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Barcelona / j re crivello

Escritor y Editor

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03

Perros Callejeros -03

A veces amigos, escribir es arrancarse el corazón -j re crivello

“Porque tu carne ya no es carne, Es tibio plumón de llanto que sonríe y alza” Alfonsina Estorni

“Salíamos a las dos de la tarde de Cabrera y en Villa María cambiaba de bus para llegar a mi pueblo, dejaba el niño (3 meses tenía) a cuidado de mi excuñada y a las 22 lo retiraba para volver a casa a la una de la madrugada. Memorias Lydia Crivello Pascal

Los cuadernos de tapa dura esconden historias que los perros callejeros tememos abrir. Este, que poseo es un relato construido por mi madre ante las dificultades de criar a su hijo. Podríamos hablar de los millones de madres que aceptan sobrellevar sus hijos ante la ausencia de nosotros los hombres. Podría construir un discurso políticamente correcto para decir que la soledad maternal está cubierta de tramos donde la noche ilumina a ratos. No, tal vez sea mejor describir ese espacio dotado de calor femenino como la fuerza de la vida que nos empuja a republicas discretas rellenas de futuro… o de recuerdos.

Los niños solitarios alargan sus horas cabreados por esa decisión que no les colma. No les protege. Luego crean mundos para explicarse las lagunas de amor femenino o masculino:

—¿Y tú juegas al Fornite hasta la una de la madrugada?

—Sí, mis padres después de cenar me dejan jugar siempre que no haga ruido. En mi habitación tengo la tele, el ordenador y la conexión a internet.

Breve charla con I. de 12 años, pero muy común en los niños de esa edad en la sociedad española. Los hijos ahora acumulan cacharros tecnológicos en sus habitaciones para resistir a esa soledad instalada en sus almas. Se conectan a mundos virtuales en la búsqueda de la red, del contacto, de la escucha. Y en esos mundos está construida una colección de respuestas para empujarles más allá.

Los perros callejeros de mi época éramos pocos. Ahora millones de ojos escrutan la red buscando un atisbo de ilusión. De cariño digital.

¿Has hablado con tu hijo de otra manera? O… eres perro callejero y quieres que él lo sea.

Nuestras vidas pueden dar un vuelco si las escuchamos.

Buen viernes, amigos

Chernóbil: Charla con Nadia -03

La vida se ha detenido en Chernóbil by Pinterest

Mi casa tenía dos habitaciones, un comedor largo y una cocina llena de artilugios de hace treinta años que había recogido de mis largas caminatas de Pripyat. Le mostré a Nadia la habitación, luego calentamos un poco de sopa de cebolla y carne de alce seca acompañada por una ensalada.

—Los tomates son esplendidos –dijo ella.

—Son del huerto respondí, al tener invernadero siempre obtengo cosechas largas. Nunca fui granjero, en mi otra vida trabajaba de funcionario, ponía sellos en una estación de autorizaciones de pesca, reclamos de CuotasDeS y varios.

—CuotasDeS ¿Qué es eso?

—Antiguamente los Apparátchik (1) obtenían muchas propinas del poder que poco a poco les fueron quitando, las Cuotas de Sexo eran unas visitas a prostíbulos en la parte prohibida de Moscú.

—No sabía que existían —respondió con cara de sorprendida mientras movía con cierto recelo una servilleta. El cabello despeinado y un flequillo mal cortado le daban un aire de quinceañera moscovita de los años 70.

—A todo lo fueron desmontando gradualmente, con la llegada de Yeltsin (2) en el 91 y sus privatizaciones cuando todo se aceleró, pero algunos organismos seguían subsistiendo. Me aburría terriblemente. Allí escribía en libretas, poemas cortos sobre mi existencia.

— ¿Aun tienes esos poemas? Nadia se puso de pie, miraba hacia la oscuridad, su jersey le caía desde la espalda ocultando algo que temía. ¿Cuánto hacia que no estaba con una mujer a solas? Había perdido la cuenta, en Chernóbil los días pasaban uno tras otro sobreviviendo con mis charlas con Mor. Desde el montículo ese lobo era el genio que respondía a mis monólogos con su hocico o un movimiento lateral estudiado. Pero hoy estaba acompañado y Nadia era un volcán para mis costumbres. Se giró y sonrió, y dijo: ¡Qué no te atreves a leerlos!

—Yo les llamaba “la Libretilla del funcionario” —dije para cubrir mi embarazo. Creo que tengo aun uno en un cajón. Oleg se levantó y busco en unos cajones hasta traer un cuaderno de tapas negras con un dorado que ponía AGENDA. Abrió y leyó:

La nada es propicia a la duda.

Te arrepientes, y te cobijas

Detrás de un largo camino.

Cual oso en las montañas tras muchas horas de soledad y sed.

—Me gusta –dijo Nadia. Pero es triste. La bombilla chisporroteo, en aquel foco de instintos e historias una mirada les unía a través de páginas de desencanto o de ilusiones. Nadia agrego. Sabes, a partir de que llegue a esta nueva tierra, me he prometido no sufrir, ni lo que ocurra, ni lo que me toque vivir, todo será en plena libertad y sin trampas. Oleg movió las hojas de la libretilla y leyó:

Las trampas se agregan

Es temor, desventura, pactos

No nos atrevemos a rechazar aquello que nos impone la tragedia.

Nadia se levantó, su vestido era corto y sus muslos al trasluz atraían a Oleg y regresó hasta la ventana, allí recostada en el cristal se balanceaba, la falda, su espalda, una leve risa contrastaban con el exterior, de solo luna y luz de los generadores del invernadero. Y al final, a cien metros, unos ojos cubrían el territorio. Era Mor, Nadia intuyo que el rey vigilaba los cambios de la vida, como sucesivas piruetas y giro su mirada a Oleg. Ya está, —dijo en voz alta:

— ¿Que?

—Si tú me invitas, me instalo aquí. Sus ojos brillaban, su tez blanca era limpia. La hija de un liquidador de Chernóbil tenia fe en este paramo. Solo exclame:

—¡Tan rápido!

—Somos colonos de un territorio a préstamo –dijo Nadia. Oleg se puso de pie y le cogió de la mano. Antes de acostarse, por primera vez desde que había llegado desconecto las luces del perímetro. La noche invadió el bosque. Mor entendió que en su territorio vivían dos forasteros unidos por el secuestro del miedo. Mor llamo a su camada, se preparaba la época en que crecerían vástagos, de ellos dependía que los humanos mantuvieran su miedo al radio y les dejaran en paz.

Nadia tosió, Oleg tosió. Una risa se transformó en carcajada. La luz entraba colándose entre sus piernas. Nadia paso los dedos por su vello, Oleg rozo sus labios. El camastro chirrió repitiendo lazos antiguos. Una voz insegura, remando contra sus recuerdos dijo: “Porque no te encontré antes”. Oleg respondió: “Sabes a sal, eres ácida. Te amo”.

#Chernóbil por una noche no existía

Notas:

(1)Apparátchik (en ruso: аппара́тчик; en AFI: [ʌpʌˈraʨɪk]; plural apparátchiki) es un término coloquial ruso que designaba a un funcionario profesional, a tiempo completo del Partido Comunista o la administración soviética (por ejemplo, un agente del “aparato” gubernamental o del partido que tenía un puesto de responsabilidad burocrática o política). El término no designaba a los altos cargos del Estado o el Partido.

Los miembros del “aparato” eran frecuentemente transferidos entre diversas áreas de responsabilidad, habitualmente con una formación escasa o inexistente acerca de sus nuevas responsabilidades. Debido a ello, el término “apparátchik”, o “agente del aparato”, era habitualmente el que mejor describía la profesión de aquellos.

Además, el término estaba generalmente asociado con unas ciertas disposiciones, actitudes y apariencias. Cuando lo usaban personas externas al Partido o la administración soviéticos, tenía a menudo connotaciones despectivas.

Actualmente, el término se usa también en contextos diferentes a los de la antigua Unión Soviética. Por ejemplo, se usa a menudo para describir a personas que causan cuellos de botella burocráticos en organizaciones que antes de su aparición eran eficientes. Fuente Wickipedia

(2) Tras la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991, Yeltsin se comprometió a transformar la economía socialista de Rusia en una economía de libre mercado e implementó la terapia de choque económico, la liberalización de los precios y los programas de privatización. Debido al método de privatización, una buena parte de la riqueza nacional cayó en manos de un pequeño grupo de oligarcas.1

(3) Libretilla del funcionario, J re crivello, Poemas que nunca publicaré.

Mother: irás a recibir al General -03

H. Sabat

En Mother, al escribir uno descubre que los contenidos referidos a una época deben mantener su interés para lectores de todos los países. Me estoy serenando, con ello amigos el texto nace fluido y más interesante. Escribir novela histórica es una lucha entre la realidad y sus datos objetivos, y la ficción –j re crivello

Volví al piso de arriba de la gran casona, de entre los papeles allí guardados por mi abuelo, leí un recorte de periódico, decía:

“Objetos, pues. Objetos que cada noche, cuando su esposo de hábitos regulares se metía en la cama, Evita clasificaba y embalaba para después distribuirlos en persona (10.000 paquetes por aquí, 9.000 por allá, 5.000.000 de juguetes para la Navidad de 1947)” (1). La Fundación llegaría a tener catorce mil empleados y seiscientos millones de dólares a su disposición. En el diario, a veces pulcro de letra redonda tirando hacia arriba pero escrito con lagunas, sin fechas, o en otras en la parte trasera de las facturas impresas en los años 50. En una imprenta que ponía Hermanos Carrizo; releo una parte, está escrito en bolígrafo rojo, en el reverso de una factura y luego una grapa le sujeta a u  lomo del diario de cuero y tapas hechas de manera manual. No observo ningún hilo conductor, solo su voz que dice:

“La actitud febril y compulsiva de Evita al establecer una carrera contra el reloj entre los años 1949/52 –año de su muerte, en el cual la distribución de todo tipo de compensaciones monetarias o de productos instruyo al régimen, en una suerte de pecado venial, producto de sus incumplimientos enquistados en la maquinaria gubernamental. Deberíamos recordar que el culto a la personalidad de Perón, las vejaciones a la prensa, a los partidos de la oposición y la corrupción formarían parte de esta cara oscura del gobierno” (2). Me detengo y me pregunto en voz alta. ¿Quién permitía que Evita sustituyera a los mecanismos legales del Estado Social, por una suerte de Fundación personal? Aparece en mi mente: Perón. Vuelvo a leer, mi abuelo sigue… “El líder utiliza la capacidad carismática de Evita y la fuerza del Estado para crear una red de clientelismo que coloca al país y a su sociedad en un presente vertiginoso, pero le sitúa fuera del futuro, tanto como una sociedad sin normas ni razón. Por ello el despertar del 55 será de estrepito”. Estas dos últimas palabras aparecen subrayadas. Por primera vez hay una fecha, estos papeles están escritos después de la caída de Perón. No deja de ser una hipótesis, dejo de leer para recordar una anécdota, cuando era joven, una tía me acompaño hasta la orilla de un lago, aplanado en los lados, con poca vegetación y mostrándome unos enormes edificios de ladrillo que parecían hundirse en esa lamina liquida, dijo: “Todo aquello lo hizo Evita y Perón. En su época el pueblo vivía muy bien y la nación era muy rica. En los pasillos del Banco Central se acumulaba el oro” (3).
Pero, los sueños duraron hasta la década del 70. Una generación despertó e hizo acopio del cuento construido en una personalidad fuerte, sencilla y carismática. Su muerte prematura permitió separar al uno del otro. Para ello deberíamos recordar que el General se fue al destierro en el 55 durante 18 años, pero la memoria se enquisto como una vana esperanza. Aunque, en el caso de Evita fuese de oropel y el sándalo, en la realidad murió sola y angustiada.
Y quedo el mito. De un país de riqueza y facilidad en los favores. Me levante y fui hasta la ventana, la calle larga y arbolada en un lado, latía. Pensé en mi nueva conquista Silvia Lara, desquiciada del Régimen, solo intuía una lucha  la de los Montoneros (4). Cada vez que me visitaba, más le amaba y más lejos estaba de sus sueños e ideales. El tiempo se aceleraba y no encontraba asidero en este país donde solo se hablaba del regreso del Mito. Y nadie descubría que ese era un foso que se abriría hasta tragarnos a los amantes (ella y yo), a todos, salvo a Mother que agruparía los silencios en nuevas intrigas para no aceptar que la ruina solo tiene nombre propio.

¡Ya hay fecha! –exclamó Lara de espaldas mientras preparaba dos sándwiches en la cocina. Intente esquivar su tema, pero insistió. Viene el 20 de junio –insistió-. Es un avión donde regresa lo más granado de nuestra sociedad. Yo estaré en Ezeiza. ¿Vendrás? Su pregunta era un latigazo; esta mañana había recibido carta de Mother y ponía lo mismo ¿iras a recibir al General? ¡Que narices! Me rebelaba contra ese acertijo de buen compañero. Había que hacerle la ola, recibirle, adorarle y luego votarle para despedirnos de un pasado. Solo dije:
—¿Y el futuro? Ella me miro, su media sonrisa me descargo de tanta política. El futuro somos nosotros: ¡los Montos! Le usaremos a él para luego desde el gobierno hacer los cambios. Temía aquel idealismo, le temía a ese tipo de cara picada de viruela y sonrisa facilona del General y lo que es peor le temía al brujo de López Rega y sus secuaces. Asentí con la cabeza. Ella dudo, me pudo haber recriminado pero dejo que aquello se fuera a la mierda y me trajo el sándwich y me beso tiernamente. Todo se apagaba. El otoño dictaba su vida natural. Acabamos en la cama. Allí sentía su fuerza, su ilusión. Vi que uno de sus muslos estaba contusionado. Le pregunte una y otra vez, antes de dormirse solo dijo: “es el trato con los fierros”.
— ¿Fierros? –exclame. Y dijo algo que me altero, estaba preparándose para entrar en la facción más dura de los Montos, la que manejaba armas.

—¿Y…? —insistí. El silencio la envolvió alrededor de la almohada. Agrego algo más: “nadie conoce mi relación contigo, ni este sitio, por si alguna vez necesito de tu ayuda” Y se durmió. Me puse de pie y desde la ventana le mire un largo rato, piernas de vello rubio, nalgas pequeñas y fuertes, espalda clara y una cabeza dotada de la chispa de la que yo carecía. Luego, sin sueño vague por aquí o allá, hasta releer la carta de Mother, su orden: irás a recibir al General sonaba con fuerza, casi al final ponía un número de asiento 122. Lo había comprado. Había pagado un asiento en el avión de regreso de Perón y me lo cedía. Ceder y obligar, esa era su norma. Aparte la carta. ¡Que estúpido! Estaba en manos de Mother y un viejo que cantaba canciones de felicidad a un país que necesitaba creer, antes de dar un salto en el Vacío.

Notas:
(1)Eva Perón. La biografía. A Dujovne Ortiz. El País Aguilar Año 1996
(2)El peronismo regresaría al poder 18 años después. Al entrar a una oficina gubernamental para realizar un trámite, aparecerían carteles tales como: “tenga paciencia, tenemos 18 años de atraso”.
(3)Memorias aún por contar. Juan re-crivello

(4) Montoneros fue una organización guerrillera argentina que se autodefinió como peronista, a diferencia de otras organizaciones similares que surgieron entre los años 1960 y 1970 y que sólo reconocían un origen común en el marxismo. Sus miembros la denominaban de forma abreviada como «la Orga»; y también como «La M».

Sus objetivos iniciales fueron la resistencia contra la dictadura autodenominada “Revolución Argentina” (1966-1973), el retorno al país de Juan Domingo Perón y la convocatoria a elecciones libres y sin proscripciones. Luego de que fuera restablecida la democracia y asumiera el presidente electo Héctor José Cámpora el 25 de mayo de 1973, sus acciones políticas, legislativas, culturales, periodísticas, sindicales, barriales, solidarias, etc. se dirigieron a la instauración de un “socialismo nacional”, al que consideraban la evolución natural del peronismo.

A partir del asesinato del dirigente sindical José Ignacio Rucci (septiembre de 1973), cuyos autores últimos se ignoran, se produjo un rechazo cada vez mayor de Perón y por tanto del peronismo, llevándolos a un gradual aislamiento. Pocos días antes, Perón afirmaba en un reportaje: “No hemos conducido nunca el movimiento en una forma rígida ni ajustada (…). Yo permito todo en el movimiento (…). Tenemos hombres de extrema derecha y tenemos hombres de extrema izquierda.” ​, lo que no implicaba aceptar la concepción marxista sobre la “lucha de clases”.

La conducción de Montoneros decidió volver a la clandestinidad, el 6 de septiembre de 1974.​ Un año después, el 8 de septiembre de 1975, fue declarada “ilegal” por el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón.

La organización fue posteriormente desarticulada por la última dictadura cívico-militar, la cual derrocó a Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976 y se mantuvo hasta 1983. (Fuente Wickipedia)

Death of Eternity: M Olguín -03

Death ofEternity-1

Aparece en mi nuevo libro de junio Death de relatos cortos -j re

Manolo Olguín tenía pensado visitar a una tía abuela de casi 90 años del otro lado de la montaña de los gallos salvajes, debía recorrer una carreterilla llena de verde y pasar dos puertos de montaña. A aquella tía no la veía desde pequeño, su invitación le había llegado por medio del twitter y la frase la encontró de milagro, ponía:

@m_olguin  ¿Sobrino ¿por qué no te vienes de visita? Te prepararé un plato guisado de gallo salvaje con patatas. Rico, muy rico. Te espero a las dos Tia R

Tia Rábica era un pasado lejano y ausente: la relación venia por parte de madre. Era una tía alegre, completa. Sus intensas fumarolas de sensualidad escandalizaban a los miembros de la familia más castos y retenidos en su monotonía y aburrimiento. Iría, sí. ¡Iría! Pero tenía que pedir un coche prestado, llamo a un amigo. Don Pozuelo sentía un gran amor por los coches antiguos. Le contesto por guasap “te dejaré el Renault Gordini”. A la mañana siguiente encontró las llaves en su buzón y una nota:

Querido Manolo Olguín

Los Gordini fueron tan turbios y austeros que le recordamos por su falda de mariquitas traídos de Francia. Y una vez aquí, le reconvirtieron en la gama familiar, de los que pilotaban con atrevimiento. Un amigo tenía uno. Se lo robaron en un pis pas. Apareció el bastidor y le reconocieron por el número de la placa que llevaba desde fábrica. El dueño lloro su ausencia. Era parecido a una bala pegada al suelo. O una concha de camarón con ruedas. Vino de Francia. Se escondió en las calles y tomo sopa y cola. ¡Cuídamelo! Un abrazo

Nunca se había montado en un Gordini. Hacia el mediodía puso en marcha el coche y supero los dos puertos. En casi media hora estaba en la entrada de una casita que tenía un pequeño huerto, dos ventanas y un gallinero donde su Tía criaba gallos salvajes. ¡En menudo lio me he metido!  –exclamo, mientras golpeaba en la puerta.

—Hola Sobrino. Una señora mayor de sonrisa indiscreta se le colgó al hombro. Aquello le emociono. En las siguientes horas hablaron de los recuerdos familiares hasta que su Tía sirvió el plato con salsa de gallo.

Despertó en el bosque semidesnudo. ¿Dónde estará el Gordini? Se encaramo a una leve cuesta mientras arreglaba su camiseta rota y comprobaba que llevaba puestos unos calzoncillos  anchos y rojos con algunas plumas multicolores. Al mirar del otro lado se veía Barcelona, parecía encontrarse en el Tibidabo. Vio el Gordini intacto a escasos metros, bajo por el terraplén y abrió la puerta, dentro las llaves estaban puestas en el contacto. Le dolía un poco la quijada. Una hoja de papel pegada en el salpicadero le llamo la atención, la leyó en voz alta:

Noche alegre y muy caliente. Le dejo, pues tengo otros clientes que atender. Mi teléfono es 93/0265833. Le aconsejo traer una muda de ropa de recambio. Ud. se empeñó en rajarse toda la camiseta, decía: ¡chica que calor tan tremendo!

En el suelo del coche vio su móvil, tenía un mensaje en el guasap, de su tía: “Sobrino espero que hayas llegado bien. ¡No sabía que te gustaba tanto la carne de gallo salvaje! Te he puesto uno maniatado en el maletero del Gordini. Ya lo matarás y prepararás. Los calzoncillos de tu tío abuelo ya me los devolverás”. Puso en marcha el coche, no sabía cómo entraría en el bloque de vecinos en calzoncillos con florecillas doradas…

#Acercarse a emociones familiares lleva a diálogos inquietantes.

 

Old Chevy -03

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Esta serie va tomando ritmo, y veo que vuestro seguimiento aumenta, hoy aparece un tal Sorensen. un saludo -j re

Brillante, camaleónico, estaba detrás de varios fardos de alfalfa. La comida para los caballos escondía esta fuerza latina, resuelta a dejar de sospechar si la vida era cruel o la latitud entre los amantes son sustanciales. Una llamada de un desconocido me puso sobre la pista.

— ¿Bert Carrigton?

—Si

—Hay una Pick up abandonada en Wisconsin, le paso las coordenadas y colgó. Sabía que era una llamada de auxilio, de personajes enigmáticos que querían que se salvara un mundo de ruedas ya desaparecido. Una entrevista en una cadena secundaria había colapsado mi antiguo teléfono de mensajes. En mí, todo era antiguo, menos el móvil por ser una herramienta. Podía sacar fotos y con un sencillo programa de Google encontrar los dueños de las furgonetas en una base de datos creada por otro tipo loco, de ojos saltones, quien encerrado en una casa con varios patios y montón de chatarra manejaba un portátil como si fuera un tipo de la CIA. John Sorensen, a partir de ahora John S., o al menos se presentaba así, pero detrás de aquella mirada podían existir mil vidas.

Llegué a donde me indicaba google maps. Era un terreno abandonado. Pude pensar, ya me meterán otra denuncia por estar en una propiedad privada. Pero Google marcaba terreno público, o sea nadie era dueño de ese minúsculo espacio entre varias propiedades. Me bajé, camine unos pasos.

Le mire, le esquive, me esquivo, luego fui en busca de un cincel y empuje con fuerza en la puerta, al abrirse un revolcón de seducción nos unió. ¡Era un tipo y… yo otro tipo!, pero la carretera poblaba nuestros sueños. Él sabía que era el enterrador, que venía después de haberlo hecho con Old Chevy. Dijo su número de bastidor: 02235467 de Wisconsin y… oí una pregunta:

— ¿Dónde me dejaras?

Le miré con una larga sonrisa, y el enganche tiró moviendo con fuerza hasta pasar por un chatarrero o dos, sonreímos. Pasadas dos horas entramos en un cementerio fantasma, detrás de las Dunas, viejos carros de antiguas guerras, vi que el comprendió que aquella fiesta de metal era el lugar donde morían los Chevrolet. Le dejé al lado de Old Chevy nos hicimos una foto, cerré la puerta y se apagó sin cabrearse. Al salir desde la puerta vería esa caja de los deshechos humanos, viejos Chevrolet dotados de motores gruesos y faltones. La vida es laxa, hasta que nos avisa del fin de nuestra sensación de raza.

Apretados,

Llenos de sudor

Y quebradas nuestras almas

¿Nos vamos? O intuimos nuestra marcha (1)

Nota

(1) Los Genes de Mingo, libro de poemas que nunca publicaré

B J Grass & La colmena —03

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¿Podré acabar esta novela?. ¡Uff amigos! Agradezco vuestro apoyo en el seguimiento -j re

—Pase, abuelo. ¿Ese apelativo indicaba que tal vez mi suerte cambiaría? Al traspasar el umbral apareció ante mis ojos una habitación rectangular de paredes amarillas. Una cama, dos sillas y una mesa corta, de madera parecida a la caoba componían un esqueleto sobrio. Las ventanas daban al patio, me acerque y puse una silla, me subí en ella para asomarme, fuera se veían las luces de los pabellones.

— ¿Qué miras?, -escuche a mi espalda. Un escalofrío me despertó, me giré, allí estaba ella, con su inmenso cuerpo ocupando todo el portal. Vestía una bata entreabierta dejando ver un conjunto rojo con pequeños lunares blancos. Me sentía ridículo subido en aquel pedestal. Di un salto mientras decía que quería salir fuera. Sus ojos brillaron, la cara se le abrió cuajada de picardía, hizo un gesto para que me acercara. Mi corazón se agito, ella humedeció sus labios pasando su lengua con suavidad. Caminé hasta colocarme a su lado, era un poco más baja. Me pidió que le siguiera, abrió una puerta y entramos en una habitación con poca iluminación. Las paredes y el techo estaban pintadas en negro. En el centro una camilla descansaba sobre un pedestal giratorio. “¿Porque te empeñas con este pobre viejo?” –fue mi intento de explicarme pero me contuve. Se marchó detrás de una pared que se abría parecida a la quilla de un viejo barco. Estaba preso del pánico. Al poco rato apareció vestida con una capa azulada. ¿Que llevaría debajo? No fue necesario esperar, la abrió y liberó un sol dorado que colgaba sujeto de sus pechos. Dijo:

—Héctor coge aquel látigo. Fui hasta él y se lo di. Se la veía feliz, sus abundantes carnes bajaban en pliegues hasta sujetar una falda dorada que se insinuaba sobre vientre y cadera. Un golpe dio en mi pecho, empujándome contra la mesa camilla. Me giré de espalda intentando protegerme, pero ella me dio un violento latigazo. Sin dejar que respirara, dio paso al juego. “¡Coge aquella tela y amordázame!” Inerte, tieso, salí de mi sitio en busca del trapo, mientras a mí alrededor oía incesante los latigazos rebotar en el suelo. Al regresar se había instalado encima de la cama. Decidí intervenir y le golpee en el vientre con fuerza, ella me cogió con las dos manos desde los hombros y me empujo en dirección a sus senos. Torpe de mí, me ahogaba entre esas montañas: ¿que pretendía?, ¿debía morderlas? Solo sentía que me golpeaba con furia una y otra vez. Intente aferrarme a la cama y la empuje intentando girase sobre su base, esta cedió y dio tres vueltas despidiéndome contra una silla. Ella fue a dar contra el suelo y comenzó a gritar:

— ¡Damián! ¡Damián!. Se abrió una puerta y por ella entraron dos enfermeros que sujetaban a un fornido de cabellos largos, iba desnudo de cadera hacia abajo, lo llevaron hasta ella y gritando como enloquecido la penetro con violencia. Los ayudantes le sostenían, mientras ella había puesto sus piernas alrededor de su espalda, y sudaba, y gemía. Me incorpore acercándome al espectáculo. La fiera de improviso se soltó, apareciendo más calmada. Uno de los ayudantes cogió el látigo y sin más explicaciones azoto al engendro. Transcurridos unos segundos, ella levanto la mano diciendo basta y se lo llevaron a rastras. Le miré, al verla estirada su cara mostraba una felicidad inaudita. Me dirigí hasta la mesa y cogí una botella de agua, fui hasta su lado y la vacíe en su cara desde una altura de un metro. El cabello se le apartaba, unas facciones suaves y unos ojos lisos de avellana dejaban discurrir el líquido. Repetí varias veces la operación hasta sentir que roncaba. Me estire a su lado y me dispuse a dormir en el desorden. Era verano y el suelo estaba caliente, la humedad pegajosa se evaporaría.

Me despertó cerca de las 7 de la mañana y dijo:

—Te llevaran a otra habitación en este mismo pabellón. Podrás salir a caminar en los horarios establecidos y también tendrás autorización para visitar la biblioteca. Pero… solo me perteneces a mí. Se acercó y me beso en la boca y se marchó. Cogí la ropa –estaba limpia-, y me cambie. Me sentía liberado, al fin tenia quien me protegiera, tan solo era cuestión de contentarla las veces que lo pidiera. Era temprano, fuera el solo se desparramaba por los campos. Salí a caminar por el manicomio. ¿Ella cumpliría lo prometido? ¿Porque me resignaba a este sitio? Tal vez la respuesta más sencilla era que me quedaban pocos años de vida, se comía bien, la habitación era agradable, podía leer y la violencia que me rodeaba no me concernía. Es más, las visitas a mi protectora o al electroshok serían pequeños inconvenientes que iba a soportar. Me dije, “este paseo lo repetiré todas las tardes”. Mi edad les impediría ponerme a trabajar, así que debían alimentarme, vestirme. Al fin, la paz había llegado a mi espíritu.

En los días siguientes, el paseo lo comenzaba en el pabellón Nº 3, luego seguía el 4 y a partir de allí se podía seguir un camino de tierra que circundaba la frontera entre el fin de nuestra civilización y los campos de labranza del que se ocupaban mis compañeros. A continuación venía la panadería, luego el establo y desde su límite partía otro sendero tortuoso y estrecho que descendía hasta el río que señalaba la frontera entre nosotros y una cantera en poder de una empresa privada donde trabajaban algunos enfermos. ¿Qué acuerdo tenían con nuestro Director? Recorriendo el cauce se llegaba hasta un puente que daba a la carretera, el linde desembocaba en el pueblo. Según decían los relatos de los que a diario se escapaban, al final se encontraba un hotel, una gasolinera y… ¡una pista de baile!, en la cual las orquestas tocaban música cada domingo. Al llegar a este punto tomaba por la izquierda para concluir el trayecto. Es por este sitio donde se cruzaba la carretera principal de entrada al hospicio y el arco de entrada que dejaba limpia la vista de los trigales y pastos yermos. Mi cansancio se comenzaba a notar camino del regreso, cuando aprecian los primeros pabellones, que a medida que me acercaba su volumen comenzaba a aumentar. En el que vivía –el de los locos furiosos-, era el último por la derecha. De tejado rojo. Le rodeaban unas  galerías externas con sus enfermos atados a las rejas de los pasillos expuestos al sol. Según mis cálculos invertía una hora en completar el recorrido. La protección que ella ejercía serenaba mi ánimo y su influencia en los enfermeros, me permitía esta escapada diaria que me relajaba y me daba esperanza. ¿Por qué al llegar al puente, no saltaba y escapaba? ¿Qué podía hacer allí fuera?, está pregunta aunque infernal y constante, me consolaba. Ese día pude entrar a la biblioteca por primera vez, de madera, y techos con vigas de hierro traidas desde Inglaterra. Una hilera de mesas con luces que acababan en unas tulipas de cristal verdoso permitía sentarse a unos 50. Pero nunca había nadie. Los locos no leían y los cuerdos esperaban cumplir las horas de trabajo y escapar, salvo ella, B J Grass. La única que estaba como si fuera una reina. Los libros no pasaban del año 1900 pero eran cientos, apilados con perfección, con ese olor antiguo y protegidos por ventanas de cristal. Saque uno, La abeja. Siempre me interesaba el naturalismo. Leí un fragmento de unas hojas interiores:

“He ordenado construir las celdas donde crecerán las reinas de la nueva generación. Tan pronto surja el primer nacimiento, estaré obligada a asesinar a todas las restantes. He tolerado a los zánganos hasta este momento, tan pronto una de ellos este maduro consumará el vuelo nupcial. El apareamiento de mi sucesora permitirá desarrollar la estirpe. Al concluir el dominio de la reproducción será el momento de exterminarlos. Daré orden a mis obreras que con su aguijón cumplan el ritual. Esta gloriosa cita anuncia mi partida. Detrás dejare un ejército. Algunas obreras me acompañaran para formar un nuevo enjambre”. Cerré el libro y miré a mi alrededor, el silencio flotaba… tal vez era un zángano —pensé.

Frankenstein: la herida del lago _03 y final.

 

By J re crivello

El pasado absoluto no existe. Esta barra de pan es tan parecida a aquel pescado muerto y destripado. El alcohol a veces nos inspira, pero debo confesar que lo que nos hace atrevernos, lo que nos impulsa a desarrollarnos, es el amor. Limpio, sano. Hasta inútil en sus repeticiones.

“He llegado a esta casucha y el anciano me ha dicho:

“No se desespere. No tener amigos es muy desafortunado, pero los corazones de los hombres, cuando no tiene prejuicios por cualquier interés propio claro, están llenos de amor fraternal y caridad”. (fuente Mary Shelley en Frankenstein)  (1).

Tal vez el anciano tenía razón. O esta serie nerviosa de encuentros con humanos se ha saldado en mi contra. Ligero de prejuicios pero confinado en una forma fea, mi corazón late de manera inexplicable en aquel continuo rechazo.

He dejado para el final una anécdota. La niña del lago ella me mostrara los límites de mi infierno. Durante días he repasado ese momento. ¿Un sueño desgraciado? A mi manera, lo explicaría de la siguiente forma: el corazón juvenil nos previene de los peligros que encierra la cultura humana.

En el contacto entre ambos había supuesto que el mundo me observaba con inocencia y ternura, hasta que algo se rompió y me llevo hacia lo vil. Los humanos separan su conciencia inestable, tal vez juvenil –es la flor que me ofrece la niña-, de las relaciones entre sus diferentes personalidades y sucesivos desencuentros.

A hurtadillas, o sencillo y rápido, reaccionan como lo hice, con rechazo o amor, con sabiduría o envidia. O con violencia.

Luego, es la culpa o el miedo a perder el favor de Dios (el castigo) quien nos avisa.

 

Notas:

(1)Pag 39 Mary Shelley. Frankenstein. La Vanguardia, año 2007

 

Mother: Los años de plomo en Argentina. Objetos… Objetos —03

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Amigos, hoy regresa otro capítulo de Mother: los años de plomo en Argentina (1973/74) Una historia de amor en el marco de la desaparición de una generación ahogada en el desinterés, las desapariciones y el exilio. –j re crivello

Volví al piso de arriba de la casona de Mother, me quedaba recorrer más de una vez ese viejo desván. Vi una caja marrón, tenía unos clavos gruesos que sujetaban una tapa. Ni un signo exterior. Busque un hierro para hacer palanca y le hice saltar las maderas que le protegían. Se veía todo muy ordenado y limpio, desgarré el papel y tiré de una anilla de una carpeta. En su interior de los papeles allí guardados por mi abuelo, pude leer un recorte de periódico, decía:

“Objetos, pues. Objetos que cada noche, cuando su esposo de hábitos regulares se metía en la cama, Evita clasificaba y embalaba para después distribuirlos en persona (10.000 paquetes por aquí, 9.000 por allá, 5.000.000 de juguetes para la Navidad de 1947)” (1). La Fundación llegaría a tener catorce mil empleados y seiscientos millones de dólares a su disposición. En el diario, a veces pulcro de letra redonda estirada hacia arriba y escrito con lagunas, sin fechas, o en otras en la parte trasera de unas facturas impresas en los años 50. En una imprenta que ponía Hermanos Carrizo; decido leer una parte, está escrito en bolígrafo rojo, en el reverso de una factura, una grapa le sujeta a su hilo conductor que es el lomo del Diario de mi abuelo, de cuero y tapas hechas de manera manual. No observo ninguna dirección del relato solo su voz que dice: “la actitud febril y compulsiva de Evita al establecer una carrera contra el reloj entre los años 1949/52 –año de su muerte, en el cual la distribución de todo tipo de compensaciones monetarias o de productos instruyo al régimen, en una suerte de pecado venial, producto de sus incumplimientos enquistados en la maquinaria gubernamental”. Luego otra larga frase: “deberíamos recordar que el culto a la personalidad de Perón, las vejaciones a la prensa, a los partidos de la oposición y la corrupción formarían parte de esta cara oscura del gobierno”. Me detengo y me pregunto en voz alta. ¿Quién permitía que Evita sustituyera a los mecanismos legales del Estado Social, por una suerte de Fundación personal? Aparece en mi mente: Perón. Vuelvo a leer, mi abuelo sigue… “El líder utiliza la capacidad carismática de Evita y la fuerza del Estado para crear una red de clientelismo que coloca al país y a su sociedad en un presente vertiginoso, pero le sitúa fuera del futuro, nos hallamos en una sociedad sin normas ni razón. El despertar del 55 será de estrepito”. Estas dos últimas palabras aparecen subrayadas. Por primera vez hay una fecha, estos papeles están escritos después de la caída de Perón. No deja de ser una hipótesis, dejo de leer para recordar una anécdota, cuando era joven, una tía me acompaño hasta la orilla de un lago, aplanado en los lados, con poca vegetación y mostrándome unos enormes edificios de ladrillo que parecían hundirse en esa lamina liquida, dijo: “Todo aquello lo hizo Evita y Perón. En su época el pueblo vivía muy bien y la nación era muy rica. En los pasillos del Banco Central se acumulaba el oro” (2).
Pero, los sueños duraron hasta la década del 70. Una generación despertó e hizo acopio del cuento construido en una personalidad fuerte, sencilla y carismática. Su muerte prematura permitió separar al uno del otro, el General se fue al destierro en el 55 durante 18 años, pero la memoria se enquisto como una vana esperanza. Aunque, en el caso de Evita fuese de oropel y el sándalo, en la realidad murió sola y angustiada.
Y quedo el mito. De un país de riqueza y facilidad en los favores. Me levante y fui hasta la ventana, la calle larga y arbolada en un lado… latía. Pensé en mi nueva conquista Silvia Lara, desquiciada del Régimen, solo intuía la lucha en los Montoneros. Cada vez que me visitaba, más le amaba y más lejos estaba de sus sueños e ideales. El tiempo se aceleraba y no encontraba asidero en este país donde solo se hablaba del regreso del Mito. Y nadie descubría que ese era un foso que se abriría hasta tragarnos a los amantes (ella y yo), a todos, salvo a Mother que agruparía los silencios en nuevas intrigas para no aceptar que la ruina solo tiene nombre propio.

(1)Eva Perón. La biografía. A Dujovne Ortiz. El País Aguilar Año 1996

(2)Memorias no escritas. J re crivello

Los escritores somos: la Nona -03-

Amigos, ya sé que mis historias les dejan “Nocaut” A mi también -j re-

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 Ladronzuelos de historias que escuchamos a la vera del camino, en una zapatería mientras nuestros pies estallan ante la insistencia del vendedor o en un bar bebiendo café mientras una o varias palomas de la Rambla nos asaltan por un trozo de croissant.

Mi nona espiaba el alma ajena, debo reconocerlo. Todos los jerséis que me hizo los tejió al lado de la ventana mientras veía pasar a la gente, e imaginaba sus historias. Por ello cada vez que era invierno y me ponía sus jerséis una cantidad de historias entretejidas me asaltaban. Alguno pensará que estaba desequilibrado, no. Ella había puesto la vida en la lana y la lana guardaba con rigor y cariño esas cuentas dobladas y sin fama, como la siguiente historia que someto a su consideración:

Aquella mañana de sábado logre despistarme del control de mi Nona y me fui al patio. No me intrigaba ni la gran pajarera que se abría a mi derecha, ni el posterior gallinero de fino alambre y suelo ondulado de tierra marrón y desconocida. No, mi interés era llegar hasta la tapia y lograr ver del otro lado. Me habían puesto un traje azul y la gomina me apretaba el cabello, esta tirantez, dejaba ver el contraste de mi pálida cara larguirucha. Estaba preparado para asistir al entierro del vecino de mi izquierda. Era la conversación del pueblo. Esa misma mañana antes de dejarme un poco olvidado le había acompañado a mi Tía, hasta la carnicería. El dueño un catalán, de cuerpo lleno y pelo ondulado, no dejaba de decir que el muerto se lo tenía merecido por no aceptar que las deudas del juego debían pagarse. Mirando hacia arriba, le pregunte en voz baja a mi Tía, que significaba aquello. Un golpe en la cabeza me sacaría de dudas. Reemplace la respuesta por mis propias conclusiones. El vecino era un mafioso que jugaba al póquer por las noches y regresaba a su casa de madrugada. Antes de acostarse le daba una tunda de palos a su mujer -si había perdido, sino, se ponía a roncar hasta las 12. Más de una vez le había visto salir a esa hora. Su nariz de galgo le definía, pero además, la colonia que se ponía después de afeitarse me recordaba al día en que lavaron a mi bisabuelo antes de meterle en el ataúd. Aun retengo esa figura metida en mi retina -al asomarme desde un descansillo en la ventana que daba al patio. Pero no sé si mi vecino muerto de repente estaría en el cielo. Mi abuela dice cada noche, que antes de llegar al cielo, está el Purgatorio. Allí esta Dios y va separando a uno y a otro. Los pecadores se van al infierno y no soportan el calor muriendo asfixiados. “¿Jugar a las cartas será un pecado?” –a veces me pregunto, porque yo lo hago cada día a la siesta con mis 4 primas. En los días de mucho calor, esta actividad me distrae en la peor hora, cuando los mayores se van a dormir y no quieren sentir ningún ruido.

Ya había llegado hasta la pared, puse una silla cerca, pero comprobé que era muy baja. Como no había una escalera, fui hasta el gallinero y me traje un cubo de hojalata que utilizamos para darles de comer. Con aquello pude llegar hasta el límite de esta cubierta de cemento. Del otro lado se veía una casa en el centro de un gran patio de tierra, luego nada más. Esta familia era el comentario del barrio. Sus miembros siempre estaban inmersos en una actividad detrás de otra. El más destacado el padre. De porte arrogante, su cascara de nuez debajo del mentón parecía salir más allá de sus palabras, le había oído hablar más de una vez con mi abuela. Fagocitaba las erres y su descaro iba gradualmente en aumento. Comenzaba con el tradicional comentario del tiempo y se animaba de una manera, que siempre lograba venderle a mi Nona algún cacharro que no serviría para nada. Luego ella paciente lo dejaba en el montón de Los Dolan, al final del patio. En mitad de la conversación, siempre, no dejaba de incluir su frase preferida:

_¿Se acuerda Ud. de Pérez? Mi abuela le miraba con respeto. Y él, recogía alguna anécdota diferente de aquel extraño personaje que me representaba un mundo, pero, debo confesar, en las noches al repasar mis aventuras, dudaba si era cierto lo narrado. La última de Pérez, era que había tenido una novia que acostumbraba a criar gallinas, para luego venderlas al carnicero catalán. Hasta allí aquello, no habría sido más que un detalle sin importancia. El descalabro aparecía en el giro del asunto. Según Dolan padre, la novia, le vendía más animales de los que podía criar en su pequeño patio. Al indagar el porqué, el tal Pérez había descubierto que ella gustaba de visitar por la noche los patios vecinos. Con un cuchillo alargado y fino, daba cuenta de su cuota para el mantenimiento de las necesidades de la casa.

¿Y qué fue de ella? –pregunto mi Nona. “Apareció degollada -respondió, más allá del final del rio. ¡Vio! donde gira un poco y se hace un remanso, para volver a acelerarse hasta la salida del pueblo”.

_ ¿No se supo quién fue? –insistió mi Nona. “Pérez me dijo –agrego Dolan, que un cuchillo tan ágil se transforma”.

_ ¿En qué? –pregunto mi Nona

_En la muerte –respondió Dolan. Y mientras pensaba subido a la lata y pegado a la tapia escuche:

_Hola. ¿Qué haces? Estuve a punto de desmoronarme de mis recuerdos, al ver muy pegada a la pared, una niña rubia de mi edad quien me hablaba. ¿Cómo había llegado hasta allí sin verla? ¿Se habría arrastrado pegada a la pared hasta dar conmigo?

_Hola –respondí. Nos miramos un rato. Ella sostenía en su mano un mazo de cartas. “¿Quieres jugar? –pregunto.

_No. De pronto sentí que me agarraban de la cintura y me tiraban hacia atrás. Mi abuela había dado conmigo y me reñía. Intente defenderme con una explicación sencilla:

_Quería ver quien vive allí. “Nadie” dijo mi Nona, “no es un sitio para meterse. Es una familia mala”. Enseguida pensé: ¿vivía allí otro vecino al cual matarían igual que al otro?

_Nona.

_ ¿Qué?

_Nos quedaremos sin vecinos. Mi abuela sonrió.

_No mueren todos a la vez –dijo. Algunos se enferman, a otros les cae la amargura y a otros la envidia les quita de en medio.

_ ¿La envidia? Dije para continuar: ¿no hay remedio para eso? “No, es lo que sienten los demás cuando te van bien las cosas” -agrego mi Nona.

_ Al vecino de al lado, ¿cuál de las tres le mato? –le pregunté. “No se tal vez la segunda”, -dijo ella.

_ ¿La amargura te viene de dentro o de fuera? -insistí. “De fuera. Los que te rodean son los que te devuelven lo tú que pones en ellos”. Mi Nona recogió todo. Estaba lista para ir al entierro. Me dio su mano y le seguí hasta la puerta.

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