isla desierta que nos sustraiga del futuro. Son días jodidos por un presente continuo, como si el futuro fuera suspendido en manos del Dios de los favores físicos. De la curación, del regreso a la normalidad. Ese viaje no es de aventuras, es interno, insoportable, doloroso y cargado de incógnitas.

“El maquinista va hacer sonar el pito, el tren se va a poner en marcha y va a desaparecer inmediatamente mezclando el humo blanco con los remolinos de la nieve” pág. 248, Julio Verne, obra citada.

Y de repente se abre un espacio y uno comienza a superar el virus, y delante vuelve a aparecer el territorio del futuro que se superpone al presente y respiramos cada segundo como si hubiéramos inventado la vida por segunda vez. Y razonamos que aquella etapa fue un recuerdo y la cargamos en la memoria cual pitido del tren que abandona espacios cubiertos de inquietud y acidez. Y te llama por teléfono tu cuidador desde el Ambulatorio de Sanidad y repasa tus datos. Y dice:

—Está bien. Le acabo de enviar el Alta de sanidad hace unos minutos. Y uno maldice al médico por darte el Alta antes de haberte escuchado, pero es feliz pues saldrá de su encierro y respirará la calle, la casa, la terraza. Y hasta verá el mar.

Y recuerda a d. Roccosick y está dispuesto a subirse a un tren nuevamente:

“D Roccossick subió al tren cerca de las 3 de la madrugada. La estación roja de Moscú como así le llamaba su familia estaba llena de gente que venia del interior con miles de regalos para sus parientes; para ellos una visita cada tanto al corazón del Imperio les llevaría a la tumba de Lenin entre otros. Este líder que conmociono al mundo, en 1917, era recordado por su familia como alguien “que amaba el anonimato, apreciaba la sensación de seguridad que le producía el destierro y gustaba de manejar los hilos secretos del partido tras los bastidores de una existencia ordenada” (1) 

Las largas horas que tenía por delante le llevarían en el Transiberiano por el corazón de Rusia. Aunque era primavera aún se observaba en gran parte de la estepa la cubierta de nieve, o una especie de agua barrosa. La próxima estación estaba a 400 Km”(2) Pág 177, d Roccosick & el transiberiano, j re crivello

Notas:

  • Pág. 92 El misterio de Lenin, Enzo Bettiza. Ed. Argos Vergara
  • Nizhny Nóvgorod (442 km, HHM) sobre el río Volga; hasta el día de hoy, la estación principal de esta ciudad lleva su antigua denominación soviética, Gorky-Moskovski (aunque el nombre de la ciudad fue cambiado en 1990), y aparece así en muchos horarios.