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Barcelona / j re crivello

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Cap 9

El Corazón dormido: Luis F (-4 días) -09

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Hace diez años

Luis F abrió una caja, de su interior, extrajo un título de propiedad, ponía F G Varela. De esta manera había acabado el día anterior, luego WeBe había llegado e inundado con sus artimañas las horas de la tarde, pero eran las 8, Barcelona despertaba y luego de lavarse y preparar un café con cuatro galletas duras de un fino grano de chocolate que le recomendaba su médico, estaba dispuesto a abrir una lata de aluminio de aquellas que se usaban para poner dentro el dulce de membrillo. En su lateral se leía hecha en España, y la marca Santa Teresa, como buen goloso esa caja escondía un antiguo recetario, pero lo aparto y fue hasta un grupo de papeles atados por una cinta de color marrón. Dentro varios documentos, uno de ellos, muy antiguo que Luis F separo y estiro en la mesa, era una ordenanza del rey de 1805 que promovía el oficio de corsario, leyó en voz baja “he tenido por conveniente usar de igual arbitrio, promoviendo y fomentando el Corso particular en todos los mares, y auxiliando á todos y á qualesquiera Individuos que se hallen establecidos en mis Dominios, para que puedan hacerlo baxo aquellas leyes que autorizan el Derecho”. Luego se saltó varios artículos y releyó otro que le parecía interesante: “el Vasallo mio que quisiere armar en Corso contra enemigos de mi Corona, ha de recurrir al Comandante militar de Marina de la Provincia donde pretendiere armar, para obtener permiso con Patente formal que le habilite á este fin, explicando en la instancia la clase de embarcacion que tuviere destinada, su porte, armas, pertrechos y gente de dotación”(1).

El largo documento precedía a otro más pequeño que habilitaba a F G Varela para corsario. Luis F respiró e hizo un descanso, deseaba ir hasta aquella lapida antes de morir y ver a su antiguo familiar en su original emplazamiento. Para él, las vueltas de la vida hacían que corriera en su interior sangre de pirata. En su ventana, desde donde veía cada mañana las dos casas más visitadas por los turistas de Barcelona, ellos no intuían una perla oculta, un antiguo corsario que soñaba con recorrer las últimas horas. Busco su móvil y llamo a Lucas Boy, a esa hora su colega dormía plácidamente y escucho:

— ¡Que!

— ¿Has comprado esa casa en el macizo?

—Si

— ¿Me llevaras hoy?

— ¡No me fastidies! La voz ronca de Luis F insistió y su amigo volvió a la carga

—Pero si te meto en el coche, te vas a fatigar

—Quiero ver esa tumba.

— ¿Cuál?

—La de Varela. La que está en esa masia.

— ¿Y ahora que mosca te ha picado? Luis F no respondió, ya estaba sentado mirando una segunda reliquia, una carta escrita con letra menuda de Varela. Iba dirigida a una señora de buen ver que recibía todas sus pertenencias, era una especie de testamento y a través de una hermana llego a sus manos. Era solo una descripción de sus viajes y trifulcas, casi al final, le atrajo un garabato que llevo hasta la ventana y observo a trasluz, decía: “me enterrarán en esta colina donde el macizo se detiene y el corazón dormido nos consuela”, tal vez era la primera descripción de la casa y aquel espacio donde se instaló el cementerio y donde dejaron a algunos de los Varela.

Lucas Boy llego al mediodía, le ayudo a vestirse, con un sombrero panameño que le daba una apariencia espectral, sus 40 kilos de peso no ayudaban. En media hora estaban allí. Pero llegar al cementerio, aquello suponía subir un suave repecho, para ello Lucas Boy le sentó en una silla de ruedas con un techo de lona que había fabricado de manera artesanal. El corazón dormido despertó en Luis F una honda sensación. Parecía plegarse a una generación de los Varela, a esa suave brisa que venia del mar y remaba en las viñas. Le dejo frente a la lápida un buen rato, para Lucas Boy esa veneración no era calculada, sino más bien la adjudicaba al mal estado de su amigo y la medicación que le generaba fantasías raras. Pero, Luis F al girarse y mirarle dijo:

—Este tipo es mi abuelo. Era corsario y recorría este litoral hasta más allá de Cádiz. Les robaba a los moros que faenaban muy cerca de estos reinos. Mira allí –dijo señalando la lápida- acércate y pon más cuidado, en la base. Lucas Boy corto la hierba y además de la fecha, aparecía una frase reseca pero escrita en negro: “la mirada escapa desde esta tumba”. Para su amigo aquello sonaba a brujería, impresionado se apartó esparciendo la hierba que aún quedaba en sus manos y exclamó:

–¡Menuda frase! Seguro que nos fulmina aquí mismo. Luis F no escucho, se había dormitado. Espero una hora sentado junto a él y volvió a contar las tumbas: eran siete.

Por la tarde Lucas Boy dejo a su amigo en su casa. Luis F estaba demacrado y llamo al médico. Pero aguanto aquella noche en un silloncito frente a la ventana. No aceptaba irse a la cama, con voz temblorosa solo hablaba del tal Varela y su corte de corsarios, de sus naves, de la carga de pólvora que recibían, del tabaco robado, o de los tesoros que había en la tumba que acababa de visitar. Lucas Boy reía de tanta fascinación aventurera que había desatado aquella visita, pero al recoger la lata de membrillo pudo ver aquellos documentos y conecto el pasado con su amigo y murmuro varias veces la frase, como si rezara un padrenuestro: “la mirada escapa desde esta tumba”.

Notas

Para el mas pronto apresto de los tales Armamentos, es mi voluntad, que si los Armadores y Corsarios pidieren artillería, armas, pólvora y otras municiones, por no hallarlas en otros parages, se les franqueen de mis Arsenales y Almacenes á costo y costas, con tal que no hagan falta para los baxeles de mi Armada, y que si no pudieren pagar al contado, se les conceda un plazo de seis meses para satisfacer su importe”

 

¿QUIÉN MURIÓ EN EL 64? -09- Kennedy Obscenity

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Aquel 1964 encontraron el cuerpo de una mujer en una zona mientras hacía deporte. Aún hoy no se conoce quién le asesino. Mary era intima de John Kennedy Siguiente capítulo: “They have to win it or lose it” JFK –Cap 10 -j re

By juan Re crivello. Este capítulo pertenece al libro de ficción histórica  Kennedy (obscenity)           (C) Derechos reservados

 

 09 (a) He decidido partir el capítulo en dos, mañana subiré el b -j re.

Bajé del hotel, había quedado con alguien a quien deseaba entrevistar sobre la relaciones de Kennedy con una de sus amantes más asiduas Mary Pinchot Meyer (1). Su muerte ocurrida en extrañas circunstancias en el año 1964 y la práctica del LSD con el presidente convertían a este caso en un elemento interesante. A quien vería era un tal Meyer nieto. Pero como eran las 10 de la mañana decidí dar un paseo y comer algo hasta que fueran las 2 de la tarde. Sin darme cuenta entre en varios callejones sucesivos, y nuevamente apareció la sensación de que me seguían. Esta mañana no había notado la ausencia de los agentes de la CIA que colaboraban conmigo. Al torcer y entrar en una calle más estrecha me aceleré y ya solo deseaba encontrar una calle amplia y de más movimiento, pero tres tipos me cerraron el paso. ¿Y si echaba hacia atrás? Nuevamente mi angustia me jugo una mala pasada. Una puerta en un lateral se abrió y vi a Carmen. Presa del pánico corrí tras ella por un largo pasillo para subirnos en un montacargas estrecho que se detuvo en la cocina de un restaurante. Al salir un cocinero chino cortaba con un hacha el pescuezo de una montaña de pollos que le esperaban desplumados y recién sacados del freezer y desparramados en una mesa circular. Ni se inmuto, los golpes milimetrados dejaban caer las cabezas en un cubo que ponía un cartel lleno de sangre “for soup”. Carmen continúo avanzando y tres cocineros nos miraron. Salimos a un descansillo para meternos en otro montacargas que nos llevó a la terraza. Allí me detuve, mi mirada forzada pregunto: ¿por qué corremos si nadie viene detrás? Ella señalo el edificio contiguo y tres tipos que miraban como saltar hasta nuestra posición. “¡A la una!”    –dijo— y corrió enloquecida hasta elevarse, saltar al vacío  y caer en la terraza de otro edificio, al ir detrás de ella mire hacia abajo, ¡la gente era tan pequeña! A la terraza la pasamos hasta el otro lado para saltar encima de un camión lleno de ropa. A los segundos se puso en marcha,  le abandonamos en un semáforo a los 20 minutos. Mientras se alejaba, un letrero ponía “Weng li, lavandería para restaurantes”. Unos minutos y nos subimos a un taxi que nos llevó a un sitio que según ella estaríamos tranquilos. Era una antigua fábrica de té. De espaldas al rio, construida en los años 30, aún conservaba sus dos chimeneas y un edificio gigante donde hace 50 años, secaban las hojas al llegar de China. Según su relato: “aquí llegaron a trabajar 2.000 personas que elaboraban un te rico en sales y bicarbonato que los gásteres de Chicago bebían como ritual a primera hora de la mañana”. Al edificio en cuestión le habían dividido durante la fiebre de los loft, y Carmen era dueña de un apartamento. Al entrar, la sala era un espacio lleno de encanto y muy iluminado. Le pregunte:

– ¿Y esto?

–Paso aquí muchas horas. Su colección de jades o las fotografías de trabajadores chinos de la fábrica eran muy interesantes y daba una imagen más suave de su personalidad, tal vez le suponía una heroína moderna. “¿Tienes hambre?” –preguntó.

–Necesito regresar al hotel y contactar con mi Director. Estoy sin protección. No sé porque narices conecte con aquel Kennedy de hace años en las horas previas del 22 de noviembre, cuando accede su coche a la Plaza Dealey y su servicio secreto le abandona por un segundo. En esos momentos está solo frente a la trama que le cierra el paso en el Estado. ¡Tengo que llamar a mi Director! –insistí.

–Ahora es mejor dejar pasar la noche –dijo Carmen

– ¿Quiénes serían esos tipos?

–No sé, tú eres el que está metido en la cuestión

–Esa última frase sonó rara, definía algo que no estaba resuelto, del cual ella intuía. Pensé: ¿esta rusa aparece en los momentos que estoy frito? ¿Qué conozco de ella? Carmen vio mi desconfianza y probo suerte con un juego de frases:

– ¿Amas?

–Ahora no estoy para ello

–Ves esto, y mostro su serpiente del cuello. El timbre sonó y ella fue hasta su video portero. Es un pizzero —dijo mirandome. ¿Qué hago? Le pedí recibiera el encargo. A los minutos regreso con una pizza de roquefort, la abrí, ponía en un papel: “la cadena de protección ha sido restablecida. Mañana será un día interesante”. Lo firmaba mi Director. A los dos minutos sonó tres veces mi móvil, aquello confirmaba que la entrega era segura. Me gire hacia ella y le pregunte:

– ¿Cuándo te has hecho ese tatuaje?

–Hace años. Tengo uno aquí en la cadera que nunca has visto.

– ¡Difícil! –dije. Ella me tomo de la mano y atrapando mi dedo anular lo llevo por su espalda hasta recorrer suavemente en dirección a sus nalgas.

–Ves, es un sueño. Tu mirada atrevida desea que aquel capricho sea nuestro —agrego. Y me beso. Carmen era una espléndida señora que movía su físico o fascinaba con su sonrisa. Esta rabia suave, con encanto, te transportaba, no gustaba de hablar, ni de aproximarse en demasía, era su boca y la lengua la que conducían el capricho.

 

A las 13:30 me esperaba mi amigo, el taxista Braun P a la entrada de casa de Carmen; había pasado la noche con ella y via Face había cambiado la cita del día anterior con el nieto de la Meyer. Mientras nos dirigíamos hacia allí, intentaba entender mi relación paralela entre Elsa Rockefeller y Carmen, no era mi estilo y Nueva York rompía todos mis hábitos. Braun P percibió mi confusión y pregunto:

– ¿Pasa algo chico?

–Es que…

–Es un lio con dos mujeres

– ¿Cómo lo sabes?

–Llevo muchos años con el taxi, cada viaje es una enseñanza de las caras que ponéis sentados en ese espacio.

– ¿Y cuál es la cara, si son tres? Reímos, el respondió con frases cortas.

–En la de tres  –dijo– que parecía una grosería; en la de dos amores, cuando es una mujer la que arrastra el tema: “sus tetas van henchidas y sonríen como estar servidas”. Las risotadas iban en aumento, pero Braun P estaba entonado: si es una lesbiana, me recuerda a los hombres antiguos, aquellos machitos de los años 40, que llevaban gomina y aun decían piropos.

– ¿Y si es un homo? –pregunté.

–Los maricones no soplan los gestos, son tan cambiantes en los gustos que les da igual.

–Pero, ¿se enamoran?

– ¡En-lo-que-ci-da-mente chico! Pero son tan extremos, que nos ganan la batalla a los normales. Nosotros soñamos con ellas y, ellos practican con ellos/ellas.

– ¡Qué mundo! –exclame. ¿Pues sabes a dónde voy? Mi taxista con su cara de interrogación dio paso a la respuesta. A ver al nieto de una de las amantes de Kennedy –y agregue una pregunta—: si a Kennedy lo tuvieras en el taxi en observación ¿qué le dirías?

–Di-van-li-to –dijo

– ¿Qué?

–En mi época vendían un sofá con esa marca. El presidente, debe de haber sido de esos tipos que gatillan una detrás de otra ¡Van en guerra siempre! Conocí a uno    –en mi taxi– al cual le llevaba a 2 o 3 casas por día y cuando le dejaba en la última –la de la esposa–, antes de bajarse, se peinaba, se mojaba los labios con “Agua del Carmen”; la cual yo tenía la obligación de comprar unas botellitas que importaban desde España y eran carísimas. Al final siempre acababa con la frase: “está cada vez más complicado”. Estos tipos no sueñan con ellas. ¡Las viven! Y moviendo las manos mientras soltaba el volante, hizo el tradicional gesto masculino de eyaculación por detrás. Habíamos llegado; –le pregunte– ¿qué me aconsejas preguntar al nieto de la Meyer?

–Dile, si cada vez que visitaba a Kennedy ella era ¿árbitro o coneja?

– ¡Wow! Es muy fuerte

–Ya lo sé chico, pero en el sexo y el dinero son dos vestidos que usamos para… tapar las miserias. Pague 35 dólares, no era una tarifa barata, pero incluía sus consejos.

(1)http://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Pinchot_Meyer Aconsejo la lectura de biografía en inglés –Nota del autor–.


 

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