Diarios de motocicleta 04- Hospital de Urgencias: Berrondo y los sapos by j re crivello

También hay grandes estaciones que no son de tren o bus, sino de enfermos. De salir o entrar con suerte por una dolencia que nos atrapa. A los 10 años pase muchas horas dentro de este inmenso hospital y conocí sus tripas.

Monica Nigro “No, el viejo Urgencias no existe más en la Santa Rosa. Está hecho a nuevo en otro lugar”.

Un correo se ha cruzado esta mañana antes de dar clase sobre Hume y Descartes. Diríamos para incluir a ambas situaciones que en ese Hospital donde llegaban todos los accidentados en los años 60, aprendí a inyectar en los sapos la orina de las embarazadas. Mi amigo Berrondo, un señor bajito, desigual, con mirada de oso de la estepa rusa me indicaba como hacerlo.

La habitación, pequeña, irregular, de paredes blancas; estaba muy cerca donde trabajaban hasta 18 bioquímicos –entre ellos mi madre-; al salir del colegio me paseaba por el interior de un monstruo que daba o negaba la vida. Berrondo era uno más, de la colección de personajes carismáticos que poblaban esta sala de inyecciones, de operaciones y candado frente a los virus.

Otro era Azulay, y su hija Violeta Azulay, del cual le he inventado una historia en una novela que aun guardo en un cajón-, su padre, era inmenso, de carne de salmón y origen judío, su voz repetía una estrofa tan característica “hacer es deshacer”. Una frase que a mi corta edad siempre me dejaba al borde del acantilado; y no podía faltar la secretaria digamos la señora M. Era espiritista, su máxima: “si tú piensas en ello lo obtendrás”. También bajita, llena de brillo, pero carente de atractivo sexual, al sentarse alrededor de una mesa de mármol alta donde hacían las extracciones pontificaba respecto al futuro y el devenir. Y metido en aquel recuerdo siempre aparecen los boxeadores, ese Hospital daba los permisos para practicar este deporte de manera profesional. Y allí desfilaban grandes niños de piel lisa, caras degolladas por la sed de triunfo, o simples árbitros de la patada que da la vida antes de elegir una profesión.

Con lo cual vuelvo a Hume, ¿o era Berrondo? quienes nos dicen que elaboramos la moral a través de la simpatía, cada decisión es sumida en una coctelera de experiencias donde aprobamos o desaprobamos para construir una moral emotiva que reservamos en la memoria. Por ello, Berrondo y compañía regresan –año tras año, en un baile nostálgico donde los valores cuentan como si estuviera en un pasillo de sala de espera. De aquella relación intrépida y fascinante asistí a miles de preñados confirmados, mi acompañante de bata pulcra y sonrisa felina cada tarde al acabar su tarea y ver como hacía los deberes, se asomaba para despedirse. En esa conexión espiritual, una chispa nos unía.

Notas

“La comprensión ante cualquier otro hombre, de sus ideas, de sus ficciones o sus imágenes pueden tener un efecto inmediato sobre otro hombre, como si fueran impresiones suyas directas, vivaces inmediatas”. Esta capacidad de dejarse impresionar Hume lo llama simpatía y es “la condición básica de la existencia social”.

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