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Barcelona / j re crivello

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historias antiguas e imprevisibles

A. Growing —y nueve

La historia ya casi se acaba, amigos. Luego será libro en Amazon —j re

A. growing

Al día siguiente me levanté un poco resfriado, tanta lluvia del pantano me había desequilibrado, llamé a mi trabajo y decidí leer algunos trozos del diario de Svetla que me  entregó Grow. No tenía fechas eran apuntes dispares que me permitían entrar en su mundo, Svetla hasta ahora era una personalidad que había reconstruido a partir de los relatos masculinos: el Comandante, Papa Xico y Grow. También al ser un diario de relatos no comprendía si era verdad o tan solo fantasía de su dueña. En Lenta Destreza, ese era el título, se veía una pluma cálida que describía un encuentro con quien tenía sospechas de ser su asesino pero ninguna prueba, me llamaba la atención su retrato desde donde ella se observaba como si fuera parte y a la vez escritora de la vida.

Svetla ni atrevida, ni siquiera intensa, dejo caer sus nalgas en una silla de color marrón, de madera y paño desgastado. En ese mismo espacio, pensaría, le hubiera gustado montarse en un antiguo amor. Y sentir que uno se despoja en tan poco, es una aventura efímera. Mientras, él estaba fuera, ella había descorchado una botella de tres cuartos, un tinto, joven y afrutado. del Penedés. Sin fama de gran vino, pero nacido en una viña donde las ondulaciones de la tierra acaban en el mar. En las ricas villas costeras de Vilanova o Sitges. Muchas veces al estar ebria, con las botellas a sus pies, soñaba que le vestían de miedo, de quedar borracha y necia. Hoy estaba en una casa extraña, nueva. Su dueño era mayor. Y se suponía que dejaba en un interrogante su matrimonio. O, ¿tan solo sumaba una aventura más? Mientras esperaba a quien intuía le cerraría el paso, a su lado, en una mesa bien cuidada y dispuesta -en un plato habían un trozo de pan, aceite y ajo. Tenía apetito. De amar, ¿o de follar? Pero desde esta silla –la de una singular espera- podía ver una pradera verde que se rompía en la autopista a Barcelona y se decía a sí misma: “desde ese increíble y absurdo día no le había visto más que de tanto en tanto”. Fue en aquel invierno –de hace un año, y la viña estaba seca y los terrones de tierra se rompían casi juntos al fin de la hacienda.

“Nada era tan estúpido como amar desprevenida de gracia” –dijo en voz alta. Nada era tan increíble, cómo desde esta incomoda silla dejarse abandonar en el sueño de alguien, que no sabía, si se parecía a una avispa llena de miel o al completo silencio. Detrás de ella sintió un leve sonido. La puerta grande dejo escuchar un murmullo. A tan solo unos segundos escuchó: “Hola”. Un tipo no muy alto y frio estaba  en el rellano. Svetla no se inmuto, o intento disimular pero su corazón latía despellejado. Abandonada a su suerte, respondió:

“Hola”.

Papa Xico traía en sus manos cebolletas tiernas para asar. Le miraba dudando, o tan siquiera resignado a la propuesta difícil de cumplir. Nunca había sido amante de alguien más joven, ni de una casada. ¡Y menos de una extranjera! Ella dijo:

Ya hochuest. Él le miro. Ella atrevida e ingenua tradujo del ruso: “tengo hambre”. Podrían haber dejado allí sin más lo que les rodeaba para que fluyera ese intenso deseo, pero él agarro una silla y la puso casi enfrente de aquel archipiélago que su visita había construido. Y… le sonrió. Ella retiro la pierna izquierda que flexionaba encima de la silla y con un deseo intenso y atrevido, igual le sonrió. La sed de agua del viñedo en un julio, relleno de sol y sometido a violentas olas de calor, daban a la cita un sentimiento pasado. Pero esa particular colonia de néctar –de allí fuera- crecería rápida y dispuesta a madurar antes de septiembre. Ella dijo:

Tymolodovyglyadish. Y tradujo: “luces joven”. El estiro su mano hasta dejar que rozara en su piel. Otra sonrisa volvió a salpicarles. En esta tierra de cálidos inviernos y veranos de sol, la vid rodea con su extraña pericia a sus pobladores. Ellos tejen, creyendo ser los dueños de la espuma de sus caldos, pero la madre tierra hábil les convence de estarse quietos, unos con otros. Luego, los lazos de amor se empecinan en encontrarse. Testigo es el agua que bulle en la playa. Cada segundo, cada porfía de esta brillante e inagotable sed.

Me quede un rato absorto era la primera comprobación de la relación que mantenía con Papa Xico, decidí pasar hojas distraído para detenerme en otro pasaje más directo y relatado en primera persona:

Me había quedado tirada aquí, en un coche, de algún amante fortuito, de carretera, y él se había marchado. Serían las tres de la madrugada, fuera era verano y mi colega no estaba. La carretera era un punto largo y oscuro que se alteraba de vez en cuando el paso de algún camión. Olía fuerte y… desagradable este espacio tamizado de cuero y restos de cervezas. No recuerdo que había pasado o casi. Logre verle en un bar, me solté el pelo y baile en un grupúsculo de aquellos que se juntan en la calle del Pecado de Sitges. Luego el me invito a su coche y el alcohol me hipnotizó hasta despertar dentro de este coche, encima del macadam de cemento. ¿Y el tipo?, ¿se habría marchado? Mis bragas estaban rotas, solo recuerdo, desvestirme y el también, luego como le lamía sus pechos y por su parte amarrarme, pero con unos modales estilizados y suaves, pero ¡ay madre! Luego su sexo vigoroso y largo batiéndose salvaje. Sé que repetimos esa madeja anudada con camaradería ¡casi dos veces! De tanto trapo y fortaleza, yo me caería de lado, dejándome ver su mirada de éxito, de brío y luces, cual parecido a torero de plaza lleno de sangre. Y aquí estaba, despierta, a las tres ¡en la realidad! Algún otro recuerdo brotaba, tal como que mi menstruación le había manchado su pantalón blanco y aquella camisa ¡horrenda de botones dorados!; de auténtico chico de la noche. Pero ¡que narices! Yo estaba manchada de sangre, regada de polvo blanco y líquido, ¿y el tío?, no le veía. Me baje, recorrí los alrededores de aquel camino, un poco más adelante estaba la playa. Las olas eran de final de verano. Iban y venían con fuerza. Todo estaba vacío y oscuro, al no haber casi luna me guiaba por el ruido de fondo. Sin saber que hacer vagabundee un rato, luego regrese hasta el coche y cerré la puerta. Habría pasado una hora, ya más repuesta, preferí caminar y alejarme de aquel estúpido incidente. Aun me daba vueltas la cabeza, y sentía un leve cosquilleo. ¿Qué hacer?, estaba asqueada y me sentía inservible. Camine hasta una gasolinera cercana, llena de remordimientos llame a mi marido. Grow me recogió sin preguntar, ni confesar su dolor. Esa noche estuve un buen rato en la ducha, luego comí un poco de ensalada de arroz. En mi diario escribiría.

 02/05/00

“La calle del pecado estaba llena de un tipo de sexo alegre y bravucón. Una vez acabado, sentí un gran desprecio de mí misma. Pero en aquel infierno, debo decir que antes pase un momento fantástico. ¿Y el tipo? ¿Cómo se llamaba? ¿Carlos? Sí, creo que ese era su nombre. Me debía una, iría a verle ¿para qué? Cerrare el diario y me iré a dormir con mi marido”.

 

 

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Growing —y ocho

 

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Eran la tres de la tarde, el cielo estaba encapotado y Grow me había citado en el pantano, en aquel espacio que estuvimos hacia unos meses, en la pequeña isla de la tumba de Svetla. ¡Qué sitio tan cargado de recuerdos!;  además la última vez me había quedado completamente mojado y hoy  por alguna extraña razón el cielo estaba negro y zumbaban truenos amenazadores. En el camino comenzó a lloviznar, esta vez llevaba un plástico con capucha y un buen paraguas. Aparque el coche, al ver cerca su Jeep. El sitio estaba desolado y triste, eran días de casi invierno y la lluvia espesaba con fuerza. Subí por el descampado y al descender  le vi al final, donde el montículo se elevaba y permitía ver el lago. Estaba sentado en el banco frente a la cruz. Desde allí el lago era un terrón de azul intenso y estaba cargado de un mal gusto, mientras olas pequeñas y grises daban una atrevida pintura de ansiedad. La curvatura de las montañas al inclinarse, nos parecía dejarnos aún más solos. Le salude. Nos estuvimos un rato en silencio. El me pasó la botella de Letona, la tenía agarrada en la mano derecha, sabia a alcohol de quemar con leche. Me dio asco. Al bajar por el esófago ardía de manera brutal. Allí sentados y con esa lluvia fina y densa que se esparcía en el plástico, me imaginaba una existencia donde maldecíamos una mezcla de pecado y soledad.

— ¿Estás bien -pregunte. Él se giró hasta dejarse ver. Su mirada estaba triste y ausente. La parte verde del cristalino se derretía de cansancio. Y agregué:— A veces comprendo que además del asesinato, no tengas ganas de aceptar el recuerdo de sus infidelidades.

— ¡Lo que me jode! -dijo. Es que se lo hacía con un tipo que luego le mato. Y, ¡no pude hacer nada para salvarle! Aún hoy me digo, que le amaba hasta convencerme de perdonarle todo, inclusive, hasta aquellas ausencias. Decidí volver a preguntarle algo que ya me había confirmado pero seguía escociéndome:

— ¿Ella se marchaba más de una noche?

—Pues si -dijo, un poco melancólico y con cara de estar arrepentido –y agregó— en los últimos tiempos lo nuestro no dejaba de ser una compañía a la cual ella se sometía a sí misma para no caer en las manos de él.

—Grow –dije, él –no me atrevía a introducir el nombre de Papa Xico—, también habla de sus sentimientos de cansancio, de su irregular constancia. Me ha dicho: a veces le deseaba, a veces le hubiera quitado de en medio.

— ¡Eso dice el muy cabrón!  “Si” -respondí.

— ¡Pues miente!, ella era muy delicada y suave, tal vez un poco exagerada en sus sentimientos y en… su sensualidad, pero pasado esto, siempre respondía con franca y sincera alegría. Hubo un silencio y luego dijo: vámonos de aquí mientras se levantaba del banco. Ven, acompáñame.

—¡Nos vamos a poner un desastre de agua!. Comenzaba a llover con gotas grandes que hacían ruido. Elagua del lago se habí rizado y se desplazaba hacia delante y atrás amenazando a la isla, pero él quería caminar bajo aquel espanto de tormenta.

–Ven, te quiero mostrar algo —dijo Grow.

— ¿Dónde? -fue mi pregunta . “Sígueme”. Caminamos hasta un montículo más alto desde allí se veía todo el lago, yo temía que un rayo nos calcinara, estuvimos debajo de aquel diluvio un buen rato, y luego dijo:

—Vamos hasta casa. Tengo allí un diario de ella.

Al llegar a la casa de Grow espere unos momentos en su puerta, al poco rato apareció, traía en sus manos algo. Estaba envuelto en papel de periódico, lo desenvolvió y me lo entrego. Era un diario encuadernado con tapas de cuero, lo abrí y pude comprobar unas letras suaves y apaisadas, en tinta de plumín. Y mezcladas con recortes y dibujos alegres, muy, muy coloridos. Le mire. Él dijo:

—Era su diario, nunca me he atrevido a leerlo. Espero te ayude. La cita se había acabado. Antes de irme, pude ver a la señora que le limpiaba y cocinaba, ella me saludo y yo respondí moviendo la cabeza. Era una mujer recia y de cara redonda, y de pestañas y maquillaje alrededor de los ojos en negro al estilo del cantante M. Bose. Me recordó a una chacha que tuve cuando niño, se llamaba Doña Fernanda. Siempre me viene la misma estúpida anécdota: yo aparezco subido en una terraza y desde allí  viéndole en la calle; el viento de ese día le levantó las faldas dejando ver aquel armazón femenino que utilizaban en los años 50. En el caso de mi amigo Grow, tal vez ella representaba: carne, misterio, y un señuelo, un mundo de intriga y devoción con el sexo que cultivamos los hombres.

Growing —y siete

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by j re crivello

Un mensaje en twitter decía:

#El Comandante está muy alterado desde tu visita. ¿Puedes venir? –firmado tu colega del Museo.

Visite la noche siguiente al Comandante, entre tranquilo, por la misma puerta. Se veía una iluminación inestable – mi amigo me había prevenido que la ira le imponía encender y apagar las luces continuamente. El alcalde estaba preocupado por su comportamiento y por lo que dijeran los vecinos; los estudiantes de informática -al frente- ya creaban bromas al respecto y las adjudicaban a la alcaldía. Está vez me senté más cerca de la caja de cartón, al intentar tocarla apareció su imagen. Llevaba un traje militar gris con botones dorados y en sus hombros unas charreteras de color dorado rodeadas de hilos que se despegaban suaves de su centro. Esta vez no tenía puesta su gorra militar, lo cual me permitía ver dos surcos de piel y una ola de cabello gris ondulado. Tampoco llevaba condecoración ni fajín y estaba más sucio y demacrado; además en la parte de arriba, su camisa estaba abierta. Pero su rabia y malhumor –pude comprobar nuevamente, no decaían.

— ¿Por qué no hizo lo que le dije? –bramo. No he tenido tiempo –respondí de una manera ambigua y cansina; recordé que me había pedido visitar la casa del lado. Ello no le calmo y volvió al ataque y agregó: ¡llevo días esperándole!

—Mire, en este tiempo, he buscado información sobre Svetla, y he tratado de unir algunas noticias sueltas –dije- para agregar: — si Ud. la conocía, ¿podría describírmela mejor?

—Era dulce y amiga. Me visitaba todos los jueves y siempre insistía en que debía aceptar mi rabia. Con su paciencia, me impulsaba a pensar repetidas veces respecto de mi situación. Se sentaba en el mismo sitio donde ahora esta Ud. Aún recuerdo como un día me dijo:— algún día me iré para siempre y quiero que estés preparado. A lo que le pregunte:

— ¿Por qué debería estarlo? Ella respondió entre despreocupada y seria:

—Para no sufrir y reconciliarte contigo.

—Svetla no comprendía –prosiguió El Comandante- que mi rabia es eterna, no puedo darle fin, su causa y razón es ¡tan humana! La época en que desaparezcan los hombres y mujeres, será el momento de marcharme. ¡Con vosotros! Repitió con fuerza y se quedó inmóvil. Y ante mi sorpresa encendió un cigarrillo, al fumar, el humo escapaba sin control por su cuerpo, lo que le daba un aspecto extraño. Al mirarle podía ver unos ojos impregnados de una cierta nostalgia. Aquel espíritu me conmovió. Le pregunte:

— ¿Qué necesitas para que abandones este sitio?

—Ni la bondad de Svetla lo hizo posible –respondió, dejando escapar otra dosis de amargura.

— ¿Y si voy a la casa del lado? –dije.

—Allí se reirán de ti -respondió.

— ¿Porque? ¿Qué o quién hay allí que te impide encontrar ayuda en tu rabia?

—Allí está instalada la alegría y como tal, su ironía es dolorosa -dijo.

—Por cierto, me darás el libro -insistí al verle un poco débil y asustadizo.

—Si prometes volver, te prometo que te lo entrego –dijo. Deduje que estábamos en la misma situación, pero busque un compromiso: “dejaras las luces en paz, por aquello del alcalde, sabes”.

—OK –respondió, para agregar con una cara de resignación: Svetla buscaba el amor y en ese camino siempre equivocaba el paso. Salí de aquella habitación, nuevamente sin nada.

 

Growing – y seis

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Amigos se acerca el final, luego será publicado como e-book en amazon -j re.

A Papa Xico le tenía delante. Había aceptado entrevistarme ante su insistencia en twitter la tarde anterior. Era mediodía y nos encontrábamos sentados en el porche de su casa, ambos mirábamos fijamente el ocre de las viñas, la cosecha estaba recogida y daba a este territorio un aire más invernal, a pesar que el frio de cada año demoraba aún en aparecer, y los azucares de la uva ya estaban guardados celosamente en las barricas del Penedés. Entre nosotros, se interponía una mesa de un mármol austero. Toda la decoración era muy ligera, estábamos en un porche y en la pared rebotaba el eco de las palabras de mi interlocutor. Al verle, ¿era miedo o frio lo que me calaba los huesos? Papa Xico comenzó a hablar pausado pero mirando en una cuerda fina que giraba entre sus dedos:
—El primer día que vi a Svetla, fue una noche cerca de la Torre Blanca de la iglesia al final de la Rambla de Vilanova, aquella que sobresale a su lado en el centro del pueblo. Ella salía descalza y con los zapatos en la mano. Hacia un frio de morirse. Yo pasaba en mi coche y me detuve sin más. Del lado derecho, al bajar la ventanilla, logre atraer su atención. Ella intentaba calzarse. Al intercambiar nuestras miradas, su alma se detuvo y yo le correspondí abriendo la puerta del coche. Ella se sentó y sonrió. Me sentí joven y solo fui capaz de traerla hasta esta casa. De la entrada de esa puerta –señalo con la mano derecha- hasta el comedor ni siquiera nos miramos. En ese espacio de tiempo le pregunte si tenía hambre y ante su respuesta me puse a hacer unos huevos fritos con chorizo casero. Fui hasta la despensa y traje una botella de vino. ¡Era nácar aquel caldo! Condensaba la viña que Ud. ve delante hasta perderse en el infinito. Casi no hablamos. Ella dijo que estaba cansada y miro en dirección a una de las puertas. Yo, dibuje un pasillo de hambre. Llegamos al dormitorio, no recuerdo si le seguía o ella me empujaba. Allí se estiro encima de la cama y al mover sus labios, escapo el impulso que dentro llevábamos prisioneros. Pero desafortunado o no, le vi desvestirse lentamente hasta dejar que sus piernas se abrieran o cerraran, o tal vez estaba ciego e imaginaba una ondulación tibia. No pude más que pensar, que le aceptaría en mi torpeza. A mi edad –hacía ya más de 20 años de encontrarme convencido que las mujeres estaban para servir o ser temidas. Pero, ¡pobre de mí!, me despertó una extraña furia. Tal vez, se sirvió de mi dificultad. En aquel difícil trance, no me atreví ni a tocarle, deje mi ropa ajustada y colocada en hilera. Si era capaz de retenerme, le llevaría a ver su error y ese sueño se diluiría sin más. Pero no, ¡créame! En unos segundos le mordería sus nalgas, frías y lisas. Bese su boca y su lengua me anudo hasta arrancar todos mis miedos y dejarme en un calor convulso, ¡y nuevo! Cuando estuve dentro creí haber desaparecido. Pero ella se inclinó, colocándose encima, dio unos saltos y gimió. De mi parte me deje llevar. El cadalso, la miseria mezclada con mi dependencia aparecieron. Desde ese día cada noche que le veía, en cada cita, o cada vez que la viña crecía y daba azúcar, esa rara salsa me recordaba sus visitas; su brevedad; su intensa manera de cabalgar encima, sin dejarme oír los ecos de mi soledad anterior.
—Y Ud. ¿qué le decía cada vez que ella le visitaba? – después de esa descripción, me dije, que podía preguntar. La escena descrita, ¿era un deseo o una tortura? Papa Xico seguía unido a esa cuerda que movía en sus dedos, pero respondió:
— ¡Déjame en paz! –le gritaba. Multitud de veces, le negaba pero ¡le ansiaba! Una y otra vez, no hacíamos más que repetir la escena de la primera noche. La resumiría tal como: ¡un poco de vino, otro de tocino y el secuestro del tórrido bastión! Hasta que por la mañana desaparecía. Y en mi caso, la siguiente noche daba vueltas alrededor de sus recuerdos, olía el perfume dejado en las sabanas, registraba alterado los mínimos espacios donde se había sentado.
— ¿Y nunca hubo un cambio de guion? –pregunte.
—Bueno, la última noche me resistí. Ella se enfadó y rompió la botella de vino contra el suelo  –dijo Papa Xico. Un silencio le detuvo. Para ayudarle, introduje la palabra: “¿Y?”, seguido de repetir su frase “en aquella última noche rompió la botella…”
— ¡Ah! –su cara y ojos se expandieron para continuar diciendo: no recuerdo casi nada de aquel momento, por alguna causa mi cerebro está en blanco. Se puso de pie. Pude verle mejor que otras veces, era más ágil que los de su edad. Desapareció dentro de la casa y regreso pasados unos minutos, llevaba en sus manos unas fotos. Mire –dijo. Eran unas fotos en blanco y negro. Svetla aparecía desnuda. Una mujer guapa, de carnes rosadas y sin vello en el pubis. Extraña delicadeza pensé, para preguntar:
— ¿Quién las ha hecho?
—Fui yo –dijo. Hice un gesto de sorpresa. Luego agregaría: Le veía tan bella que deseaba inmortalizarla. Una noche al dormirse le saque estas fotos. Volví a mirarlas e intuía que tenía razón, parecía dormida.
—Si quiere puede quedárselas –dijo. ¿Qué podía yo hacer con esas fotos? Mujeres desnudas ¡había la tira en los tiempos que corren! Mire nuevamente las fotos, por si algo me llamaba la atención. En todas aparecía en una cama, a su alrededor objetos sencillos me obligaban a centrarme en ella. Pero, ¡que narices! Me asalto una duda: no serían fotos hechas ¡una vez muerta! Mientras más me detenía, más convencido estaba de estar ante una persona muerta. ¿Cómo le preguntaba a Papa Xico, lo que estaba viendo? Transforme mi cara a una suave sonrisa, luego hice un gesto de despreocupación y sin mirarle directamente y en voz muy baja le dije:
— ¿En qué época se las hizo? –vaya que pregunta de tipo reprimido y mojigato, pensé.
—Al comienzo de nuestra relación –respondió y prosiguió- creo recordar que aquella noche ella había bebido mucho y yo pensaba que esa situación ya no se repetiría. Yo deseaba, tener un recuerdo.
—Pero aquí parece muy… dormida –dije intentando no incomodarle.
—Sí, es verdad –respondió con esmero y precisión- tal vez, es la luz blanca que daba sobre ella. Si tiene Ud. razón, muy… dormida.
—Veo que coincidimos –dije. Intentaba reponerme de aquello. ¿Tenía en mis manos las pruebas de su muerte? O, tan solo las fotos de alguien fallecido que se presentaba desnudo y sin rastros de violencia.
— ¿Puedo quedármelas? –pregunte. El asintió con la cabeza. Si era el asesino, yo lograba recuperar algo que uniera ambos momentos de la historia, levante la vista y el repasaba las hileras de vid subiendo y bajando la cabeza detrás de cada ondulación. ¿Usted ha ido al cementerio a visitarla en estos años? -pregunte.
—No está enterrada allí -respondió. Su respuesta coincidía con la de Grow que me había mostrado una caja con unas cenizas en la isla del pantano.
—Y, ¿Ud. sabe dónde puedo ver su tumba?
—No lo sé –Papa Xico estaba serio y tranquilo- pregunte en la policía, ellos fueron quienes la encontraron – insistió. Parecía que realmente no conocía el paradero de Svetla. Su cara era una mezcla entre irónica y perversa, pero el cabello que aún le quedaba, estaba localizado alrededor de las orejas y le acentuaba un aspecto descuidado. ¿Guarda de ella algún recuerdo u objeto más? -pregunte.
—Lo que poseo son recuerdos y regalos muy personales, que no puedo compartir – respondió, como deseando dar por terminada la reunión. De hecho, se puso de pie, pero agregó—: venga le mostrare algo. Recorrimos una suave colina y al final de las hileras de vid, en un descanso estaba una cruz clavada en el suelo y un banco de madera. El insólito refugio me recordó al del pantano, es más. ¡Era idéntico! ¿De quién es?
—De Svetla –respondió con cara de ofendido.
—Pero ella… ¡no puede estar aquí enterrada! –exclamé.
—No, pero al no saber cuál había sido su destino –dijo Papa Xico-, hice este pequeño espacio para recordarle. El suelo de tierra estaba lleno de hojas, los tonos ocres y una brisa de otoño les empujaban sobre la cruz, dando a aquel espacio un cierto desencanto. Desde esa pequeña colina largas hileras de vid se metían en el horizonte.
— ¿Ud. le amo mucho? -pregunte.
—Quizás, o… le odie también –dijo Papa Xico y continuó- los días que han pasado desde el momento en que se fue, han sido lentos. Me siento un esclavo, de su recuerdo. Inclusive, aún sus demandas de sexo me despiertan por la noche. Le veo como si estuviera presente. Tan rosada, de cara de pan y abundante atractivo físico. Es tan real que si no se hubiera muerto, quizás habría perdido la atracción y potencia por el paso del tiempo. Es, como si le comparáramos con Kennedy, ¿Vio?
— ¿A qué se refiere? -pregunté.
—Al hecho, de cuando le recordamos, es un mito de la juventud, de la carencia de errores, es una ilusión incomoda pero real –dijo al comparar el presidente fallecido con su amor.
—Ella, ¿es para Ud. una ilusión incomoda? -pregunte.
—Sí. Me arrebato al recordarla, tan atractiva, y aún hoy me produce un alocado deseo de… Papa Xico se detuvo ante un espacio al que no estaba dispuesto a atravesar.
— ¿De? –insistí, veía que rozaba una amarga confesión, pero se resistía envuelto en esa brisa que movía las hojas del viñedo produciendo una catarata de sonidos singulares.
—Hace frio –dijo y comenzó a caminar mientras proseguía hablando y moviendo los brazos mientras señalaba a su alrededor. Esta tarde vendrá la lluvia y el viento, se llevaran parte de las últimas hojas. Dentro de tres semanas podaremos la viña. Si necesita algo llámeme. Puede salir por esa fila siempre recta hasta dar con el camino y su coche. Antes de marcharme le convencí para pasar por su casa y llevarme las fotos.
Al llegar a casa, esta vez no utilice twitter, sino vía e-mail le escribí un mensaje a Grow:

#Creo que Papa Xico mato a Svetla, pero no tengo pruebas. Solo sus recuerdos y alteraciones mentales me dicen algo. Nos veremos pronto. J rick.

Estaba en un callejón sin salida. Parecía cierto que ella había tenido una relación con Papa Xico, pero no me cuadraba su fuerza y vigor sensual con la que me transmitía Grow. ¿De quién era la real imagen sobre Svetla? O, quizás era ella dos carnalidades desiguales, me reí un buen rato de esta conclusión, pues esto de las carnalidades desiguales era muy del mundo cristiano cuando hablan de vírgenes inalterables pero de gran voluptuosidad. ¡Alguien debía saber más sobre ella! Pero ¿quién? Y, ¿si volviera al Comandante del Museo y preguntara algo más sobre ella? Y, ¿el cadáver? ¿Sería el mismo que las cenizas del pantano? Decidí consultar con una amigo forense respecto a las fotos, por si el veía algo en ellas que explicaran su muerte. Suponía que Papa Xico le había hecho esas fotos el mismo día que la asesinó.

Mire en twitter. Había un mensaje.

#Cuando podemos la viña le espero. Es un día especial y preparamos este trabajo con una buena mezcla de jamón, butifarras y salchichón y, el vino de hace años. El brote próximo está atado a lo que hacemos en el pasado. En esta comarca lucimos la buena añada y escondemos el resultado mediocre con la pérdida. Ya se irá dando cuenta. Papa Xico.

 

Growing —cinco y 3/4

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by j re crivello

Grow detuvo su coche frente a la estación, le vi entrar y llegar a mi mesa. Me pidió le siguiera, le veía agitado, por sus gestos deduje que deseaba mostrarme algo. Fuera hacia un día terrible, llovía intensamente, ambos nos montamos en un Jeep antiguo con un techo de lona lleno de agujeros. El agua corría por aquella balsa sin más, solo le superaba el ruido intenso y difícil de un motor antiguo que tiraba en la proa.

– ¿Hacia dónde vamos? –pregunte.
–Al pantano –fue su respuesta- mientras intentaba encajar la tercera marcha. A la salida de Vilanova por una estrecha carretera a espaldas del mar se subía en dirección a la montaña, hasta dar con un pantano antiguo que regaba la zona. La ciudad le tenía cerca, pero ignoraba esas 2.000 hectáreas de masa de agua, ni siquiera turistas ni pescadores se acercaban, si alguna vez, grupos de adolescentes montados en su moto quienes trepaban hasta ese extraño paraje que más bien servía de riego a los últimos agricultores de la comarca. Después de dar varias vueltas logramos llegar a una especie de mirador que se prolongaba en una lengua de tierra. Algunos le bautizaban “la isla”, desde allí las vistas eran magnificas. Al Salir del Jeep, la lluvia mojaba con tal fuerza que nos impedía ver el camino. Él dijo: “por allí”, y continuamos a pie. Le pregunté:
– ¿Se puede saber que buscamos?
–La tumba de Svetla –exclamó mientras el agua le corría por la cara.
–Y… ¿piensas que está aquí? –mi pregunta era un poco retórica. Yo sentía como el agua me bajaba por el pantalón y llenaba sin más cualquier espacio y sentí un poco de frio, pero si me echaba hacia atrás, me perdería una de las pistas más fiables de la rusa. Al girarse su cara empapada repitió en voz baja:
–Yo la he visitado otras veces. Delante de nosotros un denso bosque nos cerraba el paso. La lluvia estaba dejando su gabardina hecha un asco. No había reparado, cuando ni como, pero en su mano derecha llevaba dos herramientas, una pala pequeña y una tijera de podar. La cerrazón de los árboles y las nubes bajas cubrían el espacio de un denso gris, oscuro y solitario. Le seguí, parecía ir por un sendero estrecho al que de vez en cuando le tocaba podar las ramas que nos cerraban el paso. Llevaba las botas encharcadas, a cada paso me resbalaba, primero en un descenso suave, luego a continuación en una subida escarpada. Al dar la última curva un claro despejó el terreno y desde allí pude ver el lago, delante de nosotros, una hoja de agua plateada y encrespada por la tormenta se extendía dentro de un valle de atrevidas formas. Aquel paisaje tan agreste e indómito parecía convivir con Vilanova y sus habitantes no sentirse participes. Hacia el final daba un salto anémico al cemento lleno de muros y edificios de cinco plantas de la ciudad, y posteriormente aparecía el mar con un lecho hondo de sal y espuma.
–Ves, ¡está allí! –gritó. Una cruz blanca y un banco de madera a un metro, asociados a una roca alta y redonda. “Yo la puse allí” –agregó-.
– ¿A Svetla? –pregunte.
–Cuando murió y me entregaron sus cenizas decidí traerle hasta este descampado, junto a ella deposite algunas cosas personales. Amigo j rick, ha llegado el momento de recuperarlas. Y, dicho ello, Grow se puso a cavar como poseso en la parte delantera de la cruz. La tierra y el barro se separaban como cuentas antiguas, su gabardina rozaba el suelo y arrastraba todo lo que corría a su alrededor. A medida que profundizaba, el foso se llenaba de barro y el lago grande parecía tener envidia ante el charco que Grow formaba con su tarea. Pasados unos minutos se detuvo. Estaba como transfigurado, lleno de sudor o simplemente empapado, me miraba exhausto como diciendo: ¡La encontrare! Extrajo la botella de Letona y se sirvió un trago y me invito. No supe a qué categoría pertenecía la mezcla, pero al beber me ardía todo el esófago. Le pedí me dejara cavar. Hice dos ademanes más y la pala dio con algo metálico. El me aparto, se metió dentro del foso agachado para continuar cavando con sus manos. Al poco rato una caja de acero no más grande de 30×30 estaba fuera del foso. La llevamos hasta el banco, luego busco una llave en su bolsillo. Al abrirla, dentro encontramos una urna que supuse contenía las cenizas de Svetla y a su lado un paquete. Él intento abrirlo, tiro de una punta, de la otra, pero no pudo más y le dejo caer. Lloraba desconsolado, de pie, con la lluvia deslizándose en su inmenso abrigo. Pude abrir el paquete e intente hacer un recuento de su interior: un zapato; un sobre; dos amuletos y una caja pequeña. De ella al abrirla apareció un anillo de piedra fina que brillaba en aquel osario, sometido al viento, la tormenta, al barro y la soledad.
– ¿Y esto? Me giré hacia él y le mostré el anillo. El me dio a entender que era lo que buscaban los cuatro hombres esa noche.
–Vale una fortuna, antes de venir con Svetla lo robamos y lo introdujimos en España -agrego.
–Y ellos ¿cómo lo sabían? –pregunte.
–Nunca pude explicarme como se enteraron. Dos noches antes de su muerte se presentaron en nuestra casa y con amenazas desmontaron nuestras cosas, nuestros muebles. Nos amenazaron si no se lo entregábamos. Svetla luego me conto que no quería perderlo y lo había escondido en un museo de los que visitaba. Cuando le asesinaron pude encontrarlo y enterrarlo con ella en este pantano.
– ¿Y los tipos? ¿Se fueron sin más? El me miro y dijo:
–Insistieron hasta comprobar que yo no lo tenía y se marcharon.
–Demasiado fácil, Grow –dije.
–Fue así, ¡no tengo porque mentirte! Ellos merodearon sin poder encontrar aquello. Les explique miles de veces que ella se había llevado el secreto a la tumba, que podían matarme, que me daba igual. Es que luego de su muerte… ¡me daba todo igual!
–Entonces tu conocías a quienes le asesinaron –pregunte.
–No –su respuesta me desconcertó- desde hace años, pienso que no fueron ellos. Alguien se les adelanto, alguien que tenía otro interés.
– ¿Cuál? –razoné en voz alta ¿Qué otro móvil le llevaría a alguien planear su muerte?
–Nunca fui capaz de descubrir quién podría ser. ¿O, porque le hicieron daño? –añadió Grow.
– ¿Tu conocías de su relación con un hombre mayor, de nombre Papa Xico? Era aquel el momento de preguntar, o de explicar lo que había descubierto en mi larga charla con Papa xico Se dio vuelta e imagine que aquella confesión no le gustaría.
– ¿Te refieres al tipo de la cooperativa del vino? -afirmó.
–Bueno, sí.
–No me lo creo –respondió él, con cara de tristeza. Tal vez se resistía a ver que su amada había unido alguna vez sus sentimientos o tan solo su sexo con un extraño. Por ello agregue:
–El posible amante, me ha reconocido de manera indirecta, que Svetla había pasado alguna noche en su compañía. ¿Tú notaste la ausencia de ella en casa alguna noche?
–Bueno… muchas veces –dijo Grow- y, me lo explicaba por aquella afición que le perseguía… la de ir a ver a sus amigos de otra dimensión. A visitar los museos donde viven los seres reencarnados.
– ¿De qué dimensión? –pregunte, aunque intuía que me diría lo que yo mismo experimentaba al visitar algunos museos y sentir esas extrañas apariciones.
–Ella decía –continuó Grow- que en Vilanova había descubierto algunos fantasmas y era posible hablar con ellos. Yo no me lo creía y lo adjudicaba a una manía que distorsionaba su vida.
– ¿Cuándo comenzó con esas visiones? –pregunté.
–Tres años antes de su muerte. Vino un día y me dijo que había estado en la Torre de la Iglesia. ¿Sabes?, aquella tan alta y blanca, la de las campanas, la que está cerrada en la base con puertas altas y anchas, de reja recia y gruesa. La que dicen en el pueblo que es imposible subir sin permiso directo del cura. Durante aquel día no paro de hablar, que si allí estaba encerrado el miedo; que en el pueblo antiguamente era una costumbre; que suponían los vecinos que la valentía había quedado libre; que el miedo soportaba su carga ¡embrujado y cautivo! También con el paso del tiempo comenzó a visitar espacios, en lo que según su relato, aparecían extraños personajes; que si hablaban de la ira; del amor; del odio; de la alegría. Y, en concreto este último, del Miedo prisionero en la Torre.
–Notables emociones… humanas –dije.
–Sí, pero ella las veía, ella conversaba con esas idealizaciones. Es más, ¡me explicaba que vivían en diferentes edificios de la ciudad! De una de aquellas salidas conservo esta llave. Y saco de su abrigo una llave grande y brillante. Es de la torre de la ciudad. De esa torre inmensa, blanca, de mármol hasta desaparecer en el cielo, la que vemos desde todas partes, o de la cual escuchamos sus campanas y que esta coronada por ese ángel frágil y escurridizo. ¡Es la única prueba que me queda! –concluyó, mientras jugaba entre sus manos con la llave. Aunque la lluvia no amainaba, estuvimos en ese espacio un buen rato. La Letona se acabó y mi amigo sentado en el banco y ensimismado sostenía su mirada atrapada en el lago. Decidí recoger todo. Probablemente se lo llevaría a su casa. Puse la urna de las cenizas en el cofre y lo enterré nuevamente. Le aparte el anillo dejándole a su lado y me quede la llave de la torre. ¿Cómo alguien podía estar encerrado si aquello estaba abierto en su parte superior, donde todos veíamos su campanario? Me senté nuevamente, un ligero manto de agua corría en bajada, se deslizaba hasta hacerse un espacio, estos hilos de agua servían para aumentar la masa dócil y azul del lago que les recogía. Desde hace años desde este pantano regaban, para una agricultura que en nuestros días se aburría desposeída de mercados, trabajadores y precios. Aquello solo le movían unos pocos agricultores, que contrataban “els negros” venidos del sub-Sahara africano, y era la única manera de dar salida a la producción con costes más bajos.
–Nos vamos –le pregunté.
–Vete tú, estaré aquí hasta la noche. Si sigues el camino, a 2 kilómetros esta Castellet, allí encontraras la forma de regresar a Vilanova. Hice lo que me dijo, en dicha aldea, no había ni un alma. Un agricultor me permitió montarme en su tractor dejándome tirado cerca de la ciudad. Al llegar a casa estaba empapado y muerto de frio. Y en mi bolsillo pude encontrar al fondo un anillo de diamante.

Notas:
(1)Saudade del latín solitas, soledad, es un vocablo incorporado al español empleado en portugués y también en la lengua gallega, que describe un profundo sentimiento de melancolía producto del recuerdo de una alegría ausente, y que se emplea para expresar una mezcla de sentimientos de amor, de pérdida, de distancia, de soledad, de vacío y de necesidad. Saudade es la sensación que permanece cuando aquello que una vez se tuvo, material o inmaterial, que en su momento permitía disfrutar alegría y euforia se ha perdido y se extraña y el hecho de recordarlo, tenerlo de nuevo o pensarlo, produce una sensación de volver a la vida.
El término, de extensa y ambigua definición, ha sido considerado uno de los más difíciles de traducir, y es uno de los conceptos clave de la lengua y de la cultura en Portugal y Brasil. Saudade es la emoción predominante tras el fado, la samba y la bossa nova brasileña.
Como ejemplo de la riqueza y profundidad de su significado se puede mencionar el movimiento literario-espiritual, a principios del siglo XX en Portugal, conocido como saudosismo y promovido especialmente por el escritor Teixeira de Pascoaes. Su gestación y fundamento se dio a través de la saudade y, hasta el día de hoy, mantiene una influencia significativa en la cultura de aquellos países. Dentro de los nombres que formaron parte de esta escuela se encuentra Fernando Pessoa.

El edificio de la casa de Santa Teresa es de tres crujías de planta rectangular, con tres pequeños cuerpos que forman accesos y tribunas. Con un sótano, que ocupa, la mitad de la planta; una planta baja, levantada del nivel del jardín, y una planta piso bajo cubierta plana de la que sobresale la caja de la escalera, y una pequeña habitación que divide el terrado en dos partes iguales. La escalera está centrada en la fachada norte del edificio. Las fachadas compuestas simétricamente con aperturas de arco rebajado y algunas formando ojos de buey, presentan una moldura perimetral a la altura del forjado. Erigido en nombre de Teresa Cirera, madre de Víctor Balaguer, en el año 1889.

http://www.victorbalaguer.cat/es/reformaparcialsantateresacast

A. Growing —cinco y cuarto. La visita al Comandante

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by j re crivello

Aquella noche salté las rejas del Museo Balaguer y subí las escaleras que me llevaban a la cúpula donde vivía ese extraño personaje. A los minutos pude verle flotar. Histérico, colérico, observé que se mantenía al final de la enorme sala debajo de la cúpula. No consentía me acercara a la caja de cartón situada casi al centro. Cada vez que me desplazaba unos centímetros, su cabeza se abalanzaba sobre mí. Intente dialogar. Dije:
_ ¿Ud. es de aquí?
_ ¡De donde si no! –respondió mientras una carcajada golpeaba los ventanales.
_ ¿Se ha casado alguna vez? -¡qué desastre!, ¡quien le puede preguntar a un fantasma por su estado sentimental!..
–Muchas –respondió-, para agregar: en todas les he dejado tiesas, fritas. Les he marcado el paso y me he vengado de cada recelo, de cada silencio. Les he montado y descabalgado, he encontrado el amor y luego la dura rutina. Hizo una pausa y pregunto: ¿Qué le trae por aquí? Desde mi posición, tal vez íbamos bien, se atrevía a la intriga. Pero me atreví a exclamar —: ¿No me descabezará hasta ver por dónde salgo? Y agregué: Todos hablan de Ud. -desde 1850, en ese libro. El de los misterios.
–No encontrara nada allí que Ud. no haya vivido. Aquel era mi primer matrimonio y ella se corrompió. ¡Ahhh, aquellos buenos años! Vilanova era la “Habana Xica”. Traíamos dinero y ambición de América. Los grandes palacios de la Rambla los hicimos alrededor de 1825. ¡La ciudad hoy está cargada de recuerdos!
_ ¿A Ud. le parece bien que me lleve esa caja? –señale con el dedo en dirección al cartón encima del mármol.
_ ¿Para que la quiere? –preguntó. Está vacía –agrego, mientras se revolvía furioso y lleno de ira.
–No estoy seguro que está vacía -dije
–Bueno… –rio con fuerza, hay algo dentro. Lo dejó en su momento Svetla.
– ¿La dejo para mí? ¿O para A. Growing, su marido? -pregunte. Fiero y malhumorado contesto a regañadientes mientras se paseaba por las ventanas de la derecha, aquellas que dan a la estación del ferrocarril:
–Sepa Ud. que ella temía a alguien. Sabía visitarme a hurtadillas de los administradores del museo. Los muy cabrones me odiaban y aún me odian, aspiran a echarme y utilizar este espacio para exhibir estupideces.
– ¿Y Ud. no desea marcharse? –pregunté. –No puedo, mi tarea es vigilar que esta ciudad no ame. Que no se vuelque hacia la ira.
– Menuda tarea –dije para agregar— ¿Cómo?–pregunte.
–Si –respondió con descaro y animándose, el Comandante elevo la voz y dijo casi gritando: ¡Los que viven en este pueblo deben darle salsa a esta madriguera! En este pedazo de tierra, al venir de América trajimos también por ejemplo la venganza. Este paraíso, se transformó en una tierra de fariseos.
–Y ese libro desaparecido ¿nos da alguna solución? —Pregunte ya sin esmero, estaba perdido en aquel atraco de ira y venganza que mi interlocutor cultivaba.
– ¿El libro? Él nos muestra lo grotesco de la soberbia humana. La que Ud. trae encima. Viene aquí para saber, y se cree que eso está en un libro de hace dos siglos. Rio con fuerza y su sonido retumbaba en la cúpula. Su sonido me aturdía, las luces se apagaron y encendieron varias veces hasta quedarnos a oscuras. De la calle entraba la iluminación de una farola, su imagen se agrandaba. Temía a aquel espíritu. De repente, se me aparecieron sus ojos, estaban a nada de mi cara. Reía y atronaba. Su imagen era redonda y tiesa. Tan tiesa que parecía a punto de estallar ante la tensión. ¡Se la daré si es capaz de atravesar el jardincillo e ir hasta la casa del frente! –grito una y otra vez. ¡Aquella casa de rayas ocres y amarillas! —señalaba el edificio contiguo del que ni siquiera me había mirado. ¡Allí vive mi primera mujer! Cuando le haya visto y regrese, le daré el libro de esa caja. Me sentí empujado por un viento hasta la puerta. Pude salir. Detrás se oía una risa torva y fría. Me asomé por la ventana. Pude ver desde allí, la antigua mansión cuadrada, de rayas horizontales alternas de ocres y amarillos tenues, que estaba unida al Museo a través de un jardín. ¿Quién vivirá allí? Detrás su risa atronaba; el Comandante era un ser herido que se agitaba por un amor que vivía a escaso metros de él. Y sin proponérmelo abrí la puerta para situarme en la mitad del jardincillo, a mi espalda la cúpula, en frente una casa cerrada, a oscuras, de ocres y amarillos parecida a la de Hansel y Gretel pero íntima y seductora a la vez. Estaba paralizado. Mire hacia la calle un golpe de suerte me llevo hasta la salida, vi que pasaba un coche de los bomberos, el ruido y las luces cortaron el silencio que me rodeaba, corrí a la puerta y salte la valla. Al caer del otro lado, mire detrás, en la cúpula las luces se apagaban y encendían violentamente. Me dije: J rick… regresarás por esa caja de cartón.

Notas:
(1) Los Misterios de Villanueva. Descripción e Historia de sus monumentos, usos y costumbres. Villanueva, Imprenta de J. Pers 1851

Nota: La situació privilegiada de la vila, entre Barcelona i Tarragona, li va donar un fort impuls econòmic i cap al segle XVIII molts vilanovins, homes de negocis, anaren cap a les Amériques a fer fortuna, eren els anomenats “indianos”. Quan van tornar, encara més rics, donaren molts diners a la vila i es construïren moltes obres d’estil colonial, tantes que a la vila li valgué el sobrenom de l’Havana Xica.

Per exemple, la bonica Plaça de La Vila va ser pagada per l’” indiano” Josep Tomàs Ventosa, (el senyor al mig de la plaça). És actualment la plaça on hi ha l’ajuntament, i en una de les parets de l’ajuntament s’hi pot veure la Carta Pobla de Jaume I. Fuente: Jofre Capdevila Link

Sitios para visitar:

Casa Renard, Masia d’En Cabanyes, Biblioteca Museo Balaguer, Teatre Principal, Can Papiol, Biblioteca Joan Oliva  Foment Vilanoví, Casa Samà y Can Pahissa.

Lista de más de 200 monumentos y casas históricas de Vilanova i La Geltrú Link

A. Growing —y cuatro

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by j re crivello. Growing se compone de 10 capítulos y será editado en e.book.

–Déjame otra llave —dijo j rick “¿Para dónde?” –pregunto mi amigo.
–Para el Balaguer —respondí. “¡Ni hablar! En ese museo el problemilla es muy grande”. Mi amigo se resistía a dejarme entrar en otro de los museos de la ciudad. Pero la agenda de Svetla que me había dado Papa Xico  me llevaba en esa dirección, e insistí en visitar el edificio. Svetla había trabajado en su interior y había sido su guía turístico antes de desaparecer.
–Sea quien sea debo visitar la cúpula –insistí. Allí puede estar una explicación de la muerte de la rusa. La cúpula estaba montada sobre un edificio construido en cruz con unos jardincillos alrededor y que recordaba a la Casa Blanca en pequeño.
– ¡En la cúpula! Allí aún menos –mi amigo puso una cara grave y alterada –y prosiguió. ¿No te has dado cuenta al pasar por delante, cuando vas a la estación de tren, que dejamos la luz encendida toda la noche?
–Ahora que lo dices ¡lo he observado!, pero no pensaba a cuento de que venía ese derroche.
–Las dos veces que intentamos dejar la cúpula a oscuras, a… nuestro problemilla, quien imaginamos vive dentro, nos fundió toda la instalación eléctrica.
– Pero… ¿qué es lo que hay? –pregunté mirándole con cierta desconfianza. “No sé ni me importa –respondió, pero… con tenerle bajo llave es más que suficiente”. Su respuesta me intrigaría aún más como para insistir:
– ¿Alguien le ha visitado en estos años? Con ello suponía que esa cosa tenía vida, el sin inmutarse dijo:

–Es probable que solo la rusa se atreviera a entrar. Mi amigo dudaba de tal osadía, pero tampoco fue capaz de mencionar ningún otro que se hubiera animado a abrir la puerta y echar una mirada dentro. Insistí en mi argumentación:
–En la pequeña agenda que me dio Papa Xico hay unos días anotados y los sitios que ella visitó en su momento.
– ¿Y la Cúpula aparece? –pregunto mi amigo. Abrí la agenda y mire con tranquilidad hasta descubrir tres fechas y escrito: C-t-e. Me volví hasta él y pregunte, que podría significar aquella abreviatura. Él sonrió y dijo: “El Comandante”. No pudiendo escapar de aquella cita, al final explico que la Cúpula, es tal vez un sitio en la cual hay un militar encerrado y dominado por la rabia, la ira. Tal vez le vieron la rusa y algún otro. Le describen como alto, rubio de cara fina y ojos azules. En verano se pasea en camisa y en su brazo derecho dicen que tiene un tatuaje que pone –Pulgarcito mío-. Tal vez es un recuerdo de alguna amada, o simplemente una boutade -concluiría.
– ¡Déjame las llaves!
– ¿Y si no regresas? –pregunto mi amigo.
–Te quedas sin llaves.

 

Era jueves y había quedado con Grow en la estación. Serían las diez. Aun hacía calor, se presentó con su vulgar abrigo de tela marrón y su botella de Letona en el bolsillo derecho. Le salude. Pedimos algo y dos vasos vacíos. Le pregunte, al mirar la botella:
– ¿Qué lleva dentro? “Hoy la he rellenado con leche y menta”. No pude menos que disimular mi cara de repugnancia. Pero sirvió en nuestros dos vasos y al probarla su sabor dulce traspaso mi tráquea que ardería suave. Al llegar al estómago sentí un recorrido áspero y gandul. Encima de la mesa estaba la carpeta de Svetla que había recuperado debajo del piano del Museo Romántico. Grow fue pasando sus hojas, observé como miraba un folio detrás del otro. Eran nueve; 8 en ruso y una en español. Le vi emocionarse, un punto triste. Imaginaba una dulzura antigua, que volvía a crecer en su interior, hasta decirle que ella dormía en aquellas vainas de garabatos redondos y cursis. Sin darme cuenta, pasaron tres vasos y mi alegría espiritual aumentaba. Al cuarto pregunte:
– ¿Dónde la conociste? En Moscú –respondió.
– Claro, pensé, donde si no. “Fue a finales del 44” –continuo explicando. Se iba a casar y en dos días cambiaron de opinión y se vinieron a España. “Un contacto con el gobierno de Franco nos permitió salir. Ella vino en el mismo avión militar, pero sin permiso. En esa época las fronteras se abrían con dinero”.
– ¿Tú piensas que su muerte se debe a una cuenta pendiente? Esto de preguntar para investigar ¡me salía fatal! Cada vez que lo intentaba sentía que entraba en barrena.
–Tal vez le asesino su ex –pareja. “¿Después de tantos años?” –dije. Se sorprendió Al ver mi cara de no correspondencia con sus reflexiones.
– ¿Por qué no? Eran una familia de mucho capital –dijo Él. Me causo gracia la respuesta, tan… demodé.
– ¿Tu matarías a alguien que se marchara con otro? – pregunté. Grow movió sus ojos de izquierda a derecha, bebió su cuarto vaso y dijo:
–No más bien le mataría a él. Creo que la humillación, el sentirte que eres abandonado, da mucha rabia y el deseo de venganza aumenta con el tiempo. Deduje, que por sus respuestas parecía un experto. El cuarto vaso de menta y Letona me habían aflojado, partiendo de su frase, argumente:
–Pero para matar, es necesario encontrar a la amada, desplazarse, y elegir la manera. ¿Tú recuerdas lo que dijo la policía en su momento?
–Dijeron que fue con una hoja de corte, de las de podar.
– ¿Y eso donde se compra? Mi cabeza desvariaba, esa bebida caldosa y dulzona me azuzaba la imaginación. La rusa se me aparecía tan guapa y atrevida que era insostenible no verla envuelta en sangre y llena de barro en el costado de la carretera. ¿Porque la imaginaba en el barro? ¿Qué asesinato no cumplía estas condiciones? —me preguntaba. Fuerte lluvia, cuatro tipos, un camino y un testigo de calva pronunciada y muy conocido en la zona. Pero… ¡Papa Xico debía saber más de esto! –razoné con firmeza. Aunque, de mis nauseas regresara al discurso que Grow describía fijamente:
–En esa zona, hace años había mucha agricultura en cualquier sitio refirió Grow. “¡Coño, podría haber sido un pagés!” -exclamé. Intente no reír. Mi actitud zafia le previno y se encerró. Tal vez por ello pregunto:
– Y… tú Rick, ¿no tienes un viejo amor?
– ¡Carajo! -exclamé. Al instante fui capaz de recordar una frase de Borges: hablar puede aliviar los dolores del alma. Pero estaba tan entumecido que no salía de allí dentro, me había convertido en un hielo seco y duro. O, un gran silencio del que no lograba escapar. ¡Sin más!    –dije, para explicar de corrido, como quien está respondiendo sofocado a corazón abierto me salió una larga parrafada:

“Sin sentido ni alivio, he sido testigo del sujeto del amor, quien, luego ha desvariado en otra ruta y uno se ha quedado solo y pobre”. Respire unos segundos y agregue antes de               desfondarme: ¡Era genial! y guapa. Se llamaba Aida. El grito por fin escapo de mi celda. Pude ver una sonrisa benévola de su parte, luego extrajo de su bolsillo un billete de 10 Euros, lo estiro, dejándole en la mesa, para abrir la carpeta de su amada y con un lápiz subrayo una frase:

давай -знакомиться давай познакомимся
Y sobrescribió encima ¡conozcámonos!, luego me la dejo en la mesa, poniéndose de pie, mientras me abandonaba rodeado del papel y aquel ruso atrabiliario
–Nos vemos dentro de 15 días. “Si” – respondí.

 

Decidí ir al Museo Balaguer cerca de las 12 de la noche. No había otro sistema que saltar la verja que rodea al recinto. Luego un jardín del 1900, con ciertos caminos y una hiedra que se estira desde el suelo y rodea aquella sandalia de cultura. En la cúpula, la luz brillante y enceguecedora se escapaba saltando por los tejados. Un grupo de gatos dormían cerca del calor que salía de los ventanales de la cúpula. Sentía un poco de aprensión, no sabía que me encontraría allí. Entre por la puerta principal, en este caso no había otra manera. Aquello me permitió llegar a la sala de entrada. Un fuerte olor a libros antiguos invadía el recinto. Debía subir por una escalera a la derecha y abrir una puerta que daba a la cúpula. Al llegar me detuve, parecía que del otro lado no había ningún ruido. En las historias de fantasmas estos laten en la oscuridad y no aparecen más que como una molestia. Su presencia, les remite en la atmosfera de miedo del dueño de la casa o palacio. Me había leído algo en internet hace unos días y hablaba de los fantasmas de museo como seres que se presentaban y eran visibles de la cintura para arriba. La historia de mi amigo y el Comandante ¿sería real? Deduje, que no pasaría nada. Con tanta iluminación los funcionarios le habrían cegado. Al entrar pude ver como la estancia era un espacio redondo, que se elevaba hasta abombarse; los ventanales daban vuelta en derredor. Desde uno de ellos se podía observar la Universidad Tecnológica. Hasta eso me proveía de tranquilidad, ¡quién se atrevería con los estudiantes de informática de Vilanova! En un lado y sin nada más que un suelo despejado y brillante había una caja de cartón. Cerré la puerta. Nada. ¿Estaba abandonado el espacio por que les dominaban los temores a los funcionarios del Museo? De repente sentí como si se desplazara el aire a mí alrededor. Al fondo emergió una silueta encerrada en un uniforme militar. Nunca antes había podio contemplar la ira. Altiva, elocuente y aterrada me mostraba su raza.

Notas:

давай знакомиться давай познакомимся – conozcámonos

A. Growing —y tres

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by j re crivello —A. growing acaba en 10 capítulos y luego será libro—

Dos minutos

Llegue hacia las siete de la tarde a la cooperativa. Era un edificio antiguo compuesto por dos naves y una pequeña tienda de venta de vinos y cavas. Al entrar se percibía un fuerte olor a alcohol. Una vez dentro, pregunte si se acordaban cuando hacía años, allí cerca, recogieron el cuerpo de una mujer. El tipo me miro y respondió que no le sonaba aquello. Pasados unos segundos y mirando al suelo le escuche.
–Tal vez –dijo, quien si lo sepa sea Papa Xico. Me hizo pasar. En la nave unas tinajas inmensas de acero inoxidable se alineaban una de tras de otra. En la parte trasera donde el olor a mosto tumbaba al visitante, un señor mayor, vestido con un pantalón gris y camisa suelta y negra por encima, se giró al grito de: “¡Papa Xico!”: – Preguntan por ti. Este señor –mi acompañante y me señaló –, ¡quiere saber si recordamos alguna mujer abandonada en la carretera que pasa por delante de la bodega!
– ¡La rusa! –dijo Papa Xico. De voz rugosa y firme, su mirada trepaba por mi interior. Se movía con lentitud. No se había jubilado aun. Era una institución entre los vendimiadores que aún quedaban en la comarca. Con un gesto de la cabeza, me invito a seguirle hasta un rincón. Nos sentamos en dos sillas y una mesa antigua. Él dijo:
–Le haré probar el mejor cava. De una ligera estantería levanto una botella y la abrió, dispuesto a hacer de anfitrión. El oro y la lenta burbuja se acomodaron en la copa, luego se dispuso a cortar un salchichón, que en la zona le llaman fuet, con maestría y dejando correr los minutos. Estábamos solos, desde aquel espacio al final de los toneles, se podían ver las furgonetas de la vendimia esperando a descargar, nos encontrábamos a finales de agosto, el año tan caluroso y sin lluvia adelantaba la cosecha. Quise decir, ¿ha habido buena temporada? Pero nada, deje pasar los minutos y la segunda copa me dio un subidón. Ese hombre estaba dispuesto a secar la botella y no abreviar el convite. Cuando iba a desistir y marcharme, de su parte rompió el silencio, mientras mantenía su mirada en la delgada capa dorada.
–La rusa la tiraron a 10 metros de aquí. Serían las 10 de la noche, eran cuatro tipos. Aún recuerdo la matrícula del coche X-123563, un Seat. Espere un rato, hasta que se marcharan y me acerque a ella. Era guapa, su mirada clara y olía a lavanda. Estaba aún viva, dijo algo así como “Dorogaya” y, falleció. Luego llamamos a la policía y se la llevó.
—¿Le dio Ud. la matricula a la policía?
—¿A esos inútiles? No. estuve un largo rato hasta que llego el viudo. Le vi llorar desconsolado. Al día siguiente regrese y mire por los alrededores, en un rincón encontré algo que conservo. Fue hasta un armario y regreso con una libreta pequeña y estrecha. La abrí, dentro una letra apretada se parecía un diccionario de ruso-español. Le pregunte si podía quedármelo. Papa Xico respondió:

–Es suyo.
–Lo inexplicable –dije, ¡es que en la prensa de la época no aparece nada de esto!
–No sé –continuo Papa Xico, una vez un amigo me dijo que la rusa había trabajado en Can Papiol, en el Museo Romántico. Tal vez allí le digan algo. Luego sirvió una tercera copa, —: esta es la de la estabilidad –dijo sonriendo. El cava era así, subía ligeramente hasta la tercera copa que mantenía esa alegre sensación de sentir nuestro espíritu reconfortado. Me levante, al darle las gracias por su ayuda, el me miro, pude percibir un cierto aire de saber más de lo que contaba. Y dijo:
–Le cuento un chiste de vinos, antes que se marche. “OK” -respondí.
–Se abre el telón y se ve un tetrabrik de Don Simón. ¿Cómo se titula la película?
–¿?.
–Es tinto básico. Esboce una media sonrisa y me despedí. Un poco entonado decidí ir a casa para enviarle un mensaje vía twitter a Grow. Al llegar puse:
#He descubierto que a su mujer le asesinaron cuatro en un coche con matrícula X-123563. Un saludo jrick

A los segundos recibí una respuesta:
#Lo del coche nunca me lo hubiera imaginado. ¿Le parece quedar para una entrevista el jueves? Suyo Growing.
#OK. Si puedo hare una averiguación antes en Can Papiol. Jrick

Al día siguiente, fui a casa de un amigo, quedaba al final de la Geltrú. Una antigua villa de gente honrada y desafiante que se había unido a Vilanova hace un siglo. En ese largo e interminable rosario de edificios de más de cien años y de tres plantas, al que ahora los jóvenes intentaban comprar para remodelar; o los árabes utilizaban para sus nuevos comercios; o la antigua clase media de señoras mayores resistían al paso del tiempo; en una de las callejuelas, en una suave y exquisita vivienda burguesa toque el timbre en la puerta de mi colega. Me abrió el y sin más, sin decir gran cosa, me entrego unas llaves de la puerta de entrada lateral del Museo de Can Papiol. Me explico que por la noche no había vigilante, que estaban en obras, que tuviera cuidado. Dije: “Si”. El terminaría con un ten cuidado al llegar a la sala del piano. Se halla subiendo la escalera y doblando por el pasillo y luego yendo recto hasta el final. Luego agrego:
–El salón sufre la visita inquieta de un fantasma. Le mire con sorna. El describió a la mayoría de los Museos de Vilanova –de los que era su jefe de mantenimiento, y aventuro que todos padecían de este tipo de problemillas. En el caso de Can Papiol, al ser un museo romántico, su dueño vagaba por la noche en recuerdo de su amante fallecida. Pero no temas. Solo acostumbra a abrir y cerrar las puertas con insistencia.
– ¿Tú le has visto? –pregunté.
–No jodas, es imposible ver un fantasma, además Ángel es muy listo. Ten en cuenta que el vigilante de la tarde se marcha a las 23, deja pasar un tiempo antes de entrar. ¡Como si fuera tan fácil! –se me ocurrió pensar. Me despedí y al llegar a casa mientras preparaba la cena, envié un mensaje por twitter a Grow:

#Entrare esta noche al Museo Can Papiol. Si no hay problemas, mirare bien en el interior del piano. Jrick. Mientras pulsaba un intro, entro un mensaje:

#Aquella noche, de los cuatro del coche uno caminaba lento e impreciso y me pareció que lloraba. Entre ellos discutían. El que estaba emocionado decía: ¡izvinite! sin parar”. Y firmaba Papa Xico

Aquel mensaje, tal vez no aportaba nada, pero iría a verle a Papa Xico esta semana, tal vez recordase algún otro detalle.

12 de la noche
Entre a Can Papiol e hice el recorrido hasta la sala. Llevaba una linterna, un bocadillo de salchichón y un pequeño cuchillo. No sé si aquello eran armas para defenderme, pero quizás el olor al pan con tomate me hacía sentir protegido. La sala era bastante grande, fui directamente al piano. Lo abrí, mi primera sorpresa es que comenzó a sonar y sus teclas se movían, intente controlarme, ¿Qué hacer? Si le ignoraba, tal vez su furia aumentara. Decidí acercar una silla y sentarme al lado de la butaca vacía. Aunque había tomado lecciones de piano cuando pequeño, recordé la pieza. Era de Vivaldi y hablaba de la lucha constante del amor y del odio. Era una Opera excelsa pero difícil. Observe como mi amigo a quien no veía, me corregía sobre el teclado y ayudaba en la interpretación. Mis pensamientos bullían alterados por aquel espacio ocupado por dos emociones eternas, quería apartarme, pero mi miedo o el embrujo nos unían. Intente pensar lo que deseaba preguntar y balbucee: ¿Dónde está? ¿Ha dejado ella algo aquí? Su respuesta instantánea entro en mi mente y lleno de fuego el espacio de nuestros sueños:
–La rusa era una gran mujer. Deliciosa en las formas, siempre antes de irse, dejaba encima de este piano unas flores para mi amada. Ángel –continúo—: de aquellos días, recuerdo como dibujaba unos poemas limpios y tristes sobre su país natal. Hasta que, pocos días antes de morir, desde la ventana de la parte alta vi cómo le seguían cuatro desconocidos. Ella tenía miedo. Dejo una carpeta debajo del piano para su marido. Le trasladaron dos días antes de su fallecimiento, al Museo Balaguer, frente a la estación, aquel de la cúpula extraña y ambigua. La tengo presente me acompaña en mi pesado castigo.
– ¿Puedo ayudarle? –pregunte. Una violenta sacudida me aparto del piano, vi su plasma gris vagar obsesionado y triste hasta cerrar una puerta que le conducía a la habitación de la parte alta. Sus voces repetían: ¡vagar! ¡Sin más! Me agache debajo del piano y pude percibir un saliente, tire de él y obtuve una carpeta del tamaño de un folio. Al abrirla, en su interior estaban 10 hojas llenas de dibujos coloreados en rosa y gris. Hablaban de la tierra, del vodka y de odios ancestrales. Intente leer, decía:

Breve látigo del recuerdo.
Ve por la sombra y di cuanto te aterra.
Mi partida
Mi abandono
Mi ausencia, del extenuante sopor de tu cuerpo.

Antes de dejar todo en su sitio, no sé por qué de una manera extraña deduje que debía ir a la cúpula del Balaguer. Observé como los ruidos a mí alrededor se habían calmado.
– ¿Ángel estas ahí? –grite. ¡Qué estúpido!, intentaba hablar con un fantasma. Decidí salir de aquel pomposo museo romántico que guardaba a un prisionero. Tal vez, a… ¿un esclavo del odio? Creo que había intuido – y corroboraba la leyenda– que Ángel no se perdonaba de haber asesinado a su antigua amante. A veces una obsesión deviene en un castigo –pensé-.

Al llegar a casa escribí en twitter.
#Ángel está en su espacio. Protege a la ciudad de los errores del odio. ¡Qué estupidez tan real! Jrick.

 

Notas:
Dorogaya: querido
Izvinite: perdóname
Museo Can Papiol: Casa señorial del siglo XIX transformada en museo. La visita se convierte en un viaje en el tiempo que nos transporta a la vida cotidiana de una familia acomodada del siglo pasado.
Museo Víctor Balaguer: El edificio fue pensado específicamente para cumplir las funciones de biblioteca y museo, hecho poco usual en la época, de modo que se convirtió en uno de los primeros museos de Cataluña en ser construido de nueva planta para esta misión. La arquitectura incorpora elementos ornamentales historicistas, de estilo neo egipcio y neogriego, detalles característicos de la arquitectura pública catalana de finales de siglo. Hallamos obras de pintores como Ramón Martí Alsina, Santiago Rusiñol, Ramón Casas, Isidre Nonell, Joaquim Mir y Xavier Nogués, entre otros, que ofrecen un excepcional recorrido por el arte catalán, desde el Romanticismo hasta el Novecentismo. También destaca el importante legado de pintura y escultura del siglo XX, que cuenta con la colección de arte informalista más importante de Cataluña.

La sección de pintura se completa con la exhibición permanente de unos veinte óleos del Barroco español y europeo del depósito histórico del Museo del Prado con cuadros de El Greco, Ribera, Goya, Rubens o Van Dyck.
Vivaldi: La costanzatrionfantedegl’amori e de gl’odii (carn.1716 Venezia SM) [Artabano, Re de’ Parti; L’Artabano; Doriclea?] [lost] http://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Vivaldi

 

A. Growing —y dos

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2 minutos y medio

Le vi salir de su casa. Era de piel blanca y al caminar por la Rambla dejaba una cierta estela. Tal vez no era más que un trasero redondo y envuelto en gasa, o en un pantalón ajustado. Aquella mañana se parecía a todas las demás, una fémina que salía de un portal y de la cual yo aventuraba una espita de sexo, pero debo confesarlo, me distraía de mi cita. Pero ya volvería sobre ella. Su paseo matinal me escocía, me intrigaba. Como el de otras tres mujeres gitanas (que veía en la misma Rambla de Vilanova llenas de brío, con multitud de sortijas y abalorios). Estaba tentado de preguntarles, si sus complicidades eran un espejo o la verdad de los deseos femeninos. Pero ese día, había quedado nuevamente con Growing -no antes de las 10 según su emil/orden y en la estación. Un mensaje en twitter me previno la noche anterior:
#Le veré en la estación. Lleve un papel para tomar nota, a las 10. La señora que limpia mi casa, me ha mirado, y ha dicho algo. Suyo Growing.

Mientras pensaba en mi cita, vi pasar de nuevo aquella extraña mujer. Se había lavado la cara y venía con unos croissants. Era domingo -me dije-, la gente va a las pastelerías. Esta vez observé donde vivía. Era un edificio antiguo de tres plantas, sin balcón. La estación quedaba cerca y llegue bastante rápido al bar. Al entrar le vi sentado en el mismo sitio. Con su abrigo marrón y su botella de Letona que sobresalía del bolsillo del abrigo. Me senté, por primera vez, pude ver como la curvatura de sus ojos eran de color verde y las llevaba un poco pintados. O eso me pareció. Él se dispuso a hablar.
– ¿Ud. se acuerda de la carretera estrecha que va al pantano?
–Sí –fue mi respuesta. A cuento de que venía recurrir a una pregunta sobre una de las vías de escape de Vilanova. “Cuando se sale – prosiguió- de la rotonda donde la policía pide la documentación de los coches, un poco antes de la cooperativa del vino”.
–Ya, le sigo –dije.
–Allí encontraron el cuerpo de mi esposa. Luego vino un largo silencio. Intente indagar pero se cerró en banda. Al traer el camarero mi café, el saco la letona y se sirvió en su taza de café con leche.
– ¿Quiere? –dijo.
– ¿Es leche? –pregunte. “No es soja líquida con coñac”. Llame al camarero, pedí un vaso y me serví aquel extraño suero. Sabía a algo azucarado y cálido.
– ¿Vio mi twitter del otro día? –pregunté.
– Se refiere a aquel que decía: “la vaina azulada del protagonista es estúpida” –dijo Grow. Me causo gracia, estuve a punto de contestarle, por aquello de que entiendo de vainas.
– ¡No me diga! –fue lo máximo que pude agregar.
–Yo trabaje muchos años preparando vainas, ¿sabe? Es donde se alojan las balas y la pólvora para luego dar con el percutor una salida a la explosión.
– ¿Y aquello dónde fue?, —pregunté entrando en su pasado.
–Cuando vivía en Rusia, preparaba esas maravillas para los oficiales, era la Gran Guerra Patria. ¡Era tan joven!, tanto, que me atragantaba al saber que las rusas cambiasen de cama sin amor.
–Hay veces que amamos sin amor.
–No creo en ello –respondió Grow. Con mi mujer éramos una piña, hasta que la mataron.
– ¿Cómo se llamaba?
–Svetla, su apellido era Záitsev. Al decir su nombre, su rostro se fue apagando. El tema le escocía. “¿De qué murió?” –pregunté.
–La mataron o eso me dijeron. Nunca encontraron una pista fiable. Solo recuerdo que en la carretera del pantano, abandonaron su cuerpo. Pero prefiero no hablar. “Ud. por Twitter –hablé para que él pudiera recuperar el aliento–, me dijo que la señora de la limpieza le ha saludado”.
–Aquel día fue un poco extraño, llevaba desde la muerte de mi mujer entrando con su propia llave y haciendo su trabajo mientras… yo le espiaba. Ese día nuestras miradas dieron chispas, solo fue un: –hola-. Y yo le respondí.
–Pero, amigo Grow, ¿nunca antes había hablado con ella?
–No. A veces no es necesario.
– ¿Y cómo le decía sus necesidades? ¿Cómo le pagaba? O algo tan simple ¿Cómo convivía con la señora de la limpieza sin intercambiar una palabra?
–Le enviaba o dejaba unas notas. Aun las conservo todas, mire aquí llevo una. Metió su mano en aquel abrigo gigante y destartalado y me acerco un papel. Leí, mientras observaba aquella escritura redonda y gruesa. Decía:

“Quiero que me planche las camisas que le he dejado sobre la mesa. Le adjunto una lista de lo que deseo del súper. También le ruego utilice el vestido que hay en la salita para la limpieza, hace calor y es conveniente trabajar ligero de ropa ante el bochorno de estos días” A. Growing.
Aparte la nota y le mire. ¿Ud. le dice cómo se debe vestir?
–Sí. Ante aquella extraña respuesta recordé una nota suya en Twitter: “el sexo es una abreviatura si le comparamos con otras aventuras humanas”. No pude menos que volver a preguntar:
– ¿Se acuesta con ella?
– ¿Con la señora? No, ¡por Dios! Solo me limito a seguirle en su itinerario diario.
– ¿Y luego? “Le espero sentado, o me distraigo hasta la nueva cita”, su media sonrisa reafirmo su complicidad.
– ¡Así durante tantos años! —Exclamé, intentando superar mi asombro. Estaba ante un individuo unido al pasado y que vivía el presente de una diaria pasión secreta. Su escueta respuesta retumbo en aquella casa de trenes: “desde que asesinaron a Svetla y, -continuó Grow-, en Twitter, Ud. escribió:

“La carcajada y el sexo se parecen. Aunque son difíciles de imitar”.
Acto seguido, se puso de pie y dijo antes de abandonarme: “le escribiré en twitter una señal para la próxima cita”. Al salir, intente pensar, en que me unía al extraño suceso. Decidí averiguar sobre la muerte de la esposa, tal vez en la cooperativa recordarían aquel hecho.

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