Mi diario —03 (y final) Mónica & Juanchi

el

Mónica

De flequillo, risa brillante, voz cantarina y un amor alargado hasta acabar la tarde. Ella allí, digamos del otro lado de la mesa y 11 años, yo de este lado, de 10 años, en un espacio donde brilla la vida. Los deberes los hacíamos cada tarde; su natural inteligencia se aplicaba hasta producir su compromiso con el colegio. Y… notas brillantes. Mi inteligencia se desparramaba en miles de historias, se dispersaba y llegaba a lo sumo a cumplir. En estas trayectorias paralelas se cabreaba el orgullo. Dos inteligencias emocionales que percibían que el piamontés de la Nona, o sus pases mágicos eran a lo sumo algo raro.

Nada es tan rico como el pan que aparece en la mesa después de una noche de frio y sardina. Ella, crio tres malvas, peregrino varias siestas y hasta si me permiten algún eructo. Cachito le sonreía desde el matiz de la sensualidad. En mi caso desde la pizca de recuerdos que agitaba en un frasco para una vez sumado los años, destapar: allí aparecieron, flores, pesadillas, rezos, mentiras, verdades y hasta Freud palpándose su retina ante tales anécdotas. A veces contamos historias cruzadas y están se unen en un latiguillo que ni siquiera la imaginación es tan fresca, como aquello permitido por la moral, de la que reunimos en cajitas. Decimos en voz baja: aquí guardaré aquel miedo, allí aquel deseo, aquí un sueño, o allí pondré a lo que he renunciado.

He compartido esta serie de Cachito, Juanchi y me faltabas tú, Mónica querida. Pues cumplo contigo. Q.e.p descanses

Juanchi

Era azulado y con vejiga corta. Era alto, desgarbado. Le consolaban en mi familia. Le habían dejado en la cuneta. En ese grueso poder del fin de los matrimonios, cuando los tramos del amor están vencidos y surge el odio, el rencor y la venganza. De tan amarga suma, mi primo recogió su soledad.

Y le aparcaron. Ora en mi casa, ora en la de mi abuela. La suya en suma. Se hizo grande y protesto. Nos machacó hasta dar sangre al amor. Luego como era listo, de aquella inteligencia inaudita pero acida, decidió marcharse. A otro país y continente. Dejo detrás su corazón roto, pero ni un gramo de material atado a la tierra.

Desde allí sus cartas fueron espaciándose, de explicar el mundo se volvió ronco y áspero. Con el tiempo lleno su vida de amor y escribió poco y lento. Cada carta dejo escapar claridad y lumbre. Pero ya no volvió. Se hizo espuma de mar y aljibe estrecho, con agua terca del fondo del pozo. Y un día pensé en él, y dos, y tres. Mi añejo amor se estancó y se encerró en una cajita que defendería hasta el fin.

Porque ese día (el del fin) llegará y el estará en ese extremo y yo (o nosotros) en este acantilado de patata, zanahoria y buen queso.


Mañana, acaba la serie: con diálogos de adulto entre Mónica & Juanchi (que llenan un libro de Memorias.

Diré que ayer tarde en un grupo de Facebook ya han descubierto el nombre y apellido y publicado una imagen de Cachito. He preferido en esta serie no publicar imágenes de los tres.

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