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Buenos Aires y Artl

Ricardo Artl (capítulo ocho)  

by juan re crivello

 

La paella soplaba con angustia ante el disparate que había soltado el contertulio familiar. Era imposible disimular lo que habían oído los restantes miembros del clan, ante lo cual aquella bobada aun levitaba en la mesa. Era inútil desdecirse, Artl sentía un ligero frio en la nuca ante la desdicha de verse reprobado. Pero el jefe del clan, dejo pasar unos minutos. El viejo orín que nadaba en la palangana vacía -debajo de la mesa- era parte del ritual. Una mesa de caoba larga y antigua dos cuadros en el centro y un ventanal que recibía luz de una sierra que corría paralela al pueblo. Como nadie deseaba dar un paso, uno de los hermanos, sentado en una esquina, argumento:

_ ¿Dices que tu mujer te ha dejado y se ha marchado con otro?  “Si”              –respondió Artl. Transcurrió un buen rato y todos volvieron a quedarse en silencio, El jefe, de cabeza recia, canoso y apoyándose en su tradición de presidir aquella reunión una vez al año, de nombre Carlos Artl, atizo: ¡Ve y hazle regresar!

_ ¿Cómo? Si ella está muy a gusto con su amante –insistió Ricardo Artl, y agregó- me lo ha dicho ayer por la tarde en la última discusión. Fue tan         astuta –prosiguió con su relato-, que mientras le vi sorber el vaso de cola, y estando en el saloncito, no hablamos mucho pero cambio su expresión en la mirada y volvió a insistir: ¡me voy!

_ ¡Que joder! –Insistió Artl- su voz fue aumentando mientras describia aquel momento mientras miraba a su padre sentado en la esquina de la mesa- y decir: Ahí te quedas, con tu papi millonario y tus nalgas del grosor de un dado. He conseguido un hombre que me mantenga igual que tu, pero además me haga vibrar en la pista de baile.

_ ¡Estúpida! –exclamó el jefe del clan y la corte familiar susurro un aprobado que sonó como una ola hasta barrer la mesa. Artl prosiguió sin inmutarse conocía a su familia, siempre aceptaban el requerimiento paterno, pero en su relato agregó: Y le pregunté: ¿de qué pista hablas?

_En la pista, aquella que íbamos hace tiempo –respondió María Ramírez. Cuando estoy con él, se desplaza y me arrastra con facilidad. Yo siento su mejilla, o su mirada, me lleva de un lado al otro hasta olvidar en segundos cualquier traición o mediocridad. Tú nunca has entendido aquello del tango. Siempre lo has visto como un quiebro, como un compromiso. Pero su música es tenue, sensual. Si te dejas llevar, tu pareja esta a tu lado, tan metida, tan unida, que es una de las pocas gotas de vida no contaminada, por la obligación, por la responsabilidad. Es tan virulenta su carne entre mis piernas, que deseas seguirle hasta el desmayo. Y tú, ¡nunca lo has entendido! Siempre has ido un poco más lento, o has sido tacaño en la entrega. Contigo, mi cuerpo al rozarte, no se electrizaba. ¡Ni miedo, ni pasión aparecían en tus botas! El suelo se hacía áspero. La noche eterna. La música un desquite amargo. Y, no era necesario beber o retocarse. En cambio, con él, ¡vuelo!; sin alcohol, con… poca música. Es un sentimiento que nos une y arrastra sin ninguna mezquindad, sin más, es un ligero contorno, descrito en la vuelta, y en la vuelta, que marcamos juntos. Y… termino la historia –concluyo Artl.

El jefe le miro. No había más distorsión ni medida en la excusa que terminaba de escuchar. Abrió la boca, sus labios se balancearon, parecía que la frente se desplomaba encima de los ojos. Estaba abrumado. En sus medidas del tiempo no existían estas relaciones tan intensas, ni mujeres que cambiaban de amor como si les dirigiera la sensualidad y para ellas marcharse o romper un acuerdo fuera tan fácil. No, aquel no era su mundo, ni el del común. ¡Qué narices hacia uno de sus hijos metido en esas complicadas redes!, donde al final se acaba muy mal. Con lo cual intento hablar, pero su cabreo le permitió que escapara un chillido torpe:

_ ¡Déjala! ¡Es una minga de puro veneno! La Ramírez solo busca satisfacer con su danza… su soledad. Los demás asintieron, no tuvieron el atrevimiento de preguntar. Artl se puso de pie y decidió no volver a verles más. Su familia estaba desquiciada y no entendía que la relación con María Ramírez era más intensa que sus mediocres existencias. Al llegar a casa escribió una carta que enrollo y apilo en una de las habitaciones, decía:

María

¿Te vas? O, ¿de nuevo te alejas con un amante, de los que cada tanto te invitan a sentir lo prohibido? Esta tarde apartare en la esquina de la cocina tu olla de color marrón, la que siempre usas. Las ollas de loza son tercas como tú, dentro meteré tierra y una semilla de musgo, prometo que antes que termine de llenar su espacio estarás de nuevo con tu canción de siempre “perdona, me he dejado llevar” Artl.

Luego llamo a su amigo H Raz para beber un cocidito de ron que hacían en una olla de cerámica donde los olores intensos se agrupaban en la salida del zaguán y más de un vecino en los días siguientes al verle por la calle, exclamaba: ¡ese olor me recordó mis años de joven! ante lo cual Artl asentía con la cabeza sin más. ¡Es una minga depuro veneno! La frase retumbaba en su interior, su padre un tipo escapado de la Segunda Guerra y lleno de odio había llegado a Buenos Aires sin un peso, todo lo había construido con un estilo pendenciero y ajustado. Siempre cambiando ruptura y compromisos. Un individuo esquivo, luterano en las formas, quien mantenía una distancia que le recordaba sus continuas separaciones y rencillas. Nada de la fortuna paterna la heredaría, eran para sus cuatro hermanos, que rodeaban el panal para sorberlo a los minutos que el cadáver se hubiera deshinchado. Artl dudaba si amar a la Ramírez o encerrarse en esa casa donde fantasmas propios e inventados le alimentaban. El timbre sonó, ¿sería su amigo H Raz? Al abrir la puerta una mujer alargada, de caderas con cierto volumen, con dos senos que lucían esplendidos y una cara redonda y llena de vida –dijo “Hola”. Era María Ramírez. Le hizo pasar, fueron hasta el zaguán, Artl le alimento de historias referidas a su visita a la casa paterna, pero en el aire flotaba su nueva aventura, ese último amante que ella arrastraba trajinaba en sus mentes y María pretendía reducir a una circunstancia del deseo, de la calentura. Y la Ramirez agrego:

_Hace dos noches que salto encima de ese burro. Es larga su verga, anchos sus labios, hasta el cabello del centro de sus pechos huele a sed. ¡A sed! Repitió una y hasta dos veces más. Artl no quería ni hablar de esa historia. Pero María insistió: mastica y muerde en las nalgas mejor que tu. Bebe y me irrita con una mano diestra y segura, que aprieta, socorre, masturba hasta dejarme si sed ¡sin sed! Artl estaba ya harto y exclamó:

_Solo hablas de una ciénaga, la que permite que sientas que aun eres joven. ¿Y luego?

_Perdona, me he dejado llevar –dijo María. En aquel zaguán aun hubo sitio para dos besos. La olla de loza volvió a su lugar, pero la distancia entre ambos se habría poco a poco. Luego llego H Raz, y María se marcho. En el segundo vaso del cocidito de ron, ambos amigos rieron un buen rato, hasta que H Raz dijo breve y seguro al tener los ases de su lado:

_Esa acabara contigo.

_O yo le enterraré con sal como a un buen salmón –respondió Artl

_Quizás, aunque arrancarse algo del corazón, es una tarea difícil y… meter un cuerpo en sal, te marcara toda la vida –dijo H Raz.

_Sabes amigo H., tengo varias cartas de un tal Pascual Pérez(1)

_¿El boxeador? –pregunto H. Raz

_Si, ¿te apetece que las leamos? –pregunto Artl-, mientras su amigo entraba en una de las habitaciones para buscar esas deliciosas misivas.

Notas

(1)Pascual Pérez (Rodeo del MedioMendozaArgentina4 de marzo de 1926 – Buenos Aires, Argentina; 22 de enero de 1977) fue un destacado boxeador argentinode peso mosca.

Ganador de la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 1948 y campeón mundial (1954-1960), único argentino en alcanzar ambos logros. Como amateur peleó 125 combates.1 Se hizo profesional en 1952, librando 92 combates (84 victorias, 7 derrotas y 1 empate), en los cuales ganó 57 peleas por nocaut, récord que lo ubica en un selecto grupo de boxeadores que han obtenido más de 50 nocauts. Realizó nueve defensas exitosas del título mundial. En total obtuvo 18 títulos. Está considerado como uno de los tres más grandes boxeadores de la historia del peso mosca, junto a Miguel Canto y Jimmy Wilde.2

 

 

 

Ricardo Artl (capítulo siete)

by juan re crivello

 

 

Estimado Artl

Hace pocos días que soy campeón mundial y recuerdo cuando comencé a los 9 años en el Mocoroa boxing Club, y he llegado a lo máximo. Mi estilo de esquivar y fajar lo he depurado, pero aún recuerdo esa amistad que trabamos en un tren camino de Tucumán. Hoy me duele todo el cuerpo y son esas jornadas en que los boxeadores le tememos hasta a las ratas. Me acordé de Usted pues al mirarme en el espejo del lavabo ha vuelto a mi aquella frase suya “te quemarás y la gloria te llevará muy lejos. Luego, ni un trozo de pan calmara tanta sed”

Un abrazo Nicolino Loche

Nota: Ahora comienzo con hambre de corona ¿Cuánto durará?

H Raz se mantuvo en silencio, nuevamente la realidad aparecía fugaz y lejana. Comparo la fecha, de varios años desde esa carta, con lo cual dedujo que Artl seguía recibiendo historias o inventándolas hasta bien poco. ¿Cuál sería la última? ¿Dónde la escondería? En la habitación del patio o ¿en las otras dos que daban al zaguán? Y por ello pregunto: ¿es verídica o te la has inventado?

_No Loche existió –fue su respuesta mientras sonreía-. H Raz pudo responder, “ya… ¡eso también lo sé!” Lo que le interesaba era si: ¿esta te la envió El Intocable? –concluyó.

_Es del Intocable –dijo Artl para continuar-. Le conocí circunstancialmente en un tren que me llevaba a Bolivia. En ese viaje solo íbamos él y yo. Loche iba a una pelea de aficionados al Norte y en mi caso quería visitar la cueva de los Andes. Aquella noche compartimos una larga charla mientras nuestro tren de madera del que tiraba una maquina de hierro y humo se movía en un espacio estrecho de la selva. Con el tiempo nos carteamos hasta que se hizo famoso y solo me envió estas letras pocos días después de su victoria. Luego se rompió nuestra relación. Ser un boxeador Intocable es ir en contra de la tradición       -agrego-. Nicolino ganó el título y Artl describió la pelea como si estuviera viéndola:

Aquella noche consagratoria “El Intocable no se dejó pegar y pegó. Entre un amague, una zurda; tras un bloqueo, un cross; después de un paso al costado, un gancho. Impotente, lastimado, quebrado en sus reservas anímicas, meneando la cabeza, Fujii –su rival, con los ojos prácticamente cerrados de la hinchazón– decidió quedarse en su rincón cuando sonaba el timbre para el inicio del décimo round de una pelea que estaba pactada a 15 asaltos” (1). Su triunfo –y con sus ojos enrojecidos de orgullo prosiguió su relato- elevo este deporte a la categoría de arte, le llevó desde la fuerza a la tarea gigantesca de intuir al adversario y al dominarle lograr que su derrota sea parte de un juego de contrapesos entre dos que caminan al borde de la derrota y uno de ellos será quien vera el éxito y abrirá la puerta de la gloria.

_La gloria es un veneno –dijo H Raz. A veces estás frases tan redondas escapaban de su boca si más, luego se arrepentía pero les veía flotar en busca de una respuesta.

_Es un veneno…que cuando entra en nuestra sangre corre con tal fuerza que nos alimenta procurando nuestra futura asfixia.

_ ¿Son los boxeadores unos ídolos de barro? –pregunto H Raz.

_Inocentes en la vida, aliados de la fuerza –dijo Artl. El Intocable fue el único además Mohamed Alí que fue campeón en un deporte donde la fuerza era una condición. A muchos de ellos les conocí pues se sacaban la licencia para boxear en un Hospital donde llegaban todos los accidentados de la ciudad; allí aprendí a inyectar en los sapos la orina de las embarazadas. Mi amigo Berrondo, un señor bajito, rechoncho con mirada de oso de la estepa rusa me enseñaba que hacer ante el ajetreo de los bichos que guardaba en una jaula debajo de una escalera de cemento. El lugar estaba muy cerca donde trabajaban hasta 18 bioquímicos –entre ellos mi madre en sus últimos años, antes de jubilarse-. Aún recuerdo que me paseaba por las tripas de un monstruo rectangular y plano que daba o negaba la vida. Berrondo era uno más, de la colección de personajes carismáticos que poblaban sus salas de inyecciones, operaciones y candado frente al virus. Recuerdo a otro, un tal Azulay, y Violeta Azulay del cual en su momento hasta escribí un tango creando una hija y la partitura duerme en la montaña de papeles en alguna de esas habitaciones que Ud. registra. Azulay, era un hombre de barriga gruesa, bajo y calvo, de piel y carne de salmón y origen judío; su voz repetía una estrofa tan característica hacer es deshacer. Una frase que me desconcertaba dejándome al borde del acantilado; y  no podía faltar la secretaria, la señora Mariam. Era espiritista, su máxima: si tú piensas en ello… lo obtendrás. También bajita, llena de brillo, pero carente de atractivo sexual, al sentarse alrededor de una mesa de mármol alta, donde hacían las extracciones pontificaba respecto al futuro y el devenir de la vida, o inclusive de los individuos que por allí pasaban. Y en aquel recuerdo siempre aparecen los boxeadores, ese Hospital, daba los permisos para practicar este deporte de manera profesional. Y allí desfilaban grandes niños de piel lisa, caras degolladas por la sed de triunfo, o simples árbitros de la patada que da la vida antes de elegir una profesión.

_Esa nostalgia… ¿no termina de irse? –dijo H Raz, tal vez veía en Artl un cumulo de recuerdos e intuiciones que describían la vida como una fuerza inacabada que da oportunas lecciones, dicho esto Artl continúo:

_Para mi Berrondo y compañía regresan, año tras año, en un baile nostálgico donde los valores cuentan, estimado Raz… como si estuviéramos en un pasillo de una sala de espera y sin revistas. Y agregó: diría Hume (2) que elaboramos la moral a través de la simpatía, cada decisión por nuestra parte es metida en una coctelera de experiencias donde aprobamos o desaprobamos para construir una moral emotiva que reservamos en la memoria.

_Bonita forma de explicar la memoria –dijo H Raz-.

_Bonita –repitió Artl.

 

Notas

(1) http://www.elciudadanoweb.com/aquella-leyenda-de-el-intocable/

(2) “La comprensión ante cualquier otro hombre, de sus ideas, de sus ficciones o sus imágenes pueden tener un efecto inmediato sobre otro hombre, como si fueran impresiones suyas directas, vivaces inmediatas. Esta capacidad de dejarse impresionar Hume lo llama simpatía y es la condición básica de la existencia social y el fondo de toda existencia social”.

Ricardo Artl (capítulo seis)

 

by juan re crivello

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Artl y Buenos Aires

Pueyrredón 23. Esa era la dirección en que Ricardo Artl concertaba sus citas hasta conocer a María Ramírez. Una calle ancha, de las miles que tiene Buenos Aires, con aceras que se utilizan para navegar o vender Frankfurt al caer la noche. Una ciudad que está dormida, cuando los inquilinos palidecen a final de mes. Allí todo el mundo fisgonea a su vecino, o descubre que la alcantarilla es un sub-mundo parecido al exterior. Artl acostumbraba a fumar un cigarrillo detrás de otro, Chesterfield King Size, lo compraba en un Kiosco a la vuelta de su casa y camino del trabajo solía parar en un bar de la esquina, un café de nombre raro: “Filogonio”. Casi antes de dar las 22. Era su último café, luego un garito en un sótano y una orquesta de nueve músicos para que él -quien cantaba para los turistas que invadían la ciudad. Pero en su cabeza no había más que la tormenta sentimental que le aturdía. María R. una espléndida morena de atrevidas formas, quien salía con él desde hace ¿uno?, ¿dos? meses. ¡Es que todo había ido tan rápido! Que no se atrevía a considerar si seguían o no esta aventura. Antes de pagar extrajo un papel de su bolsillo del pantalón, en lápiz verde, con formas acostadas hacia la derecha:

“¿Te veré esta noche? El día se alarga de tal manera que no puedo apartarte de mi interés. Todo me refiere a ti. Todo recuerda los tres cuartos del alma donde resides”

María R

_ ¡Muy fuerte! -dijo en voz alta. Siempre había pensado que sus anteriores amores eran un recuerdo vano y suave ante la intensidad de esta comedia que le tocaba vivir. Se llevó la mano a su nariz. El perfume era una huella, y esta le acercaba a aquella intensa noche donde cada muslo cometía un exceso y donde ya nadie fingía un alegato, un miedo o una osadía. Recordó un segundo una estrofa de su tango preferido:

Corrientes 3, 4, 8,

Segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos.

Adentro, cocktail y amor.

Y pudo pensar, que la mezcla de deseos y la llamarada que surgía de madrugada al regresar a aquel piso donde no podía escapar…  diariamente. Y… sonó su teléfono de la salita

_Hola –dijo

_ ¿Vendrás de noche? ¿Como siempre? –preguntó ella.

_Si

_Hoy hablare con F S y le explicare que ya no puedo más. Le diré –agrego ella- que no voy por casa desde hace seis días por este amor que nos consume. ¡Qué nos pasa! –Su exclamación fue un eco para Artl, y escucho-: cada día es una nueva prueba, y nos somete a ambos. ¡Cada día!

_No sé –la irregularidad de su respuesta le hizo agregar-: a veces pienso que la cita es un malefició, nos incluye en la noche y luego perdemos esa regularidad que da la claridad de la vida cotidiana. Físicamente ¡estoy muerto! Llevamos noche tras noche envueltos en un atractivo sensual continuo que ¡joder!, esto parece no acabar.

_Nos recuerda al tango –dijo ella y rio con fuerza-. Su voz era suave pero arrastraba la rugosidad del fumar. Para agregar. ¿Es un círculo sin fin? O…es un espacio –y agrego en tono explicativo-, donde lo físico, la bruma, la fragancia, los silencios, la voz que proyectamos, o esa ternura, que descargas en mí. ¡Oh Dios!

_Esta noche –dijo el- cuando cante, proyectare un misterio que flotará en las almas de los noctámbulos… sugeriré el deseo. Les empujare a ese sentimiento que cada giro de esta música sensual nos provee… de un espacio único; donde ellos se sujetan; se perdonan: sus infidelidades, sus olvidos.

_Estaré –dijo ella- como cada noche ¡contigo!

_Como cada noche -repitió él y colgó. Artl se puso de pie, antes de salir realizo un croquis mental. Subiría por esa calle rellena de adoquines para torcer a la tercera, ver el Obelisco de costado, y romper cada celda diminuta donde su pie se mojaría al contacto de la acera. Estaba comenzando a lloviznar, Buenos Aires cambiaba de cara, llenaba su barriga de melancolía y los tangos que cantaría -dentro de una hora- serian amargos, sensuales, llenos de apetito por amor y sexo.

“Casi una vida” –dijo, -y giro para entrar a su club.

 

4 de la madrugada

Para Artl desde hace días, noche si noche no, al salir del garito de Puerredon, 23 se marchaba con María R. Intentaba frenar ese deseo que le dominaba. Esos meses alrededor de la cama le ponía de los nervios. ¿Describirlo? Ni se atrevía, siempre comenzaba al abrir su puerta y atravesar la salita al lado del teléfono, apretándose los dos, el aparato por el suelo, luego abrazados mientras la ropa caía aquí o allá y esa traicionera curva de la pared antes de dar con la cama. Más de un día se disloco el hombro para pasar por el giro que tenía una repisa pequeña con la imagen de la virgen de Lujan y dos lucecillas que yacían por el suelo. ¿Y en la cama? Sexo, una manera de aferrarse a sus labios y dejar que le revisaran sus muslos, o su pirueta para zafarse y ver si sus senos tan duros y rectos le empujaban hacia atrás. Y ¡prisionero! Como se sentía al verlos tan turgentes y acechándole. No era capaz de confesar a ningún amigo que aquello tan repetitivo y animal acababa con una tableta de chocolate rozándole en los cantos, ¡los suyos! Y resistiéndose ante ese rasguño lento, pícaro que iniciaba María en su espalda y terminaba en una invitación ácida. Debía detener esta entrega nocturna. Debía alejarse un mes o más. Pensar que narices significaba este dejarse ir. Por ello busco en su departamento, un lápiz. ¡Estaba todo revuelto! Como si llevara una vida forzada de trabajo y sexo inclinado al delirio. Escribió:

¡Basta! En rojo. Luego garabateo: ¡descansemos!, agrego, quiero que en los próximos meses solo nos veamos en una casa del té. Té y masitas, doradas llenas de crema y mermelada. Y entre ambos… violentas miradas de deseo.

Te amo Artl

No hubo respuesta, Pasaron los días y llego una carta de dos líneas. Artl la dobló y la puso en una habitación vacía. Comenzó para él un calvario de escribir pequeñas misivas que guardaba en el cuarto.

 

###

H Raz le visito un domingo. Como siempre fue hasta el cuarto y extrajo una hoja verde. Tan solo decía:

Me pides parar. Detener esta fuerza de la vida que es envolverme en ti hasta desfallecer. No, no, ¡no! María R.

_ ¿Qué es esto pregunto? H Raz, su amigo mantuvo un silencio durante un largo rato, luego dijo:

_Amigo H. Raz, si te asomas a la fuerza del amor este te avasalla hasta ser intolerable. Y… ¡eso ocurrió!  Ve y trae otra nota de otra habitación ¡por favor! H Raz regreso al cabo de unos minutos y al abrir la hoja cual sería su sorpresa, comenzó a leer una carta del gran Nicolino Loche.

Artl (y cinco)

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by juan re crivello Imagen de Ringo Bonavena

 

Al ver que no dábamos con Artl, en el Registro de la Propiedad logramos encontrar una dirección que nos llevaba a quien aparecía en muchas de las cartas que recibía, una tal María Ramírez. Esta vez su funcionario más simpático que otras veces, nos llevo hasta una sala con una lamparilla y cientos de libros con registros. En esta parte del edificio, al límite de la humedad, una gota caía produciendo un tac, tac. Había 200 Marías con ese nombre y apellido, pero nos inclinamos por la opinión del funcionario, según explico, el registro coincidía con la misma fecha que Artl inscribió su compra y por ello descartaba las restantes. Un argumento sencillo y elegante de decir “estos eran una pareja y vivían separados”.

Al llegar a la dirección de la casa, la encontramos cerrada. Pudimos hablar con una vecina suya. Nos contaría que conoció al tal Artl y desde que su mujer murió ya no había sido la misma persona. Dejo de componer y frecuentaba unas amistades poco edificantes. Se distancio de sus hijas y se marchaba todas las tardes al centro de la ciudad. Nada más podía decir. ¡Ah sí! La mujer se puso de pie y fue hasta un cajón. Extrajo una foto. Estaba Arlt con una señora de ojos grandes y mirada esquiva. Le preguntamos como la había obtenido. Nos dijo que aquello era porque a veces le lavaba y planchaba la ropa. En su momento la imagen apareció doblada en un bolsillo, y la aparto para devolvérsela. Miramos detrás, ponía C/ Paris 430. Decidimos ir hasta esa dirección.

Paris 430

Al tocar el timbre los tres no sabíamos que decir. Era extraño sucumbir a un personaje muerto, o desaparecido, y estar frente a una casa en búsqueda de una razón o una pista. Nos atendió una señora de 45 años. Coqueta, llena de vida. Al preguntarnos que deseábamos, uno de nosotros dijo:

_Somos de la policía y vamos tras el asesinato de Artl. La dueña de Paris 450,  puso cara de extrañarse y les abrió el camino. Les hizo sentar en una salita llena de plantas.

_ ¿Desean beber una cola? Su compañero J. Rawson, respondió sin rubor: “si”. Al marcharse para la cocina, su espalda acababa en una sinuosa sentadera que movía de lado a lado. Un espacio para el buen amante –pensamos-. La señora regreso rápido y puso una bandeja con cuatro vasos de un líquido claro con menta. R López pregunto:

_ ¿Qué es? “Anís frio y menta” -dijo ella. Vaya… debe estar muy bueno –fue insinúo J. Rawson y sin pedir permiso dio un trago, su sabor puro e intenso bajaron delicadamente hasta dar con el estómago. Un sudor líquido aumentó su  sed. Su primera sensación era encontrarse más despierto y arder de sensualidad. Inconexo y atrevido le parecía tener frente a si, a una mujer joven y llena de morbo. Intentaba corregirse pero su lengua se le llenaba de espuma. Y dijo:

_ ¿Conocía a Artl?

_Sí. Desde hace tiempo. Éramos amigos desde hace 5 años. La suavidad del sinónimo escondía el término de amantes.

_ ¿Le conocía profundamente?  –preguntó. Ella sonrió, sus ojos brillaron e intuimos hasta un bacanal de verano:

_Éramos bastante amigos –agregaría, para continuar. Algunas noches se quedaba a componer o escribir en casa. J Rawson observo como la piel rosada de sus hombros, le excitaba. Decidió beber más. No podía retener su ansiedad y preguntó:

_ Trabaja Ud.… ¿en casa? Ante lo cual, no pude más que sorprenderme de la estupidez de mi amigo. Le veía extraviado y alegre a la vez.

_Si –dijo ella. Normalmente me visitan conocidos a los que recupero de su depresión. “¡Ah!” Fue la palabra que utilizo Rawson. Y decidió continuar el interrogatorio como si nosotros no existiéramos.

_ ¿Era para Ud. el señor Artl una persona deprimida? O sea… ¿tenía algo que le impedía sostener una vida normal? Ella le podría haber respondido con la mirada, pude ver como unos expresivos ojos claros se desplazaron hasta detenerse después de girar una y otra vez intentado abarcar el espacio donde nos sentábamos.

_A la muerte de su mujer el cambio. Se dedicó al juego y sus ahorros se los gastaba en largas partidas de póker.

_ ¿Cómo le curó? –Insistió Rawson- sin darse cuenta que daba por supuesto aspectos que ella evadía. Lo que deduje que aquello iba por mal camino, y mi amigo decía tonterías, ante las cuales la mujer insinuaba comentarios que iban  desde un jarabe para la tos hasta un calentón de domingo. J Rawson parecía desmoronarse ante el efecto del licor de menta y pidió ir al lavabo. Ella le acompaño. Desaparecieron ambos tras un pasillo y nos dejaron solos. R López y yo miramos los cajones que estaban en la librería. Las fotos de esta señora y Artl estaban cuidadosamente pegadas en un álbum, pero no había pistas, tan solo aquel derroche de filmografía barata. Pasados unos 20 minutos, nos comenzamos a interesar por ella y Rawson, al ver que no regresaban. Decidí entrar por el pasillo de la derecha y me di de bruces con la dueña.

_ ¿Y mi amigo? –pregunte.

_Está descansando en el cuarto contiguo –respondió-. ¿Le apetece a Ud. el mismo servicio? Me retire hacia atrás ante la propuesta y decidí avanzar hasta donde me decía que J Rawson dormía. Estaba desnudo, acostado sobre unas sabanas rojas, con sus ojos cerrados, parecía dormir plácidamente. Me gire y le pregunte a la dueña de la casa:

_ ¿Qué le ha hecho?

_ ¡Un francés! Al acompañarle al lavabo, le vi muy excitado, no era capaz de bajar la subida de su sexo. Le apreté un poco. Le sople en el canal y… ¡exploto! Luego le desnude por miedo que ante tanto calor le viniera un infarto. Al finalizar tan extraño relato, me acerqué hasta el, comprobé su pulso y dormía profundamente. Decidí esperar a su lado, y López se marcho. Esa noche cenamos patatas fritas con pescado en la cocina. Supe más cosas. Se llamaba Ester, había nacido hace 45 años y había amado a Artl. Pero no conocía la vida de aquel más que de sus visitas nocturnas y mensuales. Pero si fue capaz de recordar que habían asistido juntos a misas en los evangelistas de la calle Pueyrredón 2530. También nuestra charla giró sobre las anécdotas de su trabajo:

“Una vez me vino un tipo que era escaso de carnes y de nariz grande, le hice pasar y en la habitación al desnudarle pude comprobar una mata de pelo que le tapaba el sexo. Levante mi cabeza y su cara me miraban, sin otra despensa que la ingenuidad. “¡Menuda incomodidad!” –dije en voz alta. El tipo asintió encogiéndose de hombros, yo recordé que tenía una máquina de cortar el pelo, de aquellas antiguas de barbero –mi marido lo había sido. Le hice sentar y le afeite. Al acabar me agradeció y se fue.  Nunca más le vi, bueno si, una vez en el mercado con su mujer, le miré y el levanto su dedo pulgar haciendo ver que se afeitaba. Pero dentro de los casos extraños, un día se presentó un tipo que venía de parte de un cliente fijo. Le hice entrar en la habitación y murmuro:

_Servicio especial. Le mire y pregunte:

_ ¿Cómo? “Servicio especial” –insistió-. Decidí desnudarle y le lleve hasta la ducha, cuando lo tenía enjabonado se me ocurrió una idea, siempre he tenido animales en casa, fui hasta el patio y traje una pitón que se la enrolle alrededor del cuerpo. El miedo que paso le ayudo a correrse. Eso sí, tuve ciertos problemas, al recoger a Mardi, esta le apretó en el cuello y estuvo a punto de estrangularle. Le mantuve un día en casa hasta que recupero el aliento.

_ ¿Siempre son casos especiales? –pregunte.

_ No –dijo ella. Su estilo de bondad sexual, me remitía a aquellos estúpidos momentos que los hombres tienen, cuando su sexo o su cadáver de adolescente se encuentran con el lado femenino. Ella -nuestra primera amante-aparece y nuestros gestos de incredulidad o nerviosismo delatan nuestros deseos. Ester  trajo anís frio y menta. Puso dos vasos. Serían las tres de la madrugada.

_ ¿Te atreves? –pregunto. El miedo me paralizaba.

_ ¿Y luego donde duermo? –Pregunte cual rata de alcantarilla que pasea el hocico en una vulgar escapada-.

_ ¡Oh! con tu amigo o… en mi cama -dijo. Bebí tres vasos seguidos. No recuerdo nada más; tal vez  un ruido del camastro hundido en el centro. Además piernas o sudores, y un zumbido tenue que procedía de la nevera del salón.

 

H. Raz regreso a los dos días por la tarde, su amigo Artl estaba en el zaguán. Le hizo señas desde dentro y ambos prepararon un café. Serian las cinco de la tarde. En Buenos Aires estaba anunciada una tormenta, pero la tarde aunque intranquila y encapotada resistía. H. Raz fue hasta otra habitación. Mas pequeña casi la final y retiro de allí una carta. Al sentarse antes de leerla Artl dijo: “si es de hoja verde no. Son las de María Ramírez y no me apetece recordar esa época”. Quise preguntar pero opte por no incomodarle y la cambie en la misma habitación por una de papel blanco. Antes de salir del cuarto, ¡por primera vez! me di cuenta que había miles de hojas verdes enrolladas. Me puse a su lado, abrí la carta escogida. Era de un tal Bonavena, boxeador de los años 70. Le escribía para contarle:

Hace unos días que he llegado a USA. Ya no regresare más por Buenos Aires. En este garito donde me acomodo, la vida es espantosamente cruel. Del Bonavena de los años grandes no queda más que alcohol y sueños. Le escribo para que gestione mi herencia. Le adjunto los papeles y una autorización de un abogado americano. Un abrazo Ringo B.

_ ¿Cómo conoció a Bonavena? –se me ocurrió preguntar-.

_Fue una noche caminando por la Costanera, de frente venia un gigantón bamboleándose y choco contra mí. Al mirarle a los ojos vi que estaba como fuera de sí. Le traje hasta casa y le serví café caliente. Hablamos durante toda la madrugada de cómo el boxeo es una escuela de vida. “Con ello llegas a la cima –dijo-  y después te rodean los aduladores que solo quieren que tu ganes. Pero cada victoria te hunde más en la fatal adversidad. Es el puño quien domina la potencia, cada golpe me une al otro pero si le derroto es para sobrevivir. Es como la guerra, amamos la aventura, el peligro, pero al asomarnos al enemigo su vida es nuestra o nosotros somos su presa”. Artl dispuesto al comentario, dijo:

_Observé que su lado humano estaba derrotado. Pero a la vez era el héroe que latía para millones de personas. Esta violenta separación entre líder y individuo solitario daban un alma compleja y al borde de la desesperación. En los años siguientes le seguiría a través de la prensa y la televisión en una carrera meteórica, hasta que me llego esta carta.

_¿Que le contestaste?

_Fue breve. Cuidare de los tuyos. Intenta salir desde ese espacio que te tortura… A los pocos días llego una respuesta. Solo ponía: “No, no puedo bajar hasta ese foso lleno de mierda”. Un mes después salió en los telediarios la historia de su asesinato. Artl me pidió la carta, la hizo un bollo y la tiro al patio. La lluvia que se resistía empezó a llenar todo el espacio disponible, los dos observamos como el papel era arrastrado en dirección a un desaguadero y luego bailaba hasta ser devorado. Nos quedamos un rato en silencio, luego él dijo:

_A veces nos sentimos atrapados, uno, o dos, o varios días, hasta imaginarnos que la vida se estrecha en el centro de nuestro pecho y nos ahoga. No es asfixia amigo H Raz, es… la banalidad que transcurre sin poder enfrentarle.

 

Ricardo Arlt (y tres)

by juan re crivello

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Ver capítulo dos

 

Ricardo Arlt vivía en una casa de Buenos Aires que tenía un inmenso zaguán. Como aquellas casas que ha dejado esta gran ciudad metidas en un espacio irreal o muerto. Fuera una arboleda, al llegar a la esquina su bar con café y charla de futbol, al lado la panadería con masas de calidad, y la farmacia –que abría poco pero atendía por una puerta pequeña todo el día. Para nuestro amigo estar retenido por el tiempo en esa coraza de vida era una tarea ardua, a lo sumo en la mañana podía escuchar las conversaciones que se mezclaban del patio trasero donde una gran familia se peleaba cada segundo y pactaba figuras de refuerzo para perdonarse. Y a la tarde, cada día, si y no, le visitaba su amigo H Raz que trabajaba en los juzgados y traía historias jugosas de muerte, divorcio y papeles firmados para luego incumpliros. Por ello el zaguán era media vida, en verano dos reposeras, en invierno las mismas pero con una fina y delicada colcha que cubría al visitante de rojo y al dueño de casa, de gris. Llevaba encerrado así una década. Y su retiro era una manifestación del silencio que se había impuesto ante la magnitud de la insolencia que presenciaba en esas calles. Le disgustaba, primero, que hablaran con tanta fuerza y lejanía de los problemas de la gente, o que sumaran al interés una delicada mentira piadosa, digamos por ejemplo: llámame si me necesitas. Y este largo etcétera le había alejado de los paisanos. Menos H Raz, y un señor que le traía la compra cada semana de un mercadito cercano. Si no fuera por esas visitas tal vez sus vecinos se hubieran olvidado de su presencia. El había decidido construir una atmosfera de recuerdos que amontonaba imaginariamente en cada habitación. Por ello ocupaba tres cuartos, de aquellas fantasías y aún tenía aluno mas sin ocupar y el zaguán. En este último las historias se volatilizaban. Por ello allí las maquinaba y con esmero las situaba dentro, junto a las cartas de una tal María Ramírez. Su amigo H Raz, quien le conocía a veces le obligaba a sacar de dentro una y, repasar si estaba correcta. Su amigo insistía que la vida era necesario dejarla correr y que su casa estaba tomada por estas hojas de papel y el acuerdo entre ambos consistía en: “yo te visito y tu liberas una de tanto en tanto”. Por ello al verle sentado en la reposera y mirándole con cara de desagravio se temió lo peor y se dispuso a retirar una historia escrita de la habitación del hechizo. Le llamaba así a este espacio donde guardaba textos banales pero construidos por algún desprejuiciado e insensible glotón y, dijo:

“Erase una vez un tipo casado en segundas nupcias con una señora llena de vibradores  traídos de Taiwan. Ella amaba la insistencia en perseguir aventuras que desembocaban en un orgasmo cada dos días. El amaba a su segunda mujer por su tranquila resistencia a utilizar aparatos en su amor. Entre ambos se suponía que comer, respirar, trabajar eran actividades externas, pero cada dos días una aventura les unía y, un ruidito. A pesar que los taiwaneses habían mejorado, aún seguía en pie ese sonido vacuo e insoportable para uno de los amantes. Por ello intentaron poner música de fondo, o geles, o taparse los oídos para evitar esa pequeña distracción. Su amor por su mujer le llevaba a consentir, hasta que una mañana carraspeo y dijo:

–Creo que deberíamos dejarlo. Ella sorprendida respondió

– ¿A qué?

–A los aparatos que utilizamos. Su ruidito me deja sin ganas. La cara de ella enmudeció. Un silencio tomo la casa durante varios días. Hasta que una tarde, el subió las maletas en su coche y se marchó. Ella lloro varios días. Y con tranquilidad abrió la carta que él había dejado encima de la tele y al lado del toro traído de Andalucía. Decía:

–Nena yo te amo, pero no te comparto. Una lánguida frase que destapa las dificultades del amor”.

Ricardo Arlt hizo como si el final taiwanés hubiera dejado volar otra historia. Su amigo H Raz comento:

–Breve e intensa. Sabes –dijo H Raz mirándole-, este zaguán, conoce más de la vida, que los intrépidos que corren allí fuera. Artl rio y se puso de pie para preparar té y masitas que la panadera de 24 años le dejaba –previo golpe de dos timbres en la puerta al final del zaguán.

 

Ricardo Arlt (y dos)

by juan re crivello

 

(Ver capitulo Uno)

Con mis colegas decidimos ir hasta el Registro de la Propiedad, un antiguo edificio que guardaba miles de documentos sobre sus estanterías, en las cuales sus tres empleados mantenían a raya pequeños hilos de agua que laminaban la pared, donde crecía un musgo hambriento que amenazaba con atravesar hasta la recepción. El sistema era sencillo, uno escribía en un papel los datos del muerto, y solicitaba conocer sus propiedades. El funcionario trepaba por las estanterías hasta retirar unos inmensos volúmenes de casi medio metro de largo, luego los colocaba en una mesa de trabajo y por el apellido volvía a transcribir las fechas de venta o compra en que aparecía el apellido solicitado. Luego dirigiéndose a nosotros resumía aquello en un papel blanco cargado de moho. M R González así ponía en su bata gris, levanto su vista con un desplazamiento rojo en los bordes para decir:

_Solo tiene una. Es una casa de 200 metros muy cerca de aquí, en Belgrano 408. Las calles de esa zona de Buenos Aires –prosiguió- son largas, de aceras llenas de arboles inmensos y los veranos el aire caliente que viene desde más allá de La Pampa y entra por sus ventanas hasta refugiarse en las zonas más oscuras de sus viviendas. Así le definió el funcionario. No parecía entregar una dirección sino una visión de la vida de cada calle de esta gran ciudad. Con mis dos amigos pagamos y decidimos ir caminando hasta esa casona donde había vivido Artl. Al llegar preguntamos a los vecinos, pero nadie sabía de su vida. Todos repetían vaguedades tales como: le vi hace unos días, se caso joven; tenía un genio ¡tan tremendo! o por las noches cocía sopa de cebollas y la calle apestaba de su hambre; hasta alguno respondió con la tontería de moda, ¡era amigo del Papa Francisco! Pero nadie fue capaz de decir si estaba vivo o muerto. Por nuestra parte sino le hubiéramos visto con la cabeza reventada en aquel bar y no hubiéramos decidido incluirle en un guion de nuestra serie de televisión, el tal Artl quizás estaría bajo tierra olvidado de todos. Mi compañero R. López propuso: ¿y si pedimos una llave en la comisaria y abrimos?. Se basaba en una vieja costumbre instaurada en la época colonial que permitía que los vecinos dejaran un juego de llaves por precaución. Mi otro amigo, J Rawson tan solo dijo:

_Si… ¡justo ahora que la poli es la dueña de los robos! ¡Imposible! Pero me deje llevar por mi intuición y al entrar a la Comisaria me atendió una policía mujer, joven, inexperta. Me presente como su hermano, con mi acento de provincias me hizo pasar hasta una salita con colgadores para llaves. Estaban todos vacios menos uno. Una brillante llave ancha, gruesa con un llaverito con la foto de una mujer y dos senos pronunciados era de Artl.

_Este servicio –dijo la poli- lo hemos abandonado hace diez años por orden del gobernador, y como esta salita no la usamos, mis compañeros han mantenido esta llave en su sitio, siendo objeto de muchas burlas. Le llamaban “la llave de Dios”. Firme aquí           –agrego-. Puse una O grande, de Omar tal vez y Artl. Me entrego una copia y esbozo una sonrisa como insinuando ahora el problema es suyo.

Al salir a la calle, mis amigos estaban eufóricos. En la casa se entraba por dos habitaciones que se abrían a una sala comedor inmenso, una cocina al final y un patio rectangular. Una típica casa de los años 50 cuando en buenos Aires en estos barrios construían para una pequeña burguesía de provincias que venía a abrirse camino para educar mejor a sus hijos. Le llamaban “inmigrantes llenos de saber”. Saber cocinar, saber comprar, saber decir impertinencias construidas alrededor de una frase estándar, tal como: “estamos aquí pero venimos de una gran familia que domina la ciudad”.

Al recorrer las estancias parecía estar todo como detenido en el tiempo. Hasta la cama estaba abierta como si alguien se hubiera levantado para ir al trabajo y no regresar. En la cocina, la taza del café con leche en su sitio y un bollo reseco con manteca y dulce de leche. R López, me acerco un fajo de cartas.

_De donde… la has sacado –pregunte-.

_Están en aquella mini habitación, son miles de cartas, las escribía a una tal María Ramírez. Mira, esta dice:

Estimada

Debo saber si vendrás este fin de semana. Aquí llueve y mi espíritu late con aburrimiento y soledad. Te amo y cuento los días para volver a verte. En el alfeizar que da al patio se detiene el tiempo y ¡protesto! Aún no llegan esos días que pondrán tus ojos verdes en mi.

Un beso

Artl

_Hay miles –dijo J Rawson-. Están enrollados de diez en diez, con una gomita o un hilo, o a veces con un alambre que les sujeta. Al entrar pude ver que los fajos llegaban hasta el techo, creando una ondulación parecida a las olas del mar.

_El material parece de primera –dije- .

_ ¿Le escribía cada día? ¿Existió de verdad? Se pregunto J. Rawson

_Es posible –respondí. Mi compañero deslizo una fotografía de una mujer vestida de azul, con cara picara, una bici y un gesto donde un dedo invitaba a callar.

_Es ella –dijo R Lopez.

_Seguro –respondí- mientras los tres caíamos embrujados de aquella mujer. Lo primero que haremos será regresar al Registro de la Propiedad y preguntar si María Ramírez vive en Buenos Aires.

 

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