Recibo muchos emails diarios y cuando escribo a veces tengo un guion, en otras intento romper todas las convenciones y hoy me llegó este email

“Apreciado Juan, querido Juan… en efecto, el panorama por aquí es desolador. Este comentario no refiere única y exclusivamente al virus aunque domina las conversaciones, claro está. Confieso que mantener el buen ánimo se convierte en una tarea titánica por momentos”.

Podría mantenerlo en el área de lo privado, pero Verónica me disculpará. Nací en dicho país, pero como siempre sostengo amo España ( y residualmente a Italia) y por más que todos se alegran descubrirme con el acento y decir: Ud es arg… Yo a veces puedo hasta ser maleducado con los que usan la banderita para identificar. Pero este email, me hace pensar en millones de personas con apuestas de tantos años y tal vez no siempre han salido correctas. Es como nos pasó aquí con 40 años de franquismo sin podernos quitar a ese tipo odioso (o a los italianos con los años de Mussolini).

Por ello, estos tres días publicaré por las tardes Queridos argentinos. Tres textos de tres autores, Verónica Boletta “Querido Alejandro” de La Plata, Juan Luis Henares “El precio de la felicidad” del interior de ese gran país, y en mi caso extranjero de allá con Mother. Que lo disfruten

J re crivello

Nota: será republicados en MasticadoresSUR, este gran proyecto de 15 escritores chilenos y argentinos.

Nota: Desolador está en negrita en el original

Querido alejandro por Verónica Boletta

La Plata, Octubre de 2020

Querido Alejandro:

Es domingo y corresponde, tal como ha sido instituido en mis hábitos familiares, confesarme vía correspondencia. Dirás que soy antigua. No seré quien te contradiga. Más temprano que tarde aflorarán esas peculiaridades —siempre tan amable vos para nombrar mis manías— que provocan tus risas. Contarme por escrito equivale a la desnudez.

Fui a encender el fuego. A mi lado reposa una taza de té. No sabrás de estas interrupciones a menos que te las cuente. Lo hago. Con vos no hay secretos. Si en nuestra relación agregáramos los fluidos del sexo no tendría más intimidad que la gozada hasta hoy. Evitémonos las humedades. Estoy ocurrente y mal pensada de un modo que me conoces.

La última semana ha sido peculiarmente dura, una ladera arriba de emociones de la cual me cuesta reponerme. Considerar que el bienestar consiste en descender algún nivel —¿cuál sería? ¿cuánto bajar? ¿la felicidad tiene fisonomía de llanura?— es una cuestión que no tengo nada clara, como verás.

El té se enfrió como en la canción de Marilina. Me permito la referencia porque somos del año de ñaupa; también la expresión, ja.

Retomo. La semana venía organizada. Todo salía según mis previsiones hasta que la agenda laboral estalló por los aires y arrasó con lo demás. Cuando me gana la desesperación tiendo a perder el tiempo en lamentos inútiles, a desconcentrarme. Estuve un par de días así hasta que, con mucha fuerza de voluntad, me convertí en monje zen. En el ínterin de mis preocupaciones en loop les escribí a Lisi, a Mario, a Sara. ¿No te los cruzas nunca? Dicen que el mundo es un pañuelo pero tal parece que, en aquella ciudad donde el diablo perdió el poncho, el universo se ensancha. Contame de ese sucedáneo de Macondo. Las anécdotas son bienvenidas. En el mundo del revés se pone a prueba el verosímil. Si los noticieros informaran la verdad —de nuevo, ¿cuál? ¿cuál?— la farsa quedaría al descubierto. Nos siento anestesiados, amigo mío. Para mi mucha desgracia, en esos días laborales álgidos, los pensamientos me juegan malas pasadas. Uno de ellos es recurrente, un atentado contra los términos de mis ocupaciones: ¿qué sentido tiene este trabajo? Lo descarto rápidamente en pos de conservar la cordura —o la sumisión al estado de cosas, entre otras opciones—. Respecto de la burocracia, a la que sostengo con mis labores, intentaré convertirme en una crítica desde su interior. En mis próximos mails te contaré mis avances. Por oposición, tu ejercicio de la medicina no deja lugar a dudas. Sentirás cansancio, hastío pero no pondrás en duda el valor de tu profesión.

Releo lo escrito. Admiro mi capacidad de enredarme. Decidí no corregir el texto. Es una muestra elocuente de mi desánimo.

Sin embargo, —tranquilo, ahora viene la parte luminosa— encuentro tiempo para dedicarle a mis aficiones. Sospecho que por allí pasa mi vocación: el cine, la lectura, la música. El principio dionisíaco que Nietzsche nos descubrió en su obra está encontrando su lugar en mi vida. Gana su espacio. En otro momento lo hubiese reprimido. Hay libertades que generan tal zozobra que el esclavo las rechaza y vuelve a la cueva. Ampliaré mis incursiones por estos derroteros y me explayaré en un próximo envío. ¿Habré asomado el hocico? A mí también me intriga responder esa pregunta.

Sé que estás ocupado. Lee este pedido a modo de ruego: no demores tus noticias.

Te extraño, siempre. Te quiero, más. Me despido, nunca.

V.