Violeta Azulay —01

By j re crivello

La bibliotecaria le entrego la caja solicitada. Él pudo observar el metal que cubría aquel envase rectangular, de rebordes finos y sellados, quizás por alguna resina que no se atrevía a identificar. Le cogió con fuerza y la arrastro hasta el final de unas mesas, pasando por un estrecho pasillo.

Deseaba encontrar un sitio más apartado. Al depositarla en una mesa extrajo la llave de un bolso y la introdujo. Un giro suave. Un sonido duro y luego tiraría de ella hasta vencer la resistencia del óxido.

Aquella mañana, le habían llamado. Su interlocutor había dicho: “si desea resolver su asunto recoja la caja del apartado 1024 de la biblioteca del Norte”. La comunicación se cortaría, dejando que la intriga aumentase. Pero para Ramos Marcos –un policía relleno de goma y a veces con un cierto descaro para la bebida—, él era quien llevaba el caso de un asesinato que desde hace meses le atizaba el estómago y además una desaparición, de la presentadora del telediario más famoso de España. Para la comisaria su presencia era un regalo, aplicado, suave de modales, con una cabeza redonda y casi sin pelos, era de aquellos que definiríamos como “un hombre entregado a su trabajo”. La mujer desaparecida era la esposa de un industrial. Bueno digamos, la rica heredera que aportaba sedimento y lumbre a su esposo. No era necesario esforzarse, los datos conducían en dirección al viudo. El marido era listillo, alegre y le gustaban las hembras caras. ¿Debía dudar? Con el trabajo que tenía, ¿para qué darle vueltas al tema? El caso era sencillo, debía ir a por él. Al levantar la tapa, un hedor nauseabundo le retiro hacia atrás. En su interior se podía ver, una cabeza deteriorada pero bien peinada, la cual le miraba con una cierta sonrisa. La heredera era dueña de dos óvalos azules incrustados en una cara llena de sensualidad y con una tez blanca y suave. Metió la mano y repaso el fondo por si encontraba alguna pista, al retirarla unos bichos negros y largos treparon por su muñeca. Aquel rostro –y su soledad, también clamaban por cerrar el caso. Volvió a colocar la tapa para regresar a comisaria.

Al entrar a su despacho, su ayudante una vez examinado los restos, afirmaría: “Caso cerrado. Jefe ¡Ya tenemos… una parte del cuerpo!”. Por la tarde, el forense pasó su informe. Al mirar las paginas, apareció lo que se temía, la mujer había muerto por envenenamiento.

 “La remolacha respira de rojo”. Una frase corta, una estúpida metáfora a su entender escrita en un papel   -en la agenda de ella, anotada casi al final, con letras alargadas le atrajo nuevamente hacia ese extraño caso. El lápiz tembloroso marcaba un cierto desaliento.

Marcos en esos días al recibir aquella denuncia de una desaparición visito el piso, allí decidió dejarse guiar por su olfato. Paseo por el departamento hasta llegar a una habitación rectangular, llena de luz, por alguna razón intentaba encontrar algo. Los cajones de su ropa estaban limpios y ordenados. Lencería fina —observaría él. Su mano escogió al azar unas bragas de seda rojas y se las guardo en su bolsillo. Bajo hasta el comedor, allí le esperaba alguien que parecía el sospechoso. Se sentó frente a él, mirando con cierto recelo. Se atrevió a preguntar:

—La noche en que descubrió que ella faltaba y decidió llamarnos, ¿Ud. que hacia?        —preguntó.

—Fui a tomar unas copas al Floridita y regrese a las dos. Al no encontrarle me sorprendió, a esa hora, ella siempre estaba en casa.

— ¿A esa hora? –pregunto el Inspector.  ¿Los dos van por libre? “Sí.” –respondió.

— ¿Desde cuándo?

—Hace varios años Su brazo derecho se movió sin venir a cuento, parecía un movimiento involuntario, un tic nervioso que su interrogado pudo disimular.

— ¿Y cuáles eran los motivos de su alejamiento? —preguntó Marcos, para sorpresa de su experiencia, llevaba años delante de parejas que hacían cosas diferentes, y luego convivían como santos. Pero mayor fue la respuesta del tipo al decir: “ella me sorprendió con Mariona”. Al observar el gesto del inspector, él explicó dando un rodeo con la mirada: “mi actual amiga”.

— ¿Tiene una foto o la dirección de la tal Mariona? El marido metió la mano en su pantalón, saco una cartera y de ella una foto que le entrego. Marcos pudo ver una rubia explosiva de falda ancha y blusa ceñida. Detrás, el paisaje era ondulado, parecía una estación de esquí abierta en verano. Póngame su nombre, apellido y dirección —dijo Marcos. El tipo fue en busca de un ticket de la compra de Mercadona y garabateo una dirección. El papel se tambalearía yendo y viniendo nuevamente entre ambos hasta que el inspector se puso de pie para irse —y dijo: Manténgase visible. Le llamaré. Hizo unos pasos, se detuvo y se giró para preguntarle:

— ¿A su mujer le gustaban las remolachas?  “No” —respondió el sospechoso.

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