Agosto —17: Amanda by Rosa Marina González-Quevedo

(Primera Parte «El emigrante», capítulo 11)

Imagen tomada de Pixabay

Imaginaba qué habría dicho su amigo de haber visto a Blanca aquella tarde. Porque hubo anteriormente un montón de tardes raras, es cierto, pero jamás una como aquella en la que no pudo medir el tiempo.

No hizo más que cruzar el umbral de la habitación para sentir que el sopor se adueñaba de él por completo. Adentro, Blanca quemaba incienso de rosas sobre carboncillo.

─Vamos, ¿a qué esperas?… ¡Entra! ─Dejando caer al suelo la túnica blanca que llevaba puesta, quedó completamente desnuda─. Participaremos en un ritual muy antiguo que servirá para atraer la buena fortuna en la realización de cambios que están por venir en tu vida ─refirió sin dar más información.

Acto seguido, encima de una teja de barro, la sicalíptica anfitriona encendió siete velas de diferentes colores.

─Con esto nos estamos protegiendo de todo lo que sucede allá afuera.

Entonces, Blanca comenzó a entonar una canción con rima muy marcada y en lengua desconocida. Asimismo, inició una extraña danza en la que se retorcía y hacía contorsiones asumiendo poses muy artificiosas y obscenas. Desde la cama, Luis creía estar viendo una estatua marmórea que le invitaba al sexo. Estaba embelesado, tanto que no supo en qué momento Blanca dejó de retorcerse para ponerse a su lado con un cáliz tallado en madera: «Bebe», susurró a su oído. Él bebió. El brebaje era asqueroso, demasiado amargo. Intentó quejarse del amargor, pero no pudo articular palabras: la mano de Blanca recorría su cuerpo con un ramito (¿de romero?) provocándole un cosquilleo magnético en la boca, el cuello, el vientre, los testículos…; un cosquilleo incontenible que le impedía hablar.

De repente, una descarga eléctrica produjo un latigazo en su bajo-vientre. A partir de ese instante, comenzó a percibirse diferente, tal y como si hubiera transmutado. En efecto, su pene se había transformado en el tronco de un árbol robusto y sus brazos en auténticas ramas que crecían y se expandían por todas partes.

Y ahora, Blanca era un reptil enroscado en su cuerpo; una pitón que con su lengua bífida le lamía las zonas erógenas y cuyo talle largo y musculoso se anudaba en su cintura.

Experimentó una sensación sexual inconmensurable y eyaculó con fuerza y sin control. Al hacerlo, se sintió atrapado en una red plateada en la que vibraba, se contraía y se dilataba indistintamente. Por un momento, creyó ver dos ojos azules que le miraban: eran los ojos de una mujer que a veces tenía el rostro de una anciana; otras, sin embargo, el de una muchacha muy joven, casi adolescente. Lo único que podía distinguir a las claras era una cadena de oro con una extraña medalla pendiendo de su cuello…

Y así, tal y como se había presentado, el rostro de mujer desapareció.

Hubo un instante de calma en el que nada escuchaba ni sentía; un instante breve que tuvo término con otra extraña sensación: su cuerpo comenzó a licuarse confundiéndose con su propio líquido seminal… hasta fluir del todo y disolverse en las aguas del Sil. Y así, fluyendo, pasó junto al dragón gigante (este, como de costumbre, estaba dormido) y continuó hasta llegar a una especie de desembocadura que no era el mar, sino una puerta gigante abierta de par en par… Y fluyendo, atravesó la puerta y llegó a una habitación que no era aquella de Blanca, sino un cuarto en penumbras. En un rincón, de espaldas a la puerta, una mujer con ropaje oscuro hilaba en una rueca.

Percibió, entonces, el fuerte olor del incienso de rosas.

No despertó por estar despierto. Sin embargo, le resultaba imposible establecer un antes y un después en lo vivido. Entonces, por primera vez en su escuálida vida, llegó a  creer que el tiempo vivido era un fluir continuo, tan líquido como el río.

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