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Barcelona / j re crivello

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06

El corazón dormido: UNA VISITA NOCTURNA –06

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by j re crivello

Sería la madrugada, Lucas Boy metido en su moto recorría la parte final del macizo, en esa zona, un cruce de caminos dejaba ver la entrada de la finca de Mar Pérez. Luego un kilómetro de plataneros a ambos lados, frondosos, llenos de vida dejaban ver una casa sencilla que aparecía en el fondo, sola, blanca y a la espera del visitante ocasional. Del otro lado de Villalobos, por otra carretera, a casi 2 kilómetros en línea recta pero detrás de una gran montaña  permitía ver aquella envidiable situación, como un valle preparado para recibir a su futuro hijo. En su cabeza aun repetía esa frase larga de confesión que Mar había recitado como una plegaria de domingo ante la marcha de su madre: «aunque vivíamos separadas, a la mañana y a la noche recibía sus llamadas y siempre con la misma letanía: ¿has pensado en casarte? ¿En tener hijos? ¿En lo estúpida que estás sola y viviendo de tu egoísmo? Y siempre… esa continúa protesta que corroía mi calidad de mujer». Se apeó de la moto, el reloj digital marcaba las dos, la noche era cálida, no se oía nada, podía pensar y cortar la brisa de su vida, yendo hacia atrás y hacia el presente con fluidez. Golpeo con los nudillos en una ventana donde ella dormía, le respondieron: «voy». Luego una luz del porche dejo ver su cara y un camisón fino, corto, inexplicablemente salvaje y teñido de verdes. Le dio un beso, su corazón latía acelerado. Lucas Boy había recuperado el hambre después de tantas noches buscando en la soledad. Mar hizo un té, en la cocina charlaron un buen rato. Que tú estás aquí; que aquello es una estupidez; que mi sostén está olvidado; que mis piernas son curvas y tu tórax es liviano y ágil; que mi madre decía, que ya no quedan pálidos; que todo es rojo o lleno de violentos ocres; que en el jardín en el largo camino de plátanos ha nacido una buganvilla perezosa; que si me besas te prometo dejarte sentado allí castigado por tu deseo. Quizás una gran atracción les envolvía y les enamoraba. La noche reducía a cenizas toda la envidia humana, y les dejaba jóvenes y vitales. Él la levanto entre sus brazos, Mar se dejó llevar y con su dedo índice lo arrastro por su tórax, describió círculos, lo mojo en sus labios, regreso a su vello para repasar carreteras de fantasía. La cama estrecha y antigua prosperó de tanto calor. Sus piernas se abrieron, su cadera se torció hasta empujar dentro. Algún grito, alguna fe. Alguna risa perversa, alguna cara boba ante tanta fuerza de las dos pelvis que golpeaban sin cesar. Ese punto de azúcar disuelto, donde los amantes reproducen hasta ser derramado. Luego ella exclamo: ¡ahora puedo!

 

10:10 del domingo

Mar Pérez preparo el desayuno y abrió las ventanas, fuera el macizo vivía y latía desde hacía horas. Le despertó. Le trajo a Lucas Boy hasta la cocina y le sirvió cual amante que desea salir de su madriguera y decir que es feliz.

–Hace un buen día  -dijo Lucas Boy

–He pensado –dijo ella, que me ayudes a limpiar aquella hilera de vides.

–Pero yo… no entiendo

–Yo te explico. Ahora hay que descargarlas de tanta hoja para permitir que nazca con fuerza la uva.

– ¿Viene buena cosecha?

– ¡Excelente!

– ¿Y eso como lo sabes? –pregunto Lucas Boy

–Es algo que se nota en el aire. Con mi padre recorríamos esta zona –cuando el tenia viña– y me explicaba los secretos de estas plantas. Le miró, sus piernas flacas y llenas de genio sobresalían por encima de una silla antigua y destartalada. Siempre quise –continuo Mar- regresar al punto de partida. Mi padre siempre me hablaba del corazón dormido. Del espíritu. Lucas Boy escucho esa palabra por segunda vez, ya lo había sentido en el hotel que intentaba montar del otro lado de la montaña con su amigo. Y esta forma de ver el regreso a la vida tranquila, o a los sueños abandonados y proscritos para jugar en historias diferentes a las personales le hizo pensar respecto a si mismo. ¿Tenía el un corazón dormido? Quizás sí, un hijo que no tuvo, o ese desenfreno, esa angustia que se apodera de su alma en las noches y no puede descifrar hasta que la madrugada pierde paso y le mete en el trabajo. Ante lo cual verbalizo algo así como:

–El corazón… dormido. Ella –su Mar-, le entendió y solicita, paso una mano por la cabellera, y le entretuvo frente a la ventana que mostraba el comienzo de la larga hilera de plátanos.

 

Luis F. (hace diez años)

(-2 días)

 

Estaba de pie en el balcón, serian cerca de las siete de la mañana, desde ese espacio se veía Paseo de Gracia. Aún no había mucha actividad, los turistas incomodos hacían cola para entrar en las dos casas de moda en el itinerario de Barcelona. Luis F. se las sabía de memoria, la casa Batlló con su sombrero de gala y abundante histrionismo de Gaudí y sus balcones llenos de fiebre y, su pareja la casa Ametller, creada para este rico chocolatero que ansiaba un jardín urbano, con sus remates escalonados que declinan cual tableta de rico sabor. A veces no sabía con cuál de ellas quedarse, en ambas el genio y las alegorías del espíritu burgués barcelonés le unían a esa ciudad hundida en el encanto. Una llamada en su móvil -de Lucas Boy- le quito del ensimismamiento, hacia fresco y atendió en el interior de su piso:

–He estado en casa de R y le entregado el kilo de merca. Pero he salido de allí a risotada limpia. ¿Sabías que este tipo tiene dos doncellas mulatas que le abanican como si fuera un harem decadente? Luis F. declino contestar, conocía al personaje en cuestión desde hacía 30 años, era un industrial que solía respirar los fines de semana con sus locas aventuras; le recordaba a Engels –el amigo de Marx- rico industrial que le financiaba y hacia la revolución, aunque era una analogía desesperada, pero los industriales tenían esa pasta de ver los negocios y concebir los cambios.

– ¿Estás ahí? –pregunto Lucas Boy

–Sí, el coctel de pastillas me hace ser más lento en las respuestas –dijo Luis F. Pero Lucas Boy aporto algo de su visita, al comentar que el tal R, además le recibió con un deshabillé bordado en oro y desde su refugio no paraba de insultar a los cabrones socialistas que le quieren dejar sin un chavo. «Este pavo lo quiere todo para él» –agrego su amigo. Para Luis F. esa era una gran definición del orgullo humano, recordó que en los mejores momentos este R, hacia traer faisanes desde una granja en Aragón, que los alimentaban con cereales escogidos y al servir las viandas tenía un particular latiguillo: «esta mierda es mejor que tu droga». Un imbécil –pensó. De la cantidad de paisanos que corretean por el mundo, algunos poseen el dinero para demostrar que la vida es una sucesión de vanidad. Y dijo:

–A ese le vendría bien que un día de estos le volaran la tapa de los sesos

–Pero nos quedaríamos sin cliente –respondió Lucas Boy  –y agrego: «iré donde tú sabes para dejar 2 pájaros más». «OK» –respondió Luis F. Luego se sentó delante de las cartas que preparaba y abrió para releer la carta número 9, decía:

«Amabilísimo colega, el entusiasmo es un alimento necesario pero si te dejas llevar por el acabas dominado por una fiebre rara de sensualidad que siempre desea más. Más coches, más crema, más movimientos de cintura y más ganancias de dólares que alimentan tus obsesiones. Si puedes parar al lado de un rio y estar sentado un buen rato observaras su corriente, lánguida e igual. LA NATURALEZA DE LA QUE NOS HEMOS SEPARADO ES MAS AUSTERA». Cogió un carboncillo de tono azul y la firmó con un: Luis F (-2 días), luego se estiro en un sofá mientras observaba la chistera de la casa Batlló, fina y delicada, en ella Gaudí hace una ola, sucesiva, alegre y se durmió

A las dos horas, le despertó otra llamada de Lucas Boy:

–He dejado los dos pájaros. La pajarería está en una esquina y dentro juegan cartas como si fuera un club social de jubilados. Pero me hicieron entrar y me llevaron hasta un saloncito que da a un patio. Esta sociedad ¡esta corrupta! Un tipo vestido de marinero ¡si de marinero!, contaba billetes tan arrugados que los alisaba con el antebrazo en un movimiento, como te diría: «así, así». Luego me miro por encima de sus gafas y me hizo sentarme en una silla tapizada en…

– ¡Abrevia joder! –dijo Luis F

–Le deje los pájaros y me entrego el dinero que acababa de alisar atado con cinta de carrocero. ¡Esto no es dignidad! Mezclar la cinta con los hermosos billetes –dijo Lucas Boy con ironía- y para terminar agrego: dejare la pasta en el retrete del edificio que hemos comprado en Sitges. Nos han hecho una obra genial, levantas la tapa y puedes desmontar la taza de wáter para acceder a un descansillo de un metro cuadrado. ¡Ya casi está lleno! Luis F volvió a dejar el móvil en la mesa para preparar un coctel de su medicina. En la cocina recordó a We Be, hacía dos días que no la veía y su ausencia le escocia. Su animalidad le llevaba a escaparse de tanto en tanto para experimentar nuevas historias, al regresar parecía incluir en sus relatos la fauna que poblaba la cabeza de Gaudí. Se escuchó la puerta, ¿será ella? Con los ojos irritados y un peinado revuelto, le dio un beso. Solo dijo:

–La mierda está cada vez más adulterada dijo We Be. Luis F. rio de buena gana.

Elvira TresDedos: Estoy sin tinta -06

Elvira Tresdedos cover

Amigos, regresa ElviraTresD, y me decanto por este nombre -j re

Había quedado en la casona de la parte alta con Elvira TresDedos, el mal humor me seguía detrás. Son esos días que uno se pregunta ¿Qué narices me pasa? Pero aquello sigue presente. Repase mi lista mental, llevaba mini grabadora y sitio para apuntes y un bolígrafo que se me había acabado hace una hora. Algo siempre falla —pensé. Seguía en el aire los casi treinta años de esta mujer escondida en un grupo de la alta sociedad pero que muchos daban por desaparecida, me recordaba a la amnesia sobre la amante del ex rey Juan Carlos, esa tal Corina quien vivió con él y nadie dio cuenta hasta que estalló el escándalo de la caza de elefantes en África. Toque el timbre, me hicieron pasar al final una empleada con una fregona inmensa insultaba en ruso mientras limpiaba. Todo iba mal —volví a pensar. Me llevaron al salón rojo, según dijo la empleada. Una habitación rectangular con unas cristaleras que daban al jardín, dos o tres sillones dispersos y donde me senté. A mí alrededor tan solo una mesa baja y dos sofás frente a frente. Elegí el de la izquierda y me dispuse a esperar. Pasados cinco minutos por mi lado derecho sentí una ráfaga de colonia a lavanda. Me gire. Elvira TresD estaba de pie sonriendo. Me levante y trastabillé  y sin cortarme dije:

¡Hoy es uno de esos días que todo sale como el culo! Ella no se inmuto y me extendió la mano, el saludo fue cordial pero gélido. Nos sentamos y pude ver su falda que llegaba con dificultad a cubrir sus rodillas. Vestía en colores turquesas sin alhajas y con un reloj verde muy pequeño. Ella dijo:

—Los malos días preceden a aquellos en que la sensualidad se despierta. La vida está compuesta de miles de días grises, algunos malos y muy pocos donde el alma está inquieta. Pude copiar todo ese decálogo de golpe, pero mi bolígrafo estaba en desuso. Sonreí para decir:

—Estoy sin tinta. Es decir me he quedado sin bolígrafo ¿Podría dejarme uno? Elvira TresDedos volvió a sonreír. Sin darme cuenta una señora que se mantenía expectante me acerco uno.

—¿De qué hablaremos? —preguntó.

—Si le parece podríamos organizar un poco su vida. Ud. estuvo casada con…

—¡Tres! Por ello soy Elvira TresD. En su momento decidí cambiar mi apellido que era un horrible Gonzalez por este TresDedos.

—¿Y cómo lo hizo? “Un amigo hace años me ayudo. Siempre hay amigos. Las mujeres tenemos un don y a la vez un castigo. Nos sabemos mover y hacer que otros hagan cosas por nosotras”.

—¿Tan poco espacio les hemos dejado los hombres? Ya me había arrepentido de esa frase. Es que este día me alejaba de todo metiéndome en un lio detrás de otro. Ella pareció escuchar para contestar.

—A veces la vida te da lo que es posible, tú debes sujetarla y empujarla. En mi caso me violaron con 17 años en el piso 22 de ese hotel más famoso de Barcelona. Aquella noche luego del servicio, se aproximó un político socialdemócrata con coca hasta arriba y me empujo contra un cuarto trastero. Y… como vera, aún vivo. Esa fue mi primera oportunidad para entender el mundo de los hombres cargado de medias verdades y oscuros fanatismos.

—¿Daria su nombre?

—No. Determinados hombres usan su poder para encumbrarse y se rodean de personas destruidas. Aquella planta 22 para mí fue un lugar donde aprendí mi oficio.

—Su… ¿oficio? Vi que se ponía de pie y abría la puerta al jardín, no muy largo con una palmera alta y pequeños jardincillos verdes. Caminamos en redondo casi diez minutos. Un biógrafo debe estar en el papel, debe conocer a su personaje pero aquella debe entregarse. Aun estábamos lejos de ello y por ello pregunte:

—¿Le parece bien que nos veamos dos o tres veces a la semana?

—Tres. Este es mi número —dijo mirándome con una sonrisa maliciosa. Y agrego:

#Hoy refrescará. Verá que esta noche su novia le corresponderá. Quise decir que no tenía, que tal vez era un bulo para terminar la entrevista y así fue. Serían las 20 horas y estaba en la calle. Dos aceras más abajo entre en un bar, en la barra pedí una cerveza. Mire hacia el fondo del bar y desde una mesa con una sonrisa me correspondieron. Me dije: esta será mi novia y fui hasta allí para pedir fuego.

¡Qué horrible! Son las diez y ¡aún estamos en la cama! —dijo Nora. Se vistió con prisa para despedirse. En mi interior la sonrisa de Elvira TresD y su aviso latía. Escribí en una nota: ¿Será bruja?

 

 

 

 

Escribir es otra historia… Maese Crivello

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Hoy van dos artículos en un día, si ya sé soy una chica temperamental -j re

Hace un día envié en FlemingLAB este  mensaje a una alumna que no disponía de ordenador provisionalmente:

Debes escribir un diario pero que sea un texto literario. Puedes elegir un viaje, o inclusive este mismo temporal de lluvia, ahora no sé en qué soporte, puedes usar papel y  lápiz. Puedes usar tu face, y subir cinco líneas cada día y al final pones mi nombre y lo rescato.

Luego de escribir estas líneas reflexioné, ¡si no es tan complicado! Todos amamos comunicar nuestras miradas del otro, de la vida, de aquellas canalladas que hemos superado. O transmitir sueños que nos han despertado de madrugada: aquella antigua/o novia que se asoma luego de años y saluda y el mundo viaja hacia atrás con tal intensidad que describiríamos hasta el olor que surgía de la pesadilla. ¡Si!, el olor era tan particular que ocupaba el sueño, o los deseos de sexo aparecían sucesivamente mezclados en una vieja historia sepultada por los años.

Por ello la actividad de narrar está cargada de espacios vividos diariamente. Son retazos de historias que uno debe trasladar. Y es aquí cuando uno debe llevar un lápiz, un boli, un ordenador o el guattsap para comunicar ese descubrimiento.

—¡Ya! Pero escribir es otra historia, estimado Maese Crivello —responderán a coro.

—Comprendo. Pero sin chispa no hay historias para soñar en compañía de otros. Algunas simples, otras más elaboradas, como Vera la detective de 55 años que vive sola y se obsesiona por crímenes de “esta policía desaliñada y cascarrabias, entrada en años y también en carnes, que vive sola, y que dedica casi todo su tiempo a resolver asesinatos” (1)

En suma, solo conquistaremos la comunicación y con ello la capacidad de narrar si imaginamos el olor, el desaliño o cualquier otra característica como si fuera ¡ya!

 

(1)Ver link

¿Qué tripa se te ha roto? -06- by Ana Fernandez

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Hola amigos, regresa esta serie, hoy de escrita por Ana Fernandez, comprendo que algunos perderán el hilo…; mañana prometo dar continuidad al regresar con el jefe de policía Wert.

-j re.

by Ana Fernandez

Ana se miró en el espejo, todavía guardaba algo de su belleza de juventud. Había sido una chica muy guapa, aunque ella no lo supo hasta que —siendo ya madura— fue descubriendo quien era y todo lo que atesoraba en su interior. En ese momento llegó su verdadero éxito y sus novelas empezaron a venderse como rosquillas, incluso aquellas  que había escrito mucho tiempo atrás y que habían pasado sin pena ni gloria por las estanterías de las librerías.

Observó cada detalle de la cara reflejada en el espejo, algunas patas de gallo enmarcaban los ojos de un verde musgo que recordaban las empinadas montañas de su tierra natal. Debajo  unas ojeras, fruto de la noche anterior y del despertar sobresaltado con la llamada de Marta, dejaron una huella oscura que lejos de afearla, imprimía mayor dramatismo a su mirada.

Completaban el conjunto las incipientes canas debajo del rubio Nº 8 que usaba para dulcificar más sus gestos.

Se quitó la ropa en el baño, contemplando su cuerpo desnudo, los años habían dejado huella, pero no lo habían tratado demasiado mal,  y cerca ya del medio siglo aún conservaba toda la anatomía en su sitio y no había estragos que necesitasen retoques estéticos, un cuerpo al que había decidido darle mucho placer desde hacía tiempo. Su última separación había sido como la carta de libertad para un reo condenado a muerte y desde entonces salía casi cada noche a desahogarse con quien estuviera dispuesto a complacerla.

Abrió la mampara de la ducha y dejó correr el agua un minuto antes de entrar. Se colocó debajo del chorro a máxima presión y cerró los ojos intentando recordar cada detalle del día anterior.

«Juan Re le llamó para hablarle de su último libro y habían quedado para cenar. A media mañana habló con Marta que se ofreció a acompañarles. Muchos años atrás Ana les había presentado, y en los últimos encuentros percibió que entre ellos había algo más que amistad, un flirteo mal disimulado le llevaba a pensar que, o se habían acostado juntos o lo harían en breve.

Cenaron entre risas y de lo que menos hablaron fue del libro de Ana. Juan Re y Marta estaban más pendientes el uno del otro que de ella y se tomaron sin mesura más vino del recomendado. El café y dos copas más —en torno a las dos de la madrugada— hicieron el resto y Ana terminó por dejar a los dos en casa de Marta. Su marido estaba de viaje y no llegaría hasta la semana siguiente. Consiguió sacarles del coche mientras ellos se reían sin sentido y los dejó en la gran verja que cerraba la casa de Marta. Cuando se alejó con el coche les vio por el retrovisor, intentando abrir la pequeña puerta por la que se accedía a la finca cuando entrabas a pie. Lo último que vio fue como Juan Re le cogía el culo a su amiga y la empujaba dentro. Luego la puerta se cerró».

Se enjabonó el pelo con cuidado, luego, mientras hacía efecto la mascarilla, frotó su cuerpo con la esponja llena de jabón y se aclaró. Cogió una toalla del armario, se envolvió en ella disfrutando de su suavidad y con esa sensación confortable se recostó sobre la cama y se quedó dormida.

 

 

 

 

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