by j re crivello

Hace unos días asistí a un combate de boxeo. Cuando joven, era un seguidor acérrimo de Loche, un boxeador argentino que su técnica residía en esquivar los golpes. La sesión transcurrió en una localidad del reino de las adosadas en Cataluña (Castelbisball). En ellas la clase media consume terreno, cemento y agua, para gloria del stress. Estaba a escasos metros del ring. En sesiones de tres o seis asaltos, la velada duro hasta las dos de la madrugada.

Un público enfervorizado y joven llenaba el pabellón. A mí alrededor multitud de muscul-men/ women, daban fe de su cultura deportiva. Este fenómeno ha ido creciendo lentamente en una sociedad en que el box agonizaba desde los años 50.

Cuando Franco era el rey de los luchadores y la sociedad su sparring.

Debo decir, que aquello entusiasma mientras vemos a los boxeadores aficionados. Al entrar los profesionales, las caras de varios de mis acompañantes comenzarían a torcerse. Es que el golpe seco, la sangre suave y rápida, o la persecución en la lona del rival que no puede con quien le ha tocado, es difícil de aceptar. Contemplamos al perdedor demasiado cerca, y nuestros sentimientos de compasión se enfrentan contra el tradicional al vencedor, quien levanta sus brazos y se agita reclamando el agua y el fervor de la gloria.
Por ello una sesión un viernes a la noche, le deja a uno un poco pocho. Sale de allí liberado de la angustia productiva, pero intenta recordar que queda de aquel intenso duelo.

Uno- respuesta: seguirá habiendo toros.
Dos- el boxeo o la lucha nos precipitan al vacío de las emociones: dolor, fe, miedo, triunfo o derrota.
Tres- es lunes, no insistiré sino su mal humor y el mío nos derrotarán.

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