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Manolo Olguín

Death of Eternity: M Olguín -03

Death ofEternity-1

Aparece en mi nuevo libro de junio Death de relatos cortos -j re

Manolo Olguín tenía pensado visitar a una tía abuela de casi 90 años del otro lado de la montaña de los gallos salvajes, debía recorrer una carreterilla llena de verde y pasar dos puertos de montaña. A aquella tía no la veía desde pequeño, su invitación le había llegado por medio del twitter y la frase la encontró de milagro, ponía:

@m_olguin  ¿Sobrino ¿por qué no te vienes de visita? Te prepararé un plato guisado de gallo salvaje con patatas. Rico, muy rico. Te espero a las dos Tia R

Tia Rábica era un pasado lejano y ausente: la relación venia por parte de madre. Era una tía alegre, completa. Sus intensas fumarolas de sensualidad escandalizaban a los miembros de la familia más castos y retenidos en su monotonía y aburrimiento. Iría, sí. ¡Iría! Pero tenía que pedir un coche prestado, llamo a un amigo. Don Pozuelo sentía un gran amor por los coches antiguos. Le contesto por guasap “te dejaré el Renault Gordini”. A la mañana siguiente encontró las llaves en su buzón y una nota:

Querido Manolo Olguín

Los Gordini fueron tan turbios y austeros que le recordamos por su falda de mariquitas traídos de Francia. Y una vez aquí, le reconvirtieron en la gama familiar, de los que pilotaban con atrevimiento. Un amigo tenía uno. Se lo robaron en un pis pas. Apareció el bastidor y le reconocieron por el número de la placa que llevaba desde fábrica. El dueño lloro su ausencia. Era parecido a una bala pegada al suelo. O una concha de camarón con ruedas. Vino de Francia. Se escondió en las calles y tomo sopa y cola. ¡Cuídamelo! Un abrazo

Nunca se había montado en un Gordini. Hacia el mediodía puso en marcha el coche y supero los dos puertos. En casi media hora estaba en la entrada de una casita que tenía un pequeño huerto, dos ventanas y un gallinero donde su Tía criaba gallos salvajes. ¡En menudo lio me he metido!  –exclamo, mientras golpeaba en la puerta.

—Hola Sobrino. Una señora mayor de sonrisa indiscreta se le colgó al hombro. Aquello le emociono. En las siguientes horas hablaron de los recuerdos familiares hasta que su Tía sirvió el plato con salsa de gallo.

Despertó en el bosque semidesnudo. ¿Dónde estará el Gordini? Se encaramo a una leve cuesta mientras arreglaba su camiseta rota y comprobaba que llevaba puestos unos calzoncillos  anchos y rojos con algunas plumas multicolores. Al mirar del otro lado se veía Barcelona, parecía encontrarse en el Tibidabo. Vio el Gordini intacto a escasos metros, bajo por el terraplén y abrió la puerta, dentro las llaves estaban puestas en el contacto. Le dolía un poco la quijada. Una hoja de papel pegada en el salpicadero le llamo la atención, la leyó en voz alta:

Noche alegre y muy caliente. Le dejo, pues tengo otros clientes que atender. Mi teléfono es 93/0265833. Le aconsejo traer una muda de ropa de recambio. Ud. se empeñó en rajarse toda la camiseta, decía: ¡chica que calor tan tremendo!

En el suelo del coche vio su móvil, tenía un mensaje en el guasap, de su tía: “Sobrino espero que hayas llegado bien. ¡No sabía que te gustaba tanto la carne de gallo salvaje! Te he puesto uno maniatado en el maletero del Gordini. Ya lo matarás y prepararás. Los calzoncillos de tu tío abuelo ya me los devolverás”. Puso en marcha el coche, no sabía cómo entraría en el bloque de vecinos en calzoncillos con florecillas doradas…

#Acercarse a emociones familiares lleva a diálogos inquietantes.

 

Death of Eternity: Manolo Olguín -02

Death ofEternity-1

Continuo publicando algunos relatos de mi próximo libro Death, a la venta en dos semanas -j re

Manolo Olguín dixit –y dos

Olguín después del suceso de la tubería que daba un olor desabrido a su ventana, decidió subir hasta la parte más alta de la montaña, tenía la ilusión de cazar un gallo salvaje y hacerlo frito con una deliciosa salsa al estilo francés. Le intrigaba aquella comida que producía resultados increíbles. Para ello busco una red, y una cuerda y subió caminando los tres kilómetros que le separaban. Al salir del barrio se podía ver un valle frondoso y con cierto aire tropical. Marcho casi una hora, pero sin resultados, hasta que en un descansillo rodeado de setas pudo ver un diablo emplumado de colores cobrizos. Sin pensárselo corrió tras de él un buen rato, hasta que la red se engancho en unos espolones recios y peligrosos. Atarle la soga y meterlo en un saco fue una tarea más sencilla. Ahora le quedaba el regreso e impedir que le vieran  los Policías de la Moral. El actual gobierno al ver los resultados de tal alimento había puesto unos controles que aunque poco efectivos, impedían que las gentes de la región se contaminaran –al comer gallos- de esa chusca manera de “entrar en un descalabro de sensaciones durante tres días”.

Al llegar a su casa, puso una olla de agua caliente y muerto el gallo comenzó la rabia. Primero se cambio y se puso unos tejanos y una camiseta rumbona, luego saco el gallo y se sirvió una pechuga y un muslo. Comió y repitió. ¡Pero no sentía nada! Aquel pasajero desinterés por la rutina que todos los humanos arrastramos hasta nuestra muerte continuaba en su interior. Se miro en el espejo del tocador del lavabo, de madera amarilla y festones de diseño de Ikea. ¡Y… nada! Pero…

Solo pudo reaccionar tarde, cuando volvió en sí y se dio cuenta que estaba en una carretera a la salida de Sitges. Venia de allí. Intuía que despelote le había producido este teñido en su cabello de tintes rojos y dorados, y es probable que esos tres días los habría pasado en el carnaval y…  le habían llevado a compartir con un amor musculado, que…  ¡ya recuerdo! calzaba un calzoncillo estrecho con la bandera de los EEUU. Y poco más. Tal vez fornicar sin descanso con ese hombretón en un piso singular al lado de la Playa de San Sebastián casi frente al Cementerio no era un adecuado recuerdo para contar a sus familiares y amigos. Y todo… por una jugosa carne de gallo salvaje del barrio más alto de la periferia de Barcelona.

#La comida es abundante y cruel. Nos lleva a experiencias donde aparecen faunos traviesos#

Manolo Olguín visita a una Tía (cap. menos uno)

 

j re crivello

 

Manolo Olguín tenía pensado visitar a una tía abuela de casi 90 años del otro lado de la montaña de los gallos salvajes, debía recorrer una carreterilla llena de verde y pasar dos puertos de montaña. A aquella tía no la veía desde pequeño, su invitación le había llegado por medio del twitter y la frase la encontró de milagro, ponía:

juan re crivello ‏@recrivello  ahora

Sobrino ¿por qué no te vienes de visita? Te prepararé un plato guisado de gallo salvaje con patatas. Rico rico. Te espero a las dos Tia R

 

Tia Rábica era un pasado lejano y ausente: la relación venia por parte de madre. Era una tía alegre, completa. Sus intensas fumarolas de sensualidad escandalizaban a los miembros de la familia más castos y retenidos en su monotonía y aburrimiento. Iría, sí. ¡Iría! Pero tenía que pedir un coche prestado, llamo a un amigo. Don Pozuelo sentía un gran amor por los coches antiguos. Le contesto por guasap “te dejaré el Gordini”. A la mañana siguiente encontró las llaves en su buzón y una nota:

Querido Manolo Olguín

Los Gordini fueron tan turbios y austeros que le recordamos por su falda de mariquitas traídos de Francia. Y una vez aquí, le reconvirtieron en la gama familiar, de los que pilotaban con atrevimiento. Un amigo tenía uno. Se lo robaron en un pis pas. Apareció el bastidor y le reconocieron por el número de la placa que llevaba desde fábrica. El dueño lloro su ausencia. Era parecido a una bala pegada al suelo. O una concha de camarón con ruedas. Vino de Francia. Se escondió en las calles y tomo sopa y cola. ¡Cuídamelo!

Un abrazo

Nunca se había montado en un Gordini. Hacia el mediodía puso en marcha el coche y supero los dos puertos. En casi media hora estaba en la entrada de una casita que tenía un pequeño huerto, dos ventanas y un gallinero donde su Tía criaba gallos salvajes. ¡En menudo lio me he metido! –exclamo- mientras golpeaba en la puerta.

_Hola Sobrino. Una señora mayor de sonrisa indiscreta se le colgó al hombro. Aquello le emociono. En las siguientes horas hablaron de los recuerdos familiares hasta que su Tía sirvió el plato con salsa de gallo.

Despertó en el bosque semidesnudo. ¿Dónde estará el Gordini? Se encaramo a una leve cuesta mientras arreglaba su camiseta rota y comprobaba que llevaba puestos unos calzoncillos  anchos y rojos con algunas plumas multicolores. Al mirar del otro lado se veía Barcelona, parecía encontrarse en el Tibidabo. Vio el Gordini intacto a escasos metros, bajo por el terraplén y abrió la puerta, dentro las llaves estaban puestas en el contacto. Le dolía un poco la quijada. Una hoja de papel pegada en el salpicadero le llamo la atención, la leyó en voz alta:

Noche alegre y muy caliente. Le dejo, pues tengo otros clientes que atender. Mi teléfono es 93/0265. Le aconsejo traer una muda de ropa de recambio. Ud. se empeño en rajarse toda la camiseta, decía: ¡chica que calor tan tremendo!

En el suelo del coche vio su móvil, tenía un mensaje en el guasap, de su tía:

Sobrino espero que hayas llegado bien. ¡No sabía que te gustaba tanto la carne de gallo salvaje! Te he puesto uno maniatado en el maletero del Gordini. Ya lo matarás y prepararás tú. Los calzoncillos de tu tío abuelo ya me los devolverás. Puso en marcha el coche, no sabía cómo entraría en el bloque de vecinos en calzoncillos con florecillas doradas…

 

#Acercarse a emociones familiares lleva a diálogos inquietantes#.

 

Cartas de un Saurio: Manolo Olguín dixit –y dos

by j re crivello

Olguín después del suceso de la tubería que daba un olor desabrido a su ventana, decidió subir hasta la parte más alta de la montaña, tenía la ilusión de cazar un gallo salvaje y hacerlo frito con una deliciosa salsa al estilo francés. En aquel espacio después de una fuerte subida el paisaje cambiaba y le recordaba a una selva tropical, con arboles altos y ríos de cascadas ligeras y suaves. Le intrigaba aquella comida de carne roja y dura de esos gallos, que decían producía resultados increíbles. Para ello busco una red, y una cuerda y escalo los tres kilómetros que le separaban. Una vez que salía del barrio y a medida que se acercaba, se podía ver un valle frondoso. Marcho casi una hora, pero sin resultados, hasta que en un descansillo rodeado de setas pudo ver un diablo emplumado de colores cobrizos. Sin pensárselo corrió tras el gallo un buen rato hasta que la red se engancho en unos espolones recios y peligrosos que rodeaban las patas. Atarle la soga y meterlo en un saco fue una tarea más sencilla. Ahora le quedaba el regreso, siempre lo hacía caminando por la única carretera encorvada y con miles de curvas, y con algunos controles de la  Policía de la Moral. El actual gobierno, al ver los resultados de la carne de estos animales y el riesgo de la desaparición de esta raza, decidió poner unos controles, que aunque poco efectivos, impedían que las gentes de la región se contaminaran –al comer gallos- de esa chusca manera de: entrar en un descalabro de sensaciones durante tres días.

Al llegar a su casa, puso una olla de agua caliente y muerto el gallo comenzó la rabia. Primero se cambio y se puso unos tejanos y una camiseta rumbosa. Al cabo de un rato,  saco el gallo del horno y se sirvió una pechuga y un muslo. Comió y repitió. ¡Pero no sentía nada! Aquel pasajero desinterés por la rutina, que todos los humanos arrastramos hasta nuestra muerte continuaba en su interior. Fue hasta el tocador de su lavabo y se miro en el espejo, de un mueble de madera amarilla y festones de diseño de Ikea. ¡Y… nada! Pero…

Solo pudo reaccionar, cuando se dio cuenta, pasadas unas horas vagaba por una carretera a la salida de Sitges. Venia de allí. Intuía que algún despelote le había producido este teñido de su cabello de tintes rojos y dorados, e intuía que en esos tres días los había pasado en el carnaval y le habían llevado a compartir con un amor musculado, que…  calzaba un calzoncillo estrecho con la bandera de los EEUU. Y… poco más. Tal vez fornicar sin descanso con ese hombretón en un piso singular al lado de la Playa de San Sebastián casi frente al Cementerio, no era un adecuado recuerdo para contar a sus familiares y amigos. Y todo… por comer una jugosa carne de gallo salvaje del barrio más alto de la periferia de Barcelona.

#La comida, si es abundante y cruel. Nos lleva a experiencias donde aparecen faunos traviesos#

 

Las cuentas de la bruja (03 de la serie Exigimos ser amados)

by j re crivello

by Robert Capa Imagen

 

 

Encima de mi mesa hay una piedra

Encima de la piedra un vaso de agua.

El agua está negra de tierra.

La tierra es seca y polvorienta.

Invito a una col a almorzar.

La col está muy contenta.

Le gusta la piedra

Porque no se mueve

By Beverly Opse (1)

 

Manolo Olguín decidió bajar las escaleras y salir a la calle, atravesó dos semáforos y dio con el despacho de su hermano. Vivían en una ciudad de lunáticos, a los niños los peinaban a la derecha y las niñas llevaban cola ajustada y peinado a la sien. Pero detrás de estas manifestaciones se escondía una ciudad festiva y con mil y una incorrecciones, que nacían del siglo XIX cuando un grupo de sus ciudadanos regreso desde Cuba y se re-instalo, creando la atmosfera de la Havana Xica (pronunciar chica ¡sic!). El cartel irreal de la entrada por la comarcal que viene paralela al mar desde Barcelona pone Vilanova i La Geltrú. Esa mañana Olguín se traía algo entre manos. Pero cuando le dejaron sentado en la entrada del despacho de su hermano, pudo hacer una lista imaginaria de las virtudes y defectos que le unían a los dos con su padre.

El era recio e irrespetuoso, como ellos. Dormía y roncaba, como ellos. Creía que la humanidad era reformable, como ellos. Soñaba despierto y despertaba desilusionado, como ellos. Bebía cerveza, como ellos. Quería cantar canciones de amores antiguos y desafinaba, como ellos. Nunca había tenido más que lo suficiente para vivir, pero se las arreglaba, como ellos. Leía y deambulaba en la cultura pero sentía la ingratitud de su sociedad envilecida por el dinero, como ellos. Se abrió la puerta y entro. Dentro, un gigantón con los pelos tiesos y dos ojos salidos y despiertos le dio un abrazo. Un árbol humano como le llamaba su padre, quien dijo:

_ ¿Que te trae por aquí hermano?

_Si no te visito puede pasar un año sin vernos

_Tienes razón. En ese instante convinieron que su defecto era apartarse de quien más querían. M. Olguín olvido a que había ido y charlo con su hermano casi una hora. Al salir y bajar a la calle el cielo estaba encapotado. Lo que se temía. Un aguacero barrio de lado a lado la calle. Todos corrían y el se sentía a paso ligero. Miro al final de la esquina y una charca gigante engullía a miles de papelillos, el remolino arrastraba todo tras de sí. Saco un papel, escribió una frase y lo doblo dejándolo caer. Ponía:

#Las cuentas de la bruja se malogran si eres firme en tus sentimientos#

 

Notas

(1) (1) Colección de poesías de Shout Applaud, escritas en una residencia de mujeres retrasadas y que aparecen en el libro El Gozo de escribir, de Natalie Goldberg, pág. 105.

 

 

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