Buscar

Barcelona / j re crivello

Categoría

mother

Mother y Buenos Aires -003

bddb8d22af7bac9fe0aa00c1e9db47db
Carlos Gardel

Con este artículo termino esta serie amigas/os. No así un libro de ficción con el mismo título que sigue creciendo -j re

Lamentablemente la muerte no hace nada para mejorar lo que era el que murió y esto es así más allá de todas las creencias de la elevación del espíritu y la purificación de las almas. Me parece importantísimo poder perdonar al difunto, pero no olvidar quién fue en vida. Perdonar es cancelar sus deudas, pero no es olvidar que no las pagó. Pág. 151 Jorge Bucay El Camino de las lágrimas.

Mother tosió, un pus le llevo al médico y luego hacia un hospital en las Sierras de Córdoba. Allí curaban a los enfermos de los pulmones, durante ese largo año le visité a veces. Son pantallazos de la memoria que regresan mientras la soledad de un niño se refugia en sus dos abuelas italianas y la lectura de la Biblia. Largas tardes donde David se enfrentaba a Goliat y miles de hombres espía creaban mundos donde el pueblo de Israel atravesaba el desierto. Su enfermedad marco otra etapa, cruel etapa, pues el sexo a los 8 años aparecía creciente en un mundo rodeado de mujeres. Todas hablaban desde la ternura o desde la tentación. Al apartarme de Mother crecían genios de otras miradas, grandes, pequeñas rodeadas de incesto, o camino de la muerte. En un entierro que asistí de una prima lejana. Con unas horas de fallecida, y al entrar a su cuarto, estaba estirada en la cama y una bufanda atada alrededor del ovalo de la cara y la cabeza le impedía desfigurarse. Extraña es la vida, junta a la sensualidad con la muerte, a la ternura con el deseo, a matronas cuidadoras de mi soledad y gigantes de atractivo desmesurado.

En esos día Mother escribía en su diario —que luego una vez fallecida me entregaron—: “Llego el día que debía partir para internarme, coloqué ropa en un bolso pequeño y salí sin despedirme de nadie”. En el hospital escribía: “trataba de dormir todo el tiempo, leía mis apuntes de química, no tenía ilusiones, no esperaba un milagro”

O en pequeñas poesías:

En mi había una tristeza profunda

Como un pájaro sin alas, herido;

A quién le han cegado.

Los recorridos del duelo son desiguales, al ser niños explicamos emociones que nos surcan constantemente, crean una resistencia que aparecen en la madurez. Por ello, decía Heráclito —: Es imposible bañarse dos veces en el mismo río. Ni el río trae la misma agua ni yo soy ya el mismo.

Una tarde —casi al final de su vida, Mother habló largo rato conmigo por el móvil, luego aquel flujo de vida se transformó en silencio, bronca, rabia, ira. El Comandante ya había fallecido, la vida jugaba con fuerza en busca de significados, pero ellas, las claves, las habíamos abandonado tantos años atrás que  la memoria teje y las sustituye por otras explicaciones. W.H Auden dirá al respecto:

Ya no se necesitan las estrellas,

Sáquenlas todas;

Llévense la luna

Y desmantelen el sol;

Pues nada volverá a ser como antes.

 

W.H Auden (1907-1973)

 

Mother y Buenos Aires -002

aa59f5b22053233bc6cf690871ed881d
Frida en Av Dorrego y Cabrera

Cuando uno escribe desde la memoria la pólvora dicta su texto. No ´sé amigos si aguantaré escribir otro texto más, mañana lo sabremos –j re

Mother se casó con un militar. Alto, de ojos azules y conversación densa. Detrás de su personalidad afable y de costurera de barrio había un ser con un gran conflicto interior. Desde el primer día nos excluimos. El abrazo la causa de Mother, ella significaba su último destierro, su última camisa blanca o su última fe. Yo prepare mi maleta y con 17 comencé a dar tumbos, repetía el guion desde los 8 años y con 19 llegué a Barcelona. Las distancias se hicieron gigantes, el mundo se tiño de rarezas. Vague durante dos años por 6 países. Dos años donde solo un ancla me retuvo cada tanto: Barcelona. Una ciudad temida, soñada, cuajada de historias cual matrioska rusa. A los 22 regresé. Mother seguía unida a El Comandante y el país sufría la muerte de su talento. Se desangraba. Desaparecían sus jóvenes, o nos marchábamos, de aquel infierno en el que nadie hablaba, el No Te Metás llenaba las mentes de la clase media. Me hicieron bajar de un autobús por llevar barba, me la quité. Un amigo desapareció, El Comandante logró que reapareciera, estuvo dos meses en un sitio sin clasificar. Me volví a matricular en la orgullosa Universidad de Córdoba, pero era un campo militar y sus alumnos estaban dotados de una nueva emoción: el silencio. Duré un semestre en esa institución. Por las noches me despertaba sudado, no entendía que la vida que me rodeaba era distinta. La luz de Barcelona seguía dentro. Abandoné la casa de Mother, me fui a vivir con un grupo de estudiantes, se dividían en los de la sopa boba y la envidia y la de los extraviados. La muerte nos rodeaba, pero la televisión solo mostraba militares y misas. Los curas rezaban con ellos. Un día visite a un antiguo amigo. Se había hecho comunista (¡si hasta esto era irreal!) Me llevo a la cocina y desmonto un cajón, de dentro saco un libro antiguo: ¡El Marxismo leninismo de la Unión Soviética! Para él aquello era un botín, para mi algo tan antiguo e irreal.

Y al vivir en lo irreal decidí regresar a Barcelona. Nuevamente volvía a lo conocido: dar tumbos. Ver espacios donde la libertad personal la debías conquistar diariamente. Mother me despidió, al ritual lo practicaba muy bien. Lloraba, hablaba de la separación, gesticulaba y confiaba en que nos veríamos. En este segundo regreso rompí todo lo que me ataba.

Detrás quedo un país que aún debía ir a la guerra con el Reino Unido por las Malvinas, o quitarse los militares, o alimentar otros tantos años a los peronistas-populistas. Mother seguiría asistiendo a ello con El Comandante. Mi memoria se cerró durante años—: digamos que la sed se calma con amores nuevos y las traiciones se olvidan poco a poco.

Mother y Buenos Aires 001

0dd40f229c756ec417dc592c9c1f984f

By j. re crivello

El sábado posterior al terremoto de 1888 Buenos aires amaneció sumergido en un caos. Hombres y mujeres deambulaban por las calles y caminos sin el valor para regresar a sus hogares. Los carros de la Junta de Salubridad no daban abasto levantando escombros, techumbres y maderas que obstruían el paso” pág. 211 El loco Sarmiento, Mercedes Vigil

 

A medida que se acerca la fecha de agosto en que visitaré Buenos Aires cabalga en mi interior las asociaciones anteriores, no viví en esa ciudad pero ella vivió en mí. Es como otras tantas ciudades que forman parte de nuestras vidas. Les mantenemos allí, agrupadas, etiquetadas en fuego, recuerdo o leyes moralizadoras. Nos asaltan cada tanto; nos visitan enfermas de recuerdos, o piden paso para explicar historias consumidas. Luego al visitarlas uno ve sus rutinas, su vida y la realidad se impone con su colorido, sus ruidos, sus previsibles historias.

Para mi regresar a esa ciudad es regresar a la casa de Mother, una señora de ojos verdes, de vida disuelta en dos amores largos. Es revivir intentos de amor maternal y repetidos fracasos. Aún siguen colgados los cuadros pintados por ella en las paredes, aún ese espacio tiene llave y no ha cambiado de dueño. Esta vez no entraré, me mantendré en un hotel, le visitaré con bronca por las noches, trajinaré ofendido frente a su puerta de entrada, y por las mañanas desayunaré en el café Tortoni, haré de turista, veré a mi prima y su familia; hablaré con algún alumno de mi Taller de Escritura Online. Pero Mother estará al acecho. Su paisaje se superpondrá al de esta agradable y extraordinaria ciudad. A sus gentes de fresa y conversaciones llenas de sentidos oblicuos. Estaré con tres compañeros, caminaré con ellos esas rutas que los coleccionistas de ciudades y cultura amamos.

Mother acechará, le intuyo

 

Nota:

Mother: Lydia Crivello Pascal falleció hace 4 años. Sus cuadros se mantienen colgados en su apartamento ubicado al frente al Jardín Botánico. Aún intento saldar cuentas con ella.

El armero (poesía)

by j. re crivello   Los Genes de Mingo (poesía)

1

Nuevo. Desaliñado

El armero cruzo la calle

En frente una pared lisa y marrón.

Dejo su pistola en el suelo

El autobús le permitió subir en medio de la parada

Lejos, lejos, desagotaría su angustia.

En el pueblo nadie recordó quien era. Solo dijeron:

¡Al fin!

 

 

2

Al llegar a su sitio el armero

Brindo por su razonable casa al lado de un junco

Paredes frías, dos sillones, un wáter.

La comarca que dejo atrás ya vendía sus sueños.

Por su parte, con soledad comenzaría a alimentarse.

¡Oh! Un corazón rasgado no se alimenta. ¡Jamás!

 

3

El armero comió una patata frita.

Bebió agua de un nuevo grifo.

Soñó con nuevas cortesanas.

La tarde se tiño de rojo y estruendo.

El armero acudió a su cita.

Le dieron un caldo sucio y un consejo:

A su pan le han robado amor.

Si –contesto-.

 

4

Mientras sus vecinos de la antigua comarca festejaban

El armero se compro un perro. Le acaricio

A los seis meses le envío a su antigua comarca.

Debía morderles en el cuello. ¡A todos!

La desolación se extendió allí.

Y la sangre vistió sus calles.

El armero al conocer sus resultados: ¡Fumo!

A veces el festín de tabaco nos dura días. Y noches.

 

5

Su perro regreso más sabio

El armero le construyo una caseta de madera y hojalata.

La soledad es un armario corrupto… hasta que nace una amistad.

El perro fue su escudero, tarde si, tarde no.

El armero recupero la ilusión de vivir unido a un vínculo.

Sin temer. Sin temer.

 

 

La muerte ¿le tememos?

by juan re crivello

 

El miedo, es la primera pauta, ante este momento decisivo de la vida de cualquier humano. Siempre parece no estar tan cercana como alguna otra actividad, de las que diariamente emprendemos.

Esta allí –como concepto, e intentamos darle un escape a la angustia que suponga acabar con nuestros sueños. Para muchas personas, el cumplimiento de esta posibilidad, no deja de ser una liberación.

Quizás la vida les ha agotado y ven una salida ante el despropósito que se han sumido. Para otros es una oscura golondrina que nos guía por un sendero desconocido.

Si una persona es religiosa, no significa más que una esperanza, ante el bochorno de entender la vida tan irracional, ante tantos esfuerzos sin sentido.

¿Tenemos miedo ante la muerte? Tal vez lo que tenemos es un estereotipado silencio. La euforia consumista nos aplaca ante los avisos de su cercanía. Los escritores, la espantamos contando historias que se suponen están en la fina y delgada categoría del arte. Pero una vez publicado el sortilegio se evapora y cae en manos de algún visitante extraño que desee re-crearle. Sin más, estas líneas, a esta altura, ya habrán sufrido el abandono de algún lector.

¿A quién se le ocurre hablar del miedo a la muerte?.

Es como cabalgar con desconfianza en la dirección contraria, al ansiado mundo que nos promete la publicidad. Pero ese miedo feo y profundo, palpita dentro de nosotros.

Es tal vez una constatación de un oscuro regalo, que la naturaleza aun se niega a entregarnos: la inmortalidad.

Uno de los últimos bocados que se resiste a revelarnos. Uno de los últimos mantras, que el humano-mono quiere arrebatar al dominio del cosmos. Esta inmortalidad, y la vida del más allá del universo, alrededor de mundos poblados por alienígenas.

De placebos vivimos desde que dejamos África. Los dos últimos deseos u anhelos citados, nos reservan una gran carga de miedo. Podríamos decir que es la máscara apretujada y triste que nos separara de la envoltura del mono y nos insertará en la próxima civilización no-humana. ¿Cómo le llamaremos a esta aventura? ¿Cuánto de obsesión o pavor nos provocara recorrerla?

Dirá al respecto Epicuro “a nosotros, la muerte no nos incumbe; porque lo que se ha disuelto se vuelve insensible, y lo que es insensible a nosotros no nos afecta” (1)

Epicuro. Máximas Capitales, II

 

Mother: 3- Santa Evita

by juan re crivello

El coche se detuvo impaciente delante del surtidor de gasolina. Era un Packard de 1949, negro, delgado, de ruedas anchas y cromado plata. Mi abuelo se acerco hasta el chofer, desde su interior se escucho un gruñido:

_ ¡Llénalo! Juan quito la tapa del tanque y movió la palanca del surtidor hacia delante y atrás para bombear con fuerza un líquido espumoso y dorado. La gasolinera parecía un ala de avión abierta en dos; estaba situada en una esquina de la ruta 9 que unía las dos mitades del país. Había empleado en ella parte de sus ahorros y un préstamo de sus cuatro hermanos. La guerra que desangraba a Europa era un murmullo. De repente el tipo antipático que hacía de chofer, salió del oscuro y embutido recinto poniéndose de pie. Le miro indeciso, pero se encamino hasta su lado.

_ ¿Podría hacerle un bistec con huevos fritos a la señora? –pregunto.

_Si.

_¿Donde se lo servirá? La respuesta fue un leve movimiento de cabeza para señalar la puerta de la oficina-cocina. Mi abuelo acabaría de verter el gasóleo, yendo hasta la dichosa cita. En esa habitación el guardaba los papeles de sus cuentas, una mesa grande y aparatosa, varias sillas y un reloj de pared. En el lateral una cocina de hierro a leña le salvaba de las tardes largas y frías del invierno. Se lavo sus manos y se puso a preparar la comida. Detrás, el ruido de la puerta le recordó que su clienta acababa de entrar. Pasados unos minutos se atrevió a darse vuelta. Una rubia de traje entallado, de finas rayas y un pañuelo alrededor del cuello le miraba.

_Hola –dijo ella. Hosco, pero nervioso se atrevió a sujetar una silla y arrastrarla dando a entender que ese era el sitio donde debía sentarse. Ella se acomodo con paciencia. Mi abuelo continuo con el trajín de sartenes un buen rato, hasta dar con un resultado mediano. La comida humeaba cuando se dio vuelta nuevamente en dirección a la mesa. Ella se había quitado el abrigo, el pañuelo y una blusa de color crema y recta le daba un toque de lujo. El situó dos platos encima de la mesa.

_Mi chofer no come –tercio su suave voz.

_Ya lo sé. He decidido acompañarle. ¿Por cierto Vd. es?

_Si. Voy de paso. En Córdoba me espera el gobernador.

_¡Ah! El sirvió, luego tomo asiento y comenzaron a comer. Ella daba pequeños golpes con el tenedor en la loza. Era menuda y ágil. De cerca aparecía más guapa que en los mítines.

_ ¿Esta Ud. casado? –pregunto ella.

_Si. “¿Es italiano?”.

_Del Piamonte. “¿Le gusta nuestro país?”.

_Bastante. Por error había traducido literalmente de su italiano y olvidado el “mucho” expresión más normal en estas tierras. Ella le miraba directa. Mi abuelo dedujo una incierta agitación interior.

_¿Le gusta esto de… ayudar a los pobres? –se atrevió a preguntar recorriendo con la vista su fina nariz

_Si, pero me cansa. El hastió y la soledad son mi droga. A veces envidio las tareas sencillas y directas como la suya. ¿Vd. qué considera necesita nuestro país? –pregunto-, manteniéndose fiel a su pose política.

_Mas cultura y menos líder engominado –respondió. “¿Se refiere al General?”. “Si”.

_El poder –argumento Ella- desata el egoísmo y poco a poco los aduladores ocupan el gobierno”. Ella se estiro un poco hacia atrás, la blusa se ajusto al borde de sus senos, dejaba ver una silueta firme pero atractiva. El silencio creó un vaho de complicidad, luego se desabrochó el primer botón que amarraba su cuello. Apareció una piel tersa y clara. Mi abuelo mantuvo su posición. Se sentía incomodo ante el magnetismo de su comensal. Decidió preguntar, pues deducía que era su turno

_¿Por qué una mujer tan bella trabaja tanto?. Una risa cristalina y una mirada picara cruzaron cual ráfaga cargada de fuego. Ella opto por ponerse de pie y recoger los platos. “¿Qué haces?” –el  uso del tu acelero el espacio que rodeaba este hangar del pasado o del presente que unía una ruta repetida y aburrida entre dos ciudades.

_Déjame. No sé que es la rutina. ¡Qué soy bella! Tal vez, pero no soy fuerte. Mi debilidad es la de amar a un hombre. Abrió el grifo para dejar correr el líquido de forma tranquila, tal vez, buscaba que el tiempo se estirara. El imbécil del chofer golpeó en el cristal. Ella no  hizo ni caso. Cansado regreso hacia el coche. Sin dejar de darle la espalda le pregunto:

_ ¿Tú crees que una mujer puede ser feliz?

_Igual que un hombre –respondió mi abuelo. Sabes, la felicidad es un deseo frágil, yo mismo estoy bien, pero a veces, siento que me falta algo. Ella se giro hacia él. No era muy alta. La sonrisa le iluminaba el rostro, como un pan grande, tierno y le dejaba salir de aquel encierro de poder y nausea..

_ ¿Cómo te llamas? “Juan”.

_ ¿Recuerdas algo de tu tierra?

_Las canciones antiguas. “¿Te gusta cantarlas?”. “Si”. Mi abuelo comenzó a entonar con desenvoltura y fuerza una estrofa:

_ Aspetlu pür pi nén
ca l’è mort sü la muntagna
Se me marì l’è mort
farò la penitenza
Andrò vestì di ner
tre dì la settimana

_Ella volvió a sentarse nuevamente, pero acerco la silla casi medio metro. Percibía el olor a pastilla de jabón. Le arrebataba. Ella recorrió con la mirada su fino bigote, luego delineo aquella cabeza cuadrada y recta que coronaba una nariz larga y dura, para detenerse en los ojos claros, incrustados como dos esmeraldas que daban a aquel hombre un aire recio y adusto. El acabo de entonar su melodía. Ella movió su cabeza aprobando y se atrevió a decir.

_Es una canción: ¿triste?

_Si. Habla de la espera ante la muerte del amante. ¿Por qué el pueblo te llama santa Evita? –inquirió Juan.

_Porque con mi esfuerzo y la ayuda de la Fundación, les permito que recuperen su dignidad –argumento Ella.

_La dignidad se consigue abriéndose camino –rebatió él. Con ello vas a crear una legión de aduladores que te abandonaran si aparece en ti la debilidad.

_Es posible. –Se le percibía tensa, ante su observación, levantando la voz, con cierta ronquera dijo-: pero yo estoy aquí y en este momento. Soy única e irrepetible y ellos lo saben, para preguntar: ¿Nos volveremos a ver? La voz de Ella se hacía débil y tierna. La  pregunta esperaba con ansiedad una tabla donde asirse, dentro de aquella vorágine política, que le consumía.

_Es difícil. –respondió mi abuelo, para proseguir. Tú eres de ellos. De él. Tú precio es estar en el recuerdo. Yo soy una página. Soy ese viento seco y mudo que muestra esa ventana. El corazón de ambos se percibía unido y en un palmo. Cerca y lejos, parecido al muérdago que aguanta solo en el muro durante años. Ella anudo su pañuelo y se puso de pie. Él le miro desde su silla.

_Vendré a verte –dijo Ella ya en la salida. Luego, se escucho el chasquido de la puerta, tras su marcha.

Notas

#”Cuando serví el café [Eva] estaba encendida como en sus mejores tiempos. La mirada brillante en sus ojos oscuros. Hasta el calor del colorete parecía verdadero. Estaba sentada sobre la pierna doblada, en el sillón de cuero. Era una iluminada. […] Creí que a partir de allí se curaría. Daba la impresión de tener más fuerza que esos cuatro hombres juntos. Desgraciadamente se trataba sólo de su fuerza espiritual…” # (136). E Renzi, ver link: Santa Evita, entre el goce místico y el revolucionario Claudia Soria University of Southern California

 

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: