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Barcelona / j re crivello

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Las aventuras de Martín Alsa

Martín Alsa y el viaje de Evita a Madrid (1947)

 

by j re crivello

Imagen Eva Duarte en el Monasterio El Escorial Año 1947

 

La cancillería nos ha confirmado que Ella estará en Madrid durante varios días, llegará en avión dentro de una semana. ¿Cómo será esta mujer? Dicen que es muy bella. He comunicado a mi gobierno que prepare un recibimiento al estilo de los que realizaba Mussolini, espero dejarle impresionada.

Me duele un poco la barriga, he asistido a misa de la mañana. Carmen me ha suplicado que la reciba siempre en su presencia. ¿Cómo son las mujeres? A mi edad ya no tengo interés en otra dama, máxime siendo enviada de un país amigo. Pero debo confesar que estoy intrigado, dicen que sus labios son preciosos. Tengo que repasar mis objetivos de la visita. Se resumen en dos palabras: trigo y carne. Con suavidad, sin torpezas debo obtener una ayuda suplementaria. Este invierno será duro, no puedo permitir que la propaganda roja tenga de que hablar. He escuchado que el General, su esposo, tiene fama de mujeriego y le utiliza a ella para sus fines de propaganda. ¿Será verdad? No… se pasa este dolor, anoche comí demasiado. Me intriga que Ella nos avise que desea visitar a esa persona de Barcelona. ¿Quién será? Mis servicios dicen que es un fabricante de sombreros, y afecto al Régimen. Su padre tenía fama de masón, pero ya está muerto, y muerto el perro, muerta la rabia. Mi calva ya comienza a notarse, soy el Generalísimo, nadie discute mi autoridad, pero no puedo evitar esta caída del cabello. A mi pueblo le agrado igual. Esta tarde veré al obispo, y debo cuidarme con los compromisos, la última vez le concedí aquel famoso permiso de libertad para varios rojos que luego la Falange me recordó mi error durante meses. El juego de equilibrios del poder, me fatiga, más interesante era la guerra, todos estaban en el mismo bando. Ahora, solo pretenden obtener provecho, el único que vela por España… soy yo. ¡Hasta Carmen no se conforma, quiere estar presente en mi entrevista a solas con mi invitada! Y he vuelto al mismo tema: ¡lo importante es el trigo! Las mujeres deberían apartarse de la política. El juego de la negociación se les antoja pasional, en cambio la derrota del enemigo es para nosotros un frio resultado.

 

XXX
Al estrechar su mano la siento blandengue. Su estatura es baja, disimula su barriga, y su voz es aflautada. ¡Caray! Me recuerda un actor de la radio que trabajaba conmigo. ¿Qué hay detrás de este cerdo? Es baboso, le veo dispuesto siempre a complacer. Los que están a su alrededor le respetan como sí de ello dependiese sus vidas. Me habían prevenido contra el Generalísimo. Mi marido riendo había dicho:

_Dicen que: ¡no tiene alma! En el viaje había dado vueltas a la frase, apenas él comenzó a hablar la entendí, solo deseaba trigo y carne. ¡Le importaba un bledo mi persona! ¡Ni mi visita! ¡Ni la amistad entre nuestros pueblos! Después de mucho rodeo podía percibir su posición, su sitio en la historia. Este era su objetivo. En suma ¡su arte! En las comidas, sorbía la sopa haciendo ruido, solo había vivido entre la tropa. Al mirarle, respondía en una mezcla de insolencia y retranca. Me lo imaginaba con su mujer y el Jesucristo detrás, en la pared. No sé cuantas veces se habrían acostado juntos, pero aquello era un amor de poder. Carmen era cruel, fría, calculadora. Le encantaban las apariencias y la vida cortesana. Me llevaron a un desfile de tropas y ¡aquello parecía el fascio antes de perder la guerra! Me harta tanta historia provinciana. El primer día tenía ganas de regresar. Pero pensaba en mi General, en la seguridad de abrir una cuenta aquí. En abrir nuevos mercados para nuestro trigo y maíz que se echaban a perder en los campos. En el bloqueo americano en las ventas a los participantes del Plan Marshall. (1) Me dije, con el trigo enviaras una partida de dinero para depositar en Madrid. Y Martín Alsa dispondrá de una sucursal bancaria. Era mi justificación para aguantar a este sapo. Si… ¡un sapo! Ella y Él me seguían sin despegarse. Pretendí hablar en la concentración y pusieron pegas. Me enviaron un ayudante para convencerme, le aguanté casi dos horas, explicándome cosas tales como: que si Ud. habla de justicia social, que si habla de los derechos de los obreros, que si habla de la democracia: comprenderá su Excelencia que eran discursos que hacían antes los rojos. Y… el ¡país no está preparado! Ud. convendrá conmigo –decía el bastardo- que es mejor dejarlo para su próxima visita. Y agregaba moviendo su cabeza llena de canas, de manera altiva y regando con su legua dos labios grandes y desparejos, para insistir:

_Lo mejor será un desfile. Grande, espectacular, con una tribuna desde donde vosotros observáis el gentío. Me levanté y le dejé sentado. Ya encontraría la manera de que los españoles me recordasen. Probablemente si me pedían dos cargamentos de trigo les enviase el doble.

 

XXX

 

He llegado a su despacho a las 10 y media. Me había propuesto ser directa con el Generalísimo. Me hicieron entrar, estábamos solos. Se sentó en una silla frente a mí, habría casi un metro de distancia. Vestía con un traje de franela oscura y su corbata era en un tono azul. La silla parecía dispuesta en una posición que no era la correcta para recibir a una dama, no dejaba dudas que era una entrevista de hombre a hombre, el delicado juego de los sexos estaba bajo llave y oculto detrás de esta España demasiado gélida y… caliente en la noche.

Me había puesto un vestido de color turquesa, mis zapatos eran de tacón alto, blancos, llevaba mi cabello recogido hacia atrás. Su altura contrastaba con mi fina delgadez. Su mirada se movía entre mi cabeza y mi busto, de vez en cuando reposaba su vista fijamente. Parecía dispuesto a negociar,; este hombre era testarudo y odiaba pedir ayuda. A solas se humanizaba y hasta parecía un sencillo personaje que tal vez deseaba regresar al campo o irse a pescar. Sonrió, carraspeo levemente, comenzó diciendo:

_Señora no sabe Ud. cuanto le apreciamos en este país. Su labor social ha hecho mucho bien por su patria. Nosotros, los españoles hemos tenido una gran guerra, el bien y el mal se han enfrentado y hemos ganado no sin grandes esfuerzos. El país ha quedado hundido, el hambre rodea las ciudades. Mi gobierno le ruega encarecidamente ayuda en estas horas difíciles. Se detuvo, la pausa unió su alma a la mía, intente esbozar una respuesta:

_Generalísimo, comprendemos sus esfuerzos –intenté hablarle en tercera persona-. Mi marido, me ha pedido que Ud. ponga la cifra de lo que necesite, le corresponderá con cariño. Observé que su cara se aligero con tibieza, dijo:

_Gracias María Eva. Al llamarme por el nombre, el falsete de su voz se disparó desbocada. Ya notaba que no querían decirme Evita, en todos lados era María Eva. Decidí plantear nuestros intereses:

_Solo deseamos, que algunos de nuestras inversiones sean bien considerados por su gobierno. Arqueo sus cejas en tono de interrogación y afirmó.

_Lo que Ud. desee.

_Nuestro apoderado para Europa es Martín Alsa. Hará varios depósitos en bancos españoles. Y si su gobierno lo autoriza abrirá una ficha bancaria, una… sucursal. Deseamos de parte vuestra que utilice su influencia con el fin de lograr la máxima discreción, como así también en lo relativo a los traslados y la entrada por aduanas. También esperamos de su Gobierno el compromiso que, ante cualquier cambio de la situación política en América, Ud. sabrá brindar asilo, a nosotros y a los que designemos en su defecto. Esperamos que se respeten las propiedades e inversiones aquí efectuadas y sea rechazado cualquier bloqueo de cuentas que pudiese ser cursado. Hizo una pausa, el destello de su belleza se impuso a su papel de líder. Existe -prosiguió- una familia que vive en Barcelona, del cual rogamos, sea protegida y preservada de cualquier inconveniente que pudiese existir, como así los contactos que el Señor Martín Alsa pudiese tener con ellos. Por último, y esto es a título personal, que Ud. –una sonrisa picara escapo de sus labios carnosos- me permita elegir el tema de mi discurso de saludo al pueblo español.

El Generalisimo se atrevió a decir:

_Señora María Eva, esta mi palabra de por medio que lo aquí tratado se cumplirá. Se levantó de su sitio, se dirigió hacia su escritorio y recogió un paquete y se lo entregó, para decir: este es mí presente para una relación que espero sea por muchos años. Ella lo recogió, le agradeció y desató los hilos. Un collar de perlas y diamantes apareció dentro de una cajita. La reunión había durado media hora. El fue hasta la puerta y le invitó a atravesarla. Un salón amplio permitiría ver a Carmen y la familia. Ella, años después recordaría la cara tiesa del Generalísimo y el juego travieso que imprimía su mirada enmarcada en un rictus triste y burlón. Al comentarlo un año después con Martín Alsa, este le diría:

_Aquellos eran los ojos del Pez.

En compañía de Carmen atravesamos un pasillo, al final abrieron una puerta que daba a una gran sala, parecía que había llegado el momento de la comida. Ella se mostró cordial, y quitándose un abrigo de nutria que cubría apenas sus hombros empezaron una conversación en la cual la esposa de Franco mirándome con hipocresía, dijo:

_El Generalísimo y yo hemos pensado en una comida en familia. La víbora se retorcía a mi costado, ¡que pretendía esta arpía! ¿Sustraerme al contacto con la sociedad? ¿Temía de mi belleza?, le respondí:

_Carmen le agradezco el detalle, cuando Ud. nos visite en Buenos Aires, prometo llevarle al Teatro Colón y hacerle conocer nuestra sociedad.

 

Barcelona 1947

 

Pude llegar a Barcelona unos días después que ella llegará a Madrid. Su confirmación me llego al Hotel Internacional sobre las seis de la tarde. Un mensaje de un colaborador de la Embajada Argentina era escueto “nos veremos en casa de ese señor que tu tanto mencionas”. No sé cómo se zafaría de la policía secreta de Franco, ni de los alcahuetes de turno. Le imaginaba llegando a pie y golpeando en el edificio de calle del Carmen, o en un cochazo. Decidí ir a pie desde el hotel bordeando La Rambla hasta calle del Carmen y luego los 500 metros hasta la tienda. Era un día tranquilo y no hacía mucho calor. Intente acercarme unos minutos antes por si ella se adelantaba. Al entrar a la sombrerería, estaba allí. ¡Me quede frio! Un vestido de seda azul claro y su espalda inconfundible, y ¡su voz! Tan marcadamente amarga y metálica. Le atendía S, parecían haber congeniado. Dije:

_Hola. Evita se giró y su sonrisa inundo mi corazón. Y respondió:

_He conocido a tu amigo. Me ha convencido que me lleve este esplendido sombrero para mi visita a Roma. S nos miraba hasta que intervino invitándonos a tomar una infusión en la trastienda. Cerró la puerta con llave. Dentro atravesamos dos salas hasta dar con el obrador donde forjaban los sombreros y los calentaban en un horno donde la luz chisporroteaba. Los tres estábamos nerviosos y ella además exhausta. La infusión supo a un gusto a resina con miel. S abrió la charla con una conversación acerca del viaje y lo que publicaban los periódicos. Evita contesto:

_Estamos aquí para colaborar con esta noble causa. La Luz esta lista para ser trasportada a América. Martín me ha comentado que su tarea está llegando a su fin. S observo, detenido en su colmena de energía y asintió, para el aquello representaba un alivio, deseaba retirarse, desaparecer o tal vez dejar que otros cumplieran con aquella tarea. Hemos convenido con el Generalísimo que un barco en el puerto traslade una caja muy especial. Martín se ocupará de preparar un espacio adecuado para mantener estable la Luz. Luego…

_Luego dejaremos que este obrador y esta tienda caigan en sus manos            –agregue por mi parte. Ellos vendrán pensando que ese horno es el original.

_¿Cómo podemos agradecerle? –dijo S

_Lo hago por Martín –dijo Ella. Su infusión está muy buena –agrego.

_Es jengibre asiático. Lo compramos en el puerto y viene directamente desde Ceylán.

_Nos vamos -dijo Evita poniéndose de pie.

_Si –respondí con el corazón un tanto alterado. Una vez que nos despedimos, caminamos lentamente por la calle hasta llegar a Ramblas, nos seguían dos secretas. Al atravesar los 100 metros por las Ramblas en dirección al mar, nos detuvimos en las tiendas de flores de esa zona. Decidí regalarle unas rosas rojas. Intuía que la tarde se desplomaba, que este suave señuelo del traslado de la Luz, o de los acuerdos con el Generalísimo no existían, solo podía ver su sonrisa y mi desconsuelo.

_ ¿A dónde vamos? -pregunto ella. Podía esconderme, aceptar un lugar en un bar o ser valiente y regresar a los años buenos. Le pregunté si disponía de tiempo y asintió. Luego dije:

_Al hotel. Su sonrisa ilumino la Rambla.

_ ¿Esta cerca? –pregunto.

_Aquel que ves allí al fondo. El Internacional. El edificio alto y majestuoso se mantenía allí desde antes de la Guerra Civil. Podemos pedir comida y que la suban –agregue.

_Esta noche no pasaremos hambre -dijo ella.

 

 

Cerca de las dos de la madrugada despertamos. Vi que ella encendía la lamparilla. A nuestros pies en una bandeja estaban aun los restos de dos bocadillos. Ella saco un trozo de papel de su agenda y escribió con lápiz marrón:

¡Caradura! Acepta mis señuelos… de amor. Y firmó con una E rodeada de un pez flotando en una nube. Lo guarde en mi abrigo y nos dormimos.

 

Notas:

 

(1) El Plan Marshall estableció los proveedores para los países europeos que participaban y sus pagos en moneda convertible en dólares, pero EEUU se negó incluir a Argentina.

 

Links de interés:

http://historiasdelahistoria.com/2012/07/26/que-habia-detras-del-viaje-de-evita-peron-a-espana

http://lalibreria.blogspot.com.es/2012/01/la-visita-de-evita-peron-espana.html

http://evita4.marianobayona.com/evabcn.htm

http://www.elsiglodeuropa.es/siglo/historico/2008/770/770pens.html

http://argentinafolkloreyprovincias.es/Ezeiza-Barajas-Franco-Puerta-de-Alcala-condecoraciones.-Eva-Peron-su-trayectoria-politica-y-la-relacion-con-Espana-5/108

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-24265-2003-08-18.html

Opiniones históricas:

En opinión de Rein, el acuerdo fue de gran importancia para el gobierno de Franco. Le permitió aumentar la ración diaria de pan, disminuyendo las posibilidades de que el régimen cayera a causa de la grave situación económica. En marzo de 1947, el ministro de Industria y Comercio declaraba que el abastecimiento del año estaba asegurado por la carne y el trigo argentinos. Esto fue la causa de la gran popularidad que la Argentina gozó en España en esos años y que Eva Perón pudo constatar personalmente en su visita unos meses más tarde. La ayuda argentina colaboró asimismo en evitar la implementación de un boicot económico contra el gobierno de Franco propuesto incluso en las Naciones Unidas, aunque hubo otras razones para no aplicarlo, como por ejemplo el temor a fortalecer el régimen franquista, a provocar en España una inestabilidad que pudiera ser aprovechada por los comunistas, o a perjudicar allí los intereses económicos y políticos de Gran Bretaña y Estados Unidos. (7) http://www.argentina-rree.com/13/13-012.htm

 

Exportaciones de granos de Argentina en los años 1946, 47, 48, 49

España 118.955,9 234.982,0 320.624,6 162.573,l

Fuente: Anuario Estadístico de la República Argentina , 1950

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Martín Alsa se entrevista con dos Jefes nazis (005)

 

by j re crivello

Imagen by Hildergar Rosenthal

 005 (a) Año 1944

Habíamos convenido la  entrevista con Gluecks (1) en el Hotel Austria, un soberbio establecimiento construido en la primera guerra, sería al día  siguiente las 5 de la tarde. Antes de partir dejé mis maletas preparadas y pagué la cuenta. Me recogieron en un coche frente al hotel y fuimos directos hacia Austria. Estaba tranquilo, a veces me asaltaban las imágenes del  campo del terror que había visto en casa de La Mirada. El viaje fue largo, los controles y un avión que volaba bajo y establecía la ruta sobre la marcha mostraban una guerra que se volvía en contra de Alemania.

El coche nos dejo frente al hotel, entramos al vestíbulo, subimos a la cuarta  planta, al atravesar el pasillo abrimos una puerta, apareció una sala amplia, decorada en verdes opacos y oscuros que acentuaba el sentimiento de opresión, la atmosfera era densa y el humo sé esparcía por doquier. En el centro estaba una mesa amplia y seis sillas. Logre divisar a dos  hombres,  uno de ellos se aproximó. Era recio, de mirada huidiza, recto, llenaba su uniforme con espasmo, en su solapa brillaba la calavera de las SS. Se detuvo a un paso, a mi lado parecía más grande que lo normal. Me extendió su mano mientras me miraba y decía con voz rica y suave:

_Bienvenido. Soy el General Gluecks. ¿Ha tenido Ud. buen viaje? Su pronunciación de un español argentino con incrustaciones de la época de la Primera Guerra Mundial me sorprendió. No respondí, me limite a estrechar la

mano, la note fuerte, recia, pero pequeña. Una cola de víbora que escapa de su chaqueta se balanceaba a su espalda, al fondo, observe que había otro personaje sentado, vestía uniforme de militar. Aquel hizo un gesto y desde allí habló ronco, pero claro y en un alemán casi torrencial:

_ ¡Acérquese por favor! Glueks me acompañó muy simpático y dijo:

_Le voy a presentar al Mariscal Goering. El mariscal se puso de pie, era de estatura mediana, obeso, de barriga pronunciada. Dos condecoraciones le cubrían el lado izquierdo. Me tendió su mano, su saludo fue seco y distante:

_ ¿Como está? Le respondí con mi clásico gruñido.

_Bien. El gran Goering estaba a casi un metro de mi posición, sus ojos transmitían un espamo vital, de aquellos en los cuales nuestro interlocutor prevé que el final está presente en cada decisión pero piensa agotar cada respuesta. A su lado había apoyado un cuadro de Van Gogh, lo apartó a un costado y me invito a sentarme. Luego del saludo me invitó a fumar, cogí su cigarrillo. Pude observar como Gluecks se escoró un poco hacia la izquierda.

_Me han dicho que Ud. será el encargado de custodiar nuestros envíos, -dijo Goering.

_Estoy dispuesto a cumplir mi encargo.

_ ¿Sabe Ud. lo que supone traicionar al Furher? –inquirió- .

_Conozco lo que significa una buena recompensa. Se sonrió y dijo:

_El 2% que Ud. Pide, es excesivo. Iba al grano, no dejaba resquicio.

_Debo de cuidar de… – ¡me tocaba las narices defender mi posición!- sus reservas los próximos años, y superar la presión de los americanos… Expondré  toda mi fortuna. ¡Todo a vuestro servicio! Mis afirmaciones no le alteraban lo más mínimo. Se echo hacia atrás acomodando su barriga para observar  con detenimiento la escena.

_Seguimos pensando que su comisión es desproporcionada, tenemos otros que serian capaces de hacerlo por menos.

_Soy Martín Alsa. Soy el único que tiene contacto con el gobierno de Buenos Aires –dije-.

_Ese general tiene precio –tercio Glueks.

_Ninguno posee una red capaz de depositar vuestras reservas en diferentes lugares.

_Los suizos se mean por ello. Y eso ¡Ud. lo sabe! –Glueks parecía salirse para deslumbrar a su jefe.

_Ninguno puede distribuir, a vuestros hombres, en sitios seguros –insistí-, y lo que es más importante, ninguno de los que se le ofrecen son tan bien vistos por los americanos como en mi caso.

_ ¿Algún servicio les habrá hecho? La lengua de víbora de Goering se removía en forma áspera.

_Más que Ud. Seguro –respondí-. La risa de los alemanes saltó a borbotones. La insolencia del visitante les causaba gracia, pero enseguida el jefe recupero el ánimo, aunque insinuaba estar a  un paso de liquidarme. La cola trasera se agitaba  y su enorme lengua salía y entraba nerviosa. Gluecks intervino nuevamente dirigiéndose hacia mí:

_Está operación, el Furher no la aceptará.

_Llévenme hasta el, me ocuparé de convencerle –dije, no sin cierto atrevimiento.

_Es Ud. muy listo amigo Martín. La voz del Mariscal había cambiado, su mirada intentaba torcerme.

_Si le llevamos ante él, puede considerarse muerto. Como Ud. conoce, el Furher no quiere considerar el fin. Le aconsejo que no intente usar el chantaje. Al ver su respuesta decidí intervenir.

_No iba por ahí. El precio no admite rebajas. Para ustedes la operación debe ser creíble. Los americanos necesitan de mis servicios y no les cobro, porque ellos no están dispuestos a pagar. Si mi precio es muy bajo, lo más probable es que con el tiempo pueda ser un traidor. El acuerdo se debe mantener en el tiempo por interés de ambas partes. Solo hay dos formas de pagar un servicio, con ¡sangre o dinero! La segunda opción es la que os propongo. Pero la forma de pago se puede cambiar ante un incumplimiento, por ambas partes.

_ ¡Farol! ¡Ud. Nos quiere degoyar! (2) Grito Glueks, pero en su alemán había introducido una palabra del lunfardo argentino del cual Goering no entendió, para agregar: ahora mismo, mis hombres le pueden partir en dos. Goering seguía el espectáculo sin intervenir. Me puse de pie dispuesto a irme.

El Mariscal terció invitando a sentarme nuevamente.

_Martin, pensemos que la respuesta es afirmativa. Debo decirle que el Furher tendrá la última palabra. Pero ¿por qué tiene tanto interés en esos libros? Contesté con otra pregunta:

_ ¿Están en vuestro poder? Goering se estiró hacia atrás, tragó saliva se dispuso a responder:

_La Biblioteca. Un grupo de libros que podrían tener su origen en la Biblioteca de Alejandría ha sido descubierto por nuestras tropas. Están en un lugar seguro.

_Ud.… ¿los ha visto?

_He tenido en mis manos uno muy interesante, el Libro de la Vida y la Ciencia –dijo Goering. Sentía que la pregunta anterior había quedado en el aire, debía recuperarla y hallar un camino rápido para redondear mi posición.

Supongamos –dije: que alguno de esos libros cae en manos americanas.

_ ¡Lo que Ud. afirma no será posible! –gritó un Gluecks fanatizado-.  Su respuesta tan encendida daba una pauta, recordé el consejo de la Mirada, debía dar un rodeo, mantenerme en calma.

_Permítanme decirlo de otra manera, supongamos que la mayoría de vosotros se marcha a Sudamérica. ¿Dónde sino podríais consultar y utilizar este conocimiento?

_Ud. Considera el fin del tercer Reich -intervino el Almirante-, y estamos en el mismo sitio, no lo aceptaría el Furher. Además, está bien protegida. Volví a argumentar:

_ ¿Qué garantía tenéis que yo os devolveré el oro durante ese lapso de tiempo?

_La sangre -respondió Glueks.  La partida es a todo o nada.

_La operación por mi parte solo es posible si obtengo el oro y los libros.

Mi precio se hacía insoportable, sentía su excitación. El silencio se apodero de la sala, Goering se levantó, sirvió una copa de coñac, se movía lento por el cuarto. Al cabo de unos minutos interminables, se giró para decir:

_Por ahora aceptamos. Incluiremos algún libro. Vendrá Ud. a Berlín a ver al Furher, el dará su visto bueno y luego ejecutaremos la primera parte del traslado. Pero, Ud. deberá permitir que en su banco trabaje, a su lado, un hombre de nuestra confianza. Nosotros le diremos, cuando acabe la guerra, siempre con una semana de anticipación, las remesas y los sitios donde deben ser transferidas. De Ud. depende que lleguen a su destino, si fueran confiscadas… deberá reponerlas. Contra cada envío irán algunos libros o pergaminos, estos siempre serán de nuestra propiedad. De aquí a unos años cuando todo se estabilice deberá permitir sean consultados. La organización que contactara con Ud., siempre se dará a conocer por el nombre de Odessa. El Mariscal bebió otro sorbo de coñac. Se hizo un prudente silencio. Habían puesto bajo mi responsabilidad inclusive el traslado del dinero y los libros. Era más de lo que yo deseaba. Era mi servicio a la Atlántida, los próximos años este acuerdo me daría mucho trabajo.

Me había convertido en albacea de los Monjes Negros. La Mirada estaría saboreando su triunfo.

_Le recogeremos mañana a las 5, le llevaremos directamente hacia Berlín; lleve poca ropa, tan solo para un viaje de pocas horas.

¡Heil Hitler!

¡Heil Hitler! –respondí-.

 

 

005 (b)

Martín Alsa visita en su casa a la Mirada por primera vez 1925

 

Despues de verle en aquel lavabo, en uno de mis primeros días de trabajo decidí visitar a Ludovico. Serian cerca de las 10 de la mañana, llegue a la calle Pueyrredon, era una casona gris, con una valla alta de cemento y una puerta de hierro de color verde oscuro, al traspasar la entrada, hacia la derecha, había un árbol  frondoso, que ocultaba una puerta con cristaleras. Levante la mano de cobre del centro de la puerta y pique tres veces. El ruido metálico, me despertó del sopor que arrastraba. Se entreabrió un poco la hoja y se asomó un señor mayor de traje oscuro. Llevaba unas hombreras grandes y una corbata en tono azul pálido. Sus ojos de color negro, con cejas suaves, una nariz redonda y un cabello oscuro y lacio que peinaba con gomina en abundancia. Su mirada se incrustó. Intente reponerme de la situación y directo pregunté:

_ ¿Está el Sr. Ludovico?

_Si, le espera. Pase. Entramos a una sala grande, atravesamos un pasillo, de un lado se veía el patio y sus plantas y una parra que daba sombra. Llegamos al fondo, se habría una habitación, era una cocina, pequeña, con una mesa de frente a la ventana del patio, casi al final sentado en un sillón estaba Ludovico, de espaldas, con su cabello rizado y canoso. El ayudante le dijo:

_ ¡Esta Martín Alsa! Aquel joven que Ud. invito a visitarle hace unos días. La Mirada se giró un poco, elevó su cabeza y clavó su vista, otra vez sentí que me escrutaban. Me indicó una silla a su lado. Me acerqué hasta él. Era una mañana en que el sol llenaba toda la habitación. Los dos nos quedamos sentados en dirección al patio. Sentía el contacto de la Mirada. Comenzó a hablar lentamente dejando que su cabeza estuviese en dirección al exterior, yo veía reflejarse en la pared lo que decía. Eran unas imagines frescas, allí se repetía sin cesar una implosión gigantesca en el mar. Las olas se levantaban bruscamente y las montañas de una isla se convertían en lava. Una lava furiosa, ardiente, roja que caía verticalmente sobre el agua. Todo se precipitaba en un foso inmenso que se tragaba la isla. Luego veía elevarse dos mitades hacia el cielo, una dirigida por la Mirada se desplazaba hacia Occidente, la otra hacia Oriente. Al fondo unos Monjes Negros se alejaban , caminando, mientras el mar les abría paso. Nadie se giraba para contemplar lo andado, todos iban dominados por el pánico y brutalmente empujados por el viento y una lluvia de lodo. Un estruendo de fondo llenaba la cocina. Los escapados marchaban apoyando sus pies en el barro de la tierra, que se liberaba del mar. Detrás cerraba el agua un pez de unos ojos verdes intensos que susurraba un nombre: ¡la Atlántida!

De repente la imagen del Pez comenzó una letanía:
Yo, Ludovico, Arens, Victor, Aaron, Isaias, Josue, la Mirada que Habla. Te he llamado para una misión, a ti: Martín Alsa o Atarulfo Itenias, probablemente no puedas con ella, probablemente te empuje al vacío y al suicidio, probablemente veas los ojos del rey del terror y solo una persona se interponga entre él y tú. Probablemente sientas que fracasas, probablemente le ames a Ella y no la puedas salvar. Debes evitar que se apague la luz que alguien protege en Barcelona. Y está compuesta por dos identidades. Deberás hacer varias visitas y contar diferentes historias para mantener el interés de quien reside en esa ciudad. Tú serás él único en conocer a Ludovico y a quien allí vive. Pero tu tarea no será unir ambas mitades, esto será posible cuando tengamos la fuerza suficiente para recuperar la Atlántida. La voz se detuvo un instante. Ludovico cogió la taza y se giró hacia mí y me la entregó. Me fue posible, mirar en el interior de las cuencas de sus ojos, eran de color amarillo esmeralda. Veía a través de ellos el universo. Ellos me contenían y me transmitían la interminable historia que le acompañaba.

Y… sonrió. Poco a poco esta se transformó en una carcajada, cogió la otra taza, la bebió de un sorbo y dijo:

_Te darán dinero, cogerás una casa, te comprarás varios trajes, serás banquero y tu fama superará a tu nombre. La entrevista había concluido. Deje la taza, me levante y siguiendo al sirviente, entramos en una habitación, este cogió una maleta y me la entregó. Me dijo:

_Lleva Ud. aquí mucho dinero. ¡Úselo!. Cogiéndome del brazo, me acompaño hacia la puerta de la casa. Al salir estaba confuso. La maleta pesaba, ¡de cojones!; los zapatos me bailaban, me aflojé la corbata; me dirigí a un autobús que me llevase al centro de la ciudad. Al apearme, mire un letrero que decía: “Banco de la Nación”. Entré, fui hasta la ventanilla, hice un depósito. El empleado no podía creer lo que estaba pasando, llamó a su jefe, ambos miraron los billetes, después de contarlos febrilmente me extendieron un recibo por el importe de 1.000.000 de pesos. La fecha de la operación, era del 3 de diciembre de 1925.

 

Notas:

(1)Richard Glucks (o Gluecks) nació el 22 de abril de 1889 ya se desempeñó como oficial en la Primera Guerra Mundial y se unió al Partido Nazi relativamente tarde. Sin embargo, era un general de brigada SS antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y fue nombrado Inspector de Campos de Concentración en el otoño de 1939.

A partir de 1942, la Inspección de Campos de Concentración formó una de las cuatro grandes divisiones del WVHA con una amplia competencia. Glucks tenían autoridad sobre todos los comandantes de los campos y era la persona que daba las órdenes mensuales para llevar a cabo la “Solución Final” y “exterminio mediante el trabajo.”

Por lo tanto, Glucks fue una de las figuras clave del sistema de campos de concentración. Junto con Himmler y Pohl, decidió cuántos de los Judios deportados iban a ser asesinados y determinó que el pelo de las personas asesinadas debía ser recogido y convertido en “medias de hilo de pelo para las tripulaciones de submarinos y medias sentido pelo-para el ferrocarril”.

En 1943, Glucks fue ascendido a Mayor General de las Waffen -SS. Tras el final de la guerra, en mayo de 1945, que se cree que se suicidó en el Hospital Naval de Flensburg, donde supuestamente estaba siendo tratado por un shock que había sufrido en un atentado.

“Glucks vino originalmente de Dusseldorf y había pasado varios años antes de la Primera Guerra Mundial en la Argentina. Cuando estalló la guerra llegó a través del control británico por contrabando de sí mismo a bordo de un barco noruego y, finalmente, informó el servicio militar.

(2) En lunfardo argentino: estafar

 

Martín Alza y una entrevista en 1952 (004)

 

by j re crivello

 

El año de 1952 fue crucial para Martín Alsa. Desde su llegada en 1925 a Buenos Aires y luego los intensos años de 1943 a 1945 en su calendario sentimental, la larga enfermedad de una mujer con quien había mantenido una relación en secreto supuso un cierto relajamiento de su fuerza mental. Ya nada le interesaba, ni siquiera la gestión de su fabulosa fortuna. Por ello, esa mañana había quedado con una mujer en una pequeña ciudad del interior de la llanura pampeana. En un bar. Antiguo, sin más que seis mesas y un dueño alto, socarrón de una particular sonrisa irónica que escondía debajo de un bigotito fino. ¿Y quién era aquella mujer? Una enfermera. Rosa sería el nombre secreto que ocultaba. Un nombre estructurado alrededor de la naturaleza, ni fea ni alta, tal vez flaca y de senos grandes, en la descripción del dueño del bar. Quien a su vez agrego: por ser una flaca los labios los movía sin miedo a una sesión. Martín Alsa no entendió bien que quería decir con aquello “de sesión”. Pero al sentarse su visitante, pidió dos Fernet con cola (1). Una bebida amarga y antigua que caída en desuso solo se encontraba en bares de provincia, de calles de tierra y que venden pan, condones y hasta carne cortada a trozos para una buena parrillada y donde las neveras funcionan aún con keroseno.

Rosa una vez lista comenzó su relato, tal vez situado en un momento crucial, el día que ella asistió al discurso -de la amada de Martín-, para despedirse de su pueblo y que para él, rodeado de un notable un interés, carecía de valor para despegarse de ese amor raro. Ella le correspondía alguna vez y en otras le utilizaba. Rosa fue imponiendo su voz:

_Ese día la despertamos de la siesta. Bebió un poco de café, no quería comer, le comenzaron a vestir, lentamente. Su enfermera le subió la falda, luego le anudó la blusa y le puso una chaqueta gris clara. Se sentó en la cama, parecía a punto de desmallarse. Las medias de seda, luego sus zapatos, las joyas. Le peinaron hacia atrás, fuerte el rodete, liso el cabello sobre su nuca, -como a ella le gustaba-, poca pintura en los ojos, algo de colorete para disimular su palidez. Respiraba pausada, pidió un cigarrillo. Tal vez pensaría, ¡hoy haré un gran discurso! Era el día que iba a renunciar a su candidatura a la vicepresidencia. Las presiones militares y el populismo superficial y carismático del General, habían creado una gran oposición en los militares. Ella era su objetivo. Hoy sería su gran día y por ello le permitían echar un cigarrillo. También le habían inyectado más morfina. Sus dolores ya no le abandonaban, la droga le mantenía en un ánimo inestable, a momentos murmuraba, en otros se extasiaba dejándose llevar por sus pensamientos.

 

Ayer había solicitado ver a su Martín Alsa. Al carismático y último amigo. Con Martín conversó largamente. De él rechazó sus lamentos, era orgullosa y fuerte, le despidió molesta, no toleraba los cobardes. De Martín Alsa aceptó, la confirmación de su deterioro físico. Alguno se preguntaría: ¿cuántos amantes? ¿Cuántos? Nadie lo sabía, era un secreto de Estado, solo ella y tal vez su esposo. O… ¿era más una fama que le perseguía envuelta en su ambición para ascender en la escala social? O… ¿era el precio del reconocimiento?

Le tome la presión, me miró, se animó a decir: ayer me descompuse. El pretendía ver –dijo refiriéndose a la visita de Alsa, aquellos recuerdos, aquellas noches del pasado verano. Y pensé: tú,  Martín, tú, me confirmas lo que yo presiento. Ahora que entraré en la historia, y tal vez muestre mis debilidades. Me cuesta alzarme, la tos me altera, me pone histérica, esta tarde siento en mi cuerpo los últimos días. ¡Está enfermera estúpida me observa! Ella sabe que mis pulmones van a estallar. Está tarde tengo menos nauseas, ¡si hasta tengo fuerzas para hacer un buen discurso! ¡Estos militares…! Regresa el asco, hoy tendré que hacer un gran esfuerzo, es el último para mi pueblo, el último para mí General. ¡Los oligarcas van a sentir mi látigo! La impotencia me abruma. ¡Porque me ha tocado!, soy joven, estoy en mi mejor momento. ¿Quién ha querido castigarme? Este cáncer se ha pegado a mis pulmones, no espera ni un segundo, desea matarme. ¿Será un castigo divino? ¿Habrá sido por mis infidelidades? No…, esas relaciones me daban fuerza en los momentos difíciles. Eran cobardes, solo aspiraban a poseerme, pero, yo les hacia hincarse, unirse debajo, nunca subirse, nunca tocarme. Mi General era distinto, él se acercaba y me susurraba. Era brioso y dulce. Solo debía esperar y su boca rozaba mis senos, solo él era capaz de hacerme perder, de unir su cuerpo y el mío y… ya jadeante ¡gritar! Era tan… tan guapo. Sus labios me mordían y aunque pesado, me encantaba aguantarle.

Aún recuerdo los primeros días en el Ministerio de Trabajo, cuando nos encerrábamos los dos solos. Este cigarrillo… ¡me va matar! La tos regresa, me envenena. ¡Esta estúpida, quiere inyectarme! No tengo fuerzas para resistirme, la droga me tranquiliza. Debo levantarme e ir hacia la ventana, necesito, deseo ver el día.

Oigo pasos. ¿Quién se acerca? Es el General, me pregunta:

_ ¿Estás bien?

_Me duele el cuerpo, pero, hoy deseo hablar…

El General le ayuda a ponerse de pie. Avanzamos por la salida hacia el comedor. La sujetan para bajar las escaleras, un coche negro le espera.

Le suben en el asiento trasero, a su lado se sienta la enfermera, delante el chofer y el General. Ella va en silencio, respira jadeante, pide otro cigarrillo, se lo acercan a su boca, aspira, el humo surge desde su nariz, aguanta, crece la tos. Al detenerse el coche, la retiran del asiento y entre dos la suben al primer piso. Se desmaya, le vuelven a dar oxígeno. Tal vez, por una cuestión de estado ella debe hablar, debe renunciar a su candidatura. Un largo debe carga sobre sus hombros mientras su intimidad es transferida al Estado. Los militares no permitirán otro desplante. Pasados unos minutos se recupera, la acercan hasta la sala que da al mitin. Con cuidado, la colocan al lado del General en el filo del canto de la balconada. La plaza está llena, una muchedumbre áspera, fuera de sí, gritan su nombre.

El General se pone detrás, mientras se reanima, temblando, a medida que habla, surge su nervio. Es la única capaz de hacer callar al país, la única capaz de imponer el silencio a los uniformes. Una advenediza, aquella actriz de segundo orden, se inflama, se vuelve exultante. Les emociona hasta las lágrimas. A la prole, a los obreros. Sola, es capaz de despertar el odio de clase de los burgueses, el resentimiento de los oligarcas. No pueden tolerar su lengua, mordaz, de un país de descamisados, de insolentes. No pueden aceptar a este monarca popular, a esta ramera, que les recuerda desde su lecho de muerte las obligaciones que ellos no están dispuestos a cumplir ¡Los derechos! ¡Los derechos! ¡Qué insolencia! Ella pretende ¡ser vicepresidenta! Exclamaban a su paso, por detrás, en sus periódicos, en la propia ducha cuando están solos, para desmerecerle.

 

Mi General, ¡ayúdame!, sostenme un momento. Siento murmullos, ¡hay demasiados militares esta tarde! Presiento que las presiones dirigidas a mi marido son más fuertes de lo que intuía. Voy acercándome al micrófono ya oigo a mi gente, la plaza está llena. Me late el corazón; está a punto de salirse, ahora me escucharán…

¡Compañeros!. ¡Estoy aquí! He pensado mucho en todos, en mi General, en nuestro querido país. No existe la revolución peronista sin Perón. ¡Ustedes deben defenderlo! Yo, quiero presentarme a la vicepresidencia, pero… mis fuerzas no me acompañan, ¡es necesario que otro ocupe mi sitio!… Siento que regresan mis sudores.

¡Compañeros !…
Miro el reloj y casi se acerca a la hora de estar hablando. Se despide, se vuelve hacia él. Este la retiene y la abraza. Siente que ha lo ha dado todo de sí, sonríe y levanta sus brazos, los acerca a su boca, baja las cejas, sus pupilas se mueven con rapidez, retira las manos de sus labios, abre los brazos nuevamente y en un gesto los lanza al público. La plaza se derrumba, la histeria es una energía que une a cada uno de los presentes. Le veo recostarse en el General. Los militares al verla aparecen lívidos, no pueden creer que aquella mujer esté a punto de morir. El pueblo le obliga a despedirse nuevamente. Los ojos del presidente miran a la enfermera. Acercan una camilla. Ella se retrae, quiere esquivar el camastro y retirarse por su propio pie. La sostienen entre varios, la dejan caer recostada, el balcón queda vacío. Ella se inclina, gira su cabeza y vomita. Aquello solo es líquido, solo espasmo. En su interior, no hay más que sangre ocupando sus pulmones. Se la llevan, él viejo caudillo se vuelve sobre sí mismo. La ambición le ha devorado, sus pupilas están enfermas de orgullo. Él sabe que solo queda prepararse para resistir. Él sabe que el recorrido de su gobierno será efímero, apurara estos años antes del exilio. Al salir, el General busca entre sus bolsillos, sus dedos acarician un fino hilo de oro. Una mueca de sonrisa se eleva con un ligero quiebro de su mentón, acaba de recordar que aún es capaz de anudar aquel hilo, en sus ratos libres, al pecho frívolo de sus jovencitas.

 

Rosa se detuvo en su relato. Martín estuvo en silencio mirándole. El dueño del bar movía su bigotito en la barra. Ya era tarde, ¿podía haber algún otro recuerdo que le interesará? Antes de despedirse, pudo oír algo más:

_La madrugada del 25 al 26, antes de fallecer al día siguiente, hubo un momento que salió de su sopor y la acompañe al lavabo. Se lavo las manos y mirándose al espejo dijo:

_Me queda poco y yo le dije: “si señora falta poquito para ir a la cama”. Ella me contesto:

_No, Rosa, a mí, me falta poco. (2)

 

Página web de la novela

 

Notas:

(1) El fernet es una bebida alcohólica amarga del tipo amaro elaborada a partir de varios tipos de hierbas (mirra, ruibarbo, manzanilla, cardamomo y azafrán, entre otras), que son maceradas en alcohol de uva, filtradas y añejadas en toneles de roble durante un período que puede ser de 6 a 12 meses. Posee un color oscuro, un aroma intenso y su graduación alcohólica está comprendida entre 39 y 45 grados dependiendo de la marca. En un principio, el término “fernet” se integraba con la marca de origen italiano Branca, pasando luego al uso común para designar genéricamente al producto.

 

Originalmente era sólo una bebida digestiva pero actualmente suele servirse como aperitivo antes o como digestivo después de una comida, también puede servirse con el café y el café expreso. Si bien puede consumirse puro, dado su sabor y contenido alcohólico normalmente se bebe combinado con soda, agua mineral o mezclado en cócteles, en especial con bebida cola. Debido a su lista de ingredientes pueden prepararse una serie de remedios caseros con fernet para el tratamiento de dolencias que incluyen molestias menstruales y gastrointestinales, resaca, cólicos del bebé, y (anteriormente) el cólera. Fuente Wickipedia

(2) Declaraciones de la enfermera de Evita Perón.

Martín Alsa desayuna en Barcelona en 1944 (003/a)

 

 by j re crivello

 

Miguel Ángel destapó su ataúd, se irguió, empujó suavemente la tapa del nicho, un ruido ácido escapo, la puso en un costado, y con su cuerpo pequeño levitó en dirección a la puerta de salida. Atrás quedaban el entierro, las lágrimas, las lamentaciones. Llevaba un traje estrecho, de niño de 2 años, de color blanco y corbata negra. Sus zapatones hacían juego en el mismo tono. Su padre espiritual  era Viracocha, el Dios / Rey blanco de los  Incas que había vivido en Tiahuanaco.

Él sentía que hacía aquel sitio debían dirigirse todos los Monjes Blancos que dormían el sueño de la tortuga. Viracocha estaría allí, lo presentía. Mientras volaba a Barcelona, pensaba en su alter ego. ¿Dónde le hallaría? Su silencio le inquietaba. Tantas veces había intentado conectar, pero no recibía respuesta. La noche era fría, sentía que su físico pequeño y frágil estaba alumbrando el regreso a la isla mágica. Nada podía fallar esta vez, las dos mitades se aproximaban. Delante de su cara le guiaban dos ojos brillantes y una cabellera ondulada blanca, era Ludovico, quien asentía, era su maestro señalándole el regreso.

El relato mencionaba como Viracocha, después del desastre de la Atlántida, había intentado fundar un nuevo reino en Tiahuanaco, allí estaría el sueño de los Incas. A ello se había aplicado, ellos le habían recibido como el señor que les liberaba de la esclavitud, ellos habían sentido como el conocimiento les era transmitido. Para Viracocha la oscuridad no podía acabar con el nuevo reino. Él sabía que las dos mitades solo podrían unirse si la tortuga despertaba. El sueño de la razón, el sueño de la tortuga  era largo y tortuoso.

El había intentado visitarla  junto a otros hermanos, pero todos habían fracasado. Cuando Miguel Angel le avisó que había visto al niño y éste estaba debajo del perro blanco, había presentido que aquel día se acercaba. La tortuga despertaría cuando ese niño  fuese mayor y estuviese preparado para reconstruir el reino de la abundancia. Pero: ¿quién sería la persona capaz de mantener viva la luz? La Mirada le decía:

_El irá cuatro veces a verle y le contará relatos. Le guiará desde el sueño a la vigilia.

 

Mientras las guerras que impulsaba en el reino aumentaban su poder y el Imperio se expandía, la Gran Serpiente emplumada se vestía para el día  señalado con su traje de guerrero, mientras empuñaba sus dos espadas en posición vertical, el ritual que expresaba amistad, hasta cierto límite.

Llamó a un ayudante, ordenó que buscasen dos mujeres y las llevasen hacia la plaza ceremonial. Las cubrirían de joyas, les vestirían de rojo y dorados. Había decidido enviar una señal a los dioses, presentía que vendría una expedición que acabaría con su civilización. Los Atlantes cuestionaban su reino. Con estas muertes, debía hacerles saber de su poder. Su reino había ganado para este pueblo la satisfacción de una vida comunitaria regida por un Dios que les protegía. ¿Qué había de insensato o maldito en este sistema que él y sus descendientes habían creado? La Mirada no entendía los años de esfuerzos para crearlo. El liderazgo moral que Ludovico ejercía le fastidiaba.

Desde lo más alto de la sala donde se ejecutaría su orden la Serpiente Emplumada destrozaría a la Mirada, destrozaría a Ludovico. Se habían acabado tantos años de espera,  ¡está era la Atlántida y así el sacrificio lo determinaría! En su cabeza apareció un Pez vestido de color marrón, llevaba unos ojos verdes. Se movía en una charca desde la cual se sumergí. Viracocha se sintió protegido, su reino no sería destrozado por los bárbaros de la Cruz.

 

 

XXX

 

_ Nuestro hombre es Martín Alsa mi Almirante.

_ ¿Quién es?

_Es un banquero de Buenos Aires, nos lo ha presentado un amigo común, él le lleva sus intereses para Europa.

_ ¿Estaría dispuesto a entrevistarse con nosotros?

_Sí. Hemos contactado. Si Ud. lo autoriza arreglaré una cita en Madrid. Le parece bien, el ¿12 de Noviembre? de 1944  en el Hotel Austria. Él dirige los cargamentos de trigo de Buenos Aires a Madrid para el gobierno de Franco.

_ ¿Qué garantías nos ofrece? –pregunto el Almirante.

_Este hombre no es ni blanco ni negro, es un puente. Pero es fiable al 100 %. Solo le interesa su negocio.

_ ¿Cuánto cobra?

_El 2 % del cargamento en francos suizos o en oro. Pero, le atrae una idea: conocer dónde están algunos libros de la Biblioteca de Alejandría.

_ ¿Cómo?

_ Si él tiene un particular interés y piensa que el Furher posee alguno de ellos.

_ ¡Tú sabes que es imposible decir dónde están sin la autorización del Fuher!  ¿Cuál es el origen del interés? ¿No deberíamos dudar de la propuesta? Se hizo un silencio y reflexionó unos instantes. Se sirvió una copa de coñac. Le gustaba el coñac español, decía que le ayudaba a pensar. Levantó el mentón,

y se pasó la mano por la barriga, dándose la vuelta, dijo: dile que sí, para la entrevista y el 2 %. De lo demás –de esos libros- dependerá del humor del Furher y nuestra salida de Alemania. Primero el porcentaje y luego, esa Biblioteca dentro de unos años. Luego se sirvió otra copa, encendió un pitillo y comenzó a enumerar los problemas del frente del Este.

XXX

 

Esta mañana me ha llamado la Mirada. ¿Que desea? Al golpear su puerta aún recuerdo la maleta que me entrego hace unos años. El sol se resiste a salir, hace frío. Este invierno de agosto del 1944 es seco y ventoso. Abren la puerta, su mayordomo me acompaña a través de las habitaciones, su casa parece un cubo tridimensional, cada canto de una pared desemboca en un espacio diferente. Hace años que no le veo. Llegamos a la cocina, al entrar veo su sillón, antiguo, verde. Sin girar su cabeza levanta su mano haciendo un gesto para que me aproxime. Al sentarme a su lado coge mi mano izquierda y la aproxima, siento sus dedos fuertes, huesudos hundirse en mi palma, no me mira. Ambos estamos de cara al exterior. Comienza a hablar:

_Ellos están perdiendo la guerra en Europa, su Imperio se derrumba. Los nazis buscan una salida, nos pedirán ayuda, y allí estaremos… Hace una pausa y tuerce su boca. No temas, ellos no saben quiénes somos, tu tarea es abrir el camino para que algunos escapen hacia América. Recibirás una llamada de Ella, para que contactes con el ayudante de Hitler. Se llama Gluecks, este General dirige la Oficina Principal de Administración Económica del Reich. El desea transportar oro y personas para América  y Ella por orden de su marido te buscará para hacer de puente. ¿Qué nos interesa? -la pregunta retórica habría hueco-. A través del dinero –prosiguió-, que recibirás en comisiones, deberás proteger los libros de la Biblioteca. Se detuvo un segundo, para proseguir con más énfasis: pero debes obtener un compromiso que nos reintegren esos libros. Pensamos en un volumen valioso que allí debe estar, algunos le llaman el Libro del Saber. No muestres interés en su recuperación, solo el necesario. Probablemente veas al Fuhrer, ten cuidado. El es la sinrazón, el rey de las serpientes. Se halla muy excitado, y conoce que se aproxima su fin. El no sé salvará, pero su tarea consiste en aniquilar a millones de personas. Los Monjes Blancos le vamos a derrotar, pero parcialmente, pues el Imperio del Este se salvará. Se detuvo un segundo y antes de seguir intento que pusiera mucha atención en lo que diría a continuación: ¡no le mires directamente! En sus ojos brota una luz de muerte. En la pared que teníamos al lado  aparecieron comenzaron a aparecer unas imágenes dejando ver personas deambulando en un campo de la muerte. Un humo negro surgía de unas chimeneas  y  un olor atroz, a carne quemada impregno la habitación. Una voz suave continuaba: ¡lo que sientes es el placer del hombre dando muerte a hombres! Es la miseria del Despotismo Asiático. Luego explico como el reino de la Atlántida sucumbió en la lucha de Anapsilon y Tessonis. Hoy  en Alemania  y en Rusia reina Anapsilon. Por primera vez La Mirada, giró su cabeza  y me miró, sus ojos me envolvían. Era capaz de sentir el mar, donde un pez verde saltaba en su superficie. Luego veía un hombre, oscuro, calvo, su mirada de horror me invadía. La Mirada desbrozaba el camino diciendo: ese es Gluecks. Veía detrás de él a tres matones vestidos de la SS que protegían al Mariscal Goering. Los ojos de la Mirada comenzaban a cambiar, se transformaban en una tortuga, hundiéndose hasta cerrarse.

Me puse de pie, quería irme, le saludé. Al gírame para verle nuevamente, su  sillón  estaba ocupado por una nube azul. Trastornado salí de la habitación mientras me acompañaba el mayordomo, al llegar a la salida me entregó el abrigo y el sombrero. Le miré, y dijo:

 

_La nube cubre el sol, el sueño de la razón está por vencer a la oscuridad en Europa, de ti depende que los libros del conocimiento regresen a nuestro poder.

Me despedí, al salir a la calle, ya era de noche, me detuve en un Kiosco de revistas, compré el último periódico, su titular decía:

Las tropas aliadas desembarcan en Francia. Subí a mi coche y me dirigí hacia casa, debía esperar noticias. No podía apartar de mis pensamientos aquel olor repulsivo. La Mirada conocía seguramente a Anapsilon,

¿Estaría a mi alcance verle algún día?

 

 

XXX

 

Ella me llamó por la tarde, habían pasado tres días de la entrevista con la Mirada. Estaba radiante, llevaba un vestido cortado y entallado de color beige con unas finas rayas intercaladas de marrón intenso, la chaqueta hacia juego en el mismo color. Cubría su cuello con un pañuelo marrón pálido. Sé acercó, la palma de su mano estrecho las mías con fuerza. Poseía unos ojos negros, seductores, siempre se desplazaban, agitados, nerviosos. ¡Buscaban la complicidad del visitante! Dijo:

 

_Hola Martín! ¿Cómo estás? ¿Y el banco? Respondí:

_Bien. Me dejé acompañar por ella hacia un sillón al costado de la sala donde diariamente trabajaba.

_Tengo una tarea para ti. Me aparte un poco, -su cercanía me turbaba-, fui hasta las bebidas y me serví  un vaso de whisky.

_Dime, exclamé intentando disimular.

_Mira –expreso ella acentuando con sus cejas lo que vendría a continuación-, debes visitar Madrid y entrevistarte con un enviado de Hitler. Su nombre es Gluecks, probablemente el te lleve a Alemania  y de allí le acompañes para un traslado de un cargamento de oro. ¡Cómo comprenderás esta operación es secreta! El General está a punto de declarar la guerra a los nazis, pero ello no debe distraerte, son las presiones que ejercen los americanos. Es la única manera de proteger los intereses del Eje. La situación en Europa es muy complicada, inclusive para el gobierno de Franco. El final de Mussolini ya nos avisa de lo que puede ocurrir en el futuro. En esos contactos, nos deben procurar, atraer la mayor cantidad de oro y arte que ellos deseen salvar. También les confirmarás que permitiremos a su gente instalarse en nuestro país, siempre con la más absoluta discreción, ello incluye una cantidad de pasaportes, nuevos nombres y ciudadanía.

_ ¿Hasta que limite de…? –pregunte.-

_El General confía en ti. Los acuerdos nunca deben ser por escrito, ni existir contratos ni recibos, debemos basarlo todo en nuestro prestigio y por supuesto en nuestro mejor banquero –su mirada dio un giro de complicidad al mencionarme-. Estaba esplendida, esa mezcla de autoridad  e interés me excitaba. Ella prosiguió: tu ingresarás una parte del dinero a nombre de alguno de ellos y la otra parte a nombre nuestro -del General y del mío-,  en Suiza, España y en tu banco. De nuestro importe descontarás tu comisión. Ellos proponen que sea el 2 %. Se detuvo nuevamente y frunciendo su frente con extrañeza, me pregunta: ¿caerá Franco? Sin dejarme responder, le escucho decir: el General dice que no. El General, siempre metido en su boca –pienso con cierto hastío-. Él opina –sigue hablando arrolladora- que su juego doble con los nazis y los americanos le salvarán. Sobre este punto, nos interesa un informe cuando regreses. Hizo una pausa, fue hasta la ventana, de cuerpo sencillo sin grandes formas, el genio atraía a cualquier mortal.

Ellos te recogerán en Madrid, para el retorno proponen que sea en submarino para evitar el bloqueo anglo-americano. Tu nombre en Europa será el de Atarulfo Itenias, te hemos preparado un pasaporte. Esta operación debe ser realizada ahora que somos neutrales, luego, cuando declaremos la guerra al Eje, me temo que Hitler no estará de tan buen humor. Aunque esta salida está avalada por el Furher, nuestros contactos opinan que puede cambiar de opinión en cualquier momento. Se tomó un respiro, cogió un pitillo, lo encendió tragando su humo, se disponía a seguir, pero pregunto: ¿Necesitas algo más?

_Nada –respondí-, debo repasar mi alemán, lo tengo un poco descuidado

_Temo por tu vida. Aquella confesión, la sentí muy intima. Le hubiera dicho que lo dejara todo, pero me resigne. Ella continúo imprimiendo más intimidad: sin tu compañía, solo me queda el General… ¡y está en otro mundo! Acércate un poco, déjame… Tal vez sea la última vez. Fui en su busca, no podía resistirme, sentía su perfume, pero solo podía aguantar en silencio, era para mí un reposo, una cálida compañía en la vorágine que resistía desde hace años.

Le dije en un leve susurro:

_Recibirás noticias. Llegarán a través de una partida de sombreros que enviaré desde Barcelona.

Se puso de pie, su personalidad ya había cambiado, su afán de poder le dominaba. Me extendió la mano para despedirse. Yo dejé el vaso a un costado, me acerqué hasta ella, intenté besarle en la mejilla, pero se apartó. Antes de salir regresando a lo profesional, dije:

_Por lo que dices, el cargamento es muy importante. Sus ojos brillaron y

respondió:

_Algunos no disfrutaremos de esa riqueza… Me giré, al llegar a la puerta, la entreabrí. Un frío que venía desde atrás me heló la espalda, no sé porque sentía que la muerte ya estaba instalada allí dentro. ¿Le volvería a ver?

Me fui directamente hacia el banco, debía darme prisa, le pedí a mi secretaria  que preparase un billete de Pan Am para Madrid. Llamé a mí

ayudante, Ismael entró en mi despacho, le hice sentarse y dije:

_Debo ausentarme a Europa, tienes que llevar tú las decisiones, solo podrás contactar a través del correo con Barcelona cada 15 días. Usa pocas palabras, me interesa que cuides de dos aspectos, las decisiones más importantes del banco y la situación del gobierno. ¿Tienes alguna duda? –pregunté-.

_ ¿Por cuánto tiempo se va?

_No tengo ni idea. Dos o tres meses quizás. Observé en Ismael la sagacidad de quien intuye que los mejores negocios se hacen en los momentos de crisis. Le había elegido como mi mano derecha, porque era un cerdo, vamos… quiero decir, porque su familia animal le permitía moverse en la suciedad y alimentarse. Solo le exigía que lo hiciese dentro de la ley. Las tortugas envidiábamos de los cerdos esa capacidad para obtener rendimientos de todos los deshechos que dejaba la sociedad, y con la particularidad de transformarlos en energía.

Llegué a Barcelona en setiembre de I944, el otoño se aproximaba con su suave brisa. Me alojé en el Hotel Suizo y le hice llegar al de la sombrerería un mensaje confirmándole mi estancia. Él me respondió como siempre de una manera enigmática:

 

_La Mirada te anuncia: ¡ten precaución con tu entrevistado, está disgustado y solo desea el fin!

1925: Martín Alsa llega por primera vez a Buenos Aires (002)

by j re crivello

Mi padre siempre fue prisionero del temor, del autocontrol, por ello no triunfó. Los últimos años de su vida -aún le recuerdo-, andaba cojo, su cara alargada, su cabeza grande y una nariz debajo recta incrustada en sus ojos negros. El miedo le comía. El último día le acompañé, buscaba complicidad, me dijo:

_ ¡Cuida del negocio! Le notaba preocupado. Cuida de la luz decía. Hablaba de un tal Atarulfo Itenias o Martín Alsa, de forma inconexa. Esa tarde caminamos cerca de Plaza Cataluña, estaba ido, murmuraba, a momentos se agitaba. Detuvo el paso se apoyó en la pared, con desparpajo comenzó a entonar una cancioncilla:

Las putas en América,

Se fríen en su salsa

tan entretenidas, tan entretenidas

en el asco… La tos le cortó la entonación. Le sujete por el hombro, buscamos un bar, se sentó, pedimos un café. Temblaba, acerco la taza y bebió. Se puso rojo, le levanté, parecía a punto de explotar, se cayó sobre la mesa, me acerqué, intentaba decir algo, puse mí oído sobre sus labios, y fui capaz de escuchar:

_ La Atlántida. Se desplomó y cayó muerto. Le recogimos y le llevamos hasta nuestra casa. En aquellos últimos años, sus preocupaciones habían ido en aumento. Decidí vender la tienda. El comprador tenía ojos de víbora, su ponzoña infectaba su cuerpo. Ni siquiera abrió la tienda, despidió a los trabajadores y desapareció. Me aterra pensar que ese fuese mi primer contacto con ellos. Cogí su dinero, sentía como se escurría entre mis manos, le dije al del banco:

_ ¡Cuéntalo tú! Antes de salir del notario, su firma transmitía una sensación de victoria. Al adelantarse para bajar la escalera, observe como en su espalda, en la parte baja, una larga cola viscosa se movía y golpeaba febrilmente contra el suelo. La tarea de tantos años -de mi padre- al cuidar la luz le había consumido.

Cada vez el horno donde hacíamos los sombreros calentaba más débilmente. Y le angustiaba, y cada vez se encerraba más, detrás de las estampas de Cristo y la religión. Por las noches le sentía pronunciar el nombre del Indiano que le vendría a salvar. Solía decirlo lentamente arrastrando sus letras M-a-ar-tín Alsa. En mi caso no acababa de conectar con la luz y aquella responsabilidad. El día que el comprador entró en la tienda, yo intuía que venía a cerrarla, a apagar el horno.
El día que entré en su tienda, sabía que era mi contacto ¡estaba muerto de miedo! Me saludó con cortesía, se veía en él un buen hombre, una ligera cojera del lado derecho. En Buenos Aires me habían dicho: “ve a Barcelona y compra sombreros”. Bajé del barco y no sabía por dónde comenzar, existían 5 fábricas. Las visité una a una, en todas, los dueños eran siniestros. Lo percibía en sus ojos, me ofrecían todo tipo de modelos. Eran seres triunfadores, seguros de sí mismos, no entendían más que de pesetas, de negocio. ¿Cómo le reconocería? Me habían dicho que debía buscar en su mirada, la tristeza, el dolor, la duda. Y fue más fácil, al visitar el quinto negocio y abrir la puerta, dije:

_ ¡Buen día! ¿Qué desea? –preguntó-.

Le contesté:

_Vengo a ayudarle a mantener la luz. Se asustó, retrocedió hasta una entrada, me invitó a acompañarle, dijo:

_Voy a preparar un café. El no aceptaba tener que mantener el fuego, no deseaba para sí la tarea, ¡sé rebelaba! Decía que su padre le había mentido en esto, le había dicho que el fuego se alimentaba solo, no era capaz de entender que aquello no había sido una traición. Intente convencerle que su tarea era mantener dentro de sí, sus convicciones. Que la cabeza y la copa del árbol, en cuanto unieran sus dos mitades, la luz se alimentaría sola. Si no vendría la derrota y el reino de Tessonis. Él asentía, pero en su interior se rebelaba, no podía aceptarlo, su esfuerzo algún día se rompería. Mi tarea consistía en visitarle regularmente, comprarle sombreros, y mantenerle en su sitio. Le vi varias veces durante aquellos años. El viaje era terrible, me quedaba regularmente un par de días. Él solía decir, ansioso, cansado:

_ Martín ¡quédate!

Cuando hice mi primer viaje fue porque me llegó un mensaje extraño:

_La luz se apaga, ¡ve y convence al de Barcelona! Yo pensaba, ¿dónde estará esta ciudad? Repase los mapas, no fue difícil encontrarla. Pero no pude menos que exclamar: ¡Y este cabrón quiere que le visite porque no sabe estar en su sitio! La tarde de julio en que fui a comprar los billetes hacía frío y llovía. El que me los vendió, dijo en tono enigmático:

_ ¡Date prisa que se muere!

XXX

Había llegado a Buenos Aires hacia el 1925. Mi rostro aguantaba una nariz pequeña, de frente abierta, con unos ojos negros, un poco achinados. Las cejas pobladas me conferían un aire entre judío y mafioso. De complexión fuerte y más bien bajo, de orejas redondas y anchas, más de una vez, al cruzar una frontera, me apartaron para el control, pues les infundía temor y duda. Mi nombre Martín Alsa. Mi padre me había bautizado con un nombre americano. ¡De película! Recuerdo que al llegar, Buenos Aires era una ciudad horrible, donde se mezclaban hasta 15 idiomas diferentes. Más de la mitad de los habitantes eran extranjeros a quienes el hambre les empujaba desde Europa. Para ellos, América era el futuro, la esperanza, una nueva vida. Del tópico se pasaba a la realidad, y esta era dura, una ciudad donde millones peleaban por la supervivencia. La estación de Constitución era un monstruo de hierro en el cual el interior vomitaba a miles de persona, siempre recuerdo sus apartados, donde un cartel ponía “salón de señoras”, y uno intuía un botín fresco de amores aun por nacer. En las largas avenidas los arboles daban un aspecto fresco y vital; y la agitación que les daban esos autobuses recién estrenados, uno de ellos el que me llevaba a Plaza de Mayo, con la matrícula 310059; o el puerto, lugar febril de ida y venida a Europa. En el primer hotel que estuve -El Continental-, ubicado en la Boca, barrio de italianos, las peleas nocturnas llegaban hasta mi puerta. Había cumplido 16 años, y no llevaba encima ni un centavo. El pasaporte era una falsificación de un primo que me agregaba tres años. Comencé a trabajar de ayudante de camarero, y era tan desastroso que todos los días la furia de mi patrón le llevaba a empujarme contra la pared y alzarme casi 1/2 metro del suelo. Por la noche regresaba exhausto a mi litera, allí solo estirado era capaz de imaginarme en un barco que se mecía sobre la furia de las olas. Fuera las putas y cafishos, se mezclaban con la clientela en busca de sexo.

Al llegar llevaba una fotografía de la persona a quien debía contactar, sin dirección, ni ninguna pista. Solo un rostro entre millones de habitantes. Él me daría protección y un mensaje. También me diría mi tarea.

En una de las primeras noches, había visto bajo mi cama unas luces amarillas, aquella visión se me había ocurrido interpretarla. Pregunté en varios sitios, todos respondían: -el Jockey Club-. Era el lugar de moda, donde los ricos mostraban su poder, imaginaba que allí estaría a quien buscaba. Al no poder entrar, decidí ir donde tiraban la basura, golpeé la puerta. La abrió un gigantón, huraño, su voz seca, me escamo con un grito:

_ ¡No hay comida! ¡Busca en los cubos!

Le miré y saqué mi furia:

_ ¡Vengo de parte de Luis Filippi, el de Savona! No puse decir nada más.

_ ¿Qué quieres? Preguntó.

_Busco trabajo. Se retiró un poco hacia atrás, y volvió a gruñir: ¡Pasa! Vienen muchos mentirosos todos los días! –agrego-.  Hoy necesito un fregaplatos, ponte el delantal y trabaja… Estuve allí hasta las 4 de la madrugada y salí frito, vamos, casi muerto. Al llegar al hotel me tiré en la cama, esa noche no escuché a nadie. Había cumplido mi objetivo, estaba dentro, ahora debía encontrar al padrino.

XXX
_Dime chico: ¿Cómo te llamas?

_ ¿Yo? Pues, Martín Alsa.

_ ¿De dónde vienes? De Italia.

_ ¿Cuánto hace que has llegado? Hace un mes.

_Mira te pagaré 6 pesos al mes (1), más la comida, y todo lo pase por delante de tus ojos al salir de aquí no existe. El día que tú te vayas de la boca, paliza y calle. ¿Entendido? Su expresión al girar la mano fue explícita.

Alrededor de la montaña de platos, me giré, al fondo en unas escalinatas, se asomaba un hombre delgado, de tez blanca, nariz fina, el cabello rizado. Tendría muchos años. Iba vestido con un traje gris y una camisa azul con corbata roja. Me recordaba el de la fotografía. ¿Sería a quien buscaba? pero estaba muy consumido y con 50 años más. Hablaba con el Jefe de Cocina, a su alrededor se formaba un corrillo. Estaba estupefacto, sudaba, deseaba salir corriendo y decírselo. No sabía qué hacer, él abrió la puerta y se marchó.
¿Regresaría otro día?  ¿Debía preguntar por su nombre? Era bastante tarde, tal vez la una o dos de la madrugada, deje los platos, marché hacia el lavabo. Cuando estaba orinando, sentí una sombra que se colaba a mi lado. Me di vuelta, ¡Era Él! Parecía más pequeño, su nariz era larga, sus ojos hundidos y el cabello rizado bastante brillante. Le miré, un cierto temblor, se escoro a la derecha, él me observó y dijo:

_Tranquilo chico, ya estás aquí. Me alargó un papel, y dijo: esta es mi dirección, te espero mañana a las 10, en mi casa. Deja los platos, eso es para un pobre diablo. Se percibía un aura. Regresé a mi trabajo, en toda la noche no pude apartar de mi el recuerdo de su mirada tan directa. Al terminar de trabajar y antes regresar a mi hotel llevaba en mis manos el papel con la dirección, lo entreabrí, ponía Pueyrredon al 3000. Antes de dejar la sala  detuve a un camarero, describí a la persona y le pregunté por su nombre, me miró, se le escapó una carcajada grande y cristalina:

_Es el dueño, ¿no lo sabes?

_ ¿Cómo se llama?

_Ludovico –contesto-. Estaba confuso, había venido a América a hacerme rico, no a perseguir un anciano de cabellos blancos.

XXX
Un maremoto formado por olas de miles de metros de altura nos perseguía, la explosión volcánica hundió la isla de la Atlántida. El cráter formado, tenía un diámetro de 13 kilómetros y cientos de profundidad. Las aguas del mar le rellenaron rápidamente y el estruendo se sintió en todo el universo
conocido. Ocurrió en 1628 A. de Cristo. Aún recuerdo ver como se hundía el palacio donde estaba mi padre. Días antes nuestra posición, en la lucha con los monjes negros se había debilitado. Ellos habían logrado separar las dos mitades, la raíz de la tierra y la cabeza de la copa del árbol. Mi padre me previno, a partir de ese momento seria La Mirada, y debía emigrar. En él

centro de la Atlántida, se elevó una montaña, de ella empezó a surgir fuego y cenizas. Mi padre sopló en mis ojos y me eleve por los aires alejándome. Su mirada me despedía con un murmullo… busca la luz.

La isla estalló, su violencia cubrió las nubes y solo fue posible escuchar la música, la risa, Ellos ya dominaban la Tierra. La Atlántida se convirtió en un foso donde el fuego, la lava, y el agua le cubrieron. Estaba atónito, comencé un viaje que me llevaría hacia América. Nadie volvería a hablar de nuestra Isla hasta Solón y luego Platón. La Mirada emigró. Mi despertar fue en el cuerpo de Ludovico. Su fuerza interior, permitió contar lo ocurrido: la muerte de la Casa de la Luz.

Notas:

(1) El gasto público en la provincia de Buenos Aires (1914/1940) http://eco.mdp.edu.ar/cendocu/repositorio/FACES_n2_27-47.pdf

(2) Atlántida (en griego antiguo Ατλαντίς νῆσος, Atlantís nēsos, ‘isla de Atlas’) es el nombre de una isla mítica1 mencionada y descrita en los diálogos Timeo y Critias, textos del filósofo griego Platón.

Los escritos de Platón sitúan la isla «delante de las Columnas de Hércules»;2 la describen como «más grande que Libia y Asia juntas»,2 y la señalan como una potencia marítima que 9000 años antes de la época del legislador ateniense Solón habría conquistado gran parte de Europa y el norte de África, siendo sólo detenida por una hipotética Atenas prehelénica, después de lo cual habría desaparecido en el mar a causa de un violento terremoto y de un gran diluvio, «en un solo día y una noche terrible».3

Otros

En la Antigüedad

Se conservan algunos párrafos de escritores antiguos que aluden a los escritos de Platón sobre la Atlántida. Estrabón, en el siglo I a. C., parece compartir la opinión de Posidonio (c. 135-51 a. C.) acerca de que el relato de Platón no era una ficción.23 Un siglo más tarde, Plinio el Viejo nos señala en su Historia Natural que, de dar crédito a Platón, deberíamos asumir que el océano Atlántico se llevó en el pasado extensas tierras.24 Por su parte, Plutarco, en el siglo II, nos informa de los nombres de los sacerdotes egipcios que habrían relatado a Solón la historia de la Atlántida: Sonkhis de Sais y Psenophis de Heliópolis.25 Finalmente, en el siglo V, comentando el TimeoProclo refiere que Crantor (aprox. 340-290 a. C.), filósofo de la Academia platónica, viajó a Egipto y pudo ver las estelas en que se hallaba escrito el relato que escuchó Solón.26 Otros autores antiguos y bizantinos como Teopompo,27 Plinio,28 Diodoro Sículo,29 Claudio Eliano30 y Eustacio,31 entre otros, también hablan sobre la Atlántida, o los atlantes, o sobre una ignota civilización atlántica.

En el Renacimiento

Si bien conocida, durante la Edad Media la historia de la Atlántida no llamó mayormente la atención. En el Renacimiento, la leyenda fue recuperada por los humanistas, quienes la asumirán unas veces como vestigio de una sabiduría geográfica olvidada y otras, como símbolo de un porvenir utópico. El escritor mexicano Alfonso Reyes Ochoa afirma que la Atlántida, así resucitada por los humanistas, trabajó por el descubrimiento deAmérica.32 Francisco López de Gómara en su Historia General de las Indias, de 1552, afirma que Colón pudo haber estado influido por la leyenda atlántida y ve en voz náhuatl atl (agua) un indicio de vínculo entreaztecas y atlantes.33 Durante los siglos XVI y XVII, varias islas (AzoresCanariasAntillas, etc.) figuraron en los mapas como restos del continente perdido. En 1626, el filósofo inglés Francis Bacon pública La Nueva Atlántida (The New Atlantis), utopía en pro de un mundo basado en los principios de la razón y el progreso científico y técnico. En España, en 1673, el cronista José Pellicer de Ossau identifica la Atlántida con la península Ibérica, asociando a los atlantes con los misteriosos tartesios.34

Época moderna

No será hasta la segunda mitad del siglo XIX, que la historia de la Atlántida adquiera la fascinación que provoca hasta hoy en día. En 1869, Julio Verne escribe Veinte mil leguas de viaje submarino, novela que en su capítulo IX describe un alucinante encuentro de los protagonistas con los restos de una sumergida Atlántida. Tiempo después, en 1883, Ignatius Donnelly, congresista norteamericano, pública Atlántida: El Mundo Antediluviano (Atlantis: The Antediluvian World).

Fuente Wickipedia

30 abril 1945: Martín Alsa escapa de Berlín

Berlín 1945

by j re crivello

 

«Producía el efecto de carecer de esencia. Estaba muerto, vacío»,   -concluye  Abert Speer refiriéndose a Hitler.

 

Me despertaron a las 5 de la madrugada, me afeité y me lavé, de la tensión, el peine pasaba por el cabello con dificultad. Presentía el riesgo, mi sentido común era mi ayuda. Se presentó un General, me acompañó hasta un Volkswagen aparcado sobre la acera. El viaje hasta el refugio duró quince minutos, al llegar se veía el incendio de varios edificios, íbamos directos a la Cancillería. Intente ver a Speer, pero no estaba por ningún sitio. ¿Habrá desertado? Bajamos por un pasadizo hasta el bunker. Estaba todo destrozado, algunos oficiales corrían, otros dormían del alcohol de la noche pasada, o guardaban papeles en cajas (¿con que fin?) o, los quemaban sin miramientos. Me dejaron en un cuartucho con una silla. Llevaba en un bolsillo el tubo opaco con CICUTA. Se abrió otra puerta, un oficial me hizo una señal para entrar. El sitio imponía, apenas hice un paso, un olor asqueroso me impulso hacia atrás, era de un reptil putrefacto. La situación de Hitler era insostenible. Speer(¡1) me había informado que le mantenían con calmantes debido a sus continuos ataques de ira. Di un paso para acercarme hasta su posición. Él clavó su mirada. Sobre su cabeza se movía un Pez. Aparecía en una charca y vigilante entraba y salía. Alguna vez se me apareció y esta era la confirmación de cuál era su dueño. Pero, solo había una mitad, ¿dónde estaría la otra? Desde la entrevista con Eichmann hace unos meses, siempre aparecía cortado en dos mitades en línea recta de la cabeza hasta los pies.

Estreche su mano, se le veía demacrado, debajo de sus pestañas había unas bolsas que acentuaban su vejez y la mano izquierda le temblaba ligeramente. La habitación estaba tapizada en azul oscuro, detrás de su escritorio descansaba la bandera y a su lado un retrato alto, rectangular que llegaba al techo, donde vestía una chaqueta marrón. Al llevar el flequillo peinado más inclinado hacia el lado, le daba un cierto aire patético. Me invitó a sentarme, el se mantuvo de pie, ello me dejaba en una posición incómoda. Dijo:

_Martín (2), me han traicionado, desde la última vez que nos encontramos la lucha en el Este con la ayuda de los americanos se ha decantado en favor ruso. Alemania no merece vivir (3), debe desaparecer y ser destruida. ¡No es capaz de sostener con orgullo su futuro! Él gritaba y se movía de un lado a otro, su cola de reptil batía la silla, luego la mesa. He ordenado -continuó- que el final sea radical, primero los judíos, luego los comunistas y por último los alemanes que no merecen vivir este presente. Y… Hubo un silencio, basculó de izquierda a derecha, para continuar: Ud. y yo lo sabemos. Para ello hemos de convenir -él Pez se agito- que Ud. me entregara el remedio que me ayude a acabar mi tarea y yo le corresponderé. ¡No mencionaba el objeto de nuestro intercambio! ¿No podía hacerlo? ¿Será el Libro que dicen posee en su caja fuerte? El Pez encima se estremecía abrumado. Cogí con una mano el frasco con el líquido opaco y se lo entregue, mientras observaba que el Pez se colocaba en una posición vertical. Con su mano le cogió, lo abrió y se lo llevo a la boca bebiendo con fruición.

Me dirigí hasta la mesa a buscar un vaso de agua, al girar, vi que sus ojos se movían desorbitados. El Furher descompuesto queria vomitar lo que su garganta no toleraba. Intentaba decirme algo estirando una mano. El Pez arriba de su cabeza se retorcía, aparecía y desaparecía cubierto de llagas de sangre. Le ayude para que se estirara en el sillón, mientras un hilo dorado le caía por la boca. Se bebió el vaso que le ofrecí y comenzó a calmarse. El Pez parecía no entender lo que sucedía, por primera vez estaba fuera del espíritu que le dominaba. Constate que el Furher se moría, desparramado en aquel sillón. Había cumplido mi misión a la mitad, el Pez ahora dejaba entrever en su barriga el Libro y no podía hacer nada. De improviso un león alado dio un salto sobre el Pez tirando del pergamino, este para protegerse se sumergió en el agua. En el forcejeo un trozo saltó y fue a dar en el cuerpo de Hitler, continuo rodando hasta acabar a mis pies, lo recogí y apretándolo con fuerza lo guarde dentro de mi abrigo. Un viento huracanado empezó a barrer la habitación destrozando los muebles. El retrato del Furher se soltó de la pared. El calor me sofocaba, encima de mi espalda el león clavaba sus patas mortificándome e impidiendo saliese despedido por el remolino. La violencia amainó, las garras que me sujetaban me empujaron hacia la puerta, me rehíce e intenté abrirla, al salir dos pasillos se bifurcaban. Por uno de ellos, corrían hacia mi Goering y un General, decidí escapar en el otro sentido. Detrás sentía disparos. Pude ver como uno de ellos entraba para ver el estado del Furher, y el otro me perseguía. Al llegar al final, abro una puerta ¡espero sea la buena!, al fondo hay una escalera, subo por ella, siento detrás un silbato y como aumenta el grupo en mi búsqueda. Al llegar arriba aparece el patio, no veo gente, las bombas se escuchan muy cerca. Al fondo hay un camión, ¡pero no hay ningún coche!, decido ir hasta el. Maldito cabrón: ¿me ha traicionado? Acelero el paso y me monto y lo pongo en marcha. Una ametralladora vomita fuego desde lo alto del tejado en varias direcciones. Veo a lo lejos que varios hombres arrastran el cuerpo de Hitler hasta un montículo. En mi lateral avanza un coche. ¡Será ese cerdo! ¡Es Speer! Al acercarse con el vehículo se abre la puerta, sé que debo saltar dentro y dejar que el camión se estrelle en el muro, aunque sea… con la cabeza. ¡Ya está! Speer enfila hacia la salida, la ametralladora destroza los cristales traseros, el coche golpea contra la verja de la puerta, la fuerza nos despide hacia el centro de la calzada. El logra controlar la dirección y acelera, detrás nos persiguen dos motos y un coche. Giramos en la esquina próxima ¡esto va a reventar! Un ramillete de calles se nos abre, Speer grita como un loco:

_Tranquilo Martín. ¡Berlín es mío! Sé hacia dónde vamos… La cara desencajada de Hitler por el sufrimiento de la CICUTA quemándole el vientre se me aparece, mientras Speer escapa. De repente un grito me avisa:

_ ¡Prepárate que saltaremos!

_ ¿Qué…?. ¡Cojones!. Un fuerte empujón, al abrir la puerta me deja en el cemento, el brazo y la pierna me duelen. El salta -después de mí- y rebota contra una caja de madera. Al ponerme de pie, veo que se levanta y se acerca y me coge de un brazo empujándome por una puerta que se abre. Dentro un grupo de soldados alemanes me llevan y suben en la parte trasera de un camión. El chofer lo pone en marcha y salimos del garaje por otra travesía. Viajamos aproximadamente una hora, el brazo me duele horrores. Llegamos a un descampado. Parece un aeropuerto, ya es de noche. Speer se despide, su abrigo esta desgarrado, el brazo izquierdo sangra levemente. Escupe al suelo y dice:

_Martín ¡la guerra ha terminado! Este país respira igual que en la primera guerra: ¡a desolación y muerte! Los rusos invadirán nuestro territorio, años costará reconstruir el sueño. Pero no dude que dentro de un tiempo mis edificios volverán a respirar. Me estrecha la mano, gira, para subir a un coche. El nazi de contacto me invita a seguirle hasta un avión pequeño, al subir me recibe un: ¡hola! en español. Tomo asiento. La escuálida ave comienza el vuelo. Le pregunto a mí compañero: ¿dónde vamos?

_A Barcelona. ¡Si llegamos! –agrega, con sorna-. El calendario del navegante marca 30 de abril de 1945 (4).

 

Notas:

CICUTA: Al hablar de cicuta (conium maculatum) todos pensamos en un potente veneno. Los antiguos griegos utilizaban la planta para matar a los condenados a morir. De hecho, pasó a la historia gracias a Sócrates, ilustre personaje que perdió la vida bebiendo una infusión de esta planta. Juzgado por no reconocer a los dioses atenienses y por, supuestamente, corromper a la juventud, el gran filósofo griego fue condenado a morir ingiriendo el potente veneno. Fuente: http://www.fotonostra.com/albums/plantas/cicuta.htm

(¡1) Concedió una extensa y profunda entrevista para el número de junio de 1971 de la revista Playboy, en la que declaró: «Si no lo vi, es porque no quería verlo».

(2) Martín Alsa, agente secreto que actuaba entre Buenos Aires y Alemania. Luego se convirtió en el banquero más famoso del régimen de Perón de la primera época. Es un personaje creado por j re crivello de un libro que tal vez no aparezca nunca, con el título La Mirada que Habla.

(3) Alemania no merece vivir. Se refiere al plan del 19 de marzo de 1945, Hitler emitió la Orden Nerón para poner en marcha la táctica de tierra quemada tanto en Alemania como en los territorios ocupados. La orden de Hitler, por sus términos, privaba a Speer de cualquier poder para interferir con el decreto, por lo que el arquitecto se enfrentó con el Führer diciéndole que la guerra estaba perdida. Hitler le dio 24 horas para reconsiderar su posición, y cuando se reunieron ambos al día siguiente, Speer respondió «Estoy contigo incondicionalmente». Fuente Wickipedia.

(4) La muerte de Adolf Hitler, jefe del Partido Nazi y Canciller de Alemania de 1933 a 1945, se produjo el 30 de abril de 1945; Hitler se suicidó por medio de un disparo en la cabeza junto a su esposa, Eva Braun, que recurrió al envenenamiento con cianuro. La falta de información pública referente al paradero de sus restos y los informes confusos al respecto animaron los rumores de que Hitler podía haber sobrevivido al fin de la Segunda Guerra Mundial. La duda se suscitó intencionadamente por las autoridades de la Unión Soviética, que ocultaban información relevante sobre el suceso. Fuente Wickipedia

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