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1949

La Sra. Ling: 1949

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General Ma hung Kuoei, 1949, foto H Cartier Bresson

by j re crivello Derechos mundiales para esta novela

Ni-lang decidió entrar nuevamente en la casa. El corazón le dio un salto al ver nuevamente todo tirado y sucio. Los días de la orgullosa Sanghai, cuando su tía le hacía venir desde el campo, definitivamente habían pasado. Fue hasta la habitación de su tía, revolvió todos los cajones y escogió algún vestido abandonado, no debía llamar mucho la atención. Se decidió por alguno gris he hizo un hatillo con otros dos en tonos verdes. Luego dio vueltas hasta encontrar un pequeño bolso, dentro añadió ropa interior y medias.

De repente se le ocurrió una idea y paso su mano por debajo del gran colchón, no quiso pensar que había servido para alimento del alma de su tía y de las traviesas proposiciones de los caballeros que alimentaban su ego y, su patrimonio. Su mano derecha dio con un objeto, tiro con fuerza de él. Era un pequeño diario rodeado con una cinta suave de color salmón. No se atrevía a espiar dentro, pero los tiempos eran extraños y malvados, su intuición le decía dónde ir ¿y si aquello le servía de ayuda? Al abrirlo una hoja fina y delgada en la solapa ponía su nombre. Una letra que volvía sobre si misma haciendo lazos para juntarse y regresar al párrafo –narraba en primera persona: “querida sobrina”. Su fecha databa dos días antes de la entrada de los Guardias Rojos en esta parte de la ciudad. Luego cual azucarillo que dejaba en sus manos, aparecía una dirección en América ¿de otra mujer? U otras opciones por si decidía quedarse. Con su dedo índice Ni-lang señalo bajando hasta el final una serie de citas posibles que le dejaba, para intentar conseguir ayuda y salir del país. En una pudo ver el nombre del abogado que había dejado en la mañana tirado en el suelo. Soñó o quiso creer, que alguno de ellos mantendría la estudiada ambigüedad para no ser asesinado por los Guardias, y mantener una cierta influencia en el nuevo aparato. Arranco esas hojas e hizo un intento de memorizar aquello, pero los nervios le doblegaban. Busco en los muebles una tijera, la hallaría en un cajón, eran dos hojas doradas envueltas en una graciosa y sensual braga de seda rosa. Con ella corto y separo cada dirección y las distribuyo en los dobles fondos de su vestido. No caerían todas, tal vez salvaría una parte. De una manera distraída, ojeo el diario, pudo leer que aparecían reflexiones personales y consejos para ser una excelente amante o para el arte del buen vivir. Aquello le parecía ¡tan alejado de su vida!, lo cerro y escondió, le leería más tarde con tranquilidad.

Esta noche podría tener visita, el funcionario que había visto en la zona de los fusilamientos, aquel que había vivido en su aldea unos años, del cual recordaba su apellido Deng podría influir. Ello le impulso a preparar una noche agradable. Decidió ir hasta el lugar donde habían dejado a su tía. En la parte trasera de la casa, donde criaban los cerdos. El cadáver estaba allí, seguía sentada y apoyada contra una pared. Su cabeza pendía como olvidada del sufrimiento y sus piernas abiertas y desgarradas, mostraban la categoría de los que le habían utilizado. Busco una pala y comenzó a cavar en un lateral del camino que da al corral, luego la arrastro hasta el agujero dejándola caer y tapando con tierra. Decidió  poner encima una pila de ladrillos para disimular la tierra removida. Ahora debía limpiar un poco la habitación y la entrada, echar llave y esperar. No aguantaría mucho allí, sola, mientras la ciudad se desangraba. Le ayudaría quizás, que en los próximos días millones querrían escapar, pero luego requisarían las casas para dárselas a los amigos del régimen y ella iría directamente a una cárcel o al campo a sumar mano de obra. De tan solo pensar que le enviarían al confín de China, a una aldea alejada de la que jamás regresaría y este pensamiento le doblegaba. ¿Habrá agua? Vio un pozo y lleno una cisterna que alimentaba el lavabo. Se hacía de noche y no debía llamar la atención, subió hasta la habitación y en el lavabo lleno con agua fría una bañera pequeña. Los grifos dorados habían sido arrancados de cuajo y los azulejos azules y rosados se mantenían de la rapiña. Encendió una vela y se desnudó. Al quitarse las prendas de campesina, solo era una mujer provista de futuro y ajena a un mundo que deseaba matar la originalidad. Metió los pies dentro, el frio le erizaba el vello y su cuerpo blanco se reflejaba en el azulejado. Se pasó jabón por los senos y levanto las piernas abriendo una y otra vez los muslos. Volvió sobre si misma a preguntarse ¿si el sexo era hacia arriba, o su tía se sumergía en los músculos masculinos? De manera recta ¿como si luchara encima de ellos? ¿O  empujando hasta vencer el deseo de cada jefe que le compraba sus horas? No sabía cómo era aquello, solo intuía. La observación en el campo, de las cuatro cabras que tenían, le daba alguna pista, pero no entendía aquella insistencia previa cuando los animales se pasaban la lengua una a otra para montarse y gemir sin letra ni canción. En ese lago de agua helada, su cuerpo le hablaba, le decía de la espera, de las dudas y el intento de preparación, para quien le visitaría esta noche. Se secó, luego se pasó una crema por todo el cuerpo. En el frasco ponía “de aleta de tiburón”. Intuía que las propiedades de este potaje alterarían a su amigo. Luego se puso una media detrás de otra hasta el final de la pierna. La seda del vestido y su suavidad le atraían hasta aquel paraíso abandonado de su tía. Se peinó, prefería renunciar a su melena y se la recorto hasta debajo de sus orejas. Estaba cambiada, de la rudeza de antaño ahora se veía una mujer sencilla pero atractiva. Limpio todo, ahora debía buscar comida, algo aún más difícil. Volvió al diario y le hecho una mirada. Extrajo una carta y extasiada la puso cerca de la vela. ¡Qué estupidez! ¡Había algo escrito! Miro varias veces y pudo ver un símbolo. Miro en la habitación –y nada, fue hasta el lavabo -y nada. Decidió ir a la cocina y en la parte de la despensa vio el mismo símbolo. Era un azulejo pegado y fuerte, decidió quitarlo. Detrás había una llave que al empujarla separaba el fondo de madera de la alacena. Con su vela entro y pudo ver una pequeña despensa. ¡Tenía comida! No mucha, pero arroz y alguna cosa de secano. Además una bodega que guardaba un poco de vino dulce y licor de arroz. Con ello comería un poco y prepararía la visita. De nuevo en la habitación, miro algunas fotos, un general gordo y fofo dormía la siesta, leyó por detrás “General Ma Hung-kouei, came to Nanking just before its fall” y ponía el año de 1949” y al pie de la imagen, un saludo de enamorado escrito en carboncillo.

Se despertó de repente, se había dormido con la foto de ese extraño general, ¿Qué hora seria? Se puso de pie y el diario de su tía cayó al suelo, recogió todo y pudo ver que una hoja llevaba una marca. La abrió y apareció una descripción del general Ma Hung, la letra cautivadora de su tía describía de una manera descarnada e irrepetible que el gordo llevaba siempre consigo varias tabletas de anís con marihuana que partía en dos y quemaba con incienso, para luego girarse en la cama y dejarle hacer. Ella le masajeaba en la espalda y en segundos su ronquido era tan intenso que el cristal de la ventana se desplazaba levemente dejando entrar el aire putrefacto de una charca cercana.

Sintió unos golpes en la puerta, se asomó discretamente. Era Deng y su coche negro detenido unos metros más adelante. Bajo a abrirle.

Página Web de la Sra. ling

Notas:

Claves para seguir la historia

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

La Sra. ling: Un día antes de conocer a Deng 1949

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by Cartier Bresson, 1949

Esta extraordinaria novela avanza como si Ud. fuera a comprar y se olvidara el dinero. Esta semana re-publico algunos capítulos para atraer las hadas de la creación a mi lado _j re crivello

by j re crivello (C) Derechos mundiales para esta novela.

1949

Las escaleras del abogado quedaron detrás, salió al portal de la gran avenida y antes de dejarse llevar por la multitud, Ni-lang recordó que en su bolsillo llevaba una daga, al bajar por la larga escalera de una manera precipitada, en un giro del pasamano de los tres pisos de aquella densa y lenta salida, la daga estaba metida en un rinconcito. Como muera en vida   –dijo en voz baja-, y recogió la fina hoja de acero que descansaba tendida entre la pared y la madera y ante la cual, no necesito hacer presión para separarla.

La retuvo contra sí y luego la guardo debajo de su falda, en un lateral de su pierna derecha como su abuelo antaño le contaba, en un fajín sencillo, en aquella nalga delicada que servía de base a dos piernas finas. Parecía sentirse más protegida. Como lo estaba en este rio de mujeres que caminaba por la larga avenida en dirección contraria al puerto con pancartas y gritos a favor de Mao. Solo eran comparable a ella en su larga túnica vestido del estilo de la comuna campesina china, un solo color, o blanco o gris, un solo peinado largo o corto y un hervidero de murmullos que unía al rio con el cambio que suponía la llegada de Mao. Solo les distinguían, en que todas llevaban zapatos de hebilla y unas medias blancas cortas a la altura del tobillo, casi como un grupo de estudiantes, pero alejadas de su espíritu campesino. El grupo era una larga columna que se ordenaba de siete en siete dejando medio metro de separación. Para una campesina como ella esta fuerza difícil, alegre, inestable que soñaba con un aventurero que dirigiría el Estado, desde más allá de la palabra y el silencio, y a quienes no cejaba de presionarles, como un murmullo que repicaba en sus cabezas. Aunque fuera raro aquel tumulto, en ese espacio urbano, de gente enfervorizada que aún no conocía el foso del dolor próximo. Ella venia del interior, del campo. En esa solitaria rapsodia los comunistas ya dictaban la ley. Una de ellas le entrego una banderola, llevaba cinco letras en vertical. La cogió de manera mecánica, solo pudo disimular pero tras una hora de marcha el grupo se disolvió y ella vio una estrecha calle que llevaba en dirección a la casa de su tía. Decidió mantener la banderola en sus manos y casi antes de llegar a la casa familiar se detuvo en un descampado. Era el espacio donde fusilaron a sus familiares según le explicaron unos vecinos mayores, sentados a la entrada de una puerta donde antiguamente lavaban pescado, aún dos Guardias Rojos cuidaban los restos. China entera era una gran ola de multitud de personas calcinadas en montículos donde el olor a carne se esparcía. No podía preguntar de manera directa aquello le llevaría a una situación difícil, pero sí pudo ver que uno de ellos era de su aldea. Él la reconoció desde lejos y se adelantó a su encuentro recibiéndole con un leve saludo. Luego le miro intentando descubrir que hacia allí, ella dijo en voz muy baja:
“Me han dicho que mi familia estuvo aquí hace dos noches”. No podía mencionar lo que se suponía era un crimen. El asintió con una mirada fría, y pregunto:

_Y, ¿ahora donde iras?
_ ¿Qué me aconsejas? Demasiada confianza, rápida, extrema ante un paisano que solo había pasado unos años en su poblado. El respondió:
_Puedes esta noche dormir en casa de tu tía. ¿Aún vive en la calle Wang?, y… en los próximos días puedes intentar subir a algún barco para América. Se calló, le miró un segundo para continuar: algunos colegas, me han dicho que están dejando escapar a los irrecuperables. Esa palabra le dio asco, ella era de allí, de esa provincia de ese país desde hacía siglos. Su abuelo había crecido con el paisaje y él había enseñado a la innumerable gente el valor de la tierra. Pero dejo hacer, quería ver que había además de Mao, el Guardia insinuó masticando las palabras de una en una: en los próximos días estaré con este amigo en una de las salidas del puerto. ¿Tienes pasaporte?
_Si. Aunque era antiguo y del régimen que estaba desapareciendo. No dijo nada que tenía otro inglés de su tía y el parecido le permitía sustituirla. En ese año revuelto un ciudadano inglés aunque tuviera cara china era intocable.
_ Pues tú me buscas y yo te dejare pasar en dirección al puerto, luego te quedara encontrar un barco. Dicen que están bloqueados fuera del puerto, dentro del mar y no hay garantías de su próxima entrada.
_ ¿Y quedarme? –fue la pregunta glacial y firme. Le miraba a los ojos y percibía una respuesta fría, infeliz, casi sin vida que provenía de alguien que era masa, carne de una contienda de la cual deseaba salir a costa de eliminar a los irrecuperables. Pero el Guardia le sorprendió, detrás de su máscara surgió el atrevimiento, intento mojarse y dijo: “Mao estará muchos años, ¡muchos! Si no estás dispuesta a entrar al Partido y te quedas en la aldea, la pasaras muy mal”.
_ ¿No hay futuro? – pregunto Ni-Lang. El bajo su cabeza sin querer dejar que su corazón mostrara como el poder dominaba su deseo, su próxima vida, y exclamo de corrido como si fuera una memoria del discurso oficial:
El estado debe ser refundado, las mentalidades cambiadas y la economía puesta al servicio del… clan. Esta última palabra, este error al sustituir partido por clan, sonó como si marcara a un grupo reducido de mandarines que tejerían las sucesivas intrigas. Luego agrego: solo veo un largo periodo de angustia y liquidación. De repente se le había revelado, alguien que no era un simple Guardia Rojo, sus gestos, su oratoria, su cabeza redonda asentada en una baja estatura y una ligera barriga le informaban que estaba allí en una misión. Ni-Lang se atrevió a preguntarle, era una majadería quizás, o algo inoportuno en un país revuelto y lleno de asco., con continuos cambios y donde la fuerza según Mao estaba en la punta de un fusil…

_Y… ¿tú serás grande algún día? Su mirada alumbrada por el poder que intuía, estaba allí presente, aunque calzara un vestido gris y ajado. Pero Teng Hsiao-p´ing; Dèng para sus paisanos era uno de los pocos que veía los enigmas y los intentaba resolver. Así había sido en la aldea, y también lo había sido al nacer dentro de la etnia de los Hakka Han, en la aldea de Paifang, (Guang`an) en la provincia de Sichuan y que por extrañas razones había pasado unos años destinado en su aldea. Pero su cara redonda apenas se movió y casi no contesto, los que le conocían, le describían como alguien que respondía con un enigma detrás de otro, que hablaba desde un confucionismo tan peculiar y tan amado por los chinos y odiado por Mao. Transcurridos unos segundos volvió su mirada hacia ella, de almendra tiño la distancia que les separaba, de suave y profunda fe en la Humanidad, y respondió con una pregunta:

_ ¿Irás a casa de tu tía?
_Si.
_Esta noche te visitaré. Y luego pronunció una frase confuciana: los espejos dan luz, sin pensar que quien se observa en ellos, tal vez ve una imagen inestable, que cambia ante los humores del pueblo. Un coche negro grande y hambriento de asfalto, de los requisados por el partido en la sede de los dirigentes nacionalistas, se detuvo al lado de ellos y él se montó allí como dueño de la guerra o dueño de los enigmas. Lo que pocos sabían dentro de la tradición china, es que Mao tenía otra baraja que agitaba y movía sobre las conciencias y ahora el repartía sus cartas. Una partida de colosal estrategia, que entre ambos dirigentes de la Revolución había comenzado y duraría años.

Web de la sra ling

Notas:

Claves para seguir la historia

(2)El clan de la Hiena: Nombre que da J. re Crivello al ascenso del dominio personal de Mao y su clan y que terminará en julio de 1976 cuando Mao levanta el arresto a Deng.

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

Mother: Es Evita -08

Hacia 1974decidí retomar la lectura del diario de mi abuelo, digo diario, pero es unacolección de papeles sueltos y otros puestos en un cuaderno de tapas gruesas, están sin orden algunas veces con fecha y en otro busco información para situarlo,luego lo paso en limpio. En una charla con Mother hace unos días me preguntó porque lo hacía, y pude responder: — “Es la memoria”. Por cierto ese día le visité en su casa a 200 metros, la puerta la abrió su nueva cuidadora, y atravesamos dos patios pequeños hasta llegar a uno que tiene una fuente que deja correr el agua y dos palmeras antiguas. Estaba sentada en un sillón reposera y al verle de atrás su cabellera gris le daba un cierto aire de serenidad. Ese día comenzó mi tarea para explicarle que me quería marchar al extranjero, comprar una casa y… llevarme a Lara. No preguntó, sus ojos grises solo dieron un brillo de sorpresa pero mantuvo su estilo de no comentar nada y hablamos de los militares y su aguante ante lo que pasaba en el país.

Regresando al relato de mi abuelo, creo nos lleva alrededor de 1949 y comienza en una visita que parece ocurrió de parte de Evita a él en su gasolinera. Lo he vuelto a escribir:

El coche se detuvo impaciente delante del surtidor de gasolina. Era un Packard de 1949,negro, delgado, de ruedas anchas y cromado plata. Mi abuelo se acercó hasta el chofer, desde su interior se escuchó un gruñido:

— ¡Llénalo! Juan quito la tapa del tanque y movió la palanca del surtidor hacia delante yatrás para bombear con fuerza un líquido espumoso y dorado. La gasolinera parecía un ala de avión abierta en dos; estaba situada en una esquina de la ruta 9 que unía las dos mitades del país. Había empleado en ella parte de sus ahorros y un préstamo de sus cuatro hermanos. La guerra que desangraba a Europa era un murmullo. De repente el tipo antipático que hacía de chofer, salió del oscuro y embutido recinto poniéndose de pie. Le miro indeciso, pero se encamino hasta su lado.

— ¿Podría hacerle un bistec con huevos fritos a la señora?  –preguntó.

—Si.

—¿Dónde se lo servirá? La respuesta fue un leve movimiento de cabeza para señalar la puerta de la oficina-cocina. Mi abuelo acabaría de verter el gasóleo, yendo hasta la dichosa cita. En esa habitación el guardaba los papeles de sus cuentas, una mesa grande y aparatosa, varias sillas y un reloj de pared. En el lateral una cocina de hierro a leña le salvaba de las tardes largas y frías del invierno.Se lavó sus manos y se puso a preparar la comida. Detrás, el ruido de la puerta le avisó que su clienta acababa de entrar. Pasados unos minutos se atrevió a darse vuelta. Una rubia de traje entallado, de finas rayas y un pañuelo alrededor del cuello le miraba.

—Hola –dijo ella. Hosco, pero nervioso se atrevió a sujetar una silla y arrastrarla dando a entender que ese era el sitio donde debía sentarse. Ella se acomodó con paciencia. Mi abuelo continuo con el trajín de sartenes un buen rato, hasta dar con un resultado mediano. La comida humeaba cuando se dio vuelta nuevamente en dirección a la mesa. Ella se había quitado el abrigo, el pañuelo y una blusa decolor crema y recta le daba un toque de lujo. El situó dos platos encima de la mesa.

—Mi chofer no come –tercio su suave voz que a veces parecía ser un poco recia pero con gran sensualidad.

—Ya lo sé. He decidido acompañarle. ¿Por cierto Vd. es?

—Si. Voy de paso. En Córdoba me espera el gobernador.

—¡Ah! Él sirvió, luego tomo asiento y comenzaron a comer. Ella daba pequeños golpes conel tenedor en la loza. Era menuda y ágil. De cerca aparecía más guapa que en los mítines.

— ¿Esta Ud. casado? –pregunto ella.

—Si. “¿Es italiano?”.

—Del Piamonte. “¿Le gusta nuestro país?”.

 —Bastante. Por error había traducido literalmente de su italiano y olvidado el “mucho”expresión más normal en estas tierras. Ella le miraba directa. Mi abuelo dedujo una incierta agitación interior. Entre ambos corría una fuerza eléctrica que les sorprendía e inquietaba.

—¿Le gusta esto de… ayudar a los pobres? –se atrevió a preguntar recorriendo con la vista su fina nariz

—Si, pero me cansa. El hastió y la soledad son mi droga. A veces envidio las tareas sencillas y directas como la suya. ¿Vd. qué considera necesita nuestro país?–pregunto-, manteniéndose fiel a su pose política.

—Más cultura y menos líder engominado –respondió. “¿Se refiere al General?”. “Si”.

—El poder–argumento ella- desata el egoísmo y poco a poco los aduladores nos rodean. Ella se estiro un poco hacia atrás, la blusa se ajustó al borde de sus senos, dejaba ver una silueta firme pero atractiva. El silencio creó un vaho de complicidad, luego se desabrochó el primer botón que amarraba su cuello.Apareció una piel tersa y clara. Mi abuelo mantuvo su posición. Se sentía incómodo ante el magnetismo de su comensal. La atracción les sometía a una rara complicidad que escondía aquellos instantes en que la vida nos somete a un entredicho y no sabemos si acertar o desaparecer. Decidió preguntar, pues deducía que era su turno

—¿Por qué una mujer tan bella trabaja tanto?. Una risa cristalina y una mirada picara cruzaron como ráfaga cargada de fuego. Ella opto por ponerse de pie y recogerlos platos. “¿Qué haces?” –el  uso del tú acelero el espacio que rodeaba este hangar del pasado o del presente, que tal vez unía una ruta repetida y aburrida entre dos ciudades.

—Déjame. No sé qué es la rutina. ¡Qué soy bella! —se preguntó Evita en voz alta, para decir: tal vez, pero no soy fuerte. Mi debilidad es la de amar a un hombre. Abrió el grifo para dejar correr el líquido de forma tranquila, tal vez, buscaba que el tiempo se estirara. El imbécil del chofer golpeó en el cristal.Ella no  hizo ni caso. Cansado regreso hacia el coche. Sin dejar de darle la espalda le pregunto:  ¿Tú crees que una mujer puede ser feliz?

—Igual que un hombre –respondió mi abuelo. Sabes, la felicidad es un deseo frágil, yo mismo estoy bien, pero a veces, siento que me falta algo. Ella se giró hacia él. No era muy alta. La sonrisa le iluminaba el rostro, como un pan grande, tierno y le dejaba escapar de aquel encierro de poder y nausea…

— ¿Cómo te llamas? “Juan”.

— ¿Recuerdas algo de tu tierra?

—Las canciones antiguas. “¿Te gusta cantarlas?”. “Si”. Mi abuelo comenzó a entonar con desenvoltura y fuerza una estrofa:

_ Aspetlu pür pi nén
ca l’è mort sü la muntagna
Se me marì l’è mort
farò la penitenza
Andrò vestì di ner
tre dì la settimana

—Ella volvió a sentarse nuevamente, pero acerco la silla casi medio metro. Percibía el olor a pastilla de jabón. Le arrebataba. Ella recorrió con la mirada su fino bigote, luego delineo aquella cabeza cuadrada y recta que coronaba una nariz larga y dura, para detenerse en los ojos claros, incrustados como dos esmeraldas quedaban a aquel hombre un aire recio y adusto. El acabo de entonar su melodía. Ella movió su cabeza aprobando y se atrevió a decir.

—Es, ¿triste?

—Si. Habla de la espera ante la muerte del amante. ¿Por qué el pueblo te llama santa Evita? –inquirió Juan.

—Porque con mi esfuerzo y la ayuda de la Fundación, les permito que recuperen su dignidad–argumento Ella.

—La dignidad se consigue abriéndose camino –rebatió él. Así vas a crear una legión deaduladores que te abandonaran si aparece en ti la debilidad.

—Es posible.–Se le percibía tensa, ante su observación, levantando la voz, con cierta ronquera dijo-: pero yo estoy aquí y en este momento. Soy única e irrepetible y ellos lo saben.¿Nos volveremos a ver? La voz de Ella se hacía débil y tierna. La  pregunta esperaba con ansiedad una tabla donde asirse, dentro de aquella vorágine política, que le consumía.

—Es difícil.–respondió mi abuelo, para proseguir. Tú eres de ellos. De él. Yo soy una página. Soy ese viento seco y mudo que muestra esa ventana. El corazón de ambos se percibía unido y en un palmo. Cerca y lejos, parecido al muérdago que aguanta solo en el muro durante años. Ella anudo su pañuelo y se puso de pie. Él le miro desde su silla.

—Vendré a verte –dijo Ella ya en la salida. Luego, se escuchó el chasquido de la puerta, tras su marcha.

Notas

#”Cuandoserví el café [Eva] estaba encendida como en sus mejores tiempos. La miradabrillante en sus ojos oscuros. Hasta el calor del colorete parecía verdadero.Estaba sentada sobre la pierna doblada, en el sillón de cuero. Era una iluminada. […] Creí que a partir de allí se curaría. Daba la impresión de tenermás fuerza que esos cuatro hombres juntos. Desgraciadamente se trataba sólo de su fuerza espiritual…” # (136). E Renzi, ver link: Santa Evita, entre el goce místico y el revolucionario Claudia Soria University of Southern California

La Sra. ling: Un día antes de conocer a Deng 1949

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by Cartier Bresson, 1949

Esta extraordinaria novela avanza como si Ud. fuera a comprar y se olvidara el dinero. Esta semana re-publico algunos capítulos para atraer las hadas de la creación a mi lado _j re crivello

by j re crivello (C) Derechos mundiales para esta novela.

1949

Las escaleras del abogado quedaron detrás, salió al portal de la gran avenida y antes de dejarse llevar por la multitud, Ni-lang recordó que en su bolsillo llevaba una daga, al bajar por la larga escalera de una manera precipitada, en un giro del pasamano de los tres pisos de aquella densa y lenta salida, la daga estaba metida en un rinconcito. Como muera en vida   –dijo en voz baja-, y recogió la fina hoja de acero que descansaba tendida entre la pared y la madera y ante la cual, no necesito hacer presión para separarla.

La retuvo contra sí y luego la guardo debajo de su falda, en un lateral de su pierna derecha como su abuelo antaño le contaba, en un fajín sencillo, en aquella nalga delicada que servía de base a dos piernas finas. Parecía sentirse más protegida. Como lo estaba en este rio de mujeres que caminaba por la larga avenida en dirección contraria al puerto con pancartas y gritos a favor de Mao. Solo eran comparable a ella en su larga túnica vestido del estilo de la comuna campesina china, un solo color, o blanco o gris, un solo peinado largo o corto y un hervidero de murmullos que unía al rio con el cambio que suponía la llegada de Mao. Solo les distinguían, en que todas llevaban zapatos de hebilla y unas medias blancas cortas a la altura del tobillo, casi como un grupo de estudiantes, pero alejadas de su espíritu campesino. El grupo era una larga columna que se ordenaba de siete en siete dejando medio metro de separación. Para una campesina como ella esta fuerza difícil, alegre, inestable que soñaba con un aventurero que dirigiría el Estado, desde más allá de la palabra y el silencio, y a quienes no cejaba de presionarles, como un murmullo que repicaba en sus cabezas. Aunque fuera raro aquel tumulto, en ese espacio urbano, de gente enfervorizada que aún no conocía el foso del dolor próximo. Ella venia del interior, del campo. En esa solitaria rapsodia los comunistas ya dictaban la ley. Una de ellas le entrego una banderola, llevaba cinco letras en vertical. La cogió de manera mecánica, solo pudo disimular pero tras una hora de marcha el grupo se disolvió y ella vio una estrecha calle que llevaba en dirección a la casa de su tía. Decidió mantener la banderola en sus manos y casi antes de llegar a la casa familiar se detuvo en un descampado. Era el espacio donde fusilaron a sus familiares según le explicaron unos vecinos mayores, sentados a la entrada de una puerta donde antiguamente lavaban pescado, aún dos Guardias Rojos cuidaban los restos. China entera era una gran ola de multitud de personas calcinadas en montículos donde el olor a carne se esparcía. No podía preguntar de manera directa aquello le llevaría a una situación difícil, pero sí pudo ver que uno de ellos era de su aldea. Él la reconoció desde lejos y se adelantó a su encuentro recibiéndole con un leve saludo. Luego le miro intentando descubrir que hacia allí, ella dijo en voz muy baja:
“Me han dicho que mi familia estuvo aquí hace dos noches”. No podía mencionar lo que se suponía era un crimen. El asintió con una mirada fría, y pregunto:

_Y, ¿ahora donde iras?
_ ¿Qué me aconsejas? Demasiada confianza, rápida, extrema ante un paisano que solo había pasado unos años en su poblado. El respondió:
_Puedes esta noche dormir en casa de tu tía. ¿Aún vive en la calle Wang?, y… en los próximos días puedes intentar subir a algún barco para América. Se calló, le miró un segundo para continuar: algunos colegas, me han dicho que están dejando escapar a los irrecuperables. Esa palabra le dio asco, ella era de allí, de esa provincia de ese país desde hacía siglos. Su abuelo había crecido con el paisaje y él había enseñado a la innumerable gente el valor de la tierra. Pero dejo hacer, quería ver que había además de Mao, el Guardia insinuó masticando las palabras de una en una: en los próximos días estaré con este amigo en una de las salidas del puerto. ¿Tienes pasaporte?
_Si. Aunque era antiguo y del régimen que estaba desapareciendo. No dijo nada que tenía otro inglés de su tía y el parecido le permitía sustituirla. En ese año revuelto un ciudadano inglés aunque tuviera cara china era intocable.
_ Pues tú me buscas y yo te dejare pasar en dirección al puerto, luego te quedara encontrar un barco. Dicen que están bloqueados fuera del puerto, dentro del mar y no hay garantías de su próxima entrada.
_ ¿Y quedarme? –fue la pregunta glacial y firme. Le miraba a los ojos y percibía una respuesta fría, infeliz, casi sin vida que provenía de alguien que era masa, carne de una contienda de la cual deseaba salir a costa de eliminar a los irrecuperables. Pero el Guardia le sorprendió, detrás de su máscara surgió el atrevimiento, intento mojarse y dijo: “Mao estará muchos años, ¡muchos! Si no estás dispuesta a entrar al Partido y te quedas en la aldea, la pasaras muy mal”.
_ ¿No hay futuro? – pregunto Ni-Lang. El bajo su cabeza sin querer dejar que su corazón mostrara como el poder dominaba su deseo, su próxima vida, y exclamo de corrido como si fuera una memoria del discurso oficial:
El estado debe ser refundado, las mentalidades cambiadas y la economía puesta al servicio del… clan. Esta última palabra, este error al sustituir partido por clan, sonó como si marcara a un grupo reducido de mandarines que tejerían las sucesivas intrigas. Luego agrego: solo veo un largo periodo de angustia y liquidación. De repente se le había revelado, alguien que no era un simple Guardia Rojo, sus gestos, su oratoria, su cabeza redonda asentada en una baja estatura y una ligera barriga le informaban que estaba allí en una misión. Ni-Lang se atrevió a preguntarle, era una majadería quizás, o algo inoportuno en un país revuelto y lleno de asco., con continuos cambios y donde la fuerza según Mao estaba en la punta de un fusil…

_Y… ¿tú serás grande algún día? Su mirada alumbrada por el poder que intuía, estaba allí presente, aunque calzara un vestido gris y ajado. Pero Teng Hsiao-p´ing; Dèng para sus paisanos era uno de los pocos que veía los enigmas y los intentaba resolver. Así había sido en la aldea, y también lo había sido al nacer dentro de la etnia de los Hakka Han, en la aldea de Paifang, (Guang`an) en la provincia de Sichuan y que por extrañas razones había pasado unos años destinado en su aldea. Pero su cara redonda apenas se movió y casi no contesto, los que le conocían, le describían como alguien que respondía con un enigma detrás de otro, que hablaba desde un confucionismo tan peculiar y tan amado por los chinos y odiado por Mao. Transcurridos unos segundos volvió su mirada hacia ella, de almendra tiño la distancia que les separaba, de suave y profunda fe en la Humanidad, y respondió con una pregunta:

_ ¿Irás a casa de tu tía?
_Si.
_Esta noche te visitaré. Y luego pronunció una frase confuciana: los espejos dan luz, sin pensar que quien se observa en ellos, tal vez ve una imagen inestable, que cambia ante los humores del pueblo. Un coche negro grande y hambriento de asfalto, de los requisados por el partido en la sede de los dirigentes nacionalistas, se detuvo al lado de ellos y él se montó allí como dueño de la guerra o dueño de los enigmas. Lo que pocos sabían dentro de la tradición china, es que Mao tenía otra baraja que agitaba y movía sobre las conciencias y ahora el repartía sus cartas. Una partida de colosal estrategia, que entre ambos dirigentes de la Revolución había comenzado y duraría años.

Notas:

Claves para seguir la historia

(2)El clan de la Hiena: Nombre que da J. re Crivello al ascenso del dominio personal de Mao y su clan y que terminará en julio de 1976 cuando Mao levanta el arresto a Deng.

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

La Sra. ling: Un día antes de conocer a Deng 1949 –cap. 7-

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H Cartier-Bresson China 1949

by j re crivello (C) Derechos mundiales para está novela.

“En 1939 una esposa costaba 64 yuanes. En 1942 los precios eran: niña de siete años: 700 yuanes; adolescente: 1300 yuanes; viuda 3.000. En 1944, por viuda pagaban millón y medio de yuanes”. (1) Comienza el período del Clan de la Hiena(2)

Al llegar Ni-Lang la larga avenida que iba al puerto, la muchedumbre empujaba en sucesivas olas, para el observador, era un rio, donde se mezclaban los colores vivos y sus sombreros, debajo de ese hastío, muchos ocultaban un deseo de marcharse de aquella falta de fe. Los Guardias Rojos ordenaban el griterío o no permitían pasar más allá, de un punto imaginario donde parecía cerrarse un círculo. En un lateral, amarrados a la bocana del puerto, se podía ver un grupo de barcos. Li-Nang se preguntó: ¿qué hacer? Primero fue hasta la oficina de un agente conocido de su tía. Al entrar, en aquella estancia forrada de madera y con fotografías de su recorrido político -donde aún aparecía colgado por doquier la recia figura de Chiang Kai Shek,  pudo ver estirado, a una persona obesa sentada en la silla detrás del escritorio. La oficina estaba revuelta y esa cara redonda y esos ojos verdes contrastaban con un traje arrugado y sucio, del cual sobresalían en la parte baja, unas botitas de color blanco, las cuales parecían flotar en aquel próximo final. Al  presentarse, el mascullo un: “¡ah sí! ya recuerdo a…” para el tipo no era el momento tal vez, ¿de hablar de su amante preferida?, ni recordar aquellas nalgas de rosado carmín. ¿Sería igual su sobrina tan joven y llena de necesidad?

Al ponerse de pie y acercarse Yu-Ling intento probar la ruta del sexo, pero estaba cansado y harto. El mundo se venía bajo y el tan solo deseaba una sonrisa de aquella joven. Le escuchó, mientras llevó su mano derecha y se tocó el fajín, prieto y lleno de ansiedad, allí su sexo se estiraba lánguido, tan opuesto a la costumbre del antiguo pasado alocado y ruin. Se contuvo, fisgoneo en aquella campesina sin sustento y falta de la sensualidad. ¡Que diferente a su tía!  Y, le pregunto: “¿Tienes dinero?”. “Si”-dijo ella. A veces la mentira descarada evitaba malas cosechas. Ambos se olieron, era un fuego apagado y triste contra un clamor estéril. Pero, un ruido intenso les quito de su ensimismamiento, al fondo los cristales temblaron “son las bombas de la aviación de Chiang Kai Shek –dijo él- al ver como vomitaban muy cerca, casi en la esquina. Al asomarse ambos a la ventana, con la mirada contaron la sangre que corría y las almas que inundaban la avenida principal. El se abrió paso con su mano a través de su vestido, hasta rozar sus nalgas, ella respiro, se contuvo, sentía un escozor que subía y bajaba y una gran confusión. Todos estaban hartos de esta Guerra Civil, de esta inmundicia de bombas y liquidación. El abogado, espeso, sin ilusión, volvió a abandonar su deseo y se acercó hasta la mesa, de allí cogió un pasaporte, quizás esta joven necesitaba algo más, pudo pensar, tal vez estaba atribuyendo alguna intención a la locura que dominaba la calle. Fuera todos corrían en pos de una lotería, y para sí mismo, la suerte estaba echada. En la foto del documento, su tía joven y blanca se parecía a ella al milímetro. Ni-lang extrajo un fajo de billetes de debajo de la falda, mientras el abogado arrastraba la mano por su eterno pedazo de carne, y le acariciaba. Fue un cambio de papeles, los billetes por el pasaporte, y ella se retiró hacia atrás, mientras él se dejaba caer en el sillón. Li-Nang aún pudo ver como el abogado con la mano izquierda cogía una pequeña pistola blanca, de montura de nácar y el disparo le voló la frente. Li-Nang aún aturdida por la detonación, recogió la pistola y el dinero, luego decidió bajar por las escaleras a  prisa.

Nota:

(1)Mao la Historia desconocida Jung Chang & Jon Halliday, pág. 352

Notas:

Claves para seguir la historia

(2)El clan de la Hiena: Nombre que da J. re Crivello al ascenso del dominio personal de Mao y su clan y que terminará en julio de 1976 cuando Mao levanta el arresto a Deng.

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

La Sra. Ling: 1949 & la noche con Deng –seis-

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General Ma hung Kuoei, 1949, foto H Cartier Bresson

by j re crivello

Ni-lang decidió entrar nuevamente en la casa. El corazón le dio un salto al ver nuevamente todo tirado y sucio. Los días de la orgullosa Sanghai, cuando su tía le hacía venir desde el campo, definitivamente habían pasado. Fue hasta la habitación de su tía, revolvió todos los cajones y escogió algún vestido abandonado, no debía llamar mucho la atención. Se decidió por alguno gris he hizo un hatillo con otros dos en tonos verdes. Luego dio vueltas hasta encontrar un pequeño bolso, dentro añadió ropa interior y medias.

De repente se le ocurrió una idea y paso su mano por debajo del gran colchón, no quiso pensar que había servido para alimento del alma de su tía y de las traviesas proposiciones de los caballeros que alimentaban su ego y, su patrimonio. Su mano derecha dio con un objeto, tiro con fuerza de él. Era un pequeño diario rodeado con una cinta suave de color salmón. No se atrevía a espiar dentro, pero los tiempos eran extraños y malvados, su intuición le decía dónde ir ¿y si aquello le servía de ayuda? Al abrirlo una hoja fina y delgada en la solapa ponía su nombre. Una letra que volvía sobre si misma haciendo lazos para juntarse y regresar al párrafo –narraba en primera persona: “querida sobrina”. Su fecha databa dos días antes de la entrada de los Guardias Rojos en esta parte de la ciudad. Luego cual azucarillo que dejaba en sus manos, aparecía una dirección en América ¿de otra mujer? U otras opciones por si decidía quedarse. Con su dedo índice Ni-lang señalo bajando hasta el final una serie de citas posibles que le dejaba, para intentar conseguir ayuda y salir del país. En una pudo ver el nombre del abogado que había dejado en la mañana tirado en el suelo. Soñó o quiso creer, que alguno de ellos mantendría la estudiada ambigüedad para no ser asesinado por los Guardias, y mantener una cierta influencia en el nuevo aparato. Arranco esas hojas e hizo un intento de memorizar aquello, pero los nervios le doblegaban. Busco en los muebles una tijera, la hallaría en un cajón, eran dos hojas doradas envueltas en una graciosa y sensual braga de seda rosa. Con ella corto y separo cada dirección y las distribuyo en los dobles fondos de su vestido. No caerían todas, tal vez salvaría una parte. De una manera distraída, ojeo el diario, pudo leer que aparecían reflexiones personales y consejos para ser una excelente amante o para el arte del buen vivir. Aquello le parecía ¡tan alejado de su vida!, lo cerro y escondió, le leería más tarde con tranquilidad.

Esta noche podría tener visita, el funcionario que había visto en la zona de los fusilamientos, aquel que había vivido en su aldea unos años, del cual recordaba su apellido Deng podría influir. Ello le impulso a preparar una noche agradable. Decidió ir hasta el lugar donde habían dejado a su tía. En la parte trasera de la casa, donde criaban los cerdos. El cadáver estaba allí, seguía sentada y apoyada contra una pared. Su cabeza pendía como olvidada del sufrimiento y sus piernas abiertas y desgarradas, mostraban la categoría de los que le habían utilizado. Busco una pala y comenzó a cavar en un lateral del camino que da al corral, luego la arrastro hasta el agujero dejándola caer y tapando con tierra. Decidió  poner encima una pila de ladrillos para disimular la tierra removida. Ahora debía limpiar un poco la habitación y la entrada, echar llave y esperar. No aguantaría mucho allí, sola, mientras la ciudad se desangraba. Le ayudaría quizás, que en los próximos días millones querrían escapar, pero luego requisarían las casas para dárselas a los amigos del régimen y ella iría directamente a una cárcel o al campo a sumar mano de obra. De tan solo pensar que le enviarían al confín de China, a una aldea alejada de la que jamás regresaría y este pensamiento le doblegaba. ¿Habrá agua? Vio un pozo y lleno una cisterna que alimentaba el lavabo. Se hacía de noche y no debía llamar la atención, subió hasta la habitación y en el lavabo lleno con agua fría una bañera pequeña. Los grifos dorados habían sido arrancados de cuajo y los azulejos azules y rosados se mantenían de la rapiña. Encendió una vela y se desnudó. Al quitarse las prendas de campesina, solo era una mujer provista de futuro y ajena a un mundo que deseaba matar la originalidad. Metió los pies dentro, el frio le erizaba el vello y su cuerpo blanco se reflejaba en el azulejado. Se pasó jabón por los senos y levanto las piernas abriendo una y otra vez los muslos. Volvió sobre si misma a preguntarse ¿si el sexo era hacia arriba, o su tía se sumergía en los músculos masculinos? De manera recta ¿como si luchara encima de ellos? ¿O  empujando hasta vencer el deseo de cada jefe que le compraba sus horas? No sabía cómo era aquello, solo intuía. La observación en el campo, de las cuatro cabras que tenían, le daba alguna pista, pero no entendía aquella insistencia previa cuando los animales se pasaban la lengua una a otra para montarse y gemir sin letra ni canción. En ese lago de agua helada, su cuerpo le hablaba, le decía de la espera, de las dudas y el intento de preparación, para quien le visitaría esta noche. Se secó, luego se pasó una crema por todo el cuerpo. En el frasco ponía “de aleta de tiburón”. Intuía que las propiedades de este potaje alterarían a su amigo. Luego se puso una media detrás de otra hasta el final de la pierna. La seda del vestido y su suavidad le atraían hasta aquel paraíso abandonado de su tía. Se peinó, prefería renunciar a su melena y se la recorto hasta debajo de sus orejas. Estaba cambiada, de la rudeza de antaño ahora se veía una mujer sencilla pero atractiva. Limpio todo, ahora debía buscar comida, algo aún más difícil. Volvió al diario y le hecho una mirada. Extrajo una carta y extasiada la puso cerca de la vela. ¡Qué estupidez! ¡Había algo escrito! Miro varias veces y pudo ver un símbolo. Miro en la habitación –y nada, fue hasta el lavabo -y nada. Decidió ir a la cocina y en la parte de la despensa vio el mismo símbolo. Era un azulejo pegado y fuerte, decidió quitarlo. Detrás había una llave que al empujarla separaba el fondo de madera de la alacena. Con su vela entro y pudo ver una pequeña despensa. ¡Tenía comida! No mucha, pero arroz y alguna cosa de secano. Además una bodega que guardaba un poco de vino dulce y licor de arroz. Con ello comería un poco y prepararía la visita. De nuevo en la habitación, miro algunas fotos, un general gordo y fofo dormía la siesta, leyó por detrás “General Ma Hung-kouei, came to Nanking just before its fall” y ponía el año de 1949” y al pie de la imagen, un saludo de enamorado escrito en carboncillo.

Se despertó de repente, se había dormido con la foto de ese extraño general, ¿Qué hora seria? Se puso de pie y el diario de su tía cayó al suelo, recogió todo y pudo ver que una hoja llevaba una marca. La abrió y apareció una descripción del general Ma Hung, la letra cautivadora de su tía describía de una manera descarnada e irrepetible que el gordo llevaba siempre consigo varias tabletas de anís con marihuana que partía en dos y quemaba con incienso, para luego girarse en la cama y dejarle hacer. Ella le masajeaba en la espalda y en segundos su ronquido era tan intenso que el cristal de la ventana se desplazaba levemente dejando entrar el aire putrefacto de una charca cercana.

Sintió unos golpes en la puerta, se asomó discretamente. Era Deng y su coche negro detenido unos metros más adelante. Bajo a abrirle.

Página Web de la Sra. ling

Notas:

Claves para seguir la historia

Ni-Lang: madre de la Sra. Ling

1949: Entrada de los Guardias Rojos en Shanghai

Deng: Bajo su liderazgo, la República Popular China emprendió las reformas económicas de liberalización de la economía socialista1 que permitieron a este país alcanzar unas impresionantes cotas de crecimiento económico.2 Frente a estos éxitos en la economía, Deng ejerció un poder de marcado carácter autoritario, y su papel fue decisivo en la represión violenta de las protestas de la Plaza de Tian’anmen en 1989.

Miembro del Partido Comunista de China desde sus años de estudio en Francia y en la Unión Soviética, Deng se convertiría en uno de los dirigentes más importantes del Partido Comunista durante la época de Mao Zedong. Sin embargo, su cercanía ideológica al entonces presidente de la República Popular Liu Shaoqi, lo convirtió en uno de los blancos de la Revolución Cultural, campaña de reafirmación ideológica impulsada por Mao, presidente del partido, para mantener el poder frente a los reformistas como Deng y Liu, quienes fueron acusados de derechistas y contrarrevolucionarios. (Fuente Wickipedia)

 

La Sra Ling -05. China 1949

CHINA. 1948-1949.
Shanghái 1948 H. Cartier-Bresson

by j re crivello

Ni-Lang estaba estirada y mirando el sol. Nada permitía entrever que esa tarde llegaría una carta. Al abrirla, pudo pensar en noticias allende su vida. La fría hoja solo permitía saber que un cadalso había matado a su familia. Uno a uno las hojas, le habían susurrado que los asesinos pensaban de otra manera. Nada haría prever, que en las próximas jornadas, en el puerto cargarían ya las últimas pertenencias de aquellos que querían marchar.

Tampoco la cara servida por una de aquellas heridas que deja la guerra, y los miles de opositores que en susurro llegaban hasta este pueblo alejado de la buena de Dios. Solo pudo preguntarse: ¿cómo llegar hasta Shanghái?

La caída de Chiang Kai Shek, y la llegada de Mao en este 1949, que parecía un año de lluvias y buen arroz le obligaban a subirse a un tren ¡sin más!, para plantarse allí.  Una gran ciudad donde se acaba el mundo de la fe y surge alocada y extensa la revolución maoísta, compleja y terca, llena de promesas y felicidad en la tierra. Pero, no le quedaba más remedio, marcho hasta la estación. Allí le informaron que a última hora pasaba un tren vestido de gente y paisanos, quienes intentaban al igual que ella -dijo el revisor, llegar desesperadamente a la ciudad. El campo desagotaba a sus trabajadores y les ponía en el cerco de la villa grande. Desde allí, una parte intentaría asaltar un carguero que los llevara a América. Un rio agotado, fue el bautizo de aquella muchedumbre -pudo pensar ella, y tal vez les compararía con una terminal de granos dispuesta a soltar su molienda dejándoles partir. Pero debía saber si sus últimos familiares ¿estaban muertos?   -como decía la carta- y luego –quizás- dejarse llevar por aquel infierno. O emigrar. Nada perdía aquí, en este arrozal familiar, en esta casa grande que durante generaciones había sido la fuerza de los que se iban. Tan solo 2 Hectáreas, pero con multitud de árboles que producían fruta. Les había sembrado su bisabuelo con esfuerzo trayendo algunos hasta de América. Solo le bastaba acariciar los 4 cerezos, o los 8 melocotoneros y algún peral verde y recio de lava natural. Pero, era joven, llena de sueños. Presentía a los rojos que vendrían, jóvenes, parásitos y cargados de orden. Decidió regresar hasta casa, enrollo una manta y dos trozos de pan. Dividió su dinero en dos para dejar una reserva oculta en una esquina de la casa, en la tubería, debajo de una palangana que evacuaba los esfínteres.

La noche llego pronto y decidida monto en aquel caos de mujeres y niños, o de hombres llenos de furia y odio. El tren horizontal y de madera marrón se movía impreciso como advirtiendo una carga de los comunistas que le detendría antes de ver la densa humareda de Shanghái. Llegaron por la mañana. Desde allí deambulo por las calles en dirección a la casa de su tía. Las avenidas estaban presididas por la fiebre de la Revolución, la gente iba y venía en busca de un sentido en el mundo. Pudo llegar a la antigua casona de su tía, un cierre de madera en color salmón le recordaba las visitas de años pasados. Al entrar todo estaba revuelto, nadie había dejado un rastro. Solo pudo encontrar un cuerpo diminuto con un vestido de seda rosa y flores en rojo chillón. Era ¡su tía! Estaba doblegada en un recinto antiguo y lleno de porquería: la casa de los cerdos. Tenía un golpe en la cabeza y respiraba lo justo, le limpio la herida y le dio agua. Aì měi, con esfuerzo y recuperada levemente, hizo un recuento de los muertos. Además agrego: “todos fueron cargados en un camión”. Ella se había salvado y había visto el trasiego amarrada al tejado, desde allí les habían ajusticiado “a solo 100 metros”. Con un grupo de cinco guardias rojos y sus escopetas. Luego un sollozo lento y cerrado le mantuvo una hora. Su tía se repuso y le dijo dónde estaba el dinero escondido, donde comprar un pasaporte, donde comprar una salida. Ni-Lang se despidió de ella, la dejo allí y se marchó. En su interior se dividía entre acompañar las últimas horas de su tía o intentar escapar hacia América.

La sra Ling tiene su página Web: la sra Ling

Otros capítulos

 

 

El Clan de la Hiena -y 03-

by j re crivello

Imagen by General Ma Hung-Kouei, Nanjing, China, 1949 Foto de Henri

Cartier-Bresson

Decidió entrar nuevamente en la casa. El corazón le dio un salto al ver todo tirado y sucio. Los días de la orgullosa Shanghái, cuando su tía le invitaba a venir desde el campo, definitivamente, ya habían pasado. Fue hasta la habitación de su tía, revolvió todos los cajones y escogió algún vestido abandonado, no debía llamar mucho la atención. Se decidió por uno gris he hizo un hatillo con otros dos en tonos verdes. Luego dio vueltas hasta encontrar un pequeño bolso, dentro añadió ropa interior y medias. De repente se le ocurrió una idea y paso su mano por debajo del gran colchón, no quiso pensar que había servido para alimento del alma de su tía y de las traviesas proposiciones de los caballeros que alimentaban su ego y, su patrimonio. Su mano derecha dio con un objeto, tiro con fuerza de él. Era un pequeño diario rodeado con una cinta suave de color salmón. No se atrevía a espiar en su interior, pero los tiempos eran extraños y malvados, su intuición le decía dónde ir ¿y si aquello le servía de ayuda? Al abrirlo una hoja fina y delgada en la solapa en letras doradas ponía su nombre. Una letra escrita de una manera particular en un excelente inglés que volvía sobre si misma, haciendo lazos para juntarse y rematar el párrafo. Leyó unos minutos, decía en primera persona: Querida sobrina. Su fecha databa dos días antes de la entrada de los Guardias Rojos en esta parte de la ciudad. Luego cual azucarillo que dejaba en sus manos ponía una dirección en América ¿de otra mujer? Con su dedo índice Li-Nang señalo bajando hasta el final una serie de citas y nombres posibles a quien recurrir y que ella citaba para intentar conseguir ayuda y salir del país. En una pudo ver el nombre del abogado que le había dejado esa mañana tirada en el suelo. Soñó o quiso creer, que alguno de ellos mantendría la estudiada ambigüedad para no ser asesinado por los Guardias, y mantener una cierta influencia en el nuevo aparato. Dudaba entre arrancar esas hojas, e hizo un intento de memorizar aquello, pero los nervios le doblegaban. Busco en los muebles una tijera, la hallaría en un cajón envuelto en una graciosa y sensual braga de seda rosa. Con ella corto y separo cada dirección y las distribuyo en los dobles fondos de su vestido. No cabrían todas, tal vez salvaría una parte. De una manera distraída, ojeo el diario, pudo leer que aparecían reflexiones personales y consejos para ser una excelente amante. Aquello le parecía ¡tan alejado de su vida!, lo cerro y escondió, le leería más tarde con tranquilidad.

Esta noche podría tener visita, el funcionario que había visto en la zona de los fusilamientos, aquel que había vivido en su aldea hace unos años, del cual recordaba su apellido “Deng” podría influir. Ello le movió a preparar una noche agradable. Decidió ir hasta el lugar donde habían dejado a su tía. En la parte trasera de la casa, donde criaban los cerdos. El cadáver estaba aún allí, seguía sentada y apoyada contra una pared. Su cabeza pendía como olvidada del sufrimiento y sus piernas abiertas y desgarradas, mostraban la categoría de los que le habían utilizado. Busco una pala y comenzó a cavar en un lateral del camino que da al corral, luego la arrastro hasta el agujero dejándola caer y tapando con tierra. Decidió poner encima una pila de ladrillos para disimular la tierra removida. Ahora debía limpiar un poco la habitación y la entrada, echar llave y esperar. No aguantaría mucho allí, sola, mientras la ciudad se desangraba. Le ayudaría quizás, que en los próximos días millones querrían escapar, pero luego requisarían las casas para dárselas a los amigos del régimen y ella iría directamente a una cárcel o al campo a sumar mano de obra. ¿Habrá agua? Vio un pozo y lleno una cisterna que alimentaba el lavabo. Se hacía de noche y no debía llamar la atención, subió hasta la habitación y en el lavabo lleno con agua fría una bañera pequeña. Los grifos dorados habían sido arrancados de cuajo y los azulejos azules y rosados se mantenían dando al espacio una cierta calidez. Encendió una vela y se desnudó. Al quitarse las prendas de campesina, solo era una mujer provista de futuro y ajena a un mundo que deseaba matar la originalidad. Metió los pies, el frio le erizaba el vello y su cuerpo blanco se reflejaba en el azulejado. Se pasó jabón por los senos y levanto las piernas abriendo una y otra vez los muslos. Volvió sobre si misma al preguntarse, ¿el sexo era hacia arriba, o su tía se sumergía en los músculos masculinos? De manera recta ¿como si luchara encima? ¿O empujando hasta vencer el deseo de cada jefe que le compraba sus horas? No sabía cómo era aquello, solo intuía. La observación en el campo, de las cuatro cabras que tenían, le daba alguna pista, pero no entendía aquella insistencia previa cuando los animales se pasaban la lengua una a otra para montarse y gemir sin letra ni canción. En ese lago de agua helada, su cuerpo le hablaba, le decía de la espera, de las dudas y del intento de preparación, para quien le visitara en la noche. Se secó, luego se pasó una crema por todo el cuerpo. En el frasco ponía “de aleta de tiburón”. Intuía que las propiedades de este potaje alterarían a su amigo. Luego se puso una media detrás de otra hasta el final de la pierna. La seda del vestido y su suavidad le atraían, le internaban en aquel paraíso abandonado de su tía. Se peinó, prefería renunciar a su melena y se la recorto hasta debajo de sus orejas. Estaba cambiada, de la rudeza de antaño ahora se veía una mujer sencilla pero atractiva. Limpio todo, ahora debía buscar comida, lo cual intuía muy difícil. Volvió al diario y le hecho una mirada. Extrajo la carta y extasiada la puso cerca de la vela. ¡Qué estupidez! Si allí ¡había algo escrito! Miro varias veces y pudo ver una inscripción, vasta ligera. Miro en la habitación –y nada, fue hasta el lavabo -y nada. Decidió ir a la cocina y en la parte de la despensa vio el mismo símbolo. Era un azulejo pegado y fuerte, busco un cuchillo y raspo la cal para quitarlo. Detrás había una llave que al empujarla separaba el fondo de madera de la alacena. Con su vela encendida entro y pudo ver una pequeña despensa. ¡Tenía comida! No mucha, pero arroz y alguna cosa de secano. Además una bodega que guardaba un poco de vino dulce y licor de arroz. Con ello comería un poco y prepararía la visita. De nuevo en la habitación, miro algunas fotos, un general gordo y fofo dormía la siesta, leyó por detrás “General Ma Hung-kouei, came to Nanking just before its fall” y ponía 1949” y al pie de la imagen, un saludo de enamorado escrito en carboncillo. La imagen era de hacía muy pocos meses.

Se despertó de repente, se había dormido con la foto de ese extraño general, ¿Qué hora seria? Se puso de pie y el diario de su tía cayó al suelo, recogió todo y pudo ver que una hoja llevaba una marca. La abrió y apareció una descripción del general Ma Hung, la letra cautivadora de su tía describía de una manera descarnada e irrepetible que el gordo llevaba siempre consigo varias tabletas de anís con marihuana que partía en dos y quemaba como incienso, para luego girarse en la cama y dejarle hacer. Ella le masajeaba en la espalda y en segundos su ronquido era tan intenso que el cristal de la ventana se desplazaba alevemente dejando entrar el aire putrefacto de una charca cercana.

El clan de la Hiena (2) China 1949

By Juan Re-crivello

2 &

En la larga avenida que iba al puerto, la muchedumbre empujaba en sucesivas olas, para el observador en ese rio, se mezclaban los colores vivos y sus sombreros, debajo de ese hastío, muchos ocultaban un deseo de marcharse de aquella falta de fe. Los Guardias Rojos ordenaban el griterío o no permitían pasar más allá, de un punto imaginario donde parecía cerrarse un círculo. En un lateral, amarrados a la bocana del puerto, se podía ver un grupo de barcos. ¿Qué hacer?  Li-Nang primero fue hasta la oficina de un agente amigo de su tía. Al entrar, en aquella estancia forrada de madera y con fotografías de su recorrido político   -donde aún aparecía colgado por doquier la recia figura de Chiang Kai Shek,  pudo ver estirado, a una persona obesa sentada en la silla detrás del escritorio. La oficina estaba revuelta y esa cara redonda y esos ojos verdes contrastaban con un traje arrugado y sucio, del cual sobresalían en la parte baja, unas botitas de color blanco, las cuales parecían flotar en aquel próximo final. Al  presentarse, el mascullo un: “¡ah sí! ya recuerdo a…” para el tipo no era el momento, ¿de hablar de su amante preferida?,  ni recordar aquellas nalgas de rosado carmín. ¿Sería igual su sobrina tan joven y llena de necesidades?

Al ponerse de pie y acercarse Yu-Ling intento probar la ruta del sexo, pero estaba cansado y harto. El mundo se venía bajo y el tan solo deseaba una sonrisa de aquella joven. Le escuchó, mientras llevó su mano derecha y se tocó el fajín, prieto y lleno de ansiedad, allí su sexo se estiraba lánguido, tan opuesto a la costumbre del antiguo pasado alocado y ruin. Se contuvo, fisgoneo en aquella campesina sin sustento y falta de la sensualidad. ¡Que diferente a su tía!  Y, le pregunto: “¿Tienes dinero?”. “Si”-dijo ella, a veces la mentira descarada evitaba malas cosechas. Ambos se olieron, era un fuego apagado y triste contra un clamor estéril. Pero, un ruido intenso les quito de su ensimismamiento, al fondo los cristales temblaron “son las bombas de la aviación de Chiang Kai Shek –dijo él al ver como vomitaban muy cerca, casi en la esquina. Al asomarse ambos a la ventana, con la mirada contaron la sangre que corría y las almas que inundaban la avenida principal. El -se abrió paso con su mano- a través de su vestido, hasta rozar sus nalgas, ella respiro sin más. Todos estaban hartos de esta Guerra Civil, de esta inmundicia de bombas y liquidación. Él volvió a abandonar su deseo y se acerco hasta la mesa, de allí cogió un pasaporte, quizás esta joven necesitaba algo más –pudo pensar, tal vez estaba atribuyendo a la locura que dominaba la calle como a una lotería donde para sí mismo, la suerte estaba echada. En la foto del documento, su tía joven y blanca se parecía a ella al milímetro. Ella extrajo un fajo de billetes de debajo de la falda, mientras el abogado arrastraba la mano por su eterno pedazo de carne, y le agitaba fuera de sí. Fue un cambio de papeles, los billetes por el pasaporte, y ella se retiró hacia atrás, mientras él se dejaba caer en el sillón. Li-Nang aún pudo ver como el abogado con la mano izquierda cogía una pequeña pistola blanca, vestida de nácar en la montura poniendo fin a su último esperma. Li- Nang aún aturdida por la detonación, recogió la pistola y el dinero, luego decidió bajar por las escaleras de prisa para sumergirse en la ola que le arrastró.

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