La capacidad de crear, surge de instruirla, atraerla, de dejar que aquella se someta a diferentes estímulos. Por ello he elegido cuatro supuestos desde donde cualquiera puede comenzar.

  • Preguntando a la madre o el padre o las abuelas o aquellas tías que guardan la memoria familiar.
  • Revisando imágenes antiguas (fotos o filmaciones cortas)
  • Generando un debate en el WhatsApp familiar y colgando alguna foto.
  • Aunque los objetos hablan. Aquellos objetos que se suceden en la familia y están dotados de un poder evocador, y nos refieren a antiguos compromisos familiares.

Aunque hay historias basadas en las clásicas de Papeles Privados, veremos a continuación cuatro maneras diferentes de estimular la creación.

0-El relato sale desde el corazón, pero se cambia a ficción a medida que lo escribimos, pero usamos la mala leche como inspiración que le empuja.

j. re crivello Mother Buenos Aires Año 1973

En la planta superior las cajas se apilaban. Me intrigaba una en particular y decidí dejarla, parecía ser de mi abuelo, y baje hasta la segunda planta. Esa mañana me había llegado una carta de Mother, siempre dos líneas, siempre desde los 200 metros que nos separaban, decía:

Querido hijo:

Estoy bien. Esta mañana he regado todas las plantas. Me siento intranquila. El país va en una dirección inadecuada. Te quiere. Mama.

Me limpie un poco, me cambie rápidamente y abrí la puerta a Silvia Lara. Ella me beso en la mejilla y paseo por la parte baja de la casa. ¡Mi madre! Fue la expresión utilizada, para agregar, que hacía años que esa inmensa casa aparecía varada en aquella esquina y cualquier vecino la utilizaba de referencia para sus asuntos, o para explicar la razón de una dirección. Las expresiones populares, eran del tipo: Vaya Ud. para allí, gire por esa casa, venga desde allí y esquive esa casa. Todo transcurría alrededor de esa referencia.  El casetón de la calle Alvear. Y ahora ella estaba dentro. ¡Y con su dueño! De nada sirvió que le dijera que era de Mother, que yo solo era el hijo único. El heredero de una vasta familia que acabaría conmigo, que terminaría con Mother, quien siempre aparecía en todos los tejes y manejes. Y se me ocurrió decir: “¡hasta en el regreso de Perón!” Ella se giró y con una sonrisa —dijo: “le haremos presidente en las próximas elecciones, para luego superarle. ¡Los montoneros traeremos la revolución! Y convertiremos estas casas en centros de cultura, si hasta me imagino en aquel rincón tiramos varias paredes y fundamos ¡un teatro popular!” Estaba ante una Montonera –pensé-. Medio país era Monto, y en las elecciones de octubre del 73 le harían rey o presidente, con lo cual el ciclo se cerraba desde aquel lejano 1945. ¡Qué fastidio! ¡Tantos años para estar en la misma canción que se repetía! Ella se acercó, y me apartó de mis pensamientos y me cogió de la mano para preguntarme ¿Qué me tienes preparado? “Nada… o algo” –dije-. Fuimos hasta la cocina y abrimos una botella de vino. Luego dos sándwiches y nos subimos hasta la única habitación habilitada de la planta alta. Solo un colchón en el suelo, un ropero grande y antiguo y una ventana que daba a un jardín descuidado e inmenso. Era verano, enero del 73. Si hasta sonaba a película de Hollywood. Abrí la ventana. La ciudad había desaparecido, aquello era un pulmón de celoso verde y de sus costumbres. Se me ocurrió preguntar ¿y… aquí pondréis un parque para los niños? Pero, al girar mi cabeza, ella estaba desnuda, solo reía. Me contagio su manera tan cálida y descuidada de ver la vida. Me quite la ropa y participe de esa fiesta de optimismo. Mother quedaba muy lejos, a pesar de vivir a dos calles. El país y la elección del General estaban muy lejos, todo de repente se había fundido en tan solo esa risa de Silvia Lara, inconfundible, alegre y vital.

Hoy deseo hablar de Mother… Continuar leyendo en…

02- El relato está construido sobre elementos de ficción, pero introduce los papeles privados de un tal Dencombe

Henry James Estados Unidos: 1843-1916 La edad madura

Aquel día de abril era templado y luminoso, y el pobre Dencombe, feliz en la presunción de que sus energías se recuperaban, estaba parado en el jardín del hotel, comparando los atractivos de diversos paseos tranquilos, con una parsimonia en la cual, empero, todavía se echaba de ver cierta laxitud. Le gustaba la sensación de Sur, en la medida en que se la pudiera tener en el Norte; le gustaban los acantilados arenosos y los pinos arracimados, incluso le gustaba el mar incoloro. “Bournemouth es el lugar ideal para su salud” había sonado a simple anuncio, pero ahora él se había reconciliado con lo prosaico. El amigable cartero rural, al cruzar por el jardín, acababa de entregarle un paquetito, que él se llevó consigo dejando el hotel a mano derecha y encaminándose con andar circunspecto hasta un oportuno banco que ya conocía, en un recoveco bien abrigado en la ladera del acantilado. Daba al Sur, a las coloreadas paredes de la Isla de Wight, y por detrás estaba guarecido por el oblicuo declive de la pendiente. Se sintió bastante cansado cuando lo alcanzó, y por un momento se notó defraudado; estaba mejor, desde luego, pero, después de todo, ¿mejor que qué? Nunca volvería, como en uno o dos grandes momentos del ayer, a sentirse superior a sí mismo. Lo que de infinito pueda tener la vida había desaparecido para él, y lo que le quedaba de la dosis otorgada era un vasito marcado como lo está un termómetro por el farmacéutico. Se quedó sentado con la vista clavada en el mar, que parecía todo superficie y cabrilleo, harto más superficial que el espíritu del hombre. El abismo de las ilusiones humanas, ése sí que era la auténtica profundidad sin mareas. Sostenía el paquete, que a todas luces era de libros, en las rodillas, sin abrirlo, alegrándose, tras el ocaso de tantas esperanzas (su enfermedad lo había hecho ser consciente de su edad), de saber que estaba ahí, pero dando por hecho que ya jamás podría haber una repetición completa del placer, tan caro a la experiencia juvenil, de verse a sí mismo “recién impreso”. Dencombe, que tenía una reputación, había publicado demasiadas veces y sabía de antemano demasiado bien cómo luciría.

Ese aplazamiento tuvo como vaga causa adicional, al cabo de un rato, a un grupo de tres personas -dos mujeres y un joven- a quienes, más abajo que él, se veía avanzar errabundos, juntos y al parecer callados, a lo largo de la arena de la playa. El joven tenía la cabeza inclinada hacia un libro y de vez en cuando se quedaba parado por el hechizo que sobre él ejercía ese volumen que, como percibía Dencombe incluso a esa distancia, tenía una cubierta chillonamente roja. Entonces, sus compañeras, un poco por delante, lo esperaban a que las alcanzara, hurgando en la arena con sus sombrillas y mirando alrededor el cielo y el mar, paladinamente conscientes de la belleza del día. A aquellas cosas el joven del libro se mostraba ajeno aún más paladinamente; retrasándose, fascinado, absorto, era motivo de envidia para un observador a quien se le había mar chitado toda candidez de su relación con la literatura. Una de las mujeres era voluminosa y entrada en años; la otra exhibía la delgadez de una contrastante juventud y de una situación social seguramente inferior. Seguir leyendo

03- El relato está construido sobre elementos reales y autobiográficos, pero el autor nos introduce en la vida de Marie y las claves de la Casa 37

J re crivello Mi vida italiana

Marie Grazie: la Humanidad es cierta y posible pues los débiles la llenan de alma

Me despertaron muy temprano, un café y salimos para la aldea. Según el marido de su hija era una pendiente que nos llevaba más allá de los 2000 metros. Marie Grazie iba sentada conmigo detrás, no hablamos en casi todo el viaje.

Las paredes laterales de la carretera dejaban ver valles profundos con aldeas que se mantenían sujetas a una vida que en Italia había casi desaparecido. Me entretuve en mirar el paisaje, tenía hambre y dejaba vagar mis pensamientos que saltaban confusos en el tiempo transcurrido hasta llegar allí y este viaje que iba a las raíces familiares pero que sucedía en un espacio de tiempo en el cual no deseaba tomar ninguna decisión personal sino vagar sin descanso por aventuras que se sumaran unas a otras sin sentido, sin mayor ruta que la casualidad. Y aquí estaba camino de una nueva carambola, ni me quedaría en la aldea, ni al lado de mi tía abuela, tan solo escucharía lo que las raíces contaban para dejar aquello tal vez guardado en un espacio donde la memoria establece criterios, da prioridades y pone bajo custodia emociones que resurgirán pasados los años.

En medio de la colosal montaña se abrió un surco, era un valle, como trajeado y listo para su boda. Pocas casas y una iglesia. Nos detuvimos en una de ellas, construida de piedra gris, con su espacio debajo para guardar los animales.

—Esta es nuestra casa –dijo Marie- la hermana de mi abuela Domenica. Aquí nació tu abuela, Teresa y yo. Las Garzino, su sola pronunciación me desconcertaba. Nos dejaron solos y le ayude a subir las escaleras. Tres habitaciones y un comedor y una cocina grande desde donde se veía el valle. Le percibía triste, tal vez intuía que el camino estaba cerrándose. Mi regreso, enviado por su hermana daba un final pero tampoco aportaba nada. Regresaba un joven desposeído de ideas o ambiciones, una mezcla de hippie moderno ansioso por aventuras y con miles de preguntas. Era un camino que privaba de sentido a su despedida hace 70 años en Génova y no sumaba más que una carga de genes jóvenes que se moverían varios años aun hasta abrir un espacio donde la Casa 37 tuviese su significado.

—¿Piensas en ella? –pregunte

—Domenica era de una pasta de ángeles –respondió sentada en una cama grande de metal, de colchón de lana y sonido cargado de historias de amor antiguas. Ella dominaba el arte de la curación de las almas. Yo –insistió Marie-era la otra parte, la anticipación, la profecía, la mirada que descubre el porvenir. Tu -y me miro con esos ojos verdes de lenta calma; tu eres como yo, puedes adivinar el futuro. Lo sé. Lo llevas en el bolsillo. Tenía razón, en mi bolsillo al lado de mi DNI llevaba siempre una piedra y unas letras mágicas, que bailaban, que explicaban, pero, ante las que sentía prudencia y muy pocas veces las mostraba.

—Si –dije-; estas son. Las mostré abriendo una parte. Luego tire sobre la cama algunas: A – S – T – O. Dijeron con la O y un punto en su parte superior; interpreto que nos dicen: Ahora serás tú en la Obra. O sea yo, dije casi sin creérmelo. Ella sonrió. Era demasiada tarea para mis 19 años –pensé. Ella captando lo que decía, agrego:

—Puedes esperar 50 años, la Casa 37 no tiene prisas. Dentro de poco nos uniremos Domenica y yo. Luego la Casa pasará después de 100 años a un hombre. “Y por qué no otra mujer” -pregunté.

—No sobrevivirán a estos 50 años –dijo Marie.

— ¿Y luego? –pregunte. Miro como si estuviera en otro espacio para responder, alrededor del 2020 hay mucha bruma. No puedo traspasarlo. Tire las letras, tan solo dos W y una l minúscula invertida se asociaban a una a borrosa y con un punto; dice que la oferta será para A. “¿Quién es A?” –pregunte.

—Es quien te sustituirá en la Casa 37, pero aún no ha nacido. Una letra salto de su espacio: “Comienza su nombre con I” –agregué, para preguntarme- ¿Cómo lo sabrá?

—Como tú, el encontrará su camino, veo un joven de una personalidad vigorosa, de ojos verdes. Y no sabemos si será de los que sanan el alma como Domenica o de los que predicen y son visionarios -dijo Marie. Luego me contaría una de sus historias que tanta fama le proveía y con moraleja.

Había una vez un lobo que estaba en su manada y era el jefe más venerado. Un día expulso a quien parecía el más débil, aquel al que siempre decimos: la Humanidad es cierta y posible pues los débiles la llenan de alma. El lobo expulsado regresaría pasado unos años para ser jefe. La soberbia del mandarín le llevó a dar caza a alguien superior y este le destruyo. 

04-El relato está construido sobre elementos reales y autobiográficos, el autor utiliza fragmentos de una entrevista a la nieta de Companys, para construir una biografía y su mirada personal de una época.

 Julián Fernández Cruz   La Hija secreta de Lluís Companys (Fragmento)

—Del interior de aquella caja hay unas cartas y relatos que realmente me llamaron poderosamente la atención, estos se encontraban en un sobre que decía: “Los confidentes de Lluís”, Antonio y Ramón, su chófer y el guardaespaldas, curiosamente ambos coincidían en alertar a mi abuela del problema que para ella era reconocer públicamente la relación que mantuvo con el Presidente y mucho más peligroso aún era anunciar el nacimiento de una hija fruto de aquella relación, no eran tiempos, estábamos en la antesala de una guerra civil, tanto Antonio el chófer como Ramón sabían de antemano como estaba la situación política y las consecuencias que ello conlleva, ser la amante de Lluís Companys y madre de una hija de éste pondría no sólo a ellas en peligro si no también a todo el entorno familiar, una y otra vez le hicieron saber a Antonia que guardara el máximo silencio a toda esta historia, “Las paredes oyen Sra. Antonia, cuídese, salga si puede de España, y, sobre todo olvídese de la niña de momento”.

—Ramón Clotet pertenecía al Cuerpo de la Policía de Asalto y siempre era destinado para acompañar a Lluís Companys, por entonces mi abuelo no era el Presidente de la Generalitat, habitualmente este servicio se realizaba en mítines o eventos relacionados con ERC públicamente y en desplazamientos, era un hombre que conocía bien al abuelo, con ello quiero decir por lo que posteriormente me comentaba mi abuela María Antonia, ellos cuando mantenían conversaciones en privado le confesaba los líos de faldas que éste mantenía, sabían que posiblemente sería el sucesor de Maciá y por lo tanto era una figura política que debían proteger e incluso en ocasiones tanto él como el propio partido le recomendaba más discreción