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El Corazón dormido —12

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Amigos esta novela está en su momento donde debo tomar decisiones, veré vuestras opiniones al final del día —j re

El cementerio lo inauguraron en julio, un calor horrible se abatía sobre esa parte del macizo. Estaban invitados las autoridades y un coctel en la parte delantera del Hotel fue lo más correcto, primero pensaron en hacerlo a la salida del camposanto pero desistieron. Si acertaron con una ceremonia religiosa frente a las tumbas. Los allí enterrados, todos piratas, ninguno era católico, y Luis F, el ultimo Varela en llegar tampoco presumía de querer rezar. Con lo cual el cura oficio una misa corta donde se soltó sobre historias de los navegantes y la fuerza de la vida que se despacha por los mares y regresa cargada de joyas, renuncias y traiciones que se deben expiar. Nadie dijo nada. A lo sumo el suave cinismo de Lucas Boy mostraba una sonrisa entre el encanto masculino o el emprendedor que está en la cima de su éxito. WeBe asistió vestida con una blusa rosa salmón y una falta estrecha y corta que dejaría hasta sin aliento al propio cura, un hombre conocido en la zona de alrededor de 30 años y que impregnaba a su alrededor de una atmosfera de párroco metrosexual. La cita fue para Caro Vespasiano una manera de atender a tanta garganta deseosa de vicio como le gustaba decir. Una vez que acabo la misa los parroquianos se espaciaron por las tumbas para ver aquellas fechas tan antiguas y sus garabatos que aparte del RIP incluían una suerte de pequeñas frases. Caro tomo nota en una libretita el nombre de tres piratas:

Porter  Varela  y su frase grabada en el mármol: Judas llenó el mar de riqueza

Robert Varela y su frase: He vivido y muerto atado a una mujer

Joan Varela y su frase: El sudario de Jesús está enterrado en esta tumba

Nadie se atrevió a mirar si estas últimas frases eran ciertas. Ni abrir alguna tumba y e intentar ver si quedaba algo dentro. ¡Estaba prohibido!… por Lucas Boy; y Caro quien por superstición no amaba mover a los muertos y la seguía a pie juntillas.

Luis F ocupaba el centro en un espacio libre; le habían hecho una lápida de mármol de las canteras del macizo y su frase llamaba mucho la atención. El cajón estaba en la parte baja ya apoyado en la tierra de la tumba. Ese día el cementerio fue un éxito, al público le sorprendía ver aquellos piratas que se distinguían por sus complejas experiencias y sus míticas opiniones condensadas en sus tumbas. Todos, mejor o peor deseaban saber más sobre aquel pasado, pero el poco material existente eran cartas antiguas de navegación y retazos de sus opiniones que Caro había colocado en una urna especial a la entrada del Hotel. Para WeBe, una de aquellas cartas, siempre llamaba su atención y decía en un castellano antiguo:

“El mar arrasara con sus muertes a los vivos que esperan resarcirse de los odios acumulados, solo es posible comprender el mal si al visitarte, te anuncia que posees una ventaja. Y ese es el momento de cumplir tus propios deseos y desaparecer”.

Era como ¡una lámpara de Aladino! Había comentado en su momento Lucas Boy. Para Caro ese anuncio iba más allá del presente y abría una unión entre aquellos y nosotros. “El mal, quien nos visita siempre” —agregó en voz baja. Pero esa carta poseía una explicación personal escrita por Luis F, en carboncillo, con las letras redondas y estirándose hacia atrás, que dejaría en la montaña de papeles antes de morirse y era menos sutil, más alegre:

¡Carajo! En esta forma de explicar sus historias se ve que la vida te da una oportunidad y si te equivocas, la guadaña de la muerte te lleva rápida y veloz

Viva el Che. Luis F.

En esas formas de ver la vida se escondía… una etapa de aquellos pasados, donde el corazón dormido se ejercitaba en favores o enmiendas que soltaría  en el futuro. Ni la cárcel, ni las vueltas entre esa trilogía Luis F, Lucas Boy y WeBe podía ser alterada, por ello Caro amenazaba con amarla a ella pero intuía que le dejaría, que le mataría de amor o de sexo. Así y todo en la fiesta se acercó y dijo muy cerca en su oído.

—¿Esta noche? WeBe sonrió mostrándole sus labios y pasar suavemente la lengua, de dentro a afuera y decir con voz muy suave:

—¿Quieres fornicar? Caro se quedó pasmado. Esa puta palabra le abría el corazón en dos pero le agradaba que ella le anunciara que podía ser un partenaire.

—Si –respondió. A las 12 esta noche, en la Calle del Pecado. ¡Otra vez esa calle!, debía pasar por allí y beber algo para ser un amante, quiso cambiar, hizo un gesto, pero ella no acepto, tal vez hasta sería delante de Lucas Boy, tal vez para recordarle que el hambre de su amigo le consolaba. El cielo se nublo, y el viento se aceleró y un aguacero descargó sobre los invitados. Todos corrieron en dirección al hotel. Solo se mantuvieron de pie como clavados WeBe y Lucas Boy. Un rayo dio contra el muro hacia el final del cementerio. El agua aumento su ritmo hasta ser despiadada y formar cortinas sucesivas que se sucedían unas con otras. El foso abierto se inundó y el cajón de Luis F. apareció en la superficie flotando en una danza macabra alrededor de las tumbas siguiendo la salida del cementerio mientras el riachuelo formado le arrastraba. Lucas Boy miro a WeBe, una sonrisa intima de complicidad les unió. El agua les llegaba al comienzo de las pantorrillas. Ella se acercó hasta el patinando y se cogió de su mano. La risa era ya una carcajada que estallaba más allá de su complicidad, al ver que el cajón flotaba y seguía bajando en dirección del hotel, atravesarlo por un lateral y encallar en una enorme piedra al borde de un precipicio. Ella se arremango la falda y le beso suave en su boca. Lucas Boy respondió levantándola y arrastrándose en el barrizal para apoyarle en el muro  y desvestirse apresurado. WeBe dijo:

—¡Ahora sí! Lucas Boy moderado y con su doble matiz —exclamó:

—¡Si! ¡Si! El aguacero reventó entre las nubes dejando caer cientos de litros sin más, que arrastraron todo en derredor. Los besos atraían una mezcla de sal y deseos atrapados durante años. Lucas se unía a ella por primera vez olvidando años de especulación y WeBe rozaba con sus uñas su piel, mientras la lluvia y los Varela juntos parecían aplaudir aquel entusiasmo.

El corazón dormido: Lucas Boy y el entierro de Luis F. —12

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El cementerio lo inauguraron en julio, un calor horrible se abatía sobre esa parte del macizo. Estaban invitados las autoridades y un coctel en la parte delantera del Hotel fue lo más correcto, primero pensaron en hacerlo a la salida del camposanto pero desistieron. Si acertaron con una ceremonia religiosa frente a las tumbas. Los allí enterrados, todos piratas, ninguno era católico, y Luis F, el ultimo Varela en llegar tampoco presumía de querer rezar. Con lo cual el cura oficio una misa corta donde se soltó sobre historias de los navegantes y la fuerza de la vida que se despacha por los mares y regresa cargada de joyas, renuncias y traiciones que se deben expiar. Nadie dijo nada. A lo sumo el suave cinismo de Lucas Boy mostraba una sonrisa entre el encanto masculino o el emprendedor que está en la cima de su éxito. WeBe asistió vestida con una blusa rosa salmón y una falta estrecha y corta que dejaría hasta sin aliento al propio cura, un hombre conocido en la zona de alrededor de 30 años y que impregnaba a su alrededor de una atmosfera de párroco metrosexual. La cita fue para Caro Vespasiano una manera de atender a tanta garganta deseosa de vicio como le gustaba decir. Una vez que acabo la misa los parroquianos se espaciaron por las tumbas para ver aquellas fechas tan antiguas y sus garabatos que aparte del RIP incluían una suerte de pequeñas frases. Caro tomo nota en una libretita el nombre de tres piratas:

Porter  Varelay y su frase grabada en el mármol: Judas llenó el mar de riqueza

Robert Varela y su frase: He vivido y muerto atado a una mujer

Joan Varela y su frase: El sudario de Jesús está enterrado en esta tumba

Nadie se atrevió a mirar si esta última frase era cierta. Abrir su tumba y luego lo que quedara de aquella caja e intentar si quedaba algo dentro. ¡Estaba prohibido!… por Lucas Boy y Caro quien por superstición no amaba mover a los muertos y la seguía a pie juntillas.

Luis F ocupaba el centro en un espacio libre; le habían hecho una lápida de mármol de las canteras del macizo y su frase llamaba mucho la atención. El cajón estaba en la parte baja ya apoyado en la tierra de la tumba. Ese día el cementerio fue un éxito, al público le sorprendía ver aquellos piratas que se distinguían por sus complejas experiencias y sus míticas opiniones condensadas en sus tumbas. Todos, mejor o peor deseaban saber más sobre aquel pasado, pero el poco material existente eran cartas antiguas de navegación y retazos de sus opiniones que Caro había colocado en una urna especial a la entrada del Hotel. Para WeBe, una de ellas siempre llamaba su atención y decía en un castellano antiguo:

“El mar arrasara con sus muertes a los vivos que esperan resarcirse de los odios acumulados, solo es posible comprender el mal si al visitarte, te anuncia que posees una ventaja. Y ese es el momento de cumplir tus propios deseos y correr”.

Era como ¡una lámpara de Aladino! Había comentado en su momento Lucas Boy. Para Caro ese anuncio iba más allá del presente y abría una unión entre aquellos y nosotros. El mal, quien nos visita siempre. Pero esa carta poseía una explicación personal escrita por Luis F, en carboncillo, con las letras redondas y estirándose hacia atrás, que dejaría en la montaña de papeles antes de morirse y era menos sutil, más alegre:

“¡Carajo! En esta forma de explicar sus historias se ve que la vida te da una oportunidad y si te equivocas, la guadaña de la muerte te lleva rápida y veloz”  ¡Viva el Che! Luis F.

En esas formas de ver la vida se escondía… una etapa de aquellos pasados, donde el corazón dormido se ejercitaba en favores o enmiendas que soltaría  el futuro. Ni la cárcel, ni las vueltas entre esa trilogía Luis F, Lucas Boy y WeBe podía ser alterada, por ello Caro amenazaba con amarla a ella pero intuía que le dejaría, que le mataría de amor o de sexo. Así y todo en la fiesta se le acercó y dijo muy cerca en su oído.

“Esta noche”. WeBe sonrió mostrándole sus labios y pasar suavemente la lengua de dentro a afuera y decir con voz muy suave:

—¿Quieres fornicar? Caro se quedó pasmado. Esa puta palabra le abría el corazón en dos pero le agradaba que ella le anunciara que podía ser un partenaire.

—Si –respondió. A las 12 esta noche, en la Calle del Pecado. Otra vez esa calle, debía pasar por allí y beber algo para ser un amante, quiso cambiar, hizo un gesto, pero ella no acepto, tal vez hasta sería delante de Lucas Boy para recordarle que el hambre de su amigo le consolaba. El cielo se nublo, y casi sin viento, un aguacero descargo sobre los invitados. Todos corrieron en dirección al hotel. Solo se mantuvieron de pie como clavados WeBe y Lucas Boy. Un rayo dio contra el muro hacia el final del cementerio. El agua inundo el foso abierto y el cajón de Luis F. apareció y floto como en una danza macabra alrededor de las tumbas siguiendo la salida del cementerio mientras el riachuelo formado le arrastraba. Lucas Boy miro a WeBe una sonrisa intima de complicidad les unió. El agua les llegaba al comienzo de las pantorrillas. Ella se acercó hasta el patinando y se cogió de su mano. La risa era ya una carcajada que estallaba más allá de su complicidad, al ver que el cajón flotaba y seguía bajando en dirección del hotel, atravesarlo por un lateral y encallar en una enorme piedra al borde de un precipicio. Ella se arremango la falda y le beso suave en su boca. Lucas Boy respondió levantándola y arrastrándose en el barrizal para apoyarle en el muro  y desvestirse apresurado. WeBe dijo:

—¡Ahora sí! Lucas Boy moderado y con su doble matiz —exclamó:

—Si! ¡Si! El aguacero reventó entre las nubes dejando caer cientos de litros sin más, que arrastraron todo en derredor.

El corazón dormido: IL MORTO QUI PARLA –11

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–Trasladaremos el cuerpo de Luis F., se cumplen 10 años de su muerte y lo mejor es situarle en el pequeño cementerio cerca del Hotel Espíritu –dijo Lucas Boy

–A los muertos es mejor dejarlos en paz. Para Caro Vespasiano el hotel ya era un éxito, y el pequeño Camposanto que estaba rodeado de unas paredes altas, hechas con piedra de la zona, con una reja gruesa, y ocho lapidas en el suelo, guardaba los cuerpos de antiguos corsarios –según decían– de la familia Varela.

–Lo adecentaremos, y pondremos un pequeño sendero para que los clientes del hotel le puedan visitar. ¡Será todo un éxito! Lucas Boy no había escuchado sus argumentos. Caro insistió: «¿Por qué narices vas a meter a Luis F. entre un grupo de piratas?»

–Pues tan fácil como que él era… un Varela. La cara de asombro de Caro pareció romper todas sus defensas, tan solo dijo: «¡Y… tendremos que pedir permisos!»

–No hará falta, conozco a uno que me debe un favor y retirara los huesos del Cementerio de Montjuich para enviármelos en un jarrón grande comprado en un bazar chino. Vendrá cerrado y por DHL. Cuando Lucas Boy tomaba una decisión vulneraba todos los acuerdos con la moral. Caro –dijo:

–¿DHL? Y al tipo de la furgoneta… me lo imagino yendo hasta el cementerio y tú esperándole en la puerta.

–¡Como lo sabes! –exclamó Lucas Boy con una leve sonrisa. Se imaginaba el conductor servir el paquete y el vestido con una capa negra para dar la sensación de una película de Hollywood. No temas –agrego– le recibiré con una nevera de camping y dos cervezas para distraerle de la pregunta principal: ¿Ud. vive aquí?

–Si WeBe se entera, dijo Caro. Tan solo de imaginar que ella descubría el pastel tendrían ambos que emigrar.

–No lo sabrá, ni por mí, ni por ti. Esta última frase la acentuó con su mirada gélida. Aquella observación puso a Caro bajo la sospecha ¿Qué sabia de la relación entre ambos?  ¿Y con We Be? Aunque intuía que el estropicio del traslado de los huesos acabaría mal. Los huesos de su ex llegando en DHL. ¡La trifulca será descomunal! Lucas Boy percibió las dudas de su amigo y dijo, a su manera, con cierta frialdad, letal, sin dar espacios para el pacto.

–Luis F. vendrá alegre y vil como siempre. Luego afirmo al referirse al muerto: ¡No era un santo!, y… en su nuevo sitio descansará al lado de su familia. Será como si completáramos…  la nave pirata. La broma no gusto a Caro –y preguntó

–¿Le compraras una lápida?

–Ya la he encargado. Pone lo mismo que en Montjuich, solo le he agregado “turbio, santo y amigo”. Luego invitaremos a WeBe a la tumba. También prepararemos un folleto de publicidad que pondrá: “visite el cementerio pirata de los Varela del Macizo”.

–Me imagino –dijo Caro con un desagrado indisimulado.

–Así –respondió Lucas Boy –para agregar–. Esas tumbas son del 1700 ¡que narices! Sin nosotros… ya se habría perdido su recuerdo.

–¿Y los turistas irán? –preguntó Caro

–Los turistas y los nacionales. He investigado esta zaga de piratas, fueron los más fuertes de la zona y nadie sabe dónde están sus tumbas. Es el único cementerio pirata de España y en el resto de Europa solo hay dos. Nadie lo sabrá hasta que nosotros digamos a la prensa del nuevo aliciente del Hotel Espirito.

–¿Y si nos trae mala suerte?

–Los muertos no traen mala suerte. ¡Están muertos! –exclamó. Haremos que los Autocares se queden en la explanada del hotel y los turistas suban a pie hasta ese pequeño espacio desde donde se ve todo el mar.

–Desde luego que la vista ¡es magnífica! –cerro la charla Caro Vespasiano.

 

###

Lucas Boy llego al hotel cerca de las 8. Prefirió ir hasta la habitación de       WeBe, era su día libre, y esperaba darle la noticia del cementerio, pero le quitaría importancia. Golpeo en la puerta. Nadie contestaba, e insistió hasta oír un grito: «¡ven más tarde!». El siguió con sus nudillos dando en la puerta de manera suave. Un sonido del pestillo le permitió entrar. Estaba todo revuelto, abrió la ventana y el sol inundo el cuarto. Ella llevaba un camisón de seda, muy corto que cubría la pelvis sin dejar ni un centímetro de reserva. Su cabello despeinado le recordaba a las matronas italianas. WeBe se sentó en una silla pequeña y puso un cojín entre ambas piernas dejando que sus pantorrillas sobresalieran.

–Qué quieres ¡joder! –dijo Ella. Lucas Boy dudaba y pregunto: « ¿Te acostaste tarde ayer?»

—¿Te importa? —fue la pregunta de ella.

–Bueno, al ver tu cara… un poco

–¡Tu  no mirabas mi cara!

–¿Y qué imaginas que miro? –dijo Lucas Boy sonriendo.

–Mis pechos. Seca, cortante y llena de pólvora Ella conocía su atractivo. Lucas Boy se retiró hasta la ventana. WeBE insistió a su espalada:  «¿O no?  Él se giró para mirarle de reojo, mientras We Be se mordía una uña y la liberaba de su pintura. Lucas Boy dedujo que aquello no le llevaba a ningún sitio. Ella al mirarle dijo:

– ¿Y?

– ¿Quieres desayunar? ¡Qué idiota!, una vez más le invitaba a un sitio público. Pero la respuesta fue destornillante.

–Me visto y te acompaño. Ya que me has despertado… para mirarme los pechos y luego disimular con el rollo del café. Lucas Boy sonrió y dijo: «te espero en el bar de la esquina». Intentaba evitar la sesión de desnudo y cambio de ropa que vendría, pero ella no espero, el camisón fue al suelo y rápida escogía su ropa interior. Lucas Boy se resignó, mientras observaba un cuerpo compensado, de tez rosada, nalgas redondas y unos pezones que le metían en la categoría del mirón. Para tantos años en la cárcel tenía un buen tipo.

–¿Cuál es tu nota? –pregunto We Be.

–8. Ella se giró y sonrió.

 

Al llegar al bar, Lucas Boy se pidió un café y un pequeño bocadillo, para WeBe un café con leche y una pasta. Al mirarle, hoy parecía tener los ojos grises y se la veía inquieta. Boy dando un rodeo comenzó a explicar su proyecto del cementerio:

–He pensado en trasladar a Luis F. desde Montjuich hasta un pequeño cementerio que está cerca del Hotel en el macizo. Solo hay 10 lapidas, lo limpiaremos y le dejaremos en una nueva tumba. Ella le miro, buscaba algo detrás de aquella historia, pero su desconfianza fue cediendo. Se le ocurrió preguntar:

–¿Está lejos del Espíritu?

–No, a tan solo un kilómetro, en la ladera que da al mar, por la parte derecha.

–¿Dónde están aquellos muros antiguos? «Si»

–Es un buen sitio. Lucas Boy no se atrevió a decir que estaría en el recorrido turístico, ni que le acompañarían sus parientes corsarios, solo los menciono de pasada: «Algunos de los allí enterrados son parientes de Luis F.; el día antes de fallecer fuimos a visitarle y me pidió que le dejara con los Varela.

–¿Él era un Varela? —Pregunto WeBe como dando a entender que conocía algo de aquella historia. «Si» -respondió Boy.

–No me parece una mala idea. Mientras ella le rodeaba con una mirada cargada de desconfianza, Lucas Boy permanecía impenetrable. ¿Me puedes llevar hasta allí?

–Cuando este todo limpio y hayamos trasladado los restos. Tampoco menciono que vendrían por DHL. Ella sentía que algo le decía ¡insiste!, pero cambio de tema.

–¿A Caro Vespasiano le conoces desde hace mucho?

–Desde pequeño –respondió Lucas Boy

–¿Estuvo casado? ¿Es viudo? O… Lucas Boy rápido y sin dejarse sorprender por el terreno que WeBe comenzaba a recorrer si darle aparentemente importancia –dijo:

–¿Qué quieres saber?

–Nada. Una respuesta que Lucas intuía venia cargada de intensas posibilidades y por ello agregó:

–Conozco casi todo de él, menos esos diez años que hemos estado separados. En su interior, dudo si decirlo o no, pero menciono con fuerza: siempre que estamos juntos intentamos regresar al corazón dormido –y luego cambiando, agrego– Su mujer está en un Psiquiátrico.

–¿A qué te refieres con regresar al…

–Tú te fuiste a la cárcel; Caro se casó; Luis F murió hace diez años; yo me separé de Vivian R; Ron Carey se hizo millonario y Mar Pérez apareció de nuevo.

–¿Y tú? Ella al preguntar, se sintió molesta que todos aparecieran y el obviara su vida, tan solo de pasada mencionaba su fracaso con Vivian y esa tal Pérez. Su cuerpo estaba adelantado y muy cerca. Podía oler la colonia francesa de Lucas Boy, intuir su crema solar, su suave circulo alrededor del cuello cortado con maquinilla de peluquero de Sitges.

–En mi caso… instale el Hotel. Para mí El Corazón Dormido fue una apuesta difícil –dijo Lucas Boy. Ella vio el momento de soltar lastre y dejo escapar algo que guardaba dentro desde hace diez años.

–Cuándo falleció Luis F y yo entre en la cárcel, según mis cálculos ¿compraste este hotel y la Masía donde está el Espíritu?

–Si

–¿De dónde sacaste tanto dinero?

–Me lo presto un amigo –respondió Lucas Boy–. No podía revelar que era un ahorro fruto de la venta de droga en sociedad con Luis F.

–¿Ya se lo has devuelto?

–Sí. Lucas Boy comenzaba a estar incómodo. WeBe se acercaba aún más y su respiración le invadía. Una cierta inquietud mezcla de sensaciones, olores y atracción sexual iba y venía entre ambos. WeBe –insistió:

–Yo me chupe diez años y tú tuviste la suerte del amigo. Aquella frase sonaba a profunda desconfianza, a reclamo, a un cierto reproche de: ¡porque desapareciste! El sin dudar exclamó:

–Tú, te quedaste en la droga. Tú te encerraste en esa cárcel llena de lesbianas. Tu… iba a seguir, su dureza raspaba y WeBe reacciono. Se puso de pie –y dijo furiosa–.

–Vete a la mierda –y se marchó.

 

El corazón dormido: Luis F y su ultimo día -10

Amigos, nos aproximamos al final de esta novela, según mis calculos esta semana se acabará, y es cuando me surge el miedo a terminarla y vuelve a la papelera -j re

Cual Ave Fénix Luis F pudo ponerse de pie después de un día tan malo, pero hoy era su cita con el destino, lo había convenido y no lo dejaría escapar, pero al entrar al comedor pudo ver a WeBe sentada en el silloncito individual que a veces utilizaba para dormir sus pequeñas siestas, fuera, el día era soleado. Ella llevaba una camisa blanca ajustada a sus pechos y debajo, unas piernas afiladas y largas, las tenía abiertas y sus pies se apoyaban en unos zapatos con dos puntas de casi 15 centímetros. Las bragas de color blanco al descubierto le daban un gran contraste.

Luis F la imagino al estilo de una matrona italiana. Él le saludo, ella le pidió se acercara y puso una silla frente a aquel espacio en uve que cada mujer protege de las miradas masculinas pero que ella mantenía abierta para saludarle con insolencia. Podría haberle preguntado: “¿estás bien?”, o decirle “¡hoy se acabó!” Pero su compañera no estaba por la labor y utilizo un convencional: “¿qué haces aquí a esta hora?” WeBe con un dedo le hizo una señal de silencio y luego destapo un frasco de cristal con pintura roja (1), que estaba a su lado y metió su dedo dentro, luego lo paso por sus pantorrillas subiendo en busca del centro donde se unían sus piernas. La mancha roja se extendió como un fuego en todas las direcciones y comenzó a gotear. Repitió el gesto varias veces haciendo que la comisura de su piel se fuera juntando y sus ojos se cerraran varias veces. Luego le atrajo una de sus manos hacia la zona para que le acariciara. El dedo anular de Luis F subió y bajo sucesivamente, hasta que su amiga puso sus piernas estiradas. Luis F pudo ver aquella mujer extraordinaria entrar al reino de Dios y caminar con suaves explosiones al borde del abismo. La pintura manchó sucesivamente sus pechos y la camisa se tiño de gotas. Pasados unos minutos ella cerró sus piernas y gimió. La ola que había comenzado se fue apagando, luego, intento acariciarle y corresponderle, pero Luis F no tenía energía para consumirse en una hoguera propia, pero observo una y otra vez aquella monumental mujer de piernas suaves, blancas, rosadas y un vello que al pasar la mano se extendía cual pradera perfecta.

— ¿De dónde sacaste la pintura? –pregunto él

—No es pintura, es sangre. Tenía razón, la viscosidad se diluía. Aquel estilo de WeBe era muy atrevido. Combinar sexo y sangre le recordó que en pocas películas aparecían y pregunto:

—Es… ¿humana?

—No lo sé –respondió WeBe y hasta su mirada dio a entender que no le importaba. Ayer le hice un trabajito a un sud americano y me pago con dólares y este frasco. Y me dije, esta mañana prepararé una escena diferente.

— ¡Estás loca! La natural agonía de Luis F se había roto, no consentía este atrevimiento que ella insinuaba en los últimos meses, mientras más aumentaba su decadencia, ella más intuía que el final se aproximaba y la desquiciaba. Ya no tenía rutinas, ni sus compañías eran las correctas, ni la gran madeja de Barcelona y sus gentes le consolaban. La química entre ellos estaba al mínimo. Luis F puso una hoja en blanco en la mesita, prefería escribir su última carta, ella se puso de pie y dijo:

—Me voy a duchar. Pero regreso al segundo y depósito en la parte alta del folio un grano de café envuelto en sangre, la gota se extendió y ella sonrió al mirarle. Luego puso música y dejo correr agua en el lavabo vecino. Para Luis F su último día comenzaba con abundantes símbolos y garabateo con mayúsculas en la hoja:

LA ESTUPIDEZ HUMANA PRODUCE GRANDES INCENDIOS. Luego dormito unos segundos. Le despertó WeBe que ya estaba cambiada para salir. Serían las 10. Iba vestida con una camisa de seda roja y un tejano. Su cabello húmedo y estirado hacia atrás dejaba ver unos pómulos pronunciados y los ojos cual piedras gigantes le acercaban a su antiguo pacto de amor.

— ¿Te preparo algo antes de irme? –preguntó

—Un café, dos tostadas y una barra de chocolate –dijo Luis F. Ella, nerviosa y ágil preparo su deseo y lo puso en una bandeja muy cerca en una mesa. En un plato pequeño apareció otro grano de café envuelto en sangre. Él sonrió, ¿se debía despedir?, ¿debía decirle que hoy era su último día? No hizo falta, ella menciono que iría hasta Sitges. En aquel pueblo estaría todo el día, había una fiesta y presentía que un contacto le abriría alguna puerta. Se despidieron, ella le beso en la mejilla. Los grandes rituales quedan para las pelis, en esta habitación llena de sabor a Luis F no se permitían quiebros de cariño. Al cerrase la puerta Luis F, desayuno y escribió otra larga frase: Esta mañana he descubierto que la soledad es una alma superpuesta a otra que convive contigo y a veces es tu gran desconocida. Y asintió sobre este aspecto tan vil e irracional, en el cual elegimos compañías que ante el martirio o la decadencia del otro, comienzan una espiral de acción para negar lo evidente, que algunos deciden irse para no prolongar su agonía.

12:00

En la tele daban una comedia de bodas y bautizos. La señora de la casa preguntaba en un suave acento: ¿has visto que la mermelada viene con un juguete dentro de regalo?

13:00

Luis F comió un leve bistec con patatas hervidas. En la tele en una comedia un señor venido de Madrid apretaba sus manos una y otra vez contra una nevera. Desde atrás una voz en off decía con insistencia: “Manolo J está pensando en cambiar de acolchado para su cama. ¿Cuál elegirá? Y los brazos del tal Manolo hacían una llamada a la casa de edredones y mantas más famosa de Barcelona donde un señor le ofrecía un 2X1.

14:00 Hora de la siesta –pensó Luis F, pero puso el telediario, le mantuvo poco, al escuchar que una ola gigante se había llevado por delante miles de filipinos sin dejar ni arroz en las casas, ni las fotos familiares, ni los enchufes para poner la tostadora que los americanos pusieron de moda en ese país en los años 50.

15:00 Busco una estampita de la virgen y rezo un padrenuestro. La tele daba una publicidad de seguros electrónicos que impedían entrar hasta las moscas y uno podía ver dentro desde cualquier punto del planeta. Luis F –murmuro y, dentro del castillo humano como se ve. Sabía  –como cualquier individuo que el miedo presidia las preguntas que no nos atrevíamos hacernos. Intento acabar con su vida pero no se atrevió.

16:30 Mientras en la tele daban un programa donde una señora de pecas respondía a preguntas banales referidas a su vida, en una de ellas dijo: “estaba con Félix cada noche hasta que descubrí que se lo hacía con otra. Le deje las maletas dentro de la casita del perro que tenemos en el patio y  se murió hace un mes”. Luis F marco el número de Lucas Boy y este dijo:

— ¿Cómo estás?

—Bien. Quiero que me ayudes –agrego con una suave melodía de fondo.

— ¡Otra vez con la misma historia!

—Hoy me voy. Tengo preparada una inyección de morfina que destroza el hígado.

—Ahora vengo. Para Lucas Boy su curso de enfermería de la marina, cuando pinchaba a gigantes o enanos, las vacunas, o los antidiarreicos, o las penicilinas para frenar la sífilis era algo sencillo. Mientras montaba en su moto pensó largo y tendido en su amigo, era lo mejor. Irse suave y sin ruido.

Luis F, aún tuvo tiempo de poner sus papeles en un montoncito, iban envueltos en un papel de celofán rojo. Arriba de todo puso el grano de café pintado de sangre.

Notas:

(1)”Y la sangre os será por señal en las casas en donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto. “Éxodo 12:13

Propósito: Buscar que los creyentes profundicen y valoren el sacrificio de Cristo y conocer los beneficios que este les ha traído a sus vidas.

Introducción : La pascua era la ordenanza más importante para el pueblo de Israel y uno de los eventos más mencionados en el N.T. el apóstol Pablo, refiriéndose a las experiencias pasadas de Israel, nos dice: “Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros…” (1 Cor. 10:11). Las familias hebreas debían sacrificar un cordero y comer su carne con ciertas hierbas amargas y pan sin levadura (Éx. 12:8).

Aquella misma noche el ángel de la muerte pasaría por cada hogar en Egipto. Los hebreos debían tomar la sangre del cordero sacrificado y pintar los dinteles de las puertas (Éx. 12:7) a fin de evitar que el ángel de la muerte tomara a sus primogénitos (Éx. 12:13).

Los escritores inspirados del Nuevo Testamento identifican este evento con el sacrificio de Jesús en la cruz del calvario.

El Corazón dormido: Luis F (-4 días) -09

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Hace diez años

Luis F abrió una caja, de su interior, extrajo un título de propiedad, ponía F G Varela. De esta manera había acabado el día anterior, luego WeBe había llegado e inundado con sus artimañas las horas de la tarde, pero eran las 8, Barcelona despertaba y luego de lavarse y preparar un café con cuatro galletas duras de un fino grano de chocolate que le recomendaba su médico, estaba dispuesto a abrir una lata de aluminio de aquellas que se usaban para poner dentro el dulce de membrillo. En su lateral se leía hecha en España, y la marca Santa Teresa, como buen goloso esa caja escondía un antiguo recetario, pero lo aparto y fue hasta un grupo de papeles atados por una cinta de color marrón. Dentro varios documentos, uno de ellos, muy antiguo que Luis F separo y estiro en la mesa, era una ordenanza del rey de 1805 que promovía el oficio de corsario, leyó en voz baja “he tenido por conveniente usar de igual arbitrio, promoviendo y fomentando el Corso particular en todos los mares, y auxiliando á todos y á qualesquiera Individuos que se hallen establecidos en mis Dominios, para que puedan hacerlo baxo aquellas leyes que autorizan el Derecho”. Luego se saltó varios artículos y releyó otro que le parecía interesante: “el Vasallo mio que quisiere armar en Corso contra enemigos de mi Corona, ha de recurrir al Comandante militar de Marina de la Provincia donde pretendiere armar, para obtener permiso con Patente formal que le habilite á este fin, explicando en la instancia la clase de embarcacion que tuviere destinada, su porte, armas, pertrechos y gente de dotación”(1).

El largo documento precedía a otro más pequeño que habilitaba a F G Varela para corsario. Luis F respiró e hizo un descanso, deseaba ir hasta aquella lapida antes de morir y ver a su antiguo familiar en su original emplazamiento. Para él, las vueltas de la vida hacían que corriera en su interior sangre de pirata. En su ventana, desde donde veía cada mañana las dos casas más visitadas por los turistas de Barcelona, ellos no intuían una perla oculta, un antiguo corsario que soñaba con recorrer las últimas horas. Busco su móvil y llamo a Lucas Boy, a esa hora su colega dormía plácidamente y escucho:

— ¡Que!

— ¿Has comprado esa casa en el macizo?

—Si

— ¿Me llevaras hoy?

— ¡No me fastidies! La voz ronca de Luis F insistió y su amigo volvió a la carga

—Pero si te meto en el coche, te vas a fatigar

—Quiero ver esa tumba.

— ¿Cuál?

—La de Varela. La que está en esa masia.

— ¿Y ahora que mosca te ha picado? Luis F no respondió, ya estaba sentado mirando una segunda reliquia, una carta escrita con letra menuda de Varela. Iba dirigida a una señora de buen ver que recibía todas sus pertenencias, era una especie de testamento y a través de una hermana llego a sus manos. Era solo una descripción de sus viajes y trifulcas, casi al final, le atrajo un garabato que llevo hasta la ventana y observo a trasluz, decía: “me enterrarán en esta colina donde el macizo se detiene y el corazón dormido nos consuela”, tal vez era la primera descripción de la casa y aquel espacio donde se instaló el cementerio y donde dejaron a algunos de los Varela.

Lucas Boy llego al mediodía, le ayudo a vestirse, con un sombrero panameño que le daba una apariencia espectral, sus 40 kilos de peso no ayudaban. En media hora estaban allí. Pero llegar al cementerio, aquello suponía subir un suave repecho, para ello Lucas Boy le sentó en una silla de ruedas con un techo de lona que había fabricado de manera artesanal. El corazón dormido despertó en Luis F una honda sensación. Parecía plegarse a una generación de los Varela, a esa suave brisa que venia del mar y remaba en las viñas. Le dejo frente a la lápida un buen rato, para Lucas Boy esa veneración no era calculada, sino más bien la adjudicaba al mal estado de su amigo y la medicación que le generaba fantasías raras. Pero, Luis F al girarse y mirarle dijo:

—Este tipo es mi abuelo. Era corsario y recorría este litoral hasta más allá de Cádiz. Les robaba a los moros que faenaban muy cerca de estos reinos. Mira allí –dijo señalando la lápida- acércate y pon más cuidado, en la base. Lucas Boy corto la hierba y además de la fecha, aparecía una frase reseca pero escrita en negro: “la mirada escapa desde esta tumba”. Para su amigo aquello sonaba a brujería, impresionado se apartó esparciendo la hierba que aún quedaba en sus manos y exclamó:

–¡Menuda frase! Seguro que nos fulmina aquí mismo. Luis F no escucho, se había dormitado. Espero una hora sentado junto a él y volvió a contar las tumbas: eran siete.

Por la tarde Lucas Boy dejo a su amigo en su casa. Luis F estaba demacrado y llamo al médico. Pero aguanto aquella noche en un silloncito frente a la ventana. No aceptaba irse a la cama, con voz temblorosa solo hablaba del tal Varela y su corte de corsarios, de sus naves, de la carga de pólvora que recibían, del tabaco robado, o de los tesoros que había en la tumba que acababa de visitar. Lucas Boy reía de tanta fascinación aventurera que había desatado aquella visita, pero al recoger la lata de membrillo pudo ver aquellos documentos y conecto el pasado con su amigo y murmuro varias veces la frase, como si rezara un padrenuestro: “la mirada escapa desde esta tumba”.

Notas

Para el mas pronto apresto de los tales Armamentos, es mi voluntad, que si los Armadores y Corsarios pidieren artillería, armas, pólvora y otras municiones, por no hallarlas en otros parages, se les franqueen de mis Arsenales y Almacenes á costo y costas, con tal que no hagan falta para los baxeles de mi Armada, y que si no pudieren pagar al contado, se les conceda un plazo de seis meses para satisfacer su importe”

 

El corazón dormido: Con cara de pocos amigos -08

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— ¿Que te apetece?

—El cielo.

¡Que maravilla amigos! Dialogo en este capítulo -j re

WeBe recibió un mensaje en su móvil, ponía: ¿puedo verte?, la solicitud breve y concisa venia de Caro Vespasiano. Tuvo dudas, lo ocurrido entre ellos hace unos días no suponía una nueva relación, cuando se disponía a  contestar, Lucas Boy llamo a su móvil. Del otro lado pudo oír: «¿qué haces esta noche?». Dos consultas que le llevaban a un mismo destino. Con cuidado respondió a la de voz. «Estoy ocupada» y se despidió. A la segunda escribió un mensaje, sin que aquello produjera un efecto mayor: «¿Dónde quedamos?» y la respuesta de su wasaps fue: “la Calle del Pecado”. Era miércoles. Ella hubiera preferido a Lucas Boy, pero decidía jugar con dos tipos a la vez. Como en las películas de contenido adulto no dejaba sobrentendido que con Lucas una aproximación demasiado rápida le llevaría a una salida de aquel proyecto, al mantenerle hambriento y azuzándole con Caro garantizaba su interés. Pero, ¿cómo era Lucas Boy? En el juego de alianzas siempre aparecía disponible, aunque un lado oscuro le refugiaba en la noche. O, los tenues matices que intuía, sin proponérselo, los había estado buscando –desde hace días– en una antigua carta de Luis F: relativa a su amigo. Estas misivas de su ex estaban cargadas de curvas y circunloquios y desde que falleció seguía mandando en su vida emocional. ¿Qué hacer? Si la rompía su pasado quedaría hecho trizas y nada le ataría, si la volvía a releer despertaría claves inútiles o tal vez algún nuevo camino. Ayer –por la tarde– en un diario digital, había leído que las células madre continúan con vida aun en el muerto durante 17 días más. El ciclo de la vida era para WeBe una delicada ánfora que partía una y otra vez con sus angustias y sus dobles verdades. Decidió leer y también recorrer el capítulo de Caro Vespasiano bajo otra mirada, a diferencia de las células, el texto no estaba en letargo. En la carta Luis F. decía:

Chiquita mía:

 Todo es dulce a altas horas de la madrugada, ni siquiera derribando todos los falsos espacios encuentro una respuesta. Si llegas hasta ese último, descubres que NO HAY NADA. Esta mañana hable largo con Lucas Boy, y apareció en su interior una arista irreconocible ¡Ten cuidado! El posee el don de abandonar a los que le rodean un segundo antes de caer por el precipicio. Hace un momento, he girado la sabana y te he cubierto pues hacía frío, antes de salir te he dejado el Cacaolat fuera para que no estuviera tan frío. Esta mañana voy a casa de Ricky a cobrar un trabajillo. Recuerda EL HILO ESTA SUELTO DEBES UNIRLO PARA EXPLICAR LA COMEDIA ¡Viva el Che! Luis F.

WeBe estaba de nuevo sin argumento, las cartas, complicadas y llenas de misterio apuntaban a un desacuerdo con Lucas Boy, ¿Qué pondrían aquellas que él tenía en su poder? ¿Cómo acceder a ellas? ¿Sabría Caro Vespasiano de su existencia? A veces en esa forma de hablar de su ex amado también sentía algún que otro tropiezo mental, si le rodeaba de aquel sentimiento ¿porque le había abandonado? «Películas» –dijo y guardo aquella misiva en un cajoncito cercano.

Caro Vespasiano miro su wassapp, la respuesta le unía a la noche. Un territorio para él difícil de manejar. Pero esa tipa de estructura sólida y que se agarraba como un liquen a la tierra le avisaba que era posible una noche más. Le iría concediendo nueva morfina –pensó. Le podría ver siempre que Lucas Boy no descubriera que se veía con quien le unía a su amigo muerto. Y en aquella madeja gigantesca, solo recuperaba para sí aplazamientos y poder asistir a una cita con una mujer extraordinaria, que como definiría en palabras de su amigo «esa es la primera sensación de los tipos para con ella, pero luego conoces su lado más humano y ves a alguien que quiere refundarse» Y, su diagnóstico se había cumplido.

 

 

 

02:00

«¿Porque la gente queda tan tarde para verse?» –se preguntó. La Calle del Pecado estaba en su mejor momento. Decidió sentarse en una terraza de un bar diferente, Caro Vespasiano había descubierto que es este sitio todo lo que servían era ecológico. Los licores estaban hechos a mano, y hasta la hamburguesa de soja parecía saber a carne. Su dueño, un alemán era un tipo genial y los tres mojitos que había bebido le chispeaban cuando se plantó en su mesa una señora de ojos grises ¡los llevaba grises esta noche! Pudo besarla, es más deseo fundirla en dos segundos, y descubrió que el torrente de sensaciones carnales le abría un espacio que hacía años no sentía. «Hola» –dijo ella.

— ¿Cómo estás? –respondió Caro. Ella le miro y desconcertada al ver una mirada romántica, rio de buena gana y le toco suave en la mano. Caro Vespasiano, con un pasado inútil y lleno de insoportables acuerdos erróneos, se dijo a sí mismo: «aguanta estos primeros minutos luego cederá su máscara y aparecerá la verdadera WeBe». Y ella siguió insoportable en la risa hasta que el pregunto:

— ¿Que te apetece?

—El cielo

—¡Eso está difícil!, pero una bruma al lado del mar… quizás si   –respondió Caro.

—No, solo busco aquello que me haga vibrar –respondió WeBe

—¿Y si no lo tengo?

—Te iras a la mierda

—Ya lo sé –respondió Caro y agrego: desde que te vi, sé que contigo juego partidos… aplazados.

—Si te esmeras puedes pasar de fase.

—Y… ¿no habrá sequia? –pregunto Caro

—Mi corazón ahora está abierto –dijo ella mirándole desde aquellos ojos grises preparados para la caza, pero tal vez con una frase cursi y fuera de los tiempos; aunque le gustaba esa relajada manera de hacer de novia antigua.

—Mentira, ¡mientes con alegría! –dijo Caro. Ella rio con una carcajada de estruendo y dijo:

—Vale. Digamos que yo te escucho y tú me prometes el cielo.

—Y, ¿eso donde esta? Caro veía irremediablemente que aquella partida se escapaba y pudo confesar su impotencia para conquistar ese espacio deseado, al decirse: «intentare encontrar esa sensación que… en tantos años ni siquiera he rasgado»

—Quien no conoce, quizás no conocerá –dijo ella, previendo que una apertura mental no es suficiente para saltar a otra fase. Él, viendo lo que intuía, dijo:

—Me lo pones difícil.

—Acercarse a mí, es un salto –y bebió de la copa de Caro. «¿Qué es esta mierda?» -exclamó WeBe. Su cara de rechazo ante el líquido le llevo a dejar la copa.

—Caipiriña ecológica –dijo Caro.

—Ven te llevare a un sitio, en el que te saltaran los sesos –y se marcharon a un bar en la misma calle, que ponía música que se metía en las tripas.

 

04:04

Caro Vespasiano regreso al Corazón Dormido en su coche, por la carreterilla estrecha, aun podía recordar la mano de WeBe en su piel. Ni siquiera un beso, pero llevaba un medio compromiso para ir de bolos a Barcelona.

04:08

Para WeBe la noche había dejado un contacto con alguien que mostraba aristas de enamorado y una cierta conciencia positiva. ¿Pero para que servía esa mierda en los días que vivíamos?, aunque… el aroma de su colonia dominaba el Spiritou. Sin proponérselo participaba en una madeja tejida con suaves y delicados trazos a los que ella no estaba acostumbrada. ¡Síguele la pista! –se dijo, luego se quitó la blusa y dejo caer el pantalón. Las nalgas pronunciadas se metían en unas piernas sugerentes. Era su atractivo, además de esos raros y deseados ojos de color gris.

 

El corazón dormido: Sapore di sale, sapore di mare -07

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by j re crivello. Sigo con dudas si ella se llama WE Be (con un espacio) o WeBe. Alguna opinión…

WeBe llego al trabajo, serían las 7 de la mañana. Le tocaba preparar los desayunos, el hotel estaba lleno y la mañana transcurriría sin incidentes. Le costaba dominar su slang carcelario, en cada pausa se escapaba a hacer un cigarrillo y, mirar los mensajes que le llegaban, como por ejemplo de su amiga Carmen M., como siempre tan directo: “¡tengo casa y el viudo esta la leche!” O, el de Lucas Boy de la madrugada anterior, cerca de las tres de la madrugada: “estoy saliendo de Sitges, la panadería aún no ha abierto y esperare unos minutos, compraré cruasanes y te los dejare en la despensa”.

Lugares comunes que acumulamos. Cuando el corazón duele, está lleno de un ritmo ácido y eso sentía ella, desde hacía años, no era sonrisa, ni volumen de ilusión, era un ácido que venía de muy atrás, cuando sus padres se separaron y le dejaron abandonada en una casa para huérfanos. Y desde ese día se sintió colgada, como en una pista de baile donde si no te atreves, los demás eligen su compañía y su alegría te ofende. Tal vez debía romper con aquella inusual forma de ser y buscarse un tipo o una tipa. ¿Esa era la tarea que le había traído hasta aquí? En un ticket de publicidad del nuevo hotel de Lucas Boy, había leído que “el corazón dormido era un espacio confortable para pasar unos días y reencontrarse”, luego por extensión lo había hecho suyo. Esa mañana quería ser una más en esa pista imaginaria, donde todos daban lecciones, pero le era imposible sustraerse a historias de diez años, carcelarias, efímeras, que rebotaban dentro con fuerza, tales como:

“Mi nombre es M T y vine a dar a esta cárcel por una deuda de juego. Mi marido se rompió un hueso del brazo y creía imposible jugar y le sustituí una noche y sucesivas, hasta que el póker me llevo en volandas y un día me perdí”.

“Me dicen Marga ST, yo era una vendedora de la calle Paseo de Gracia y un día probé coca en una fiesta y caí en desgracia. Perdí el perro, el piso y hasta un marqués que hablaba de amor. Luego me hice vendedora de los que esnifan hasta que en una redada me dejaron en esta cárcel limpísima, de donde no saldré”

“Mi seudónimo es Puri, yo era una señora de estar por casa, mi marido quedo en paro y me eche a la calle. Todo fue bien, hasta que no pude escapar de un macarra y, le mate y me enviaron a esta sucia prisión donde no hacen descuento por ver la tele”

Y hubiera seguido con un sinfín de lecciones de señoras traicionadas por el día a día y, apiladas detrás de una reja maldiciendo que la vida da una o a lo sumo dos oportunidades. Por ello, esta oportunidad, esta, que le aparecía, no la dejaría pasar.

–Hola. Miró a un lado y Lucas Boy estaba en la puerta de entrada al comedor y él pregunto: ¿Te queda mucho?

–No estoy acabando –respondió WeBe

– ¿Te apetece ir al macizo para ver cómo está quedando el Corazón Dormido?

–Sí. Media hora después, entraban en una explanada donde un batallón de operarios daban sus últimos retoques. Lucas Boy había decidido contratar una cuadrilla y ayudar a su amigo en la tarea y ya se veían los primeros resultados. El hotel tenía sus primeros cinco clientes que ayudarían a quitar las hojas de la vid, como una de las actividades contratadas. Dicen los entendidos que se debe podar desde la última uva hacia abajo, con ello se logra que penetre el sol y se reduzca la humedad. Ello definía esta parte del Mediterráneo, austera, con un jugo que crece a mediados de junio y explota a finales de agosto cuando el 15 la virgen procesiona, nos habla de fe y milagros y, las tormentas de calor, o lluvia se alternan con rayos y truenos al final del verano. WeBe llego a este espacio y se enamoró perdidamente del lugar. Un sitio único, en la cual su calma y un suave aire retenido dentro de esas montañas planas se mueve perdido en busca de escapar al mar. Pero además, los grandes árboles olvidados allí por un indiano venido de Cuba le daban un compromiso con las emociones. El Spi-ri-tou como llamaban los primeros turistas venidos de California o alguna parte de Europa definía ese encanto. Para ella, Lucas Boy había acertado y también su amigo Caro Vespasiano, un tipo con un legado, de tres hijos un gato y un perro. Sus cosquillas al mirarle, le habían puesto en guardia. Su forma de observarle ¿era una traición? Una suma de intentos por descifrar si ella: ¿pertenecía a lo que el definía el espíritu de la manada? Un estilo que definía       —según él explicaba, a los antiguos moradores de la zona, las grandes manadas de lobos. Lo que si aparecía claro era que la antigua casa de varias habitaciones y una masía medio derruida, se había transformado en un coqueto hotel que acabaría teniendo casi 30 habitaciones en un macizo declarado zona protegida, carente de permisos de obra, y en ello tenían que ver las extrañas amistades de la noche de Lucas Boy. Con lo cual WeBe regresaba al punto de partida, ¿quién era de fiar en esas constelaciones que se unían alrededor de un genio que dominaba la escena?, pero, así era su dueño, esquivo y capaz de perderse en las noches. Ello le recordaba mucho a su ex, Luis F, quizás era el punto en común entre ambos antes que desapareciera de una manera extraña a la muerte de su antiguo amor.

— ¿Te gusta? –pregunto Caro Vespasiano mirándole

—Es precioso —respondió WeBe

—Hemos encontrado el espíritu y le hemos colocado en la tierra. Sus ojos brillaron. Lucas Boy se mantenía expectante. Ella dijo:

— ¿Tú piensas que este trozo de vida será preservado?

—Como cada uno de nosotros –respondió Caro, lo hace con nuestra juventud. Late dentro y fallece y resurge muchas veces. Caro Vespasiano había entrado a definir el hotel a través de una emoción y parecía sincero, pero para WeBe aquello le habría un surco que intentaba cerrar sin dejar que se transformara en una declaración de tres compañeros de aventura empresarial. Lucas Boy intervino.

—Este hotel a vece te define. Te sitúa en un corredor del pasado que cada tanto vuelve a escapar.

— ¿Cuál es aquel espacio que despierta en tu caso? –pregunto mirando a Lucas Boy. WeBe, entraba de lleno en aquel para conocerle. Él noto su interés y dijo una extraña frase larga y sin detenerse:

—Allí dentro, en aquel espacio de la juventud, esta apretada y sin solución una etapa en el cual correteábamos con Luis F, dentro de una oruga gigante que nos producía alucinaciones pero de la cual no podíamos salir ni siquiera a respirar, hasta que el murió y yo desperté de mi sueño

—Has definido muy bien lo que es la dependencia de la droga –apunto Caro. Lo de Caro sonó a explicación agregada y fuera de lugar. La tarde respiraba un calor que presagiaba lluvia, o según esta zona anuncio de lluvia para transformarse en un alocado mar que caía tres minutos y se disipaba. Caro fiel a la tierra, percibió que aquel espacio que había nacido era temible, desigual. Veía en WeBe una enemiga astuta, con unas poderosas facciones, unos ojos llenos de ingenio y las virtudes de una dama, ¿tal vez sexo? Una adrenalina del que los hombres escapan, pero desean para espantar sus miedos. “Ella, es como la fuerza animal que no respeta” –pensó, para salir del atolladero comentó, que si les apetecía ver la viña y caminar entre ella. Los dos aceptaron y una hilera le dejo delante de él, a WeBe. Durante todo el camino pudo seguir un trasero espectacular que oscilaba como un imán sugiriendo que su naturaleza era parecida a la propia, tal vez con una diferencia, y, recordó aquella vieja canción en italiano: “sapore di sale, sapore di mare, un gusto puó amaro de cose perdute”. Así era WeBe, un dulce que al probarlo cualquiera podía ser transportado a lo amargo, y por ello esa noche en un mensaje -al móvil- a su amigo Lucas Boy de saludo, él respondió: te veo esta noche en la Calle del Pecado, a las 00:02, anteúltimo bar bajando por la derecha.

 

Esa noche

 

Caro Vespasiano no había estado nunca en la Calle del Pecado, se puso una camiseta roja apretada que le marcaba una cierta barriga, debajo un pantalón tejano marca LEE y  sandalias. Llego hasta allí en coche y lo abandono en una rotonda a un kilómetro para bajar a pie. Sitges estaba animado, pregunto una vez por la dirección y fue fácil, al entrar en la calle la imaginaba más espectacular, pero la hilera de bares brillaba como le habían explicado y encontrar el de la cita de Lucas Boy fue pan comido. WeBe le intrigaba, parecía merodear a su colega con un cierto aire e influencia, pero sin limitarle. Pidió una copa en una mesa vacía, el ruido era descomunal y la fauna de lo mejorcito de  una Ibiza trasplantada. Su amigo llego a los pocos minutos, con una camisa blanca y en la muñeca derecha un par de pulseras. Se saludaron y escucharon música un buen rato. Luego Lucas Boy le invito a salir y caminaron por el paseo hasta sentarse en una terraza donde se podía hablar,  y dijo:

—Ella está sola y debo ayudarla.

— ¿Cuál es la conexión? –pregunto Caro

—Luis F ¿Te acuerdas de él?

— ¿Aquel tipo, de pelo rizado que fue tu amigo y falleció drogado?

—Sí. Siempre le recordare. ¡Hicimos grandes cosas!

— ¿Cómo cuáles? La pregunta de Caro Vespasiano sonó a ironía. Luego agregaría: ¡no me jodas!, con ese tipo pasaste grandes noches pero de ahí a ensalzarle… El silencio surgió como cortocircuito, para Lucas Boy, que cuestionaran a su viudo no era el mejor camino y Caro insistió en la grieta al decir: ¡dame una sola razón que no sea la de recuerdos de juventud!

—Se la jugó muchas veces

—Y tú por el –respondió Caro. Al estar tan metidos en la mierda parecía que no ibas a salir. Al verlo desde fuera, aquellos años en que llegabas a casa de visita y te veía tan perdido no era posible imaginar más que un final. Y él no te ayudo, él estaba metido y tiraba de ti.

—Era un gran tipo –insistió Lucas Boy

—Es probable, pero no entiendo porque te mortificas. ¿Por qué él se fue y tú te has quedado? Eso le ocurre a mucha gente. Es parecido a los accidentes, los que se salvan recuerdan a aquellos que un segundo antes estaban en la misma onda. Pero, así es esta vida, algunos se acompañan, otros van solos y la mayoría está esperando que aparezca algo que cambie su registro vital. Por ejemplo… esa WeBe. Ha estado metida en esa columna de cemento y hierro casi diez años y ahora intenta resumir una aventura en una mirada picara y un intento de acierto, como cuando el otro día respondió a mi pregunta:  ¿De dónde vienes? De un pasado faltón, ¡esa mierda me contesto! Presumía de un pasado execrable y no tenía a bien definir las horas de vuelo buenas que podría tener en su haber.

—No las tiene

—Pues ¡joder! ¡Algo positivo habrá hecho en su vida! Ya solo sea con esas piernas tan torneadas y seductoras –y se frenó. Su amigo sonrió y pudo captar aquel deseo contenido, que ambos coincidían y con una risa en aumento pregunto:

— ¿Te la tirarías?  ¡A que sí! A que le montarías de manera salvaje, porque esa es la primera sensación de los tipos para con ella, pero luego conoces su lado más humano y ves una mujer que quiere refundarse y que intenta agarrarse a cualquier isla que le rodee.

—Ya –dijo Caro. Y otro silencio apareció. La calle continuaba animada, una suave brisa daba de lado y un papel que Lucas Boy acababa de sacar de su abrigo se movía en su mano derecha.  «Mira» –dijo

— ¿Qué es?

—Antes de morirse, Luis F me escribió varias cartas.

— ¡Otra vez –lo mismo!

—Va léela.  «Hazte una idea de cómo era mi amigo» –pidio Lucas Boy.

—Para hacerme una idea me tendría que leer todas –respondió Caro Vespasiano. Su amigo acentuó un movimiento de cabeza que parecía ser afirmativo, pero con una gran dosis de ambigüedad. Caro Vespasiano, pudo ver un número 1 encerrado en un círculo en la parte alta, ponía Barcelona, no llevaba fecha y aparecía un texto con una letra escrita en sucesivas olas, en la cual una se sumaba a la otra, y reflejaba una gran emoción:

«A veces una quebrada amortigua el golpe. Los amigos somos una rara leyenda, del compromiso pasamos a negar aquel íntimo acuerdo. Pero tú y yo siempre hemos estado en las buenas y las malas. ¿Te acuerdas de aquel viaje a Italia? A ti te detuvieron robando en el súper y yo escape para esperarte a unos metros. Al llegar sonreías. «No ha pasado nada» –dijiste. O cuando en Grecia nos robaron una sandía y fuimos luego captados por la mafia de Atenas. Y vendíamos relojes hechos en Nápoles en el cual el falso oro se derretía del calor del Mediterráneo, o cuando tú follabas con esa griega que aparecía cada noche a las 23 y se metía en tu saco en la plaza frente a la estación de tren. –Y agregaba en bolígrafo rojo, en letras grandes que parecían resistirse al hundimiento:

SABEMOS CUANTO ES UN PASADO PERO NOS RESISTIMOS A JUGAR EL PRESENTE. Solo droga. ¡Viva El Che!»

Caro le devolvió la nota, y su amigo la doblo con cuidado. Alguien a su espalda a quien no esperaban, comenzó a decir:

—¡Hola chicos! WeBe estaba allí. Su blusa amarilla y una sonrisa pícara le llevaron a escoger una silla. Lucas Boy le había invitado. Aquello parecía una reunión del colegio, pero de una disco de maridos inquietos después de estar casados 30 años. ¿Qué tramaba Lucas Boy? –Se preguntaba Caro. Lo sabría enseguida, Lucas Boy se puso de pie y se marchó al montarse en su moto, a pocos pasos de allí y le dejo con esta explosiva mujer. Caro Vespasiano comenzaba a recular cuando ella pregunto:

— ¿Te apetece un helado? Caro dijo un si suave y sin convencimiento y caminaron hasta una heladería a 200 metros. Él le espió cada movimiento, su desconfianza le llevaba hasta pensar que era una liebre que enviaba su amigo para medir su fidelidad. Nunca había desconfiado de Lucas Boy, pero al aparecer ella, luego los recuerdos recurrentes de Luis F, le prevenían. WeBe chupaba el helado con la lengua abierta y sin recato, para Caro aquella manera de ser tan absoluta en cuanto a las sensaciones constituía el árbol que unía a su amigo con el muerto y su viuda. Para Caro era imposible dejarse llevar sin más atravesando diferentes territorios sin miedo, sin decirse a uno mismo: ¡me detengo aquí!; ¡no avanzo! Pues, detrás de aquella frontera hay un posible atractivo físico o mental que puede doblegarme. Se sentaron en un banco donde comienza la playa. Serian casi las 4 de la madrugada. Ella fiel a su estilo se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena. En esta parte la playa es corta y el mar se atreve si te descuidas a visitarte rápido y mojarte hasta la altura de las rodillas. El pregunto:

— ¿Tu? Ella le miro, era un látigo descompuesto que entraba sin freno. Y Caro sintió un pozo de esperanza, algún gramo de risa.

— ¿Yo que? –dijo ella. No paras de observarme. A… ¿Qué es a lo que no te atreves? De nuevo los inmensos territorios personales que atraviesan sin cesar estaban allí y Caro respondió:

—Soy un tipo convencional. Deseaba quitarse de allí, de aquella liebre que corría delante y le invitaba a seguirle pero le marcaba el paso. ¿Era sexo o era una emoción? Era un latido junto al otro o, era una señora que en su soledad se aproximaba durante segundos y luego desaparecía. Ella dijo:

—Los convencionales –como dices tú, se sienten atraídos por su contrario. Y los que no somos de esa factura siempre corremos en pos de quimeras. Ves la ola –ella levanto la cabeza parecía lejana e inabordable. En mi caso, yo intento situarme en la cresta y seguirla ¿Y tú? Tú –ella respondió por él, tú tienes pánico de montarte y dejarte llevar. Aquello había terminado –pensó Caro Vespasiano, e inclusive era mejor-. Una tipa difícil y llena de fuerza había estado a milímetros de su corazón y sus guías vitales les impedían juntarse. Pero, ella dijo:

—¡Ven! Le dio la mano y se lo llevo hasta su apartamento que compartía para escapar del control del hotel, desde hacía unos días con un estudiante. Caro Vespasiano subió a esa ola hasta las 7 de la mañana. No diría que aquello era una estupidez, ni un sueño, tal vez lo definiría con las palabras de Luis F:

“Sabemos cuánto es un pasado pero nos resistimos a jugar el presente” –y atravesó varios espacios. En cuanto a WeBe, aquella refriega le produjo un tropiezo de sexo que definió a su amiga Carmen M. al mediodía mediante un mensaje en su móvil:

Follar es una habilidad, el tipo no está mal. Pero está repleto de miedos. Su amiga en un mensaje, cito de corrido: “y tiene tres hijos un gato y un perro”.

 

 

El corazón dormido: UNA VISITA NOCTURNA –06

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by j re crivello

Sería la madrugada, Lucas Boy metido en su moto recorría la parte final del macizo, en esa zona, un cruce de caminos dejaba ver la entrada de la finca de Mar Pérez. Luego un kilómetro de plataneros a ambos lados, frondosos, llenos de vida dejaban ver una casa sencilla que aparecía en el fondo, sola, blanca y a la espera del visitante ocasional. Del otro lado de Villalobos, por otra carretera, a casi 2 kilómetros en línea recta pero detrás de una gran montaña  permitía ver aquella envidiable situación, como un valle preparado para recibir a su futuro hijo. En su cabeza aun repetía esa frase larga de confesión que Mar había recitado como una plegaria de domingo ante la marcha de su madre: «aunque vivíamos separadas, a la mañana y a la noche recibía sus llamadas y siempre con la misma letanía: ¿has pensado en casarte? ¿En tener hijos? ¿En lo estúpida que estás sola y viviendo de tu egoísmo? Y siempre… esa continúa protesta que corroía mi calidad de mujer». Se apeó de la moto, el reloj digital marcaba las dos, la noche era cálida, no se oía nada, podía pensar y cortar la brisa de su vida, yendo hacia atrás y hacia el presente con fluidez. Golpeo con los nudillos en una ventana donde ella dormía, le respondieron: «voy». Luego una luz del porche dejo ver su cara y un camisón fino, corto, inexplicablemente salvaje y teñido de verdes. Le dio un beso, su corazón latía acelerado. Lucas Boy había recuperado el hambre después de tantas noches buscando en la soledad. Mar hizo un té, en la cocina charlaron un buen rato. Que tú estás aquí; que aquello es una estupidez; que mi sostén está olvidado; que mis piernas son curvas y tu tórax es liviano y ágil; que mi madre decía, que ya no quedan pálidos; que todo es rojo o lleno de violentos ocres; que en el jardín en el largo camino de plátanos ha nacido una buganvilla perezosa; que si me besas te prometo dejarte sentado allí castigado por tu deseo. Quizás una gran atracción les envolvía y les enamoraba. La noche reducía a cenizas toda la envidia humana, y les dejaba jóvenes y vitales. Él la levanto entre sus brazos, Mar se dejó llevar y con su dedo índice lo arrastro por su tórax, describió círculos, lo mojo en sus labios, regreso a su vello para repasar carreteras de fantasía. La cama estrecha y antigua prosperó de tanto calor. Sus piernas se abrieron, su cadera se torció hasta empujar dentro. Algún grito, alguna fe. Alguna risa perversa, alguna cara boba ante tanta fuerza de las dos pelvis que golpeaban sin cesar. Ese punto de azúcar disuelto, donde los amantes reproducen hasta ser derramado. Luego ella exclamo: ¡ahora puedo!

 

10:10 del domingo

Mar Pérez preparo el desayuno y abrió las ventanas, fuera el macizo vivía y latía desde hacía horas. Le despertó. Le trajo a Lucas Boy hasta la cocina y le sirvió cual amante que desea salir de su madriguera y decir que es feliz.

–Hace un buen día  -dijo Lucas Boy

–He pensado –dijo ella, que me ayudes a limpiar aquella hilera de vides.

–Pero yo… no entiendo

–Yo te explico. Ahora hay que descargarlas de tanta hoja para permitir que nazca con fuerza la uva.

– ¿Viene buena cosecha?

– ¡Excelente!

– ¿Y eso como lo sabes? –pregunto Lucas Boy

–Es algo que se nota en el aire. Con mi padre recorríamos esta zona –cuando el tenia viña– y me explicaba los secretos de estas plantas. Le miró, sus piernas flacas y llenas de genio sobresalían por encima de una silla antigua y destartalada. Siempre quise –continuo Mar- regresar al punto de partida. Mi padre siempre me hablaba del corazón dormido. Del espíritu. Lucas Boy escucho esa palabra por segunda vez, ya lo había sentido en el hotel que intentaba montar del otro lado de la montaña con su amigo. Y esta forma de ver el regreso a la vida tranquila, o a los sueños abandonados y proscritos para jugar en historias diferentes a las personales le hizo pensar respecto a si mismo. ¿Tenía el un corazón dormido? Quizás sí, un hijo que no tuvo, o ese desenfreno, esa angustia que se apodera de su alma en las noches y no puede descifrar hasta que la madrugada pierde paso y le mete en el trabajo. Ante lo cual verbalizo algo así como:

–El corazón… dormido. Ella –su Mar-, le entendió y solicita, paso una mano por la cabellera, y le entretuvo frente a la ventana que mostraba el comienzo de la larga hilera de plátanos.

 

Luis F. (hace diez años)

(-2 días)

 

Estaba de pie en el balcón, serian cerca de las siete de la mañana, desde ese espacio se veía Paseo de Gracia. Aún no había mucha actividad, los turistas incomodos hacían cola para entrar en las dos casas de moda en el itinerario de Barcelona. Luis F. se las sabía de memoria, la casa Batlló con su sombrero de gala y abundante histrionismo de Gaudí y sus balcones llenos de fiebre y, su pareja la casa Ametller, creada para este rico chocolatero que ansiaba un jardín urbano, con sus remates escalonados que declinan cual tableta de rico sabor. A veces no sabía con cuál de ellas quedarse, en ambas el genio y las alegorías del espíritu burgués barcelonés le unían a esa ciudad hundida en el encanto. Una llamada en su móvil -de Lucas Boy- le quito del ensimismamiento, hacia fresco y atendió en el interior de su piso:

–He estado en casa de R y le entregado el kilo de merca. Pero he salido de allí a risotada limpia. ¿Sabías que este tipo tiene dos doncellas mulatas que le abanican como si fuera un harem decadente? Luis F. declino contestar, conocía al personaje en cuestión desde hacía 30 años, era un industrial que solía respirar los fines de semana con sus locas aventuras; le recordaba a Engels –el amigo de Marx- rico industrial que le financiaba y hacia la revolución, aunque era una analogía desesperada, pero los industriales tenían esa pasta de ver los negocios y concebir los cambios.

– ¿Estás ahí? –pregunto Lucas Boy

–Sí, el coctel de pastillas me hace ser más lento en las respuestas –dijo Luis F. Pero Lucas Boy aporto algo de su visita, al comentar que el tal R, además le recibió con un deshabillé bordado en oro y desde su refugio no paraba de insultar a los cabrones socialistas que le quieren dejar sin un chavo. «Este pavo lo quiere todo para él» –agrego su amigo. Para Luis F. esa era una gran definición del orgullo humano, recordó que en los mejores momentos este R, hacia traer faisanes desde una granja en Aragón, que los alimentaban con cereales escogidos y al servir las viandas tenía un particular latiguillo: «esta mierda es mejor que tu droga». Un imbécil –pensó. De la cantidad de paisanos que corretean por el mundo, algunos poseen el dinero para demostrar que la vida es una sucesión de vanidad. Y dijo:

–A ese le vendría bien que un día de estos le volaran la tapa de los sesos

–Pero nos quedaríamos sin cliente –respondió Lucas Boy  –y agrego: «iré donde tú sabes para dejar 2 pájaros más». «OK» –respondió Luis F. Luego se sentó delante de las cartas que preparaba y abrió para releer la carta número 9, decía:

«Amabilísimo colega, el entusiasmo es un alimento necesario pero si te dejas llevar por el acabas dominado por una fiebre rara de sensualidad que siempre desea más. Más coches, más crema, más movimientos de cintura y más ganancias de dólares que alimentan tus obsesiones. Si puedes parar al lado de un rio y estar sentado un buen rato observaras su corriente, lánguida e igual. LA NATURALEZA DE LA QUE NOS HEMOS SEPARADO ES MAS AUSTERA». Cogió un carboncillo de tono azul y la firmó con un: Luis F (-2 días), luego se estiro en un sofá mientras observaba la chistera de la casa Batlló, fina y delicada, en ella Gaudí hace una ola, sucesiva, alegre y se durmió

A las dos horas, le despertó otra llamada de Lucas Boy:

–He dejado los dos pájaros. La pajarería está en una esquina y dentro juegan cartas como si fuera un club social de jubilados. Pero me hicieron entrar y me llevaron hasta un saloncito que da a un patio. Esta sociedad ¡esta corrupta! Un tipo vestido de marinero ¡si de marinero!, contaba billetes tan arrugados que los alisaba con el antebrazo en un movimiento, como te diría: «así, así». Luego me miro por encima de sus gafas y me hizo sentarme en una silla tapizada en…

– ¡Abrevia joder! –dijo Luis F

–Le deje los pájaros y me entrego el dinero que acababa de alisar atado con cinta de carrocero. ¡Esto no es dignidad! Mezclar la cinta con los hermosos billetes –dijo Lucas Boy con ironía- y para terminar agrego: dejare la pasta en el retrete del edificio que hemos comprado en Sitges. Nos han hecho una obra genial, levantas la tapa y puedes desmontar la taza de wáter para acceder a un descansillo de un metro cuadrado. ¡Ya casi está lleno! Luis F volvió a dejar el móvil en la mesa para preparar un coctel de su medicina. En la cocina recordó a We Be, hacía dos días que no la veía y su ausencia le escocia. Su animalidad le llevaba a escaparse de tanto en tanto para experimentar nuevas historias, al regresar parecía incluir en sus relatos la fauna que poblaba la cabeza de Gaudí. Se escuchó la puerta, ¿será ella? Con los ojos irritados y un peinado revuelto, le dio un beso. Solo dijo:

–La mierda está cada vez más adulterada dijo We Be. Luis F. rio de buena gana.

El corazón dormido: WeBe y la calle del pecado –05

el corazón dormido

Hoy muestro la portada, ¿acabaré esta novela?, amigos. El ritmo es endiablado, los personajes charlan y viven en mí. Cada vez es más posible… -j re

W B –Webe- había quedado con alguien al final de la playa de Sitges,  donde un hotel inmenso esta encallado desde hace años. A pesar de hacer calor, su contertulio llevaba una camisa larga de color ocre, un sombrero de paja comprado en los chinos y unas gafas estilo Marilyn. WeBe por su parte solo aposto por un pantalón corto –de las que llevan las adolescentes- que dejaba brillar sus muslos afeitados y una crema para piel comprada en la dermatóloga de la esquina del hotel. Había pedido el día a Lucas Boy con un pretexto de visitar a una antigua amiga. Y no había mentido, ella lo era. Se saludaron sin casi respuesta y durante un largo espacio de tiempo miraron como rompía el mar una y otra vez contra un par de rocas. Luego WeBe pregunto:

— ¿Te instalaras aquí?

—No sé –respondió una voz quebrada y llena de intriga  –para agregar. Esta ciudad está llena de gays asquerosos. Tal vez sea mejor en  Vilanova que tiene playa y un mercado.

— ¿Que queda de lo nuestro? –preguntó WeBe

—Todo. Su visitante no cedía ante el recuerdo de aquellas largas sesiones de la cárcel. Utilizó una palabra poco conocida para definirla: “tú y yo, somos como un holograma”. WeBe no entendió, pero supuso que aquello era casi como una estampita de la virgen de las que al ser niña te colgaban del cuello y no podías abandonar en toda la vida. Pero se resistía. Allí dentro  –en la cárcel, el anonimato, las presiones, tejían una red, aquí fuera, deseaba reconstruir una nueva, a su gusto, sin estridencias, con nuevas fidelidades. Casi era una respuesta de un final o bordeaba ese delicado equilibrio que tejen los amigos cuando se despiden. Su visitante puso su mano sobre la suya, ella noto ese suave calor y la aparto. Luego le dijo al oído: «tengo una habitación allí detrás ¿vienes?» y WeBe le siguió. Parecía que no podía responder de otra manera, una vez en el cuarto, se desnudaron, la cama repiqueteo, la lengua de una experta paso por sus senos, y bajo hasta atraparla entre sus muslos. El dedo índice de WeBe menos enérgico rasgo una y otra vez hasta sentir que su compañera gemía. Los leves grititos de alegría fueron en aumento. Las uñas de su compañera rasgaban su espalda. Por su cabeza excitada, pero serena pasaron miles de citas en las zonas más insólitas de la cárcel, y en su cabeza martilleo la frase: nadie elimina un pacto de manera tan fácil. Y aunque se resistía, en esos pocos minutos aun entendía que ya no le amaba. Pasados unos minutos, la aparto y se puso de pie, su contorno se dibujó una y otras vez con un culo redondo y tieso hasta detenerse y mirar desde la ventana en dirección a la playa.

– ¡Has cambiado! –se escuchó a su espalda

–Si –dijo

– ¿Cómo es posible? –pregunto una voz airada. En la cama enredada en la sabana de color ocre, yacía una mujer violenta y antigua, llena de ofensas, caprichosa y fuerte. Para los suyos era un corazón de mantequilla, pero en el descampado vital… implacable. Su físico, trabajado en el gimnasio de la cárcel, sin un gramo de grasa con una irregular concesión, poseía –según confesión– unas bellas nalgas y si subías más allá de su mentón los labios presidian una cara delicada pero altiva, cautivadora pero muy atractiva para los masculinos.

–Al salir –WeBe intentaba organizar una confesión de su retirada, «me descomprimí    –dijo y continuó-; pude de ver nuevamente a una o varias naturalezas masculinas y recordé a Luis F. También, allí dentro, el cerco nos cambiaba el carácter, nos llevaba  a decir cosas o asumir compromisos pensando que el tiempo que esperábamos recorrer era larguísimo y debíamos protegernos… del asco, de la pasma, o de las violaciones.

– ¡Me utilizaste! –exclamó su amiga

– ¡Tú también! –Respondió WeBe– y fui generosa. Esta última frase hizo daño. Parecía despedirse de una antigua fidelidad. En la cama se deslizo una sombra, al ponerse de pie, podría haber gritado, o sollozar. Desnuda, con unos glúteos angulosos y una cabellera cortada a lo garzón fue hasta el lavabo. Nada, solo un suave hilillo en el wáter. Parecía presentirse que una ruptura era demasiado, y convinieron verse cada cierto tiempo y ayudarse. Su amiga era una experta en robar sin ser vista. ¿Duraría mucho fuera? Tal vez sí. Era dura, de mirada cautivadora y con cierta tendencia a atraer a los hombres a través de una fuerza sexual y ponerlos a su servicio ¿o… dominarles? Esta particularidad de su personalidad rodeaba su territorio de influencia masculina. WeBe intuía que el sometimiento y la fidelidad estaban a su alcance y algún que otro asesinato no probado cargaba en su cuenta. Se despidió de Carmen M. Antes de salir un beso travieso alrededor de los labios les separo.

 

A las 23 horas del mismo día

Hay una calle pequeña en Sitges de no más de 300 metros, que muere en el Paseo Marítimo, es la “Calle Del Pecado”, esa noche WeBe fue en busca de una copa. Llevaba una camisola abierta de color extremo y el sol le había enrojecido la piel confundiéndole con una guiri. Los bares instalados con terrazas sucesivas estaban animados, no sabía en cual entrar. El tradicional espectáculo gay animaba a una clientela variada en la cual los heteros no eran predominantes. Casi al final, pudo ver una barra de colores estridentes e iluminación que surgía de plafones empotrados en el suelo. Entro. Pidió una copa. Se encontraba fuera de lugar, gente joven, turistas que gritaban y reían. Alguien se desplazó de su sitio y le dijo: «Hola». Ella sonrió y sus ojos brillaron –y pregunto: « ¿qué haces aquí?».

—Siempre vengo antes de irme a dormir. Su partenaire llevaba una camisa azul marina suelta, encima de un pantalón tejano y unas náuticas. Parecía más joven e inexperto. O, tal vez más fresco. Ella se sorprendió ante tanto atrevimiento superficial y, preguntó:

—Luego ¿regresas al hotel?

—Nunca se lo que hare durante la noche. Tengo insomnio y vago por aquí o allá. A veces descubro una mirada y me dejo llevar. WeBe estaba azorada, el tipo parecía otro, como si permitiera un juego nocturno que inclusive en su experiencia le incomodaba. Pero miro hacia un lado y vio un grupo de sillones y le pregunto: « ¿nos sentamos?». Lucas Boy respondió:

—Sí. Hablaron unos minutos de la fauna que observaban. En ella parecía que se había roto algo dentro y se preguntó: ¿Lucas será gay? Su aliento estaba muy cerca, para hablar debían acercarse al oído del otro y sus respectivos labios iban y venían. «No sé   –pensó. Este tipo huele a hombre» y se dejó llevar para entretenerse en mordisquear su labio una y otra vez dejando que la lengua abriera un surco. Tenía a su jefe, y el ex amigo de su antiguo amado metido en su boca y trastabillaba en un juego raro. De repente le aparto con suavidad y bebió un poco de cola. Y al mirarle, aquel seguía sonriendo como si una piedra le hubiera dado en la cabeza y solo quedara un camino, y era el tan temido, y conocía: sexo, violencia y una larga noche. Pero, era demasiado para un día, por la mañana su amiga carcelaria, y en la noche… –y dijo: «me duele la cabeza». Con esa salida en frio y reducida a una variación adolescente de final de sofoco del verano, le dejo. ¿Y él? No le siguió, era una de sus noches de caza tal vez y como decía: «buscaría una mirada explosiva».

 

El corazón dormido: El espíritu de la manada -04

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Regresamos el lunes con el capítulo 5. Buen finde -j re

Lucas Boy y Caro Vespasiano, su amigo que era dueño de un nuevo legado –de tres hijos, un gato y un perro caminaron por una especie de estepa verde. La vid en esta época del año en el Macizo del Garraf / Penedés se presta a un cierta melancolía, largas hileras se mecen como un látigo de domador de circo, curvadas, subiendo y bajando e irresistibles a dar orden al territorio. Acababan de dejar una antigua masía. Lucas Boy argumentaba que aquella con varias habitaciones y un comedor cocina disponibles y mucho espacio para arreglar era una salida a su situación. El desempleo de Caro -del sector de la construcción- le permitía ir arreglando la casa y allí podía criar a sus hijos. Muy cerca estaba Vilanova donde sus hijos irían al colegio, el pagaría los gastos y un salario mínimo y crearían un hotel de agroturismo y una marca de vino propia. Esta zona era conocida por la cercanía de Villadelobos, otro enclave donde antiguamente se movían manadas de lobos salvajes que oteaban y establecían los límites de una vid, que era un producto criado con paciencia y esmero. De allí había surgido la divertida y especial manera de sus escasos habitantes de no aceptar ningún pago que no fuera dispuesto con el criterio de la manada. Caro Vespasiano pregunto:

— ¿Aquí somos manada?

—Casi. Allí abajo en el valle –dijo Lucas Boy señalando al amplio estuario que se divisaba del Mediterráneo y las cercanas Sitges y Vilanova- la gente ha roto en pedazos con su manada y sus comportamientos son cínicos y audaces. ¡No respetan las leyes! —exclamó.

—Es que desde aquí, —dijo Caro, se ve con cierta distancia y el paisaje te atrapa en su recuerdo. Ves una tierra ondulada, que se junta con la línea del horizonte y el espíritu de la manada está recordándonos a quien nos debemos. El pacto estaba sellado, los dos amigos entendían que su proyecto iba más allá de una letanía individual, deseaban poseer la tierra y servirla con los inquilinos que vendrían desde Barcelona, los niños, el gato y el perro.

—Será duro –dijo Lucas Boy. El cole se acaba la próxima semana y podrás instalar aquí a ellos, en la siguiente, luego le buscaremos uno en Vilanova. Allí –y señalo con el dedo- hay un terreno con viña antigua de una señora que vive en Barcelona, la próxima semana firmaremos un alquiler a diez años. Esa viña esta desolada, pero en cada junta de camino plantaremos rosales y mediremos la alcalinidad de su base para mejorar esas plantas que algunas tienen más de 50 años. Y aquí, desde este camino hasta allí arriba —señalo con el pulgar derecho— ira un sendero para que nuestros visitantes lo recorran y allí haremos la vendimia y participaran en el ciclo del vino todos nuestros clientes del hotel y siguió desgranando complejas historias de como crecer en un medio hostil dotado de tan solo sueños.

— ¿Comienzo mañana? –dijo Caro. Traeré una muda y herramientas y si me das algo de dinero comprare lo necesario para adecentar  la primera zona donde instalarnos.

—OK. Nada era tan tradicional como en épocas de crisis que los acuerdos surgidos de la potente voz de una amistad y los deseos de crecer. Los dos amigos confiaban el uno en el otro y el espíritu de la manada les protegía. En los tiempos tan difíciles que nublaban España, este espíritu estaba olvidado y trataba de resurgir.

—Le llamaremos al hotel: “Espíritu de la manada” –dijo Caro

— ¿No es poco comercial? –pregunto Lucas Boy

—Al final le llamaran “Espíritu”, —matizo Caro.

 «««

Me llamo W B –me dicen Webe-. He salido de la cárcel de mujeres –de Wad Ras-, y a pesar de mantener el tipo tengo miedo de caer en la droga. ¡Estás curada! –dijo el psiquiatra, pero él no conoce mi alma. Es altiva, loca, seduce y crea una carrera incierta con los hombres, se mezcla y corroe con el sexo y los equívocos. Desde que Luis F. falleció por el caballo, deje de inyectarme. Pero la cárcel es un espacio lleno de inmundicia y si conquistas algún corazón, o ella a ti, se supone que el pacto es de hierro. La almeja (1) está muy buscada y he tenido propuestas difíciles de resistir. La vasca (2) y los bemoles (3) están del otro lado del muro y durante tantos años debía improvisar.

En las duchas dominaba el bujio (4) del bujarron (5) con lo cual casi siempre me quedaba en mi cama para meterme los dedos. Ahora que estoy en libertad, aparecerán muchos y Lucas Boy detrás de su fachada, no creo que esquive chivar (6) conmigo.

 

Diez años antes

A Luis F le repugnaba todo. Desde una caja de cerillas comprada en un chino, hasta los melindros que servían en la cafetería debajo de su casa. Y por citar algo más, cada vez que tiraba de la cadena, su wáter producía un chillido que le reventaba el tímpano. Alguna vez hasta tuvo la tentación de meter la cabeza o la mano dentro para ver si había dejado olvidado o escondido desde hace años un paquete de droga. Como en aquellos programas de la tele americana que sacan lo insólito, o muestran a las señoras obesas, o los negros con cara estirada y marginal que hacen de público y sonríen como si aquello no estuviera en el guion. Para el, era un día definitivo y estúpido, quizás sabía que le quedaban cinco días, su reloj vital se apagaba y ni siquiera podía meterle mano a WeBe, o cambiar el agua del canario que presidia la sala, quien vivía sin mucho refuerzo de mijo. Y en este intuir que le quedaba poco, un colega le había traído una caja inmensa que había robado en un descuido en la Rambla, donde venden bichos, pájaros, peces y hasta iguanas prohibidas por la aduana. Y, ¿de dónde sacaba aquello de que le quedaban 5 días? Pura intuición como la taza del wáter, estar convencido que algo estaba allí y sobrevendría. Pero imaginaba su final al estilo de Freud, una dosis de 400 mg de morfina –y fin. Por ello había puesto un sello a cada una de las cartas para Lucas Boy, o We Be, donde relataba alguna aventura malvada, o un silencio, o una queja administrativa. Por poner, hasta metió un ticket en pesetas antiguas, del metro de Barcelona que en su tiempo usaba para ir a la fábrica donde mutaba en obrero y apretaba tuercas durante 8 horas. Ese día, quizás abriría su última Coca Cola, él la mezclaba con hojas marchitas de un té traído de Ceylán –la actual Sri Lanka- que compraba en la herboristería de la vuelta de casa, luego la colaba y le agregaba cubitos y un poco de pimienta. Y al beberse el jarabe,  despertaba durante unas horas, y aún era un tipo decente y chistoso. Con la mirada repaso por última vez, las cartas, el té con pimienta, la ropa que le pondrían ese día, tejano marca Levis, camisa tejana Levis y un aparatoso fular rojo para disimular sus entradas y la perdida de piel del cuello. Los que tienen el SIDA –pensó, son como cowboy antiguos. Ya no montan al caballo, no eructan, ni siquiera piden prestado y se van hundiendo en una perdida espiritual que les prepara al salto mental de la muerte. Con tranquilidad se puso sus gafas de pasta y releyó en voz alta la carta número 8 que había preparado para Lucas Boy:

«Esta mañana me he frito pescado, luego lo he abierto y dentro he metido una droga alucinógena que me ha transportado. Me sentía un coyote, y subía y bajaba praderas inmensas. El sol me deslumbraba, la carretera era recta y su pendiente se frenaba de golpe. Por la tarde he despertado con un fuerte dolor en mi cabeza y un corte en la frente, la sangre ya se había secado. El comedor estaba destrozado, tal vez al subirme y bajar de los muebles imitando al Coyote convertí aquello en el desierto de Nevada

¡Y créeme Lucas Boy! LA LUJURIA Y EL DESENFRENO ERAN TAN REALES QUE AL DESPERTAR ME HABIA ORINADO ENCIMA!  ¡Viva El Che!

Nota /consejo para reelaborar antes de enviar: Cuando vamos hacia atrás en nuestros deseos el corazón dormido despierta y nos juega malas pasadas. Luis F. hizo un visado encima con un lápiz azul de aquellos que utilizan los carpinteros. De trazado grueso le gustaba esa marca tan personal que confería sobre el papel, que consideraba debía ser poroso y recio comprado en una casa de dibujo. Consentía que su vida se acabase y aquel legado de cartas abriera una fosa en sus gentes, tal vez,  para transmitir un legado de incongruencias pero con fuerza, ante una vida  efímera, sustancial si uno decide vivirla, pero resumida e intensa si se aproxima la desaparición física. Se puso de pie y fue hasta el wáter, tiro de la cadena y el chillido cruel le confirmo que estaba en forma. ¿Duraría unos segundos? Por ello fue hasta un caballete e intento pintar, tan solo colores grises o claros, el pincel se arrastraba para sentir un ruido de oleo seco sin disolvente, poco a poco apareció una pradera, luego tomo con su mano derecha un carboncillo y escribió en la base:

RETOMO UNA NUEVA CURVA Y ESPERO AGAZAPADO QUE MIS EMOCIONES APAREZCAN  –y firmo Luis F. (-1 día).

 

Unos meses después, un mensaje en la web de los gays de California alerto que existía un hotel llamado “Spiritou” que “era cálido, suave y nostálgico”. A partir de ese momento, las primeras habitaciones disponibles y la agenda y las reservas del hotel subieron como la espuma. Para algunos la manada sería un aspecto secundario, pero la creciente presencia de visitantes pobló la zona de ruidos y voces diferentes.

NOTA:

  1. A) Slang carcelario

(1) Almeja: vagina. (2) vasca: la gente. (3) bemoles: testículos. (4) bujio: escondite. (5) homosexual. (6) hacer el amor

 

El Corazón dormido: WE BE –03

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Aparece en este capítulo la libertad y a la vez el deseo. ¿Acabaré el Corazon dormido?, amigos -j re

Lucas Boy llego al hotel El corazón Dormido a las 8 de la mañana. Era su propietario desde hacía 5 años, estaba en pleno centro de Sitges, dedicado a una clientela  homosexual, se anunciaba como “Gays Hotel” en las guias de todo el mundo y su fachada era de color azul intenso. Lo había abierto con grandes esfuerzos económicos pero la comunidad internacional que visitaba esta villa costera lo había hecho suyo y estaba en el Tour mundial. Con elegancia y cierta intuición cada detalle era sencillo, con tonos pastel y una atención rigurosa le convertía en un empresario distinto. Un mensaje en su móvil entró en ese instante. Ponía: “salgo a las 10. Espérame en la puerta. Cárcel de mujeres Wad Ras. Barcelona. Besos We Be”. Tenía, una cita con el destino -pudo pensar—, o tal vez esta semana se sumaban los encuentros con una comunidad de personas desasistidas; ayer su amigo, los tres niños, el gato y el perro y, hoy una ex de un amigo, fallecido en extrañas circunstancias, y dominado por el caballo que se inyecta, ahora abandonaba su destierro, detrás de un muro. Recordó un papel oxidado que estaba en la entrada del hotel y le había enmarcado y  generaba comentarios de sus visitantes, bajó por las escaleras hasta recepción, a esa hora dos personas hacían su cheking, dio un rodeo y lo descolgó para leerlo en voz baja en el lavabo más próximo:

“Ni el Barrio Chino que juntos pateamos –una, dos, miles de veces. Ni el ácido prestigio de las putas que bordeaban el acantilado del carrer Unió. Ni la llamarada que crecía en la Plaza Real y amenazaba con dar fin a nuestra juventud ciega y ágil. Nada podría quebrar. Pero, él se quebró. Y este escritor lunático se apartó, del caníbal deseo. Y luego siguió una larga, tormentosa noche. Un trueno de color rojo le consumió. El caballo, la Atenas calurosa, la Barcelona del barrio chino, se olvidaron de un mitómano:

“Turbio, santo, amigo e incapaz de poner el ego a su servicio”.

Una foto de un tipo de 23 años, de sonrisa suave le precedía, al final ponía en negro escrito a lápiz: “A Luis F”. Y esta mañana debía recoger a su ex, él se había dormido en la refriega de la droga y ella renacía después de años en una consumida tarea de rehabilitación. ¿Cómo estará? ¿Con la cara blanquecina de siempre? ¿Con aquella subida de tono que le daba ser una bomba sexual? O ¿aquella sonrisa a media agua que presumía de inundar a su contertulio de amaneramientos alrededor de una noche loca? Fuese una u otra, Lucas Boy se permitió soltar una lagrima en el retrete, luego dejo el cuadro colgado en el mismo sitio y preparo cuatro cosas antes de montar en su moto. ¿Porque le había puesto este nombre al hotel? Tal vez el corazón dormido es ese espacio de la juventud que todos visitamos a lo largo de nuestra vida y que la comunidad gay nunca acepta abandonar, llena de iniciativas y encuentros cruzados -a veces-, en la cual ellos le recuerdan, como aquellos años mágicos que reparamos con sal.

 

10 de la mañana. Wad Ras. Barcelona.

Abrieron las puertas y una señora altiva apareció con un macuto. Tal vez, dos camisetas, un pantalón y a lo sumo tres bragas. Desde lejos pudo ver como su belleza medio apagada, pero al acercarse su fuerza explosiva seguía vigente. Le dio un beso en la mejilla. Ella dijo algo como: “hola, estaba esperando este momento, llevo 10 años metida en este tubo lleno de mierda y miedo: a vivir, a los polis, a las noches solas, a los sueños que una se ha hecho y maldice”. La voz era más reducida y grave, las formas de hablar más cerradas, de comunidad carcelera y llena de prisas por dominar. Lucas Boy le miro hasta entrar en su interior y pregunto:

— ¿Estas decidida a dejar aquello?

—Sí. Esa mierda es parte del pasado. No sé qué hare pero por aquí –dijo levantando la falda y dejando ver unas piernas rosadas y  pronunciadas- voy a parir. Se montaron, y ella se apretó a él. Su cuerpo se engancharía hasta fundirse y dejar pasar acido. A Lucas Boy le quemaba esa mujer que daba calor aun sin proponérselo.

Al llegar al hotel, le acompaño a una habitación pequeña de la tercera planta. Ella se sentó en la cama, él pregunto:

— ¿Tienes algún plan?

—Buscar trabajo

—Puedes quedarte aquí unos días. Si te atreves y…  encajas también puedes trabajar de camarera en el bar dando los desayunos, y las comidas. Para ellos tendrás que ir a la peluquería y moderar tu “slang” carcelario. Ella le respondió con una mirada altiva y cortante. Le recordaba muy bien, era la justa pieza de amistad que su ex de Luis amaba pero convergía al estar necesitado de pasta, o de silencios. Nunca había aceptado aquella relación, pero visto desde este presente, su quilla estaba rota y varada, debía reconstruirse, que mejor que aquel tipo al cual su ex regresaba en los espasmos de su yo. Dijo:

—Vale. Se estiro hacia atrás dejando ver unas piernas rosadas y fuertes. Las abrió con suavidad y cierto descuido una y otra vez. Entre ambos las miradas, cruzaron reproches, medias solicitudes y algún rechazo. Pero también fuego, mucho fuego que subía en aquel mar rosado de sus muslos y se detenía sin someterse a reglas. Lucas Boy le previno:

—Solo te acepto a mi lado si te mantienes limpia. Esta dirección es de una coach amiga, a dos pasos de aquí, puedes elaborar ¡qué sé yo! Le pagaré de mi bolsillo –agregó. Ella sonrió y se puso de pie. Casi muy cerca, oliéndose ambos deseo, intriga y rechazo dijo:

–Gracias. Te acuerdas cuando bebíamos los tres en la Barceloneta y tú te girabas en la playa y desde allí gritabas:

–¡Va fan culo! “Si” –dijo él.

 

Lucas Boy llego a casa de Mar Perez cerca de la 11 de la noche. Era tarde, pero el hotel le consumía. La última vez que estuvieron juntos no se habían tocado. Los cuatro besos una cierta ternura, pero su proyecto en común –el hijo se mantenía. Pero ella le recibió muy cálida. Cenaron juntos y él se durmió en el mismo sitio que hace unas noches. Ella resistió a su lado hasta irse a la cama de madrugada. Luego le despertó a las 8 y desayunaron, la química entre ambos iba en aumento, pero él no se atrevió a decirle que estaba en el hotel una ex-mujer de un amigo fallecido hace años. ¿Por qué esa prevención? “Las relaciones para ser fecundas deben ser frescas, libres y transparentes” con esa frase retumbándole en la cabeza -de su abuela, llego al hotel listo para trabajar.

 

EL CORAZÓN DORMIDO: A VECES… –02

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Para quienes dudan -igual que yo-, si acabaré este nuevo intento de El Corazón Dormido, diré que tiene 20000 palabras y terminará con 27.000 -j re

A veces caminamos entre tinieblas durante años, luego al cruzar un semáforo un peatón nos golpea por casualidad en un hombro y ese suave toquecito cambia nuestra manera de andar. El pie se ha disuelto de su programación anterior y la cabeza se estructura como si aceptara que tantos días adormilados nos llevaban al destierro. Es en esta cantera donde Lucas Boy atrapa sus huérfanos. Como cada día metido en su moto en la misma autopista de la periferia de Barcelona, pero esta vez ha desviado su objetivo a Castelledefels, cercana a Sitges pero del otro lado de un Macizo –El Garraf, donde los que lo atraviesan en sentido contrario se alejan de Barcelona y olfatean Vilanova, y un valle de verde y viña –que le precede- el cual se atraganta en la vista. Pero esta mañana Lucas Boy va en sentido inverso, le han dejado un mensaje en el móvil, cruel, enigmático irreconocible para los amantes de la tele basura: “te espero donde siempre, llena de pinos y azaleas. Se ha muerto mi madre. –Y, me angustia”. Firmado Mar Pérez. Una ex amante tal vez, o un cruel empacho de seis meses  –pensaría Lucas Boy. Habían cortado hace algunos meses. Al llegar a la calle de la cita, una avenida ancha que desemboca en el puerto de amarre de veleros, de un lado una hilera de bares, del otro la playa de este municipio, ancha, salvaje, con el Mediterráneo sin olas ni viento. Un día frio y amargo como frio y sin futuro es la extraña cascada de malas noticias en que se haya metida Europa. El entra al bar, casi al final esta ella, de vestido rojo, de ojos negros como dos bolas de billar. Se besan, se mordisquean el labio, parece que el fuego intenso esta aun deseando unirles más allá de los reproches,

– ¿Cómo estás? –preguntó.

–Hecha polvo. Mi madre era una tirana, pero su vacío me ha dejado este síndrome

– ¿De miedo? –pregunto Lucas Boy

–De saber que las olas sucesivas de vida, se agotan. Siempre he remado contra ella y ahora estoy sola –dijo ella. En su cara se traslucía un cierto deje de desencanto. Era lunes, casi 7:30, nadie iría a trabajar, ni ella ni él. Ese tiempo detenido y estéril media los actos individuales. Ella agregó: “quiero que me des un hijo, y quiero –mira, y saco una lista-, repasar cada uno de estos que he conocido y pedirles perdón”.

– ¿Un hijo? Lucas Boy pronuncio la frase dejándose llevar, y pensó que estaba de este lado del Macizo donde todo es más seguro y racional, si la pregunta se la hubieran hecho del otro lado, en aquel valle, en la lunática Vilanova o en el frenesí de Sitges la hubiera rechazado, pero de este lado, se programaban, se unían para traer gente a la civilización y dijo: “Vale”. Ella le miro y al tener cerca su mano la acaricio un buen rato.

–Has pensado ¿cuándo? –pregunto Lucas Boy

–Los lunes –respondió ella sonriendo, para agregar. Los lunes se giran las manecillas del reloj y es un buen momento. Ella vivía a escasos metros del otro lado del macizo, por un camino que sube por esa montaña plana y se detiene al borde del acantilado y deja ver el mar. Lucas Boy escuchó de su voz la explicación de su nueva residencia, de esa casa que había comprado con el dinero de la futura herencia, y de las dotes que poseen aquello amores que los lunes llaman a la puerta del reloj biológico Y se dejó convencer. El necesitaba creer y dejarse llevar, solo puso un reparo

–Sera también mío y viviremos separados. Como si el miedo les uniera y esta misma emoción les separara ante el futuro. Era tal vez una manera de establecer un pacto de sangre para cuidar la relación. Ella se rasgó el cabello con las uñas separándolo para dejar ver la raíz, mientras aparecía una frente dorada.

–Solo nos queda… –dijo él. Pagaron la consumición y se montó en su moto detrás del coche para atravesar el macizo hacia el fértil valle que se escondía detrás. ¿Dudaba? No, una emoción le unía  a otra: la confianza.

 

Caro Vespasiano

Caro Vespasiano abrió la puerta. Detrás una señora vestida con un tejido marrón y entallado le miró. Hacía años que no se veían. La hizo pasar. Nada había en la habitación, estaba vacía, para Caro Vespasiano los muebles eran una ridícula manera de soportar esta sociedad en franca decadencia, aun así trajo dos sillas de la cocina. Se sentaron frente a frente. Ella movió un labio y dijo:

—Seré breve. En casa han quedado, los tres niños, el bóxer, la gata, un canario y un mantón de armiño que no me puse nunca. Me voy. Ahora te toca a ti de cuidar de ellos. Caro V. no respondió. O si lo deseaba hacer, seria para partirle la cara. Pero se contuvo y pregunto:

— ¿Cuándo te vas?

—En una hora. Vendrán los de la mudanza y te dejaran, los tres niños, el bóxer, la gata, y el mantón se lo he regalado a Caritas. Junto con ellos vienen tres maletas para cada uno de ellos, su ropa y unas fotos de cuando nos amábamos –y echo a llorar. Caro Vespasiano no se ablando pero tuvo un detalle, fue hasta la habitación y le regalo un escapulario con la Virgen de la Roca. “Te traerá buena suerte” -dijo.

Se despidieron en la puerta y cerro tras de sí. Luego miro sus habitaciones tenían una sola cama, debía comprar  otras tres y al perro y la gata los regalaría a la sociedad protectora de animales. Era triste dejar el pasado –pensó. Luego marcho al súper y compro comida para cuatro y se arrepintió por agregar botes de comida para gatos y cereales de perro. Cuando regreso a los pocos minutos se apilaban en una hilera desigual, los tres niños y los dos animales. Nadie dijo nada, comieron de dos en dos en la cocina y a la tarde vieron por la ventana la tele de su vecino. Caro Vespasiano aún tuvo una idea genial:

Fabricar barquitos de papel de letrina y remontar un rio dibujado en el suelo que visitaba la bañera llena de agua.

Ya entrada la noche le visito un amigo, su moto plateada y con una línea roja se veía desde el segundo piso. Lucas Boy era un tipo especial, se conocían desde hace años, y en ese trayecto de la autopista Barcelona-Vilanova, a veces solía parar en casa de su amigo, en Gava. Una localidad que seguía el recorrido del mar y la montaña. Había ido ante su llamada de socorro, tres niños, un gato y un perro eran mucha cosa. Pero tuvo tiempo de comprar una tele de 200 Euros delgada y plana que les instalo en el comedor. El rio de agua fue desmontado ante su insistencia y los niños bebieron Cola, comieron comida china y rezaron a San Pancracio hacedor de la vida. Inflaron tres colchones para dormir y luego Lucas Boy se fue cerca de las 12 en dirección al macizo que protege a Sitges y Vilanova.

 

 

El corazón dormido -los hombres hemos dejado de ser marxistas, 01

Por enésima vez intento acabar esta novela -j re

Brick Lane cafe owner. East London England. 1974

 

Lucas Boy dio un escupitajo en su mano izquierda y se alisó su rubia cabellera, luego se puso el casco y en dos minutos estaba en la autopista que une Vilanova con Barcelona. Pero se detuvo un poco antes, en Sitges, casi un garito para el en los años pasados, pero ahora su montura de terciopelo y los años de cuarentón le alejaban de aquello, pero aun así dejo la moto cerca del paseo y camino hasta un bar de aquellos donde el mar se revuelve y los días lunes algún albañil lleva su bocata envuelto en papel de plata. Había quedado con un tipo que le quería contar una historia. No le veía desde hacía 10 años. ¿Estaría mayor? ¿O decadente? No debió esperar mucho, apareció con tejanos y una camiseta para barriga de cerveza. Dijo: ¡Hola! y se sentó. Al quitarse las gafas unos profundos surcos alrededor de los ojos le dieron una cierta importancia. Parecía haber corrido más que una moto de su cilindrada. Pidió una mezcla de anís con moscatel. Y luego dijo:

—Está todo jodido

—Sí. A veces las cosas no salen tan bien –respondió Lucas Boy

—Me refiero a que no hay pasta

—Es normal, nos la hemos bebido en estos años –dijo Lucas

—Y además la gente se irrita por cualquier cosa. O grita. O no tiene orgasmos. Lucas Boy rio de buena gana. El tipo le miro y siguió sin darse cuenta con su lunática experiencia.

—Ayer. Un domingo lleno de brisa y lluvia fui a una fiesta de cincuentañeros y los tipos estaban más arrugados que la leche.

—Y tú

—Más arrugado que ellos. Y una tipa que conocí hace un pila de años estaba allí.

—Es normal, en esas fiestas la gente corroída y sin tregua ve el paso del tiempo en los demás   –agregué sin saber a cuento de que me había llamado después de 10 años para contarme una historia sin final. Le observe mejor, sus botas de caña tres cuartos bordadas al estilo vaquero se deslizaban debajo de un tejado forrado en piel y bordado con tonos rojos y florecillas. De lo que sabía de el –por correos y las redes sociales- no le había ido mal. Vendía y diseñaba ropa y en la comarca su nombre era muy conocido, como en los traseros de media Barcelona, era Ron Carey, un nombre un poco tortuoso pero pegadizo. –Le mire y dijo:

—La tipa ¡fue para mí un flash! hace años y ahora a lo mejor está casada y feliz

—La gente también es feliz –agregué

—Y eso me hizo pensar –insinuó.

— ¡Vaya! –dije siguiendo su pista

— Estos mariconcetes pequeño-burgueses no dan abasto en sus sabanas originales de lino y sus escapadas al Caribe y sus vinos peleones de tinto los fines de semana –agrego Ron. ¿A qué venia esa fraseología marxista en estos tiempos? —pensé y pregunte:

— ¿Y tú no crees que esos tipos no han peleado bastante por  amarse con torpeza o con sencillez… en camas de lino?

—Si, tal vez -dijo. Es en mi caso, mi historia. He saltado de una a otra y he acabado traspuesto de infelicidad

—A lo mejor tu felicidad no es la de ellos. Es más movida. Más llena de contrastes. ¡Qué narices! Un lunes y de consejero espiritual.

—Ves aquello —me dijo y señalo un yate mega gigante. Es mío, y allí meto a gente para que se destornille cada tanto. Y cuando se han ido me convenzo a mí mismo que si lo lleno varias veces más al final un día obtendré un cierto descanso.

—Pero ¿tú querías esto no?

—Yo quería ser un pequeño burgués con mi chica y un nieto o dos —dijo

—Aun estas a tiempo —le insistí

—Pues preséntamela.

— ¿A quién?

—A la que ayer tarde vi. Vivian R., tú la conoces —agregó

—Pero ¡si es una cuarentona! Lucas Boy estaba sorprendido ese tipo de pantalón bordado quería quedar con una ama de casa normal. ¡Imposible! Había amores antiguos y muertos que nos aparecían, año tras año, pero eran tan solo eso, un estilo, un silencio, una tarde. A veces nos aferrábamos a estos soplos de vitalidad juvenil como un remedio ante las decisiones que no nos habían llevado a buenos resultados. Le mire e intente convencerle y el insistió, quería hablar con aquella tipa que este domingo había visto de cerca y a años de su vida. Marque un número de móvil y le invite. A los 10 minutos estaba allí. Ella sorprendida, le saludo. Mi ex esposa se sentó sin saber a cuento de que estaba allí. El tipo garabateo con los dedos en la mesa y la situación incómoda se desarrolló rápidamente: “Tu eres; si ayer te vi, pero no me atrevía saludarte —dijo ella; yo tampoco –dijo él y agrego y hoy ¡mira que sorpresa! ¿Vives en Sitges? ¿Y tú? —preguntó ella. En Barcelona –respondió él. ¿Vendes moda? Hago moda –dijo él. Luego ella se animó:

—Hacía tiempo que deseaba hacerte una pregunta. El tipo se echó hacia atrás y escucho:

— ¿Porque nunca me llamaste? Hace años ¿Te acuerdas?

—No sé –respondió Ron Carey. Siempre me he preguntado el porqué. Quizás era un torpe que ansiaba otras cosas y no una vida de clase media. Ella le miro, se sonrió y dijo:

—Lo que dices ¡es una jodida estupidez!

—No –dijo el tipo intentado excusarse.

—Luego de tantos años -dijo ella y agrego- una mañana uno se despierta pone la lavadora, barre su piso y su ex marido le llama por el móvil para decirle que una viejo amor está allí pidiendo confianza, o calor, o inclusive alguna escena de mantequilla estilo Último Tango. ¡Es muy fuerte!

—Solo quiero que hablemos unos días. Se veía que tenía el corazón abierto y en sus manos un sueño aun latía. Ella dijo. Que iba a decir ella, una mujer dura –yo le conocía, de sabores castaños, de amplia risa y modelada silueta construida con pan y aceite. Diría, inclusive la imaginé, ya estaba en mi cabeza su respuesta, rebotaba, daba saltos.

—No –al final respondió. Ahora estoy sola y me procuro algún sueño que dura días. –Se levantó y me dio un beso en la mejilla. Para Lucas Boy esa mujer que se alejaba era pura dinamita, y para este paleto de pantalón rosa, un sueño.

 

 

 

 

 

5 argumentos para que j re crivello acabe “El corazón Dormido”

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by j re crivello

1) Por que deseo saber—: ¿Cómo terminan las relaciones de un grupo de personas que se conocen desde la juventud?

2) Me apasiona We Be y su estilo carcelario. En tan solo 150 páginas esta mujer dura y sensual me ha cautivado.

3) El hotel Espíritu enclavado en el macizo –un peculiar espacio entre Sitges y Vilanova- tiene una lista de espera de 20 años. ¿Cuál es su encanto?

4) Lucas Boy su protagonista principal está obsesionado por recuperar el espíritu de la Manada, desde antiguo, los lobos son ferozmente leales a sus parejas y tienen un fuerte sentido de la familia, a la vez que mantienen su individualidad. ¿Lo logrará?

5) Podrá j re Crivello en el Corazón Dormido, describir el regreso a nuestros sueños juveniles; o será destrozado por la trama que escribe y renunciara abandonándose en la bebida.

5 Bis) Luis F fue el gran amigo perdido en la droga de j re de los años juveniles. Ese vínculo emocional le ata a un pasado irrepetible de cuando los dos fueron hippies y viajaron por 10 países. ¿Ello le impedirá acabar—: El corazón dormido?

 

08- Lucas Boy: We Be y la calle del pecado

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by j re crivello

W B –We Be para muchos- había quedado al final de la playa de Sitges donde un hotel inmenso esta encallado desde hace años. A pesar de hacer calor, su contertulio llevaba una camisa larga de color ocre, un sombrero de paja comprado en los chinos y unas gafas estilo señora Kennedy. We Be por su parte solo apostó por un pantalón corto –de las que llevan las adolescentes- que dejaba brillar sus muslos afeitados y con una crema para piel comprada en la dermatóloga de la esquina del hotel. Había pedido el día a Lucas Boy con un pretexto de visitar a una antigua amiga. Y a decir, ella lo era. Se saludaron sin casi respuesta y durante un largo momento miraron el mar romper una y otra vez contra un par de rocas. Luego We Be preguntó:

– ¿Te instalaras aquí?

–No sé —respondió una voz quebrada y llena de intriga, para agregar—: Esta ciudad está llena de gays asquerosos. Tal vez sea Vilanova que tiene playa y un mercado.

– ¿Que queda de nuestros pactos? preguntó We Be

–Todo. Su visitante no cedía ante el recuerdo de aquellas largas sesiones de la cárcel. Utilizo una palabra poco conocida para definirla: “tú y yo, somos como un holograma” We Be no entendió, pero supuso que aquello era casi como una estampita de la virgen de las que al ser niña te colgaban del cuello y no podías dejar de llevar toda la vida. Pero se resistía, allí dentro  —en la cárcel, el anonimato, las presiones tejían una red, aquí fuera deseaba reconstruir una nueva, a su gusto, sin estridencias con nuevas fidelidades. Casi era una respuesta de fin o bordeaba ese delicado equilibrio que tejen los amigos. Su visitante estiro la mano para tocársela, ella noto ese suave calor y la aparto. Luego le dijo al oído, tengo una habitación allí detrás—: “¿Vienes?” – y le siguió. Parecía que no podía responder de otra manera, una vez en la habitación los brillos y sus muslos se rozaron, nadie quitaba un pacto de una manera tan fácil. Y aunque se resistía, fueron pocos minutos, para a continuación estar de pie mirando desde la ventana la arena.

– ¡Has cambiado! –se escuchó en su espalda

–Si –dijo

– ¿Cómo es posible? –pregunto una voz airada. En la cama enredada en la sabana de color ocre, yacía una mujer violenta y antigua, llena de ofensas, caprichosa y fuerte. Para los suyos era un corazón de mantequilla, pero en el descampado vital implacable. Su físico trabajado en el gimnasio de la cárcel sin un gramo de grasa con una irregular concesión, poseía –según confesión propia unas bellas nalgas y si subías más allá de su mentón los labios presidian una cara delicada pero altiva, cautivadora pero muy atractiva para los masculinos.

–Al despedirse —We Be intento organizar una confesión de su retirada—: Me descomprimí –dijo y continuó; pude de ver –de nuevo- una o varias naturalezas masculinas y, recordé a Luis F. También, en la carcél el cerco nos cambia el carácter, nos lleva  a decir cosas o asumir compromisos pensando que el tiempo que esperamos recorrer será larguísimo. Poe ello debíamos protegernos… del asco, de la pasma, o de las violaciones.

– ¡Me utilizaste! Un látigo fue su recriminación

–Tú también a mí –respondió We Be, y, fui generosa contigo. Esta última frase hizo daño. Parecía despedirse de una antigua fidelidad. En la cama se deslizo una sombra, al ponerse de pie podría haber gritado, o un sollozo. Nada, solo un suave hilillo en el wáter contuvo esa despedida. Pero parecía presentirse que una rotura era demasiado, y convinieron verse cada cierto tiempo y ayudarse. Su amiga era una experta en robar sin ser vista. ¿Duraría mucho fuera? Tal vez sí. Era dura, de mirada cautivadora y con cierta tendencia a parecer a los hombres que una fuerza sexual estaba allí para dominarles, luego les ponía bajo su territorio de influencia. Sabía que el sometimiento y la fidelidad estaban a su alcance y algún que otro asesinato no probado cargaba en su cuenta. We Be se despidió de Carmen M. Antes de salir un beso travieso y de labios les separó.

 

23 horas del mismo día

Hay una calle pequeña en Sitges de no más de 300 metros, que muere en el Paseo Marítimo, es la “Calle Del Pecado”, esa noche We Be fue en busca de una copa. Llevaba una camisola abierta de color extremo y el sol le había enrojecido la piel confundiéndola con una guiri. Los bares instalados con terrazas sucesivas estaban animados, no sabía en cual entrar. El tradicional espectáculo gay animaba a una clientela variada en la cual los heteros eran predominantes. Casi al final, pudo ver una barra de colores estridentes e iluminación que surgía de plafones empotrados en el suelo. Entro. Pidió una copa. Se encontraba fuera de lugar, gente joven, turistas que gritaban y reían. Alguien que se desplazó de sitio le dijo: “Hola”. Ella sonrió y sus ojos brillaron –y pregunto—: “¿Qué haces aquí?”.

–Siempre vengo antes que irme a dormir. Su partenaire llevaba una camisa azul marina suelta, encima de un pantalón tejano y unas náuticas. Parecía más joven e inexperto. O, tal vez más fresco. Ella le sonrió, le atraía aquel atrevimiento superficial y, preguntó:

–Luego ¿regresas al hotel?

–Nunca se lo que hare durante la noche. Tengo insomnio y vago por aquí o allá. A veces descubro una mirada explosiva y me dejo llevar. We Be estaba azorada, el tipo parecía otro, como si permitiera un juego nocturno que inclusive en su experiencia le incomodaba. Pero miro hacia un lado y vio un grupo de sillones —y le pregunto—: “¿Nos sentamos?”. Lucas Boy respondió:

–Sí. Hablaron unos minutos de la fauna que observaban. En ella parecía que se había roto algo allí dentro y se preguntó: ¿Lucas será gay? Su aliento estaba muy cerca, para hablar debían acercarse a cada oreja y sus respectivos labios iban y venían. “No –se dijo. Este tipo huele a hombre” y se dejó llevar, primero se entretuvo en mordisquear su labio una y otra vez dejando que la lengua abriera un surco. Tenía a su jefe, y el ex amigo de su antiguo amado metido en su boca y trastabillaba en un juego raro. De repente le aparto con suavidad y bebió un poco de cola. Y al mirarle, aquel seguía sonriendo como si una piedra le hubiera dado en la cabeza y solo quedara un camino, aquel que ella conocía de sexo, violencia y una larga noche. Pero, era demasiado para un día, por la mañana su amiga carcelaria, y en la noche… –y dijo—: “Me duele la cabeza”. Con esa salida en frio y reducida a una variación adolescente de final de sofoco, le dejo. ¿Y él? No le siguió, era una de sus noches de caza tal vez y como decía: “buscaría una mirada explosiva”.

 

 

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