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Barcelona / j re crivello

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12 personas a quien Ud. no invitaria a cenar

12 a quién Ud. no invitaría a cenar: R. K. Tartán -04

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Nos queda un capítulo mañana de R. K. tartán luego invitaremos a otro. ¿Cuál será? No lo he decidido aún -j re

Ese jueves al regresar del trabajo fui a visitar a Madame Miriam. La señora que conocí a través de mis pesquisas sobre mi vecino R. K. Tartán. Debo confesar que estoy casado y no era capaz de hacerle un feo a mi mujer, por lo cual le dije que la tal señora era una masajista y además futuróloga. Ella me pregunto: “¿y porque vas?” Solo pude responder: “quiero saber un poco más de este vecino que tenemos en frente, el tal R. K. Tartán”. Y explique que el tal personaje era una amistad de bar que vivía con desconsuelo y dificultad y prefería llegar al fondo del tema, que era averiguar mi posición emocional. No sé si le convencí, pero por su mirada deduje que aquella era una mezcla de silencio conmiserativo. Así que esa noche cerca de las 21, toque el timbre en casa de la Madame. Ella me recibió con un traje pantalón ceñido al cuerpo de color café. ¡Empezábamos bien! el color me estimulaba. No llevaba sus naturales tacos de aguja del 15, sino unas bambas marrón oscuro y su cara lavada solo contenía un delicado rímel dibujado alrededor de los ojos, lo que acentuaba, unas esferas cristalinas llenas de fuego. Me hizo pasar a una salita redonda con dos ventanas desde donde parecía verse una terraza llena de flores. El centro de la habitación estaba vacío, con un tapete circular de tono oscuro, me explico que me sentara en la posición de flor de loto, con lo cual con dificultades pude encajar mis huesos, ella se puso a escasos centímetros delante en la misma postura. Con voz suave dijo:

—Apoye sus manos en mis dos muslos. Y, pude sentir una corriente caliente de sangre que subía en mi famélico estado sentimental, luego ella puso sus dos manos encima de las mías y me explico que cerrara los ojos y me concentrara en un punto e intentara ampliarlo. En mi interior sentía un castillo inmenso de dudas, cada tanto me asaltaban sus tremendos senos desnudos que intentaba apartar para concentrarme en aquella luz e ir dominando mis temores, para sustituirlos por una corriente vital en la que Madame Miriam me aupaba. Fueron unos minutos en los que perdí el control para sumergirme en una rara entrega a mi sanadora. Luego ella dijo: “abre los ojos”,  ¡le tenía a escasos centímetros!, su mirada rompía los esquemas, y dijo: ahora yo mencionaré una frase y Ud. intentara fabricar otra partiendo desde la última palabra del final:

— ¡Como en el cole! -exclamé-

—La melodía del abanico cautiva pero corroe

—La corrosión de mi estado sensual me destornilla -repliqué

—Al destornillar cada capa, aparecen muchas vidas —remachó ella

—De la vida de otros, aún recuerdo violencia y sexo —dije.

—El sexo es un arma salvaje, pero cálida -dijo ella

—Un apetito cálido nos acerca a la niñez -respondí-.

—La niñez la pase… en un cuarto con mis primos –aseveró Madame Miriam

—Mis primas eran solteras y mi silencio era impropio -dije, pero tal vez arrepentido.

—Lo impropio es una muestra de nuestras cobardías –aquí sentí un golpe directo.

— ¿Y si libero mi silencio? -pregunté-.

—Del silencio se angustian los que vienen a mi casa –agrego Madame Miriam- y dio dos chasquidos con los dedos. Había despertado. Le veía de otra manera. Esa bella mujer/hombre carecía de la carga moral que le adjudicaban en la calle. Le mire y dije: “¡Gracias!”. Ella se puso de pie y me levante. “Hemos terminado” –dijo. Tal vez confuso ante lo que vendría pregunte: ¿le debo algo?

—No, invita R. K. Tartán. ¿Es su amigo? –preguntó

— No y dije: ¿Sabe Ud. algo de él?

—Siempre dice que trabajó en la CIA. Dirigiendo hacia mí una mirada indecisa. Quise preguntar si conocía a mi panadera. No sé por qué aquella conexión entre la barra de pan y ella me llevaba a alguna parte. Luego la Madame abrió una agenda pequeña y me apunto para dentro de dos jueves y ¡acepte! Fuimos hasta la puerta de salida y al bajar por el ascensor me sentía más liviano, o… ¡más estúpido! Caminé por las calles como un zombi, lleno de una calma imprecisa hasta llegar a la entrada del bar donde tomaba mis cafés.

Era sábado y entre. Vi en una mesa a R. K. Tartán, quise esquivarlo pero me llamo e invito a acompañarle, iba con su tradicional sombrero panamá y una camisa abierta en el pecho dejaba ver unos cabellos color nácar. Por lo demás todo igual, su peinado y afeites con loción de la buena contaminaban nuestro espacio. Pude ver que llevaba un reloj dorado brillante y con incrustaciones de piedras de swaroski. Una vez sentado tenía unas ganas tremendas de salir de lo que me envolvía, pero recordé a Madame Miriam y me serene. Él dijo.

—Veo que fue a casa de mi amiga

—Si

— ¿Y le recibió como es debido?

—Sí. “¿y le sirvió? –preguntó nuevamente.

—Sí. A decir verdad –su insinuación me hería- ella me pareció una excelente mujer.

—Es mi segunda esposa -dijo riendo

— ¿Y su mujer que opina? “Ella sabe lo que debe saber” –agregó. Ya… Y Madame Miriam ¿con Ud. que hace?

—Lo mismo que con Ud. pero con un toque de antiguo cliente –y volvió a sonreír. De mi parte agregué: “le agradezco su invitación”.

—Hombre, me parecía patético verle regar las plantas todos los días con su calzoncillo rojo. A pesar, que mi mujer cuando vemos la tele y salen los cuerpos danones siempre dice: “es una lástima que nuestro vecino se haya quitado tan buen taparrabo para aparecer con pantalones largos y sin ceñir”, a lo que siempre le respondo: Cariño… aquella manera tan frugal de mostrase alteraba hasta las palomas del vecino del 4to ¡no paraban de procrear! Y ayer, pude tomarme una cerveza con su dueño, estaba sentado en ese mismo sitio y me confesó: que después de su abandono estético   –al quitarse Ud. sus calzoncillos rojos-, las palomas están angustiadas o sin fuerza. Se detuvo unos segundos y ajusto su sombrero panameño, no sin repetir, como si fuera un eco en mi cabeza

¡Las palomas! No supe que decir, pero recupere la compostura, tanta observación de parte de su amada nos llevó por una conversación en el cual comparamos las palomas con ella. Sin proponerlo bordeábamos un difícil equilibrio y era un ataque en toda la línea a mi caustico señor de la CIA. El mantuvo el tipo, su sombrero panamá lo empujo un poco hacia atrás dejando ver una marca roja en su frente, el sombrero parecía apretarle un poco y dejaba ver una frente rosada cubierta por una piel cuidada y lisa:

—No creo que ella este así —dijo atrapado en ese argumento—, pero ahora que lo dice —continuó—llevamos tres semanas que no… deteniendo la frase. Por ello volví a insistir:

—Pregúntele a su perro Sandokan, él es un excelente comentarista, no para de gritar cuando Ud. sale a pasear sin rumbo. Y me puse de pie. Esta vez no pague, no había consumido y estaba hasta las narices de sus comentarios. Me sentía envalentonado, le había dado en sus narices. ¡Había llegado hasta su cama! Él por su parte poniendo cara de atrevimiento dijo:

—Esta noche dejare la ventana abierta. Los gritos de quien esta desasistida –como Ud. dice- se oyeran en la calle. No hice caso a una bravuconada, pero si recordé que cada vez que oía algún gritito femenino desde su ventana le precedía de una manera obsesiva la canción ¡O sole mio! Si algo me quedaba por saber era consultar con mi panadera acerca de su mujer. Y, cambie de paso, estaba liberado, Madame Miriam me protegía. Aunque… ¿Dónde se podría consultar sobre los antiguos miembros de la CIA? En ese momento recordé a un tipo, se llamaba Lucas Boy, vivía en el área de Sitges, era dueño de un hotel y había trabajado en los servicios secretos. ¡Que leches también España tenía agentes secretos!

 

 


 

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12 a quién Ud no invitaría a cenar: R. K. Tartan -03

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Amigos, al escribir este capítulo mis risotadas se sentían desde mi estudio en toda la casa -j re.

—¡Hola! Me giré y estaba a mi lado R. K. Tartán. Llevaba el sombrero Panamá y una camisa de lino por fuera de color rosa. Sus ojos brillaban y se pidió un bocadillo de jamón serrano y un vasito de vino de Torres. Y unas aceitunas partidas y aliñadas con aceite de arbequinas. Los sábados me gusta desayunar bien –agregó. Eran las 10 y pobre de mí llevaba en el estómago un croissant y un café con leche. Le hubiera dicho que había estado con su amiga, la señora del trasero turgente especializada en “quiromancia-tarot-stress de soledad”, pero no me atreví. El por su parte continuo: Buenos goles ayer los del Madrid. ¡Joder! Y además es blanco. Ahora me dirá que el chuletilla del Ronaldo es el mejor de Europa —pensé. Ronaldo jugo muy bien, este año le darán la bota de oro —agregó.

— ¡El copón de oro! -dije. Y él me miro riendo

—Veo que eres del Barça, tenéis suerte con el Messi, pero este año está bajo de gasolina -y comenzó a comer su bocata. No hacia ruido con la boca pero el aceite le mancho la camisa y le echaron unos polvitos que tienen en los lugares finos como este. En mi caso decidí dejar el periódico y pedí un cortado, luego dije:

—_Está anunciada lluvia.

—Si

—Y dicen que los turistas llenaran las playas

—De biquinis –respondió R. K. Tartán. No podía continuar sin decirle lo de su amiga y dando un rodeo pregunte.

— ¿Siempre saca su perro a pasear a las 21:30?

—Cada día, mi tigre, si no lo hago se vuelve loco

—Su tigre, ¿se refiere al chucho?

—Mi perro se llama Sandokan, y es un perro muy listo, al salir de paseo él ya pone la dirección de la ruta y solo le acompaño. Bonita relación entre chucho y dueño –pensé- El tigre le acerca a la cueva de la tigresa y lo siguiente es un sarao cada día. El dejo el bocata y dirigiéndose a mi insistió: mi mujer me ha dicho que ahora ya no riega con calzoncillos rojos, que cada día tiene uno de cada color -y rio

—Sí, Su mujer es muy observadora, el otro día fui al Condis y por una compra mayor de 50 Euros regalaban bragas o calzoncillos y cargue con una docena. Y son buenos. ¡De primera!, aun esta la oferta esta semana, puede aprovecharla, aunque Ud. no utiliza manguera –y reí sin desconsuelo, mis carcajadas hicieron que se giraran los comensales de la mesa de al lado. El giró su sombrero panamá y bebió el vino y acabo con su bocata para pedir un café con abundante güisqui -luego dijo:

—Le voy a confesar algo y se inclinó hasta mi: cada día que salgo doy un paseo y…

— ¿Y qué?

—Y voy a una casa donde me hacen unos masajes de fábula. Aquello ya era la re-ostia, este puto señor bananero presumía de ir a un sitio sin pagar. ¡Qué narices! En ese momento sentí que mi voz interior me decía: deja esta relación tan estúpida y vana, tan llena de miseria y mentiras. Plántale en la cara a este tipo, que sus presuntas insinuaciones son estúpidas imaginaciones masculinas. Pero no pude y respondí:

— ¡Que le aproveche! Y pague y me marche. Al salir una llamada de teléfono me distrajo. Ponía numero privado, normalmente no atendía esas llamadas donde siempre te querían vender, o un cambio de compañía de teléfonos, o una cita con el horóscopo, o como aquel día una manifestación de autónomos agobiados con la crisis, y dije “hola”

—Me ha dado su teléfono un amigo suyo. “¿Quién?” –pregunte.

—R. K. Tartán. ¿Se acuerda de mí?, soy Madame Miriam. Quien atiende el stress de soledad. El otro día, echando cuentas sobre su visita tan particular, le comente a su amigo y este me explico que Ud. solía regar con calzoncillos rojos ¡cada día! Y eso no estaba bien, y me recomendó le llamara, con una primera consulta gratis, que él le invitaba.

—Señora yo

—Le parece bien el jueves a la noche, es un horario que tengo libre y cuando Ud. regresa del trabajo puede pasarse. Su amigo me aconsejo ese horario al verle dar un paseo hace unas noches.

—Señora yo. “Le espero” –y colgó. Estaba fastidiado el tipo del sombrero panamá y su perro Sandokan me la había jugado. Que podía hacer en la casa de un travesti raro y extraño, que se ocupaba del futuro –por decir algo- con unos labios carnosos y una silueta que al caminar bailaba de manera insinuante y con aquellos senos inflados que al atravesar la calle todos se daban vuelta. Es que… ¡ahora le recuerdo!, a ese travolo lo había visto comprar el pan en la misma panadería que tengo. Decididamente me marche a comprar el pan, pero, ¿cómo preguntaba por el travolo? Entre y pedí “una barra de pan, blanquita y sin sal”.

— ¿Ahora sin sal? -preguntó mi panadera

—Si –respondí, el médico me ha dicho que rebaje la sal para mejorar la circulación y bajar mi tensión. Y mire hacia un lado, un cartel ponía Madame Miriam y su teléfono. Pregunte con disimulo.

— ¿Una madame? ¿Es nueva en el barrio? Mi mirada y la risa suave propiciaron que la panadera sonriera, y sus ojos brillaran, para decir: “no sé qué pasa en este barrio pero a los hombres les ha dado por saber sobre su futuro. Ya conozco a varios que van a verla. ¿A Ud. le interesa el futuro?”

— ¡Oh no!, no Y ella continuo: “esa señora es muy rara cuando viene a comprar el pan, sus tacones de aguja del 15 y sus abundantes movimientos ponen a los que compran rectos y a la espera”. Y agregó: “las ricas sorpresas usan tacos de aguja” riendo descarada. Asentí con la cabeza y me marche.

 

12 a que Ud. no invitaría a cenar: R. K. Tartán -02

Amigos 12 a quién ud no invitaría amenaza en convertirse en libro, y tengo tanto trabajo en muchos frentes que me asusta -j rer k tartan imagen cap 2

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Pude presumir de conocerle y haber estado en la misma barra, pero aquel regusto amargo cuando el tipo no paraba de preguntar por mi calzoncillo rojo me obligo a marcharme molesto, y, al día siguiente me llevo hasta una fuente de información segura y fiable. Mi panadera estaba sola, al entrar y saludarle menciono de corrido que ese día: “se vendería poco pan, después de un 1 de mayo los asalariados han bebido mucha cerveza y…” se detuvo, aquella intuición relativa al sexo de los obreros le dejaría en silencio, a lo que pensé. y ¿no será ella la que anoche visito con su pareja las sabanas, y hoy aun le atrae ese saborcillo del día después?

— ¿Qué le pongo? –dijo

—Uno de aquellos que esta poco dorado y acaba en punta pero tiene poca miga.

— ¿Una txapela? –Dijo para agregar- siempre le cuesta encontrar el nombre de los panes —agrgó mirándome con cierto aire seductor. Por mi parte mantuve el tipo pero venía a preguntar respecto a mi vecino, introduje en la conversación el sombrero panamá, y réferi que algún vecino lo lleva en los días festivos, cuando los obreros sacan las pancartas de puro rojo los 1 de mayo. Ella dijo:

— ¡R. K!  Es un tal Tartán  ¿Cómo narices lo había intuido? Estas mujeres llevan unas fichas de cada comprador –pensé-, y al ver mis ojos desprevenidos y cargados de emoción agrego:

—Ese señor es el único que lleva ese sombrero, aunque yo le he visto salir cada día a las 21:30 a pasear el perro. ¿Quién hace eso?… cada día, y además no le vera Ud. con el sombrero puesto. Una vez me cruce con él a esa hora y olía a loción Nenuco, un aroma infantil que escondía una cara tiesa, deduje que iba camino de alguna aventurilla.

— ¡No diga! Mi cara de asombro salió un poco rara, pero pude recuperarme y preguntar: Pero… ¿está casado?

—Aquí lo están todos, menos los perros

—Y las delgadas señoras que han quedado viudas –agregué.

—Son 7. Tres rubias y 4 morenas que se montan en dos coches para bailar en la Sala del Imperator

—Pero son 7 señoras de muy buen ver. Ella se echó hacia atrás y mirándome con cierta falsedad agrego algo que revelaría su íntimo despecho: a la sangre caliente la dominan la pintura y los aceites –cobró y me despedí. El vecino que parecía estar alterado por mi cruzada del riego en el terrado tenia vidilla y… ¿si le seguía una de estas noches para ver a dónde iba? Decidí hacerlo el jueves, regresaba tarde del trabajo y podría enganchar la pesquisa antes de entrar en casa y no tener que dar explicaciones.

El jueves, era noche cerrada, casi 21:29, mi vecino se había adelantado. Le seguí varias calles y luego entro en un bloque de pisos del cual tuve que usar mi ingenio para que me abrieran el portal. ¿Y en que piso estaría? Espere el ascensor y salió un joven, con atrevimiento pregunte: ¿no conoce Ud. un vecino que viene cada noche con un perrito?

_Ah sí, siempre entra frente a nuestra casa del 4to número tres -respondió. Subí y me mantuve expectante, al final del pasillo una ventana daba a la calle y un rellano me permitió sentarme, consideraba que aquello no duraría demasiado. ¿Una? ¿Dos? Sobre las 23 horas le vi salir. Ahora sabía cuál era su secreto. ¿Y si preguntaba?, con ello me introduciría en el foco de su secreto. Baje y compre en el Restaurante chino y volví a subir y toque el timbre.

— ¿Quién? —Una voz cálida paso a través de la puerta.

—Soy del chino y le traigo el pedido

—Yo no he pedido nada

—Un señor que se marchó hace unos segundos nos dijo que le trajéramos la cena. Un ruido de llaves y la puerta se abrió. Una señora descomunal, morena, con un vestido ajustado y grandes senos pero con voz muy marcada. Quizás era un señor/señora, la cual me sonrió. Luego dijo:

— ¡Ud. no es chino!

—No

—Y tampoco huele a arroz barato de restaurante.

—Algunos no lo llevan.

— ¿Cómo se llama? “R SanDor” –mentí de manera terrible, estaba en un fregado que no venía a cuento, que había comenzado con un calzoncillo rojo repetido ¡joder! Agregue: “me han pagado este pedido y nos han dicho “entrégueselo a mi mujer”

—Yo no estoy casada. Ni soy viuda -dijo. Ni atiendo después de las 23. Ni creo haberle visto en el pueblo. Y se echó hacia atrás encendiendo un cigarro que llevaba en la mano. La luz de su mechero me dejo ver unos ojos negros y unos labios inflamados, redondos y sensuales. Pude contener mi expresión de deseo. Nuestra entrevista nos llevaba a un territorio rocambolesco. La comida del chino me quemaba el dedo derecho, la luz de esta señora me invadía medio cuerpo, su fina sensualidad ambigua despertaba en mí un carro de atracción y repulsión a la vez. Y dije:

—Se lo dejo. Debía escapar de allí, huir de esa loca atracción que rajaba el suelo bajo mis pies.

—Bueno, aún no he cenado y lo deposito en una mesa desde donde al regresar me entrego una tarjeta que ponía Madame Miriam, quiromancia-tarot-stress de soledad.

— ¿Me visitara? –dijo. Quise preguntar cuánto valía aquello, o si lo último, lo de la soledad de la tarjeta en letra dorada y cursiva: ¿qué significa estimada Madam? Pero opte por una disimulada y estúpida respuesta de varón domado.

—Le prometo que vendré. ¡Qué estúpido me confesaba ante ella!

—Llame antes, tengo las horas cubiertas. Antes de marcharme volvió a entrar para recoger algo, no me había dado cuenta, iba montada en unos tacos de 15 centímetros y su masa vital era un trasero redondo y turgente que oscilaba. Al regresar, me entrego un pote de crema, “para que su mujer se lo agradezca” –dijo. Sonreí y dije: “huele a fresa”.

—Lo preparamos cada invierno en mi pueblo –y se despidió.

12 a Quién Ud. no invitaría a cenar: R. K. Tartán

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Lo voy a razonar, si me permiten. Los señores de provincias aman el respeto, la tolerancia y pasear el perro sin que ofenda por su tamaño. También se afeitan cada día y sueñan que su país sea reconocido por su atractivo de conservación de la naturaleza. Y, los señores de provincias hacemos siesta y vamos al médico para hablar del tiempo y de aquel presidente que era malo pero le hemos perdonado.

Viene a cuento porque vi a uno de mis vecinos de los que aparece cada tanto en mis escritos. Iba con un pañuelo blanco alrededor del cuello y llevaba un sombrero de paja estilo panamá, pantalón azul Francia y zapatos blancos. Quise abordarle pero me contuve, pero al llegar a la esquina entro al mismo bar donde acostumbro a pedir la cuenta antes que me sirvan. Me puse en la barra muy cerca de él, casi me había arrepentido, cuando escuche:

—Perdón, ¿Ud. es el vecino de la casa del frente casi haciendo esquina?

—Si –dije

—A veces le veo en el terrado regando las plantas y lleva siempre un calzoncillo rojo.

—Si

—No se ofenda, lo he comentado con mi mujer. Ella asegura que Ud. solo tiene uno para regar y se lo coloca en aquel cuartito de la lavadora a la mitad de su finca, y… yo reniego de ello y he llegado a apostarle -cruel manía que tenemos los hombres-, que además de llevar el mismo pantalón, protestar si llueve, criticar al gobierno, quemarnos la lengua con la sopa, o visitar el cementerio para ver si nuestros muertos están aún allí y luego salir apesadumbrados. Y se detuvo un instante lo cual aproveché para agregar:

—Y hablar de mujeres blondas y llenas de atracción sexual.

—Eso, eso –dijo y prosiguió-. Pero volviendo a sus contenedores –y una sonora risa se le escapo-, lo que produjo que su pañuelo blanco se entreabriera. Por mi parte un poco cortado por la situación intente enmendar aquella imagen y argüí: “los uso porque tienen una abertura entre las piernas y en verano –que es cuando Ud. más me ve- al ser tan caluroso sudo menos”. Pero hubiera dicho que me gusta regar siempre con lo mismo, o que aquel trapo de años es un recuerdo gentil de una abuela, o que en mí casa mando yo y siempre elijo la pieza adecuada para hacer de jardinero, pero calle y él dijo:

— ¡Ah! ¿Y porque repite siempre?

— ¿Siempre qué?

—El color. Ese rojo tan intenso que mi mujer recita y compara con los modelos de la tele, diciendo cosas del estilo: “mira ese tipo lleva el mismo tono que nuestro vecino al regar”, ante lo cual pregunte:

—Su mujer es esa señora que canta alguna mañana canciones de… ¿Miguel Bose?

—Si -respondió, ufano. Me gusta esa forma de despertarnos antes de irnos al trabajo. Ella canta y yo preparo el café y descongelo los churros que compramos en Mercadona. ¿Y Usted?

_Yo… ¿Yo qué? —Dije y sin permitirme continuar pregunto— “¿Desayuna solo, o con aquella señora de pechos tan?”.

—Con ella, con ella -dije. Ella prepara tostadas y yo me quito el calzoncillo rojo, pero… aún no hemos comprado un disco de Bose; aunque podría haber respondido con mi señora pone las tostadas y yo mis encantos; o alegar que por las mañanas nos atrae la aventura y no importa el color de nuestra ropa interior; o que la escena de sexo y desayuno sin diamantes la repetimos cada día, excepto sábados y domingos, en los cuales el sábado compramos en el mercado y el domingo leemos revistas de cultura y mascamos chicle, pero fastidiado y con voz ronca solté un: ¡buenos días! –y me marche.

Nota

1) ¿Porque los hombres no podemos llevar siempre el mismo color en los entrepiernas? Y 2) Mirare su tendedero para saber los colores de los calzoncillos de mi vecino. Y 3) La próxima vez ¡que leches! me sentare lejos de alguno de mis vecinos. Y 4) Él se llama R. K. Tartán. Y… 5) Ya hablaré de lo que veo de este tipo, desde mi terraza.

Continuará…

12 a quién Ud. no invitaría a cenar: V. V. Virchennko

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La suegra de V. V. Virchenko, María Riskov, -muchos años antes de instalarse en Barcelona, su marido le obligo a realizar un curso en la Nomenklatura local. El evento lo organizaba el Partido Comunista controlado por la mafia del Este de Siberia, el primer día y sucesivos, le llevaron a una encantadora salita con las fotos de Marx, Lenin y Stalin. Serian unas veinte personas, la mayoría trabajadores distinguidos de las fábricas de la comarca, al que luego regalaban vales para el supermercado de los funcionarios. A ella, además le entregaron un vale para asistir una semana a un balneario de Crimea. El curso lo daba un profesor llegado de Moscú del Instituto para combatir los desvíos ideológicos en la Literatura y el Arte ruso. María pudo escuchar infinidad de historias que le parecían aburridas pero al final obtuvo una conclusión: “la base económica determina la superestructura de una sociedad. Y su ideología es quien manda en su época” –y repetiría aquello a quien quisiera oírle. Ante lo cual, al ver el territorio dominado por el contrabando, María concluyo que la forma de pensar de su gente era de una ciudad sin ley. Pero ¿Cómo le diría a su amado marido que debían marcharse? ¿Cómo le sugeriría que Barcelona estaba en su lista?

Grigori era un destacado comerciante de la zona, tenía buena relaciones con la mafia local, y sabia pagar puntualmente su protección, pero su posición era cada vez más difícil. El fin de la utopía socialista le había llevado a demasiados cambios y por ello acepto que la ley –aunque aún pervivían las leyes socialistas, seguir sin ellas era demasiado difícil. Antes, en la época de la URSS, el jefe del partido informaba lo que quería Moscú y todos se alegraban de la Patria Socialista, pero ahora la fuerza del coloso Chino hacia que la ruta de los contrabandistas creciera y con ello los pleitos se resolvieran con el asesinato. Su mujer, su adorada María le había hablado por primera vez de España hacia tres años y en su despacho tenía una fotografía de aquella ciudad.

Pasado un año decidieron marchar pero les había sido imposible vender y esa noche por fin tendría la entrevista con I. Sajastan, un repudiado cabeza negra de la mafia que suponía seria sensible a un acuerdo de gestión de sus propiedades. ¡Era imposible vender! –exclamaba Grigori en voz alta en su entorno familiar. La Nomenklatura se apoderaba de todo, pero mantenía aun en esta zona la ficción de que la propiedad no debía ser traspasada de uno a otro, solo aceptaban un alquiler, con ello las grandes fortunas del contrabando encontraban propiedades a precios ridículos. La reunión era a las siete, por ello abandono su reflexión y se vistió para ver a Sajastan. Llego al Ayuntamiento cerca de la hora convenida, el frio siberiano marcaba veinte bajo cero. Le hicieron pasar a un salón donde los tres retratos de Marx, Lenin, Stalin le miraban como focas de un circo de aquellos que actúan en las zonas cálidas de Rusia y mucas veces dirigidos por gitanos húngaros. Solo una mesa y dos sillas. En aquella inmensidad, de salón estilo estalinista, se veía ¡tan pequeño! Se abrió la puerta y un hombre con cara de oso pudo saludarle desde el fondo –a casi ¡veinte metros! Se dirigió hasta la mesa y le indico se aproximara. Como se hacía en estas tierras, se dieron un abrazo y tres besos rubricaron el comienzo de la negociación. Al sentarse Sajastan, Grigori pudo observar sus ojos quebrados de vodka y aquel dijo:

_Grigori Stepanov tengo en mis manos el informe del profesor venido de Moscú sobre su mujer. María Ristock ha obtenido un diez de promedio y ha participado con un trabajo sobre  la base económica  y como su influencia actúa en nuestra sociedad; y,  le extendió un pergamino. Y por ello –continuo—, hemos aceptado que Ud. y su mujer se trasladen a Barcelona una temporada para aprender nuevas técnicas. El Partido ha aceptado –subrayo una y otra vez Sajastan— ceder a mi nombre la gestión de sus propiedades por la que le pagaré un alquiler de mutuo acuerdo. Como Ud. sabe no se puede ni vender ni comprar, su titularidad al ser un estado socialista y estar abolida la propiedad privada seguirá en manos estatales. En su caso –continuo, la excepción viene desde hace 50 años cuando su padre participo en la guerra y ayudo a socializar esta región. Si está de acuerdo firme aquí. Grigori con una letra ordenada y firme dio tres trazos redondos y puso un punto debajo de la V de Stepanov; luego I. Sajastan le dio una copia del original con un sello inmenso que ponía PCUS; luego dirigió sus manos huesudas y recias para abrir el cajón y sacar una botella de vodka y dos vasos. Se lo bebieron y Sajastan pregunto:

— ¿Piensa regresar de Barcelona? Grigori midió su respuesta y dijo: “todos los veranos, el médico me ha recomendado pasar los inviernos allí que son más suaves, ahora me quedaré más tiempo al saber que mis negocios están en buenas manos”

—El lunes haremos el traspaso, le visitara un señor, de nombre Mijostan que se ocupara de todo –dijo Sajastan. Grigori dio el abrazo y los tres besos de rigor. Al salir por un largo pasillo que le llevaba a la puerta del Ayuntamiento, seis ojos le escrutaban desde un lateral. Las imágenes de Marx, Lenin y Stalin se despedían y con esas imágenes en su retina pudo avanzar hasta entrar en aquella noche gélida que bañaba la calle de nieve y viento, luego al llegar a Barcelona y pasado unos meses su corazón se disparó.

Nota

Grigori Stepanov firmaba con un punto debajo de la V cuando sus documentos eran forzados por la mafia local. Su amada Maria Ristock le acompañó a Barcelona dos días después de que le alquilaran sus propiedades. Al dejar su tierra dijo:

До свидания!*

Traducción:

*¡Hasta luego!

Continuará…

12 a los que Ud no invitaría a cenar: V. V. Virchenko & Olga Fioronova

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by j re crivello

Aquella mañana en Salou el sol estaba listo para otra jornada, los turistas caminaban hacia la playa y los establecimientos preparaban los arroces que degustarían sus clientes al mediodía. Pero en el cementerio local había un movimiento inusual. Una hilera de coches negros preparaban el entierro de V. V. Virchennko, esa noche en el móvil de María Ristock –su suegra- un enigmático mensaje en ruso diría: “mañana asistiremos al entierro de nuestro camarada”. Por ello el cementerio tenía colapsado el parking con una gama de limusinas negras presididas por Sajastan y una selecta representación de ex PCUS (Partido Comunista de la extinta Unión Sovietica) venidos desde aquella región de Siberia. El ataúd sencillo pero con seis pasamanos bañados en plata seria cargado al hombro por aquellos recién llegados. El protocolo de la antigua Siberia estipulaba un canto gregoriano, muchos lirios alegres y vivaces y una niña con un traje regional que llevaba un pan hecho por un panadero local doce horas antes del entierro. Y todo estaba listo. Un cura local del rito cristiano ortodoxo gloso la espléndida vida de V. V. Virchennko, y su ataúd fue levantado en hombros hasta dejarle en una fosa que miraba al mar. Ese pequeño islote peinado por el verde de un césped artificial había sido pagado por Sajastan la noche anterior en una funeraria de Salou. Los dólares rusos habían circulado por la elite local para dejar claro que su hermano y protegido se iba al otro mundo, pero que ellos consideraban seriamente instalarse allí para acariciar las bondades del sol y la playa del estilo de vida catalán. Luego del entierro fueron hasta un restaurante donde se sirvió paella y el vodka precipito encuentros que el frio de Siberia los escondía tras un muro de discreción. Pudimos contar un número de 33 hombres venidos para el entierro. Rudos militantes del ex PCUS; unidos por lazos de patria, de soledad comunista y un ingente desprecio hacia los chinos. Para ellos la URSS era su antiguo país y el corazón de sus negocios le unían al recuerdo de grandeza de su patria extinta. Con la era Putin recuperaban un poco de aquello pero sus intereses necesitaban una puerta a la Unión Europea. Y era Salou y era la tal Olga Fioronova –hija de María Riktov- quienes confluían en sus deseos. Hacia mitad de la fiesta una Olga desconsolada fue invitada a un saloncito apartado donde Sajastan le recibió. Este hombretón con mirada de oso en pleno país turístico parecía trasmutado, aunque conservaba las formas, una camisa blanca, su traje oscuro y corbata, una piel más oscura por el sol y playa y unas gafas RayBan de dorados, delataban aquel espíritu de calor y Mediterráneo. La invito a sentarse y durante largos minutos hablaron del tiempo, la cordialidad española, la paella y hasta las mujeres españolas y su coquetería sencilla pero persistente. De repente el hizo una pregunta:

— ¿Conoce Ud. Olga Fioronova la cantidad de intereses que tiene Ud. aun allí? “No” –ella pensaba que él le ilustraría, pero no fue así, inclusive percibió de su parte un cierto desprecio masculino. Por ello dijo algo que impaciento a su interlocutor: “quiero vender todo y traerlo a España”.

—Desde que esta Putin las leyes ya lo permiten -dijo Sajastan, pero los trámites son  lentos e inseguros. Esa “inseguros” era una extraña forma de denominar a los intereses de la Nomenklatura de aquella zona —luego prosiguió— algunos de sus intereses están unidos a un grupo de inversores lo que hace difícil la separación, por otra parte estos amigos necesitan un representante en esta zona que les ayude a invertir una parte de aquello. Olga Fioronova vio el hueso, había heredado la sabiduría de su padre, para describir los niveles de lazos de intereses, pero nunca los había puesto en práctica. En Barcelona se había dedicado a no hacer nada, tan solo había terminado hace muchos años sus estudios y una carrera de Empresariales. Por ello dijo:

—Solo aceptare si lo invertido es en negocios legales. Sajastan se revolvió y se quitó las gafas, sus nítidos ojos oscuros le regaron de insolencia, para decir: “Todo lo que tenemos respeta las leyes rusas, nuestro país se destruyó y tuvimos que arbitrar una transición que protegiera nuestros intereses entre los cuales estaban los de su padre”.

—Yo quiero lo mío –dijo ella, pero con cierta ambigüedad agrego, si lo obtengo seré muy eficaz con vosotros. Sajastan se froto una oreja, luego se doblo despacio para recoger del suelo, muy cerca de su pie derecho una pequeña caja de madera que ponía Uspekhov! (1) y la depósito encima de la mesa. Olga se puso de pie y se acercó, su falda pegada al cuerpo y ceñida mostró una mujer atractiva e impresionante. La nariz leve, los labios sensuales y sus gafas oscuras que retiro hacia atrás dejaron ver dos piedras de intenso azul que dominaban en la cercanía. El abrió la caja, dentro habia una colección de papeles escritos en ruso, llevaban hasta un formulario con sello de la nueva Rusia. Sjastan dijo: “si firma aquí debajo, la lista de su patrimonio pasara en días a su nombre –y agrego ya más sereno viendo aquella mujer atractiva y sensual que cuadraba en sus intereses “luego estará unida a nuestros intereses y gestionara desde aquí una larga lista de inversiones que le haremos llegar” Olga Fioronova pudo hasta pensar: “¡tan fácil!”, su interlocutor sin moverse del asiento parecía haber captado el brillo de sus ojos y no se inmuto, solo dijo: “si algo sale mal, un sicario desde Moscú esta en dos horas aquí”

Olga Fioronova leyó los documentos uno a uno y firmo. Luego comprendió que una parte de su patrimonio no se podía desligar. La Nomenklatura establecía que ciertos intereses eran comunes e indivisibles. Y con el paso del tiempo entendió que Sajastan era el jefe de la pirámide de un imperio que llegaba hasta la frontera de China y del cual dependían medio millón de personas.

Continuará…

Traducción:

(1)¡(Le deseo) el Éxito! Uspekhov!

Notas

Nomenklatura La existencia misma de la nomenklatura y el carácter exclusivista de dicho grupo fomentaron la creación de numerosos vínculos de clientelismo dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética. Así, los funcionarios del Partido encargados de realizar nombramientos en cualquier nivel de la administración cultivaban la lealtad personal de aquellos a quienes habían nombrado; luego este funcionario actuaba como un “patrón” intercambiando favores con sus clientes (aquellos quienes le debían un nombramiento importante), apoyándose mutuamente frente a sus rivales en sus respectivos niveles de poder; claro está que los “patrones” más importantes del Partido eran los funcionarios que poseían mayor poder (por ejemplo, miembros del Politburó) y éstos solían tener numerosos “clientes”; a niveles intermedios un funcionario podía ser un “patrón” respecto a los funcionarios de menor rango que él había apoyado o nombrado pero a la vez podía ser “cliente” de un funcionario de nivel superior de quien recibía protección a cambio de lealtad. Fuente Wickipedia

12 a los que Ud. no invitaría a cenar: V. V. Virchennko

Título original del relato ¿Cuál es el día ideal para matar a su suegra? -j re

V. V. Virchennko fue detenido el domingo a las 23 horas, justo al término del partido Barcelona Real Madrid. Le esposaron y le trasladaron a la comisaria que está en plena Ramblas de Barcelona. En el interior un policía tomo sus datos, le hizo las fotos de rigor y le unto la lengua con un líquido especial para luego pasarle un algodoncito de limpiar las orejas. Su ADN seria cotejado con los rastros dejados en el apartamento de su suegra. Ella había sido asesinada el viernes a las 21:30, era una rusa de casi 62 años, rubia, llena de joyas y que se peinaba en el saloncito para emigrantes de la calle San Ramón, en pleno corazón del Barrio Chino. Esta amable señora era dueña de un apartamento inmenso a dos calles de su peluquera. Había venido con su hija y V. V. Virchennko hacia seis años en plena euforia de la construcción. Pero detrás dejo una buena fortuna amasada en los canales clandestinos de la Nomenklatura. Su marido fallecería antes de dar el cambio de domicilio, por lo que Madam Maria Ristok pudo llegar a un acuerdo con la mafia local quien por una comisión le cuidada sus negocios. Diremos, a partir de ahora le llamaremos María R, que era redonda y de sangre caliente, llenaba sus vasos de vodka con una mezcla inventada de limón y azúcar y solía repetir el siete. Es decir siete vasos que ponía en hilera y sorbía uno detrás de otro, luego quien le seguía el envite y más si era varón y disputaba una noche de devoción a su gentil dueña.

Para V. V. Virchenko su suegra era una persona hostil y maleducada que manejaba el dinero a su antojo. Él consideraba que después de la crisis que se abatía en España lo correcto era volver a Rusia y poder por su parte gestionar los negocios –de Madam Ristock y tener una vida tranquila. Diremos que el ultimo dialogo entre ambos aparece en el atestado policial y es una muestra de las dificultades para que su suegra entendiera su razonamiento. En el periódico local —para ser precisos— publicaron un extracto dos días después del asesinato.

—Maria Ristock deberíamos marchar a Rusia –dijo V V Virchennko apoyado en la nevera.

—Tu puedes marcharte, mi hija y yo vivimos muy bien. En este barrio hay rusos, pakis, moros y sudamericanos y  mucho sol

—Pues entonces podría pasarnos una asignación mayor para vivir mejor.

— ¿No puedes con 5000 Euros? Eres un vago, ¡un vividor! –clamó María. Todo lo que tienes te lo doy yo. Si fueras a Rusia a administrar nuestro patrimonio la mafia te cortaría el cuello

—Maria Ristock –dijo Virchennko yendo hasta la salida de la cocina: es Ud. una… desgraciada. Todo lo que tiene es de su marido. Le… Y se marchó dando un portazo. V. V. Virchenko desde aquella discusión planearía con cuidado el crimen. El viernes era el mejor día, en Barcelona la gente se va de cervezas o tiene esa alegría de final del trabajo. Subiría a su piso y le rajaría el cuello con un cuchillo que le regalo para su 60 cumpleaños, luego se iría de tapas. No se darían cuenta hasta finales del domingo cuando sus vecinos regresan de la playa y quedan para ver la tele. Si le detenían seria extraditado a Rusia pero allí con una buena suma en tres años le dejarían en la calle. Y su mujer ¿qué diría? Ella también odiaba a su madre, solo debía esperar en Barcelona hasta que regresara. Y luego vendería todo lo de allí para instalarse en una ciudad al lado de la playa. En general diremos que todo se cumplió, le detuvieron, le metieron en la Modelo, le extraditaron y un año después con una buena suma en Rusia le dejaron salir por un error de la policía española al confundir el ADN del cuchillo de cocina de su yerno que lo usaba para preparar la comida para los tres miembros de la familia los fines de semana.

  1. V. Virchennko regresó a Barcelona y se instaló en una casita al lado de la playa cerca de Salou. Como cada sábado, mantuvo su costumbre de cocinar para su mujer y su hijo de 1 año. Aquel día, había comprado para hacer una paella marinera y quiso cortar los calamares en finas rodajas, en ese momento recordó el juego de cuchillos de su suegra que guardaba en el garaje. Fue hasta allí y se trajo una cajita de color rojo con dos frases en ruso en su portada. Al abrirla un fino dardo le dio en la cara que surgió desde un complejo mecanismo que se activaba con la apertura. V. V. Virchennko se rio con fuerza y se lo quito para lavarse la cara y secarse la delgada grieta que rasgaba su pómulo. Él era un hombre rubio de ojos azules y una sonrisa delicada y seductora, no era muy alto pero su físico era fuerte y recio. Ante tal estupidez decidió tomarse una copita de vodka y plegar el mecanismo tan astuto pero ineficaz. Sorbió el vaso y cayó muerto en el acto. La mezcla de vodka y el veneno que recorría su sangre le tumbo. Su suegra Maria Ristock había nacido en la región de Siberia de Aga Buriatia, en su capital Aguínskoie, allí sus habitantes utilizaban los dardos para dar muerte a sus enemigos con un retraso de minutos, casi siempre cuando estos disfrutan de una buena copa.

V V Virchennko tampoco prestaría atención a las dos palabras en ruso que precedían la tapa de la caja:

Do svidaniya! (1)

Notas:

(1)Hasta luego

Continuará…

La Gatti: 12 a quién Ud no invitaría -05

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Compartimento C / Ew Hopper

by j re crivello 05

U Faber se sentó en el mismo sitio donde el sushi venia envenenado y mezclado con carne de delfín y pidió un plato variado, La Gatti hizo lo mismo. Para ella vivir en Nueva York se estaba convirtiendo en un día detrás del otro y variaba continuamente. Vio la mirada de su interlocutor y se dispuso a contarle algo de su pasado. La cerveza rodaría y tal vez el taxista pasaría por la piedra o se frenaría, o ambas a la vez. Qué pensaría él de su vida pasada, y su novia oficial la tal Mor Fernández.

Hace unos años vi la serie de 2 metros bajo tierra, en aquella época me parecía una burla del destino —comenzó a explicarse mientras cruzaba las piernas y el sol raspaba sus muslos tan sensuales y prosiguió-, mi marido, -estuvo a punto de decir el primero de ellos, el original-, se inventó su muerte y su entierro, y ante aquello me eche un amante, él me descubrió al volver y de tal lio, él aún vive desquiciado al lado del cementerio y yo me he transformado en una divorciada, llena de vida y con un corazón arrebatado por las dudas. Otro movimiento de piernas altero a U Faber aún más. Pero ella siguió. A veces la vida no es un camino de rosas. Pasados unos días del escándalo, surgió en mi interior un deseo de ir de aventuras. Recuerdo una, me encontraba sentada en el único bar del pueblo y se detuvo un coche, azul, de faldones dorados. ¿Quién podía visitar esta comarca llena de antiguos pleitos? Cerca de Barcelona pero a la vez protegida de la gran ciudad. Y del coche bajo un tipo espeso, de gomina en el centro de la nuca y camiseta de mangas cortas de color rosa. ¡Por Dios que mal gusto! Pero… al verle: ¡era mi primo! Y venia en mi dirección. Por mi cabeza pasaron rápido y reajustadas en el tiempo las tardes en el pajar, las confidencias, las primeras experiencias referidas a la piel, el vello, la lengua, las nalgas. Conocía su paisaje físico y él mi intimidad. ¡Trágame tierra! –Exclamé- Ya era tarde, una voz con tintes de rock espeso y mezclada en aceite de ciudad dijo:

—Hola

— ¿Qué haces aquí? —pregunte, mientras recordaba a la psicóloga y las prevenciones referidas a contenerse con el sexo, o ráfagas del palo: “Ud. perdió a su marido y el necesito llamar su atención con un suicidio falso”

—Pasaba por aquí, del otro lado de aquella montaña -dijo señalando y mirandole por debajo de las RayBan, y recordé el valle, la comarca. Recordé el pajar, nuestras charlas que están metidas en mis últimas canciones. ¿La has escuchado? La Gatti frunció el ceño, perdida en esa garganta regada en  verde, donde todos se odian. No podía confesar que sus canciones le aportaban un soplo de vida. Ni confesar que veía sus apariciones en el canal de Youtube. Y respondió.

Carne de sauce

Ron y pastillas de jabón

Al pasar tu mano el sol se desploma. Había recitado sin más una estrofa que salía en la radio cada día ¡Qué horror! Estaba ahora a sus pies, como confesando que aquellos días estaban tan presentes aún en su vida, que no eran un amago, no eran un destino, sino una fuerza de los genes que une a algunos primos, como decía en un artículo leído en la prensa hace un mes.

—Me he divorciado –dijo la Gatti

—Ese no era para ti. Cada vez que hablaba te decía palabras cargadas de naftalina. ¿Me llevas hasta allí donde nos juntábamos hace años?

— ¿Al pajar? ¡Tú estás loco!

—Sí, insistió Víctor. Desde que compuse aquella canción siento que debo volver por la senda para saber qué pasa cuando los años nos recorren en sentido inverso.

Carne de sauce

Y… sexo antiguo. Agrego la Gatti, como recitando el final de la canción, pero esta vez dejo escapar su ritmo mientras su rodilla izquierda marcaba el compás. Y se montaron en el coche. El granero estaba a una milla del pueblo. Una sierra que se elevaba despacio, de dorados, de verdes suaves. La propiedad aún era de su familia, pero ese refugio estaba deshabitado, suelto en el paisaje, dejado a medias, rodeado de los humores de la comarca: broncos, llenos de sandeces vitales y de porfiados habitantes que lidiaban entre sí por alcohol y mentiras. Bajaron. La puerta de tres metros de alto quedo entreabierta. Se quitaron la ropa con prisa mientras recordaban el lugar donde todo comenzó con una cita referida a doctores y enfermos. Allí La Gatti afirmaba que deseaba ser médica, que sus inyecciones eran sutiles, y el miro a su vida y paso en segundos por su alejamiento, y las canciones que escuchaba lastradas de abandono. En segundos la desnudez y la gimnasia les separo. Aquello no funcionaba. Estaba rota la aventura, la fantasía, el deseo, pero las lágrimas brotaron y las risas, y las confidencias. Ella dijo:

— ¿A dónde ir?

— Márchate a Nueva York–respondió Víctor. Ya te dejo el dinero. Desnuda la Gatti, de pie, con un físico esplendido, senos como dos astros del cielo, barriga suave, lunares en la cadera y vello castaño, mirándole, dijo:

—Me voy. Déjame más allá de la montaña que cierra el valle. Me compraré un billete en el aeropuerto. Víctor sonrió, desnudo, con tatuajes en la pelvis rodeándole el pene de un dragón. Y entono unas frases:

Carne de sauce

Tus mentiras son las mías.

Hubo una pausa larga, el sushi bailaba en aceite, U Faber apuraba otra cerveza. La Gatti dio a entender que por ello estaba en nueva York. No había ningún proyecto personal detrás tan solo un viaje financiado con dinero de un primo cantante y famoso. U Faber sonrió. Tal vez era fácil dar algún contenido amargo a esa vida contada al revés, o dar consejo, ¡o que se yo! Apuro la cerveza. Solo dijo:

—Si te apetece puedes quedarte en casa hasta que encuentres trabajo y decidas hacia dónde ir. ¿Qué tu ex marido se hizo el muerto? ¿Se hizo enterrar?

Sí, yo le quería. La Gatti le miró como diciendo ya te contaré esa historia. U Faber se puso de pie, le invitó a quedarse en su piso de la 58.

—Tengo una habitación vacía. Dijo— y se marcharon

 

Nota 1

Un día después el coche subió en dirección a la única salida del valle, una carretera espesa y de curvas que ascendía amagando perderse en la montaña. La Gatti miro hacia atrás antes de sobrepasar el Km 46 donde se ve el valle y se abre un sendero de subidas y bajadas de montañas gigantes que dejan detrás un pueblo que solo ve su vida y respira sus amoríos e incesto con orgullo e ingenuidad.

¿Quieres ver una foto de la Gatti? link

U Faber: 12 a quién Ud. no invitaría a cenar: “Mamá dime si estoy equivocado, es Dios otro policía”

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Todos tenemos 12 personas que no invitariamos a cenar, le invito a incluir a U Faber en su lista. Subiré algunos de estos…

U Faber se había detenido en una calle del bajo Manhattan, sentía morriña de Barcelona y abrió la libreta donde apuntaba las anécdotas más famosas de su experiencia de taxista en Nueva York. Pasó con el dedo entre las páginas amarillentas y se detuvo en una donde solo ponía una frase:

¡Qué asco! Se han dejado olvidado el niño. Intento recordar aquel día, pero su memoria no le aportaba gran cosa, salvo que fue hasta la comisaria, lo entrego a los servicios sociales, relleno unos documentos y una poli negra de labios rollizos le miro durante algún rato. Colgado del recuerdo, de repente abrieron la puerta de su coche. ¡Rápido hasta la 56 casi 12! Era ella, ¡la poli! ¡La Negra! ¡La de la Comisaria del niño! Puso en marcha el coche y mientras surcaba una gran avenida y sucesivas le fue observando, estaba más vieja y vestía al estilo moderno. Se había cortado el cabello y ello le aportaba unos rasgos más sensuales.

—A Ud. le conozco –se animó U Faber

—Fui poli, es normal y abrió la ventanilla. El otoño se metía dentro con sus aires fríos y húmedos.

— ¿Le apetece un chicle? U Faber le alcanzó unos chicles verdes brillantes de menta acida que su clienta mastico hasta decir:

—Joder ¿Qué llevan?

—Pimienta fina mezclada con menta, los hacen en la India y me los trae un amigo hindú desde Bangalore cada tres meses. Solo dos cajitas y las dedico a mis clientes especiales y… sabrosos. U Faber había metido la pata, dejo caer un cierto interés por esa negra, muy negra y ex poli. Ella exclamó

— ¡Ya me acuerdo! Tú eres el taxista que trajo un bebe a la Comisaria hace… ¿6 años? “Si”

—¿A qué te dedicas ahora? –pregunto U Faber soltándose como si estuvieran en su salón bebiendo licor rojo mesclado con wiski

—Soy cantante de rap Y muy famosa. Y comenzó a cantar una canción de Gabylonia que habla del amor al rap El escuchaba y al acabar dijo: “Bien. ¿Cómo te llamas?”

_Linda Zurc! Actúo dentro de dos días en este sitio. ¡Pásate! Y le dio una entrada. U Faber dudaba, dijo algo así como:

—Normalmente trabajo muchas horas, pero se quedó con el ticket. Se despidieron. Linda Zurc! caminó en dirección a la discográfica elrap-lohacestú. U Faber decidió dejar con este viaje resuelto el día. Miro el ticket y en el lateral ponía un número de teléfono y con una letra apretada ¡llámame! No ¡déjate de historias!, -le dijo esa voz interior-. Si le llamas esta negra te llevara por caminos que tú conoces. Paso un día y el ticket le quemaba en el bolsillo y llamó

—Hola, Soy el taxista. Del otro lado un murmullo suave respondió con un: las ex polis no aceptamos invitaciones fuera del trabajo y una risotada cargada de sexo. U Faber golpeo con el nudillo el cristal he hizo una mueca. “No es una cita respondió, es un paseo por la ciudad”, para imaginar aquella cara redonda y los labios zulúes que rapeaban en la tele. Amo el hip hop estuvo a punto de decir. Pero ella soltó una frase:

— ¿Tus paseos con el taxi huelen a gasolina?

—Siempre

— ¿O Casi?

—A veces –confirmo la voz de U. Faber

—Anoche cante un rap que ponía esta frase –dijo ella:

#La mezcla quema al primer contacto# Siempre –pensó él. U Faber quedo esa noche, aunque un viento frio de otoño golpeara con insistencia en su taxi. Fuera. En el interior del taxi, en el cuero de los asientos, los dos resbalaban, la sangre de ambos corría sin detenerse, los besos de los labios zulúes remaban en su boca, la gallina de cemento del parque cercano se derretía, y la música sensual y barroca de la cinta de la Zurc! sonaba con tanta fuerza que temía ver llegar el coche de la NYPD, bajarse un poli con una linterna y golpear en su cristal para preguntar:

“¿DNI?”

 

Nota 1

La poli negra Zurc! Vivía en un edificio frente a Central Parc donde dejaban entrar si estabas previamente anotado en una lista. No permitían perros, y sus dueños eran la familia del famoso rapero 2Pac fallecido que olía gasolina en las botas y decía:

“Mama dime si estoy equivocado, es Dios solo otro policía” 2Pac ver video Trapped en YouTube

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