Mónica y yo: Males físicos y males del alma

Este libro, Memorias del cual estoy releyendo, son 183 páginas de gran sabiduría humana. J re crivello

“Con respecto a las caminatas, te envidio de verdad. Si te duele un brazo te lo colgás, pero con los pies no podes”. Mónica Nigro (1)

He hecho la prueba de colgarme el pie, pero no llega. A veces somos bruscos con nuestro inventario físico. Que si me duele aquello, o la barriga esta tensa, que si al rascarme se me irrita la piel, o la noche pasada al girarme para el sexo de tanto deseo, me dio un calambre y estoy ¡hasta las narices!

Los males del alma son tan físicos que a veces ni las píldoras de la felicidad los alivian. Hace unos días me llego un correo de una amiga ponía algo así como:

He visitado a una tía tuya y tenía fotos de cuando tenías 19. Vamos ¡tropecientos años! -exclamé. Ello me recordó aquellas tardes donde el olor a naftalina invadía la estancia (de esta tía) y se hablaba bajito de los males del alma. Eran varias hermanas, se juntaban para el café. En solidas casas donde la luz era natural y se producía un siseo suave y diferente referido a aquellos que se aman, se abandonan, se suman, o se matan. En aquella atmosfera gustaba de escuchar ruidos imperceptibles que nacen de señoras que dictan la vida como si vivieran en un espacio más allá del tiempo. Diálogos que se precipitan aun en mis recuerdos, tales como:

_Ha muerto la Sra. Juana –diría Nely.

_La de la esquina –responde Zulema.

_ ¿La que se casó con el carnicero? El que cortaba con sierra más pollos que toda la comida de este pueblo.

_ ¡Ah! –dirá Olga, para seguir-. Y su hija es aquella que se subió a un coche y escribió una carta luego de años, donde ponía que el amor es una cuerda que te ahorca hasta dar celos a tu amante… prestado

_ ¿Prestado? –pregunta Elsa.

_Si, es como cualquier hombre que te poseyó hace años y reclama atraerte hacia él para saber si el pasado sigue aún vivo. Para Zulema aquella referencia era una gota que marcaba a los hombres como seres unidos por esa arrogancia del sexo, la que les traiciona; pudo agregar pero guardo silencio.

_Pero el pasado siempre queda sepultado –dijo Elsa. ¡Y no sigue! –dijeron todas a coro. Y Elsa volvió sobre sus pasos, diciendo: Las mujeres conocemos cada rol. En nuestros movimientos construimos cajitas de recuerdos del que nadie nos libra al suponer que lo que fue, ya no regresa.

_Los hombres somos como las latas de sardina, guardamos hasta el mal olor durante años –dije. Hasta ese momento había pasado desapercibido, mis ocho años y mi abandono familiar me liberaban de pertenecer a una parte u otra de la tribu familiar.

_Niño ¡vete al patio! –exclamó Zulema.

_Pero el niño tiene razón -dijo Elsa, una extraordinaria Tía de una belleza insensible al paso del tiempo-, las sardinas en lata están tiesas, reúnen olor de meses y si las dejas sobre el pan se deshacen –agrego.

_ ¡Hombres! –Dijeron a coro.

En los males del alma, avanzamos desde el dolor físico como si fuera una derrota que el dolor anuncia, como dice Mónica al comienzo “si te duele el brazo, te lo colgás” pero al alma, al alma ¿dónde la guardamos?, quizás como una de mis tías, en una cajita de los recuerdos.

Quizás.

Notas

(1)  Mónica Nigro Cartas privadas

(2)  J. re crivello 007 Memorias

Dedico este artículo a Elvira, Olga, Zulema, Elsa

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