A.  Ré, el hombre que fue en busca de una mujer a Italia

Antonio Re & Teresa Garcino y sus hijas

By j re crivello

4:00 El despertador sonó y un manotazo le dejo tieso, luego la mano encendería la luz. Mi tío abuelo Antonio Ré se puso de pie, sus calzoncillos blancos parecían una vela de barco por su tamaño. Fue hasta la ventana, fuera llovía a mares, pensó en algo que siempre molestaba: el barro. Se vistió y mientras ponía el café se dio un repaso. En la puerta unos nudillos golpearon. Abrió era su primo Felipe Ré. Llevaba una maleta ridícula. Antonio dijo:

—¿De dónde has sacado eso? Mi abuelo Felipe Ré, respondió:

—No me digas, he dormido muy mal, la maleta brillaba como si fuera la luz mala en el campo.

—Eso son los nervios. ¿Dónde la compraste?

—Al zapatero de la esquina, fue dentro y la trajo diciéndome que era de cuero de toro. De aquel bravío que tenían en el campo de Fernandez ¿recuerdas?

—Ya, aquel que iba detrás nuestro cuando queríamos saltar la alambrada. Pues el toro te acompaña a buscar a tu mujer y remarco con la voz su afirmación. Luego sirvió el café y un trozo de pan con manteca. Los dos primos al rato subieron al tren hacia Buenos Aires y en días posteriores el barco les dejaría en Génova, para llegar a una aldea en la montaña casi en la frontera con Francia. Cuneo era su capital.

Durmieron esa noche en la aldea y aquella mañana se vistieron y atravesaron la calle. Antonio conoció a Teresa, y Felipe a Domenica. Mi bruja preferida, mi abuela quien era reacia al viaje. Era 1900, un año desastroso para Italia, y el hambre mataba más personas que animales. Comieron todos juntos. Por la tarde Antonio y Teresa fueron bendecidos por el cura local. Antonio entrego una cajita de regalo a su novia, al abrirla dentro había un trigo cortado.

Viajar en busca de una mujer a Italia era algo que practicaban algunos hombres en aquel año. Tanto Antonio como Felipe no les había ido mal. Duras jornadas en el campo. Y con ello sus fincas recién estrenadas le daban una cierta respetabilidad. La idea fue de Antonio, y por carta consiguió llegar a un acuerdo. Teresa era de estatura mediana, ojos de color azul claro, una voz marcada, de mirada como si estuviera lista para acompañarte en tus razonamientos, pero intuitiva y sin miedo a lo que se le presentaba. Domenica, mi abuela, de risa suave, conversación construida en la observación, ojos de color verde y unas cualidades para curar las almas. Al día siguiente la maleta cambio a Domenica, ella traería poca ropa, pues insistía en regresar. Felipe puso la ropa en la de su primo. Las tres hermanas se despidieron fundidas en un largo abrazo. Los padres asintieron.

Pasaron 70 años de aquel momento. Un día les visite en casa de Teresa, estaba mi abuela Domenica. Hablamos, venía a despedirme, me marchaba en sentido inverso a la ruta de su juventud. Miramos fotos, Teresa abrió la caja y el trigo aún estaba como aquel día. Explico el significado, medio giro su mirada en ese gesto característico donde te amaba y a la vez daba fuerza a sus pensamientos. “¿Qué llevarás” —pregunto?

—Una maleta —respondí. Podría decir que yo era alto y muy delgado. Dentro llevaba mi sobrenombre de la secundaria “perfil”, surgido en mi delgadez y en mi carácter difícil quizás. Y mi apellido Re. Era el Re que regresaba en sentido contrario, ambas mujeres percibían ese significado pero se abstenan a ponerlos sobre la mesa. Aunque , quizás Domenica, era la única que con sus poderes podía imaginar que iba en busca de mi mujer de ojos verdes.

Antes de despedirme, entre al lavabo, a mi espalda, en una repisa brillaba con luz propia la maleta que fue y volvió. Sonreí.

El barco dejo Buenos aires en dirección a Barcelona. Teresa me dotó de un encargo que solo años después entendería: ser escritor y hablar desde la memoria. Mi bruja preferida, Domenica me traslado sus poderes. También aquí no lo comprendi hasta pasados muchos años, cuando un día un hilo dorado se enrolló en mi mano derecha y luego se transformó en unas letras que llevo conmigo. Si abro donde se guardan, ellas componen una explicación construida de letras y palabras griegas.

Desde aquel día. Memoria y adivinanza están unidas desde hace 121 años.

¿Inexplicable? Tal vez…

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