Edgardo (nuestro editor de México) nos visita.

MasticadoresMéxico

imageImagen tomada de la red

 

 

—¡Oye, tú! Chamaco. Niño. Despierta—abrí los ojos. Era de noche.

Estaba tendido en el suelo y frente a mí, un hombre que llevaba una bolsa de basura como si de un impermeable se tratara y que sostenía un palo de escoba con el que me picaba las costillas, me alumbraba la cara con una lámpara. Me senté apoyándome en los codos. Toda mi cara y mi ropa estaban cubiertas del espeso polvo que caía del cielo. Junto al viejo había cuatro perros; uno de ellos, el más pequeño, ladraba histéricamente.

Lo miré con mucha atención: era un tipo moreno, no muy alto, con la cabeza rapada, de canosa y descuidada barba y con una barriga bastante pronunciada.

—¿Qué haces aquí, güey? —dijo al mismo tiempo que me picaba nuevamente con el palo—. Bonito lugar para quedarse dormido.

—No estaba dormido, creo que…

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