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Barcelona / j re crivello

Escritor y Editor

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Vilanova i La Geltrú

Escribir en un bar

“El Terry´s caffe en South Dakota, donde escribía postales para mis amigos de Minnesota. Querido Phil, estoy en South Dakota, en dirección a Nueva México. Estamos a finales de julio.” Natalie Goldberg pág. 147, el gozo de escribir.

A veces las rutas nos llevan por espacios que parece estuvieran esperándonos, los escritores (y los humanos en general) tenemos bares donde nuestra identidad se asoma. Allí tan solo bebemos un café o escribimos, o tal vez creamos las próximas aventuras. La fina escritora Natalie Goldberg lo tenía en una larga ruta donde algunos han desaparecido, no así el Costa Coffe shop de Owatonna, en mi caso hay dos: el Zurich de Barcelona sitio donde pasé mi época hippie y como lagarto me estiraba bajo el sol y ahora es visitado por cientos de turistas que se hacen fotos y el Plantaciones en Vilanova. Al Plantaciones ahora lo han remodelado y se llama wurtz pero los vecinos de la Ramblas le siguen teniendo en su itinerario al decir: vaya hasta la esquina del plantaciones y luego gire a la derecha.

Dicho esto, estas iglesias de la vida nos permiten crear un mundo de intuiciones, rivalidades y traiciones. A veces la colonia de amigos de más edad pareciera convencernos que es posible otra vida. Pero allí, en su interior tramamos muchos asesinatos. Dice la Goldberg al respecto:

“Escribir en un café puede servir para mejorar la concentración […] Es un poco como distraer a un niño pequeño con bromas […] mientras le introducimos una cucharada de manzana rallada”.  Nadie duda que esta autora era fanática de escribir en esos templos, en mi caso es el espacio de describir, allí concentro las energías que me llevarán a un siguiente momento donde me zambulliré en las traiciones de la vida: señores peinados con poca agua y disgustados, señoras que llevan el perrito entre sus senos, jóvenes que ríen e intuyen lo que vendrá, camareros ociosos (los bares de Buenos Aires aun los mantienen), tipos maniatados en la parte baja que les impide descubrir si la vida es sexo o represión, mujeres talentosas que dentro el volcán atrapa muchos fracasos. Y la larga lista escaparía a nuestras observaciones. Por ello escribir es previamente observar y degustar.

Ayer dos alumnos de 11 años que escriben (y ellos no saben que soy escritor) uno de ellos me comentaba:

“Sabes Juan, en estos tres días he escrito un libro de 20 páginas”. No pude menos que pensar: ¿habrá visitado algún café?

Nota

Café Zurich Link artículo

El corazón dormido: Lucas Boy y el entierro de Luis F. —12

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El cementerio lo inauguraron en julio, un calor horrible se abatía sobre esa parte del macizo. Estaban invitados las autoridades y un coctel en la parte delantera del Hotel fue lo más correcto, primero pensaron en hacerlo a la salida del camposanto pero desistieron. Si acertaron con una ceremonia religiosa frente a las tumbas. Los allí enterrados, todos piratas, ninguno era católico, y Luis F, el ultimo Varela en llegar tampoco presumía de querer rezar. Con lo cual el cura oficio una misa corta donde se soltó sobre historias de los navegantes y la fuerza de la vida que se despacha por los mares y regresa cargada de joyas, renuncias y traiciones que se deben expiar. Nadie dijo nada. A lo sumo el suave cinismo de Lucas Boy mostraba una sonrisa entre el encanto masculino o el emprendedor que está en la cima de su éxito. WeBe asistió vestida con una blusa rosa salmón y una falta estrecha y corta que dejaría hasta sin aliento al propio cura, un hombre conocido en la zona de alrededor de 30 años y que impregnaba a su alrededor de una atmosfera de párroco metrosexual. La cita fue para Caro Vespasiano una manera de atender a tanta garganta deseosa de vicio como le gustaba decir. Una vez que acabo la misa los parroquianos se espaciaron por las tumbas para ver aquellas fechas tan antiguas y sus garabatos que aparte del RIP incluían una suerte de pequeñas frases. Caro tomo nota en una libretita el nombre de tres piratas:

Porter  Varelay y su frase grabada en el mármol: Judas llenó el mar de riqueza

Robert Varela y su frase: He vivido y muerto atado a una mujer

Joan Varela y su frase: El sudario de Jesús está enterrado en esta tumba

Nadie se atrevió a mirar si esta última frase era cierta. Abrir su tumba y luego lo que quedara de aquella caja e intentar si quedaba algo dentro. ¡Estaba prohibido!… por Lucas Boy y Caro quien por superstición no amaba mover a los muertos y la seguía a pie juntillas.

Luis F ocupaba el centro en un espacio libre; le habían hecho una lápida de mármol de las canteras del macizo y su frase llamaba mucho la atención. El cajón estaba en la parte baja ya apoyado en la tierra de la tumba. Ese día el cementerio fue un éxito, al público le sorprendía ver aquellos piratas que se distinguían por sus complejas experiencias y sus míticas opiniones condensadas en sus tumbas. Todos, mejor o peor deseaban saber más sobre aquel pasado, pero el poco material existente eran cartas antiguas de navegación y retazos de sus opiniones que Caro había colocado en una urna especial a la entrada del Hotel. Para WeBe, una de ellas siempre llamaba su atención y decía en un castellano antiguo:

“El mar arrasara con sus muertes a los vivos que esperan resarcirse de los odios acumulados, solo es posible comprender el mal si al visitarte, te anuncia que posees una ventaja. Y ese es el momento de cumplir tus propios deseos y correr”.

Era como ¡una lámpara de Aladino! Había comentado en su momento Lucas Boy. Para Caro ese anuncio iba más allá del presente y abría una unión entre aquellos y nosotros. El mal, quien nos visita siempre. Pero esa carta poseía una explicación personal escrita por Luis F, en carboncillo, con las letras redondas y estirándose hacia atrás, que dejaría en la montaña de papeles antes de morirse y era menos sutil, más alegre:

“¡Carajo! En esta forma de explicar sus historias se ve que la vida te da una oportunidad y si te equivocas, la guadaña de la muerte te lleva rápida y veloz”  ¡Viva el Che! Luis F.

En esas formas de ver la vida se escondía… una etapa de aquellos pasados, donde el corazón dormido se ejercitaba en favores o enmiendas que soltaría  el futuro. Ni la cárcel, ni las vueltas entre esa trilogía Luis F, Lucas Boy y WeBe podía ser alterada, por ello Caro amenazaba con amarla a ella pero intuía que le dejaría, que le mataría de amor o de sexo. Así y todo en la fiesta se le acercó y dijo muy cerca en su oído.

“Esta noche”. WeBe sonrió mostrándole sus labios y pasar suavemente la lengua de dentro a afuera y decir con voz muy suave:

—¿Quieres fornicar? Caro se quedó pasmado. Esa puta palabra le abría el corazón en dos pero le agradaba que ella le anunciara que podía ser un partenaire.

—Si –respondió. A las 12 esta noche, en la Calle del Pecado. Otra vez esa calle, debía pasar por allí y beber algo para ser un amante, quiso cambiar, hizo un gesto, pero ella no acepto, tal vez hasta sería delante de Lucas Boy para recordarle que el hambre de su amigo le consolaba. El cielo se nublo, y casi sin viento, un aguacero descargo sobre los invitados. Todos corrieron en dirección al hotel. Solo se mantuvieron de pie como clavados WeBe y Lucas Boy. Un rayo dio contra el muro hacia el final del cementerio. El agua inundo el foso abierto y el cajón de Luis F. apareció y floto como en una danza macabra alrededor de las tumbas siguiendo la salida del cementerio mientras el riachuelo formado le arrastraba. Lucas Boy miro a WeBe una sonrisa intima de complicidad les unió. El agua les llegaba al comienzo de las pantorrillas. Ella se acercó hasta el patinando y se cogió de su mano. La risa era ya una carcajada que estallaba más allá de su complicidad, al ver que el cajón flotaba y seguía bajando en dirección del hotel, atravesarlo por un lateral y encallar en una enorme piedra al borde de un precipicio. Ella se arremango la falda y le beso suave en su boca. Lucas Boy respondió levantándola y arrastrándose en el barrizal para apoyarle en el muro  y desvestirse apresurado. WeBe dijo:

—¡Ahora sí! Lucas Boy moderado y con su doble matiz —exclamó:

—Si! ¡Si! El aguacero reventó entre las nubes dejando caer cientos de litros sin más, que arrastraron todo en derredor.

El corazón dormido: IL MORTO QUI PARLA –11

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–Trasladaremos el cuerpo de Luis F., se cumplen 10 años de su muerte y lo mejor es situarle en el pequeño cementerio cerca del Hotel Espíritu –dijo Lucas Boy

–A los muertos es mejor dejarlos en paz. Para Caro Vespasiano el hotel ya era un éxito, y el pequeño Camposanto que estaba rodeado de unas paredes altas, hechas con piedra de la zona, con una reja gruesa, y ocho lapidas en el suelo, guardaba los cuerpos de antiguos corsarios –según decían– de la familia Varela.

–Lo adecentaremos, y pondremos un pequeño sendero para que los clientes del hotel le puedan visitar. ¡Será todo un éxito! Lucas Boy no había escuchado sus argumentos. Caro insistió: «¿Por qué narices vas a meter a Luis F. entre un grupo de piratas?»

–Pues tan fácil como que él era… un Varela. La cara de asombro de Caro pareció romper todas sus defensas, tan solo dijo: «¡Y… tendremos que pedir permisos!»

–No hará falta, conozco a uno que me debe un favor y retirara los huesos del Cementerio de Montjuich para enviármelos en un jarrón grande comprado en un bazar chino. Vendrá cerrado y por DHL. Cuando Lucas Boy tomaba una decisión vulneraba todos los acuerdos con la moral. Caro –dijo:

–¿DHL? Y al tipo de la furgoneta… me lo imagino yendo hasta el cementerio y tú esperándole en la puerta.

–¡Como lo sabes! –exclamó Lucas Boy con una leve sonrisa. Se imaginaba el conductor servir el paquete y el vestido con una capa negra para dar la sensación de una película de Hollywood. No temas –agrego– le recibiré con una nevera de camping y dos cervezas para distraerle de la pregunta principal: ¿Ud. vive aquí?

–Si WeBe se entera, dijo Caro. Tan solo de imaginar que ella descubría el pastel tendrían ambos que emigrar.

–No lo sabrá, ni por mí, ni por ti. Esta última frase la acentuó con su mirada gélida. Aquella observación puso a Caro bajo la sospecha ¿Qué sabia de la relación entre ambos?  ¿Y con We Be? Aunque intuía que el estropicio del traslado de los huesos acabaría mal. Los huesos de su ex llegando en DHL. ¡La trifulca será descomunal! Lucas Boy percibió las dudas de su amigo y dijo, a su manera, con cierta frialdad, letal, sin dar espacios para el pacto.

–Luis F. vendrá alegre y vil como siempre. Luego afirmo al referirse al muerto: ¡No era un santo!, y… en su nuevo sitio descansará al lado de su familia. Será como si completáramos…  la nave pirata. La broma no gusto a Caro –y preguntó

–¿Le compraras una lápida?

–Ya la he encargado. Pone lo mismo que en Montjuich, solo le he agregado “turbio, santo y amigo”. Luego invitaremos a WeBe a la tumba. También prepararemos un folleto de publicidad que pondrá: “visite el cementerio pirata de los Varela del Macizo”.

–Me imagino –dijo Caro con un desagrado indisimulado.

–Así –respondió Lucas Boy –para agregar–. Esas tumbas son del 1700 ¡que narices! Sin nosotros… ya se habría perdido su recuerdo.

–¿Y los turistas irán? –preguntó Caro

–Los turistas y los nacionales. He investigado esta zaga de piratas, fueron los más fuertes de la zona y nadie sabe dónde están sus tumbas. Es el único cementerio pirata de España y en el resto de Europa solo hay dos. Nadie lo sabrá hasta que nosotros digamos a la prensa del nuevo aliciente del Hotel Espirito.

–¿Y si nos trae mala suerte?

–Los muertos no traen mala suerte. ¡Están muertos! –exclamó. Haremos que los Autocares se queden en la explanada del hotel y los turistas suban a pie hasta ese pequeño espacio desde donde se ve todo el mar.

–Desde luego que la vista ¡es magnífica! –cerro la charla Caro Vespasiano.

 

###

Lucas Boy llego al hotel cerca de las 8. Prefirió ir hasta la habitación de       WeBe, era su día libre, y esperaba darle la noticia del cementerio, pero le quitaría importancia. Golpeo en la puerta. Nadie contestaba, e insistió hasta oír un grito: «¡ven más tarde!». El siguió con sus nudillos dando en la puerta de manera suave. Un sonido del pestillo le permitió entrar. Estaba todo revuelto, abrió la ventana y el sol inundo el cuarto. Ella llevaba un camisón de seda, muy corto que cubría la pelvis sin dejar ni un centímetro de reserva. Su cabello despeinado le recordaba a las matronas italianas. WeBe se sentó en una silla pequeña y puso un cojín entre ambas piernas dejando que sus pantorrillas sobresalieran.

–Qué quieres ¡joder! –dijo Ella. Lucas Boy dudaba y pregunto: « ¿Te acostaste tarde ayer?»

—¿Te importa? —fue la pregunta de ella.

–Bueno, al ver tu cara… un poco

–¡Tu  no mirabas mi cara!

–¿Y qué imaginas que miro? –dijo Lucas Boy sonriendo.

–Mis pechos. Seca, cortante y llena de pólvora Ella conocía su atractivo. Lucas Boy se retiró hasta la ventana. WeBE insistió a su espalada:  «¿O no?  Él se giró para mirarle de reojo, mientras We Be se mordía una uña y la liberaba de su pintura. Lucas Boy dedujo que aquello no le llevaba a ningún sitio. Ella al mirarle dijo:

– ¿Y?

– ¿Quieres desayunar? ¡Qué idiota!, una vez más le invitaba a un sitio público. Pero la respuesta fue destornillante.

–Me visto y te acompaño. Ya que me has despertado… para mirarme los pechos y luego disimular con el rollo del café. Lucas Boy sonrió y dijo: «te espero en el bar de la esquina». Intentaba evitar la sesión de desnudo y cambio de ropa que vendría, pero ella no espero, el camisón fue al suelo y rápida escogía su ropa interior. Lucas Boy se resignó, mientras observaba un cuerpo compensado, de tez rosada, nalgas redondas y unos pezones que le metían en la categoría del mirón. Para tantos años en la cárcel tenía un buen tipo.

–¿Cuál es tu nota? –pregunto We Be.

–8. Ella se giró y sonrió.

 

Al llegar al bar, Lucas Boy se pidió un café y un pequeño bocadillo, para WeBe un café con leche y una pasta. Al mirarle, hoy parecía tener los ojos grises y se la veía inquieta. Boy dando un rodeo comenzó a explicar su proyecto del cementerio:

–He pensado en trasladar a Luis F. desde Montjuich hasta un pequeño cementerio que está cerca del Hotel en el macizo. Solo hay 10 lapidas, lo limpiaremos y le dejaremos en una nueva tumba. Ella le miro, buscaba algo detrás de aquella historia, pero su desconfianza fue cediendo. Se le ocurrió preguntar:

–¿Está lejos del Espíritu?

–No, a tan solo un kilómetro, en la ladera que da al mar, por la parte derecha.

–¿Dónde están aquellos muros antiguos? «Si»

–Es un buen sitio. Lucas Boy no se atrevió a decir que estaría en el recorrido turístico, ni que le acompañarían sus parientes corsarios, solo los menciono de pasada: «Algunos de los allí enterrados son parientes de Luis F.; el día antes de fallecer fuimos a visitarle y me pidió que le dejara con los Varela.

–¿Él era un Varela? —Pregunto WeBe como dando a entender que conocía algo de aquella historia. «Si» -respondió Boy.

–No me parece una mala idea. Mientras ella le rodeaba con una mirada cargada de desconfianza, Lucas Boy permanecía impenetrable. ¿Me puedes llevar hasta allí?

–Cuando este todo limpio y hayamos trasladado los restos. Tampoco menciono que vendrían por DHL. Ella sentía que algo le decía ¡insiste!, pero cambio de tema.

–¿A Caro Vespasiano le conoces desde hace mucho?

–Desde pequeño –respondió Lucas Boy

–¿Estuvo casado? ¿Es viudo? O… Lucas Boy rápido y sin dejarse sorprender por el terreno que WeBe comenzaba a recorrer si darle aparentemente importancia –dijo:

–¿Qué quieres saber?

–Nada. Una respuesta que Lucas intuía venia cargada de intensas posibilidades y por ello agregó:

–Conozco casi todo de él, menos esos diez años que hemos estado separados. En su interior, dudo si decirlo o no, pero menciono con fuerza: siempre que estamos juntos intentamos regresar al corazón dormido –y luego cambiando, agrego– Su mujer está en un Psiquiátrico.

–¿A qué te refieres con regresar al…

–Tú te fuiste a la cárcel; Caro se casó; Luis F murió hace diez años; yo me separé de Vivian R; Ron Carey se hizo millonario y Mar Pérez apareció de nuevo.

–¿Y tú? Ella al preguntar, se sintió molesta que todos aparecieran y el obviara su vida, tan solo de pasada mencionaba su fracaso con Vivian y esa tal Pérez. Su cuerpo estaba adelantado y muy cerca. Podía oler la colonia francesa de Lucas Boy, intuir su crema solar, su suave circulo alrededor del cuello cortado con maquinilla de peluquero de Sitges.

–En mi caso… instale el Hotel. Para mí El Corazón Dormido fue una apuesta difícil –dijo Lucas Boy. Ella vio el momento de soltar lastre y dejo escapar algo que guardaba dentro desde hace diez años.

–Cuándo falleció Luis F y yo entre en la cárcel, según mis cálculos ¿compraste este hotel y la Masía donde está el Espíritu?

–Si

–¿De dónde sacaste tanto dinero?

–Me lo presto un amigo –respondió Lucas Boy–. No podía revelar que era un ahorro fruto de la venta de droga en sociedad con Luis F.

–¿Ya se lo has devuelto?

–Sí. Lucas Boy comenzaba a estar incómodo. WeBe se acercaba aún más y su respiración le invadía. Una cierta inquietud mezcla de sensaciones, olores y atracción sexual iba y venía entre ambos. WeBe –insistió:

–Yo me chupe diez años y tú tuviste la suerte del amigo. Aquella frase sonaba a profunda desconfianza, a reclamo, a un cierto reproche de: ¡porque desapareciste! El sin dudar exclamó:

–Tú, te quedaste en la droga. Tú te encerraste en esa cárcel llena de lesbianas. Tu… iba a seguir, su dureza raspaba y WeBe reacciono. Se puso de pie –y dijo furiosa–.

–Vete a la mierda –y se marchó.

 

El corazón dormido: Con cara de pocos amigos -08

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— ¿Que te apetece?

—El cielo.

¡Que maravilla amigos! Dialogo en este capítulo -j re

WeBe recibió un mensaje en su móvil, ponía: ¿puedo verte?, la solicitud breve y concisa venia de Caro Vespasiano. Tuvo dudas, lo ocurrido entre ellos hace unos días no suponía una nueva relación, cuando se disponía a  contestar, Lucas Boy llamo a su móvil. Del otro lado pudo oír: «¿qué haces esta noche?». Dos consultas que le llevaban a un mismo destino. Con cuidado respondió a la de voz. «Estoy ocupada» y se despidió. A la segunda escribió un mensaje, sin que aquello produjera un efecto mayor: «¿Dónde quedamos?» y la respuesta de su wasaps fue: “la Calle del Pecado”. Era miércoles. Ella hubiera preferido a Lucas Boy, pero decidía jugar con dos tipos a la vez. Como en las películas de contenido adulto no dejaba sobrentendido que con Lucas una aproximación demasiado rápida le llevaría a una salida de aquel proyecto, al mantenerle hambriento y azuzándole con Caro garantizaba su interés. Pero, ¿cómo era Lucas Boy? En el juego de alianzas siempre aparecía disponible, aunque un lado oscuro le refugiaba en la noche. O, los tenues matices que intuía, sin proponérselo, los había estado buscando –desde hace días– en una antigua carta de Luis F: relativa a su amigo. Estas misivas de su ex estaban cargadas de curvas y circunloquios y desde que falleció seguía mandando en su vida emocional. ¿Qué hacer? Si la rompía su pasado quedaría hecho trizas y nada le ataría, si la volvía a releer despertaría claves inútiles o tal vez algún nuevo camino. Ayer –por la tarde– en un diario digital, había leído que las células madre continúan con vida aun en el muerto durante 17 días más. El ciclo de la vida era para WeBe una delicada ánfora que partía una y otra vez con sus angustias y sus dobles verdades. Decidió leer y también recorrer el capítulo de Caro Vespasiano bajo otra mirada, a diferencia de las células, el texto no estaba en letargo. En la carta Luis F. decía:

Chiquita mía:

 Todo es dulce a altas horas de la madrugada, ni siquiera derribando todos los falsos espacios encuentro una respuesta. Si llegas hasta ese último, descubres que NO HAY NADA. Esta mañana hable largo con Lucas Boy, y apareció en su interior una arista irreconocible ¡Ten cuidado! El posee el don de abandonar a los que le rodean un segundo antes de caer por el precipicio. Hace un momento, he girado la sabana y te he cubierto pues hacía frío, antes de salir te he dejado el Cacaolat fuera para que no estuviera tan frío. Esta mañana voy a casa de Ricky a cobrar un trabajillo. Recuerda EL HILO ESTA SUELTO DEBES UNIRLO PARA EXPLICAR LA COMEDIA ¡Viva el Che! Luis F.

WeBe estaba de nuevo sin argumento, las cartas, complicadas y llenas de misterio apuntaban a un desacuerdo con Lucas Boy, ¿Qué pondrían aquellas que él tenía en su poder? ¿Cómo acceder a ellas? ¿Sabría Caro Vespasiano de su existencia? A veces en esa forma de hablar de su ex amado también sentía algún que otro tropiezo mental, si le rodeaba de aquel sentimiento ¿porque le había abandonado? «Películas» –dijo y guardo aquella misiva en un cajoncito cercano.

Caro Vespasiano miro su wassapp, la respuesta le unía a la noche. Un territorio para él difícil de manejar. Pero esa tipa de estructura sólida y que se agarraba como un liquen a la tierra le avisaba que era posible una noche más. Le iría concediendo nueva morfina –pensó. Le podría ver siempre que Lucas Boy no descubriera que se veía con quien le unía a su amigo muerto. Y en aquella madeja gigantesca, solo recuperaba para sí aplazamientos y poder asistir a una cita con una mujer extraordinaria, que como definiría en palabras de su amigo «esa es la primera sensación de los tipos para con ella, pero luego conoces su lado más humano y ves a alguien que quiere refundarse» Y, su diagnóstico se había cumplido.

 

 

 

02:00

«¿Porque la gente queda tan tarde para verse?» –se preguntó. La Calle del Pecado estaba en su mejor momento. Decidió sentarse en una terraza de un bar diferente, Caro Vespasiano había descubierto que es este sitio todo lo que servían era ecológico. Los licores estaban hechos a mano, y hasta la hamburguesa de soja parecía saber a carne. Su dueño, un alemán era un tipo genial y los tres mojitos que había bebido le chispeaban cuando se plantó en su mesa una señora de ojos grises ¡los llevaba grises esta noche! Pudo besarla, es más deseo fundirla en dos segundos, y descubrió que el torrente de sensaciones carnales le abría un espacio que hacía años no sentía. «Hola» –dijo ella.

— ¿Cómo estás? –respondió Caro. Ella le miro y desconcertada al ver una mirada romántica, rio de buena gana y le toco suave en la mano. Caro Vespasiano, con un pasado inútil y lleno de insoportables acuerdos erróneos, se dijo a sí mismo: «aguanta estos primeros minutos luego cederá su máscara y aparecerá la verdadera WeBe». Y ella siguió insoportable en la risa hasta que el pregunto:

— ¿Que te apetece?

—El cielo

—¡Eso está difícil!, pero una bruma al lado del mar… quizás si   –respondió Caro.

—No, solo busco aquello que me haga vibrar –respondió WeBe

—¿Y si no lo tengo?

—Te iras a la mierda

—Ya lo sé –respondió Caro y agrego: desde que te vi, sé que contigo juego partidos… aplazados.

—Si te esmeras puedes pasar de fase.

—Y… ¿no habrá sequia? –pregunto Caro

—Mi corazón ahora está abierto –dijo ella mirándole desde aquellos ojos grises preparados para la caza, pero tal vez con una frase cursi y fuera de los tiempos; aunque le gustaba esa relajada manera de hacer de novia antigua.

—Mentira, ¡mientes con alegría! –dijo Caro. Ella rio con una carcajada de estruendo y dijo:

—Vale. Digamos que yo te escucho y tú me prometes el cielo.

—Y, ¿eso donde esta? Caro veía irremediablemente que aquella partida se escapaba y pudo confesar su impotencia para conquistar ese espacio deseado, al decirse: «intentare encontrar esa sensación que… en tantos años ni siquiera he rasgado»

—Quien no conoce, quizás no conocerá –dijo ella, previendo que una apertura mental no es suficiente para saltar a otra fase. Él, viendo lo que intuía, dijo:

—Me lo pones difícil.

—Acercarse a mí, es un salto –y bebió de la copa de Caro. «¿Qué es esta mierda?» -exclamó WeBe. Su cara de rechazo ante el líquido le llevo a dejar la copa.

—Caipiriña ecológica –dijo Caro.

—Ven te llevare a un sitio, en el que te saltaran los sesos –y se marcharon a un bar en la misma calle, que ponía música que se metía en las tripas.

 

04:04

Caro Vespasiano regreso al Corazón Dormido en su coche, por la carreterilla estrecha, aun podía recordar la mano de WeBe en su piel. Ni siquiera un beso, pero llevaba un medio compromiso para ir de bolos a Barcelona.

04:08

Para WeBe la noche había dejado un contacto con alguien que mostraba aristas de enamorado y una cierta conciencia positiva. ¿Pero para que servía esa mierda en los días que vivíamos?, aunque… el aroma de su colonia dominaba el Spiritou. Sin proponérselo participaba en una madeja tejida con suaves y delicados trazos a los que ella no estaba acostumbrada. ¡Síguele la pista! –se dijo, luego se quitó la blusa y dejo caer el pantalón. Las nalgas pronunciadas se metían en unas piernas sugerentes. Era su atractivo, además de esos raros y deseados ojos de color gris.

 

El corazón dormido: UNA VISITA NOCTURNA –06

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by j re crivello

Sería la madrugada, Lucas Boy metido en su moto recorría la parte final del macizo, en esa zona, un cruce de caminos dejaba ver la entrada de la finca de Mar Pérez. Luego un kilómetro de plataneros a ambos lados, frondosos, llenos de vida dejaban ver una casa sencilla que aparecía en el fondo, sola, blanca y a la espera del visitante ocasional. Del otro lado de Villalobos, por otra carretera, a casi 2 kilómetros en línea recta pero detrás de una gran montaña  permitía ver aquella envidiable situación, como un valle preparado para recibir a su futuro hijo. En su cabeza aun repetía esa frase larga de confesión que Mar había recitado como una plegaria de domingo ante la marcha de su madre: «aunque vivíamos separadas, a la mañana y a la noche recibía sus llamadas y siempre con la misma letanía: ¿has pensado en casarte? ¿En tener hijos? ¿En lo estúpida que estás sola y viviendo de tu egoísmo? Y siempre… esa continúa protesta que corroía mi calidad de mujer». Se apeó de la moto, el reloj digital marcaba las dos, la noche era cálida, no se oía nada, podía pensar y cortar la brisa de su vida, yendo hacia atrás y hacia el presente con fluidez. Golpeo con los nudillos en una ventana donde ella dormía, le respondieron: «voy». Luego una luz del porche dejo ver su cara y un camisón fino, corto, inexplicablemente salvaje y teñido de verdes. Le dio un beso, su corazón latía acelerado. Lucas Boy había recuperado el hambre después de tantas noches buscando en la soledad. Mar hizo un té, en la cocina charlaron un buen rato. Que tú estás aquí; que aquello es una estupidez; que mi sostén está olvidado; que mis piernas son curvas y tu tórax es liviano y ágil; que mi madre decía, que ya no quedan pálidos; que todo es rojo o lleno de violentos ocres; que en el jardín en el largo camino de plátanos ha nacido una buganvilla perezosa; que si me besas te prometo dejarte sentado allí castigado por tu deseo. Quizás una gran atracción les envolvía y les enamoraba. La noche reducía a cenizas toda la envidia humana, y les dejaba jóvenes y vitales. Él la levanto entre sus brazos, Mar se dejó llevar y con su dedo índice lo arrastro por su tórax, describió círculos, lo mojo en sus labios, regreso a su vello para repasar carreteras de fantasía. La cama estrecha y antigua prosperó de tanto calor. Sus piernas se abrieron, su cadera se torció hasta empujar dentro. Algún grito, alguna fe. Alguna risa perversa, alguna cara boba ante tanta fuerza de las dos pelvis que golpeaban sin cesar. Ese punto de azúcar disuelto, donde los amantes reproducen hasta ser derramado. Luego ella exclamo: ¡ahora puedo!

 

10:10 del domingo

Mar Pérez preparo el desayuno y abrió las ventanas, fuera el macizo vivía y latía desde hacía horas. Le despertó. Le trajo a Lucas Boy hasta la cocina y le sirvió cual amante que desea salir de su madriguera y decir que es feliz.

–Hace un buen día  -dijo Lucas Boy

–He pensado –dijo ella, que me ayudes a limpiar aquella hilera de vides.

–Pero yo… no entiendo

–Yo te explico. Ahora hay que descargarlas de tanta hoja para permitir que nazca con fuerza la uva.

– ¿Viene buena cosecha?

– ¡Excelente!

– ¿Y eso como lo sabes? –pregunto Lucas Boy

–Es algo que se nota en el aire. Con mi padre recorríamos esta zona –cuando el tenia viña– y me explicaba los secretos de estas plantas. Le miró, sus piernas flacas y llenas de genio sobresalían por encima de una silla antigua y destartalada. Siempre quise –continuo Mar- regresar al punto de partida. Mi padre siempre me hablaba del corazón dormido. Del espíritu. Lucas Boy escucho esa palabra por segunda vez, ya lo había sentido en el hotel que intentaba montar del otro lado de la montaña con su amigo. Y esta forma de ver el regreso a la vida tranquila, o a los sueños abandonados y proscritos para jugar en historias diferentes a las personales le hizo pensar respecto a si mismo. ¿Tenía el un corazón dormido? Quizás sí, un hijo que no tuvo, o ese desenfreno, esa angustia que se apodera de su alma en las noches y no puede descifrar hasta que la madrugada pierde paso y le mete en el trabajo. Ante lo cual verbalizo algo así como:

–El corazón… dormido. Ella –su Mar-, le entendió y solicita, paso una mano por la cabellera, y le entretuvo frente a la ventana que mostraba el comienzo de la larga hilera de plátanos.

 

Luis F. (hace diez años)

(-2 días)

 

Estaba de pie en el balcón, serian cerca de las siete de la mañana, desde ese espacio se veía Paseo de Gracia. Aún no había mucha actividad, los turistas incomodos hacían cola para entrar en las dos casas de moda en el itinerario de Barcelona. Luis F. se las sabía de memoria, la casa Batlló con su sombrero de gala y abundante histrionismo de Gaudí y sus balcones llenos de fiebre y, su pareja la casa Ametller, creada para este rico chocolatero que ansiaba un jardín urbano, con sus remates escalonados que declinan cual tableta de rico sabor. A veces no sabía con cuál de ellas quedarse, en ambas el genio y las alegorías del espíritu burgués barcelonés le unían a esa ciudad hundida en el encanto. Una llamada en su móvil -de Lucas Boy- le quito del ensimismamiento, hacia fresco y atendió en el interior de su piso:

–He estado en casa de R y le entregado el kilo de merca. Pero he salido de allí a risotada limpia. ¿Sabías que este tipo tiene dos doncellas mulatas que le abanican como si fuera un harem decadente? Luis F. declino contestar, conocía al personaje en cuestión desde hacía 30 años, era un industrial que solía respirar los fines de semana con sus locas aventuras; le recordaba a Engels –el amigo de Marx- rico industrial que le financiaba y hacia la revolución, aunque era una analogía desesperada, pero los industriales tenían esa pasta de ver los negocios y concebir los cambios.

– ¿Estás ahí? –pregunto Lucas Boy

–Sí, el coctel de pastillas me hace ser más lento en las respuestas –dijo Luis F. Pero Lucas Boy aporto algo de su visita, al comentar que el tal R, además le recibió con un deshabillé bordado en oro y desde su refugio no paraba de insultar a los cabrones socialistas que le quieren dejar sin un chavo. «Este pavo lo quiere todo para él» –agrego su amigo. Para Luis F. esa era una gran definición del orgullo humano, recordó que en los mejores momentos este R, hacia traer faisanes desde una granja en Aragón, que los alimentaban con cereales escogidos y al servir las viandas tenía un particular latiguillo: «esta mierda es mejor que tu droga». Un imbécil –pensó. De la cantidad de paisanos que corretean por el mundo, algunos poseen el dinero para demostrar que la vida es una sucesión de vanidad. Y dijo:

–A ese le vendría bien que un día de estos le volaran la tapa de los sesos

–Pero nos quedaríamos sin cliente –respondió Lucas Boy  –y agrego: «iré donde tú sabes para dejar 2 pájaros más». «OK» –respondió Luis F. Luego se sentó delante de las cartas que preparaba y abrió para releer la carta número 9, decía:

«Amabilísimo colega, el entusiasmo es un alimento necesario pero si te dejas llevar por el acabas dominado por una fiebre rara de sensualidad que siempre desea más. Más coches, más crema, más movimientos de cintura y más ganancias de dólares que alimentan tus obsesiones. Si puedes parar al lado de un rio y estar sentado un buen rato observaras su corriente, lánguida e igual. LA NATURALEZA DE LA QUE NOS HEMOS SEPARADO ES MAS AUSTERA». Cogió un carboncillo de tono azul y la firmó con un: Luis F (-2 días), luego se estiro en un sofá mientras observaba la chistera de la casa Batlló, fina y delicada, en ella Gaudí hace una ola, sucesiva, alegre y se durmió

A las dos horas, le despertó otra llamada de Lucas Boy:

–He dejado los dos pájaros. La pajarería está en una esquina y dentro juegan cartas como si fuera un club social de jubilados. Pero me hicieron entrar y me llevaron hasta un saloncito que da a un patio. Esta sociedad ¡esta corrupta! Un tipo vestido de marinero ¡si de marinero!, contaba billetes tan arrugados que los alisaba con el antebrazo en un movimiento, como te diría: «así, así». Luego me miro por encima de sus gafas y me hizo sentarme en una silla tapizada en…

– ¡Abrevia joder! –dijo Luis F

–Le deje los pájaros y me entrego el dinero que acababa de alisar atado con cinta de carrocero. ¡Esto no es dignidad! Mezclar la cinta con los hermosos billetes –dijo Lucas Boy con ironía- y para terminar agrego: dejare la pasta en el retrete del edificio que hemos comprado en Sitges. Nos han hecho una obra genial, levantas la tapa y puedes desmontar la taza de wáter para acceder a un descansillo de un metro cuadrado. ¡Ya casi está lleno! Luis F volvió a dejar el móvil en la mesa para preparar un coctel de su medicina. En la cocina recordó a We Be, hacía dos días que no la veía y su ausencia le escocia. Su animalidad le llevaba a escaparse de tanto en tanto para experimentar nuevas historias, al regresar parecía incluir en sus relatos la fauna que poblaba la cabeza de Gaudí. Se escuchó la puerta, ¿será ella? Con los ojos irritados y un peinado revuelto, le dio un beso. Solo dijo:

–La mierda está cada vez más adulterada dijo We Be. Luis F. rio de buena gana.

El corazón dormido: El espíritu de la manada -04

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Regresamos el lunes con el capítulo 5. Buen finde -j re

Lucas Boy y Caro Vespasiano, su amigo que era dueño de un nuevo legado –de tres hijos, un gato y un perro caminaron por una especie de estepa verde. La vid en esta época del año en el Macizo del Garraf / Penedés se presta a un cierta melancolía, largas hileras se mecen como un látigo de domador de circo, curvadas, subiendo y bajando e irresistibles a dar orden al territorio. Acababan de dejar una antigua masía. Lucas Boy argumentaba que aquella con varias habitaciones y un comedor cocina disponibles y mucho espacio para arreglar era una salida a su situación. El desempleo de Caro -del sector de la construcción- le permitía ir arreglando la casa y allí podía criar a sus hijos. Muy cerca estaba Vilanova donde sus hijos irían al colegio, el pagaría los gastos y un salario mínimo y crearían un hotel de agroturismo y una marca de vino propia. Esta zona era conocida por la cercanía de Villadelobos, otro enclave donde antiguamente se movían manadas de lobos salvajes que oteaban y establecían los límites de una vid, que era un producto criado con paciencia y esmero. De allí había surgido la divertida y especial manera de sus escasos habitantes de no aceptar ningún pago que no fuera dispuesto con el criterio de la manada. Caro Vespasiano pregunto:

— ¿Aquí somos manada?

—Casi. Allí abajo en el valle –dijo Lucas Boy señalando al amplio estuario que se divisaba del Mediterráneo y las cercanas Sitges y Vilanova- la gente ha roto en pedazos con su manada y sus comportamientos son cínicos y audaces. ¡No respetan las leyes! —exclamó.

—Es que desde aquí, —dijo Caro, se ve con cierta distancia y el paisaje te atrapa en su recuerdo. Ves una tierra ondulada, que se junta con la línea del horizonte y el espíritu de la manada está recordándonos a quien nos debemos. El pacto estaba sellado, los dos amigos entendían que su proyecto iba más allá de una letanía individual, deseaban poseer la tierra y servirla con los inquilinos que vendrían desde Barcelona, los niños, el gato y el perro.

—Será duro –dijo Lucas Boy. El cole se acaba la próxima semana y podrás instalar aquí a ellos, en la siguiente, luego le buscaremos uno en Vilanova. Allí –y señalo con el dedo- hay un terreno con viña antigua de una señora que vive en Barcelona, la próxima semana firmaremos un alquiler a diez años. Esa viña esta desolada, pero en cada junta de camino plantaremos rosales y mediremos la alcalinidad de su base para mejorar esas plantas que algunas tienen más de 50 años. Y aquí, desde este camino hasta allí arriba —señalo con el pulgar derecho— ira un sendero para que nuestros visitantes lo recorran y allí haremos la vendimia y participaran en el ciclo del vino todos nuestros clientes del hotel y siguió desgranando complejas historias de como crecer en un medio hostil dotado de tan solo sueños.

— ¿Comienzo mañana? –dijo Caro. Traeré una muda y herramientas y si me das algo de dinero comprare lo necesario para adecentar  la primera zona donde instalarnos.

—OK. Nada era tan tradicional como en épocas de crisis que los acuerdos surgidos de la potente voz de una amistad y los deseos de crecer. Los dos amigos confiaban el uno en el otro y el espíritu de la manada les protegía. En los tiempos tan difíciles que nublaban España, este espíritu estaba olvidado y trataba de resurgir.

—Le llamaremos al hotel: “Espíritu de la manada” –dijo Caro

— ¿No es poco comercial? –pregunto Lucas Boy

—Al final le llamaran “Espíritu”, —matizo Caro.

 «««

Me llamo W B –me dicen Webe-. He salido de la cárcel de mujeres –de Wad Ras-, y a pesar de mantener el tipo tengo miedo de caer en la droga. ¡Estás curada! –dijo el psiquiatra, pero él no conoce mi alma. Es altiva, loca, seduce y crea una carrera incierta con los hombres, se mezcla y corroe con el sexo y los equívocos. Desde que Luis F. falleció por el caballo, deje de inyectarme. Pero la cárcel es un espacio lleno de inmundicia y si conquistas algún corazón, o ella a ti, se supone que el pacto es de hierro. La almeja (1) está muy buscada y he tenido propuestas difíciles de resistir. La vasca (2) y los bemoles (3) están del otro lado del muro y durante tantos años debía improvisar.

En las duchas dominaba el bujio (4) del bujarron (5) con lo cual casi siempre me quedaba en mi cama para meterme los dedos. Ahora que estoy en libertad, aparecerán muchos y Lucas Boy detrás de su fachada, no creo que esquive chivar (6) conmigo.

 

Diez años antes

A Luis F le repugnaba todo. Desde una caja de cerillas comprada en un chino, hasta los melindros que servían en la cafetería debajo de su casa. Y por citar algo más, cada vez que tiraba de la cadena, su wáter producía un chillido que le reventaba el tímpano. Alguna vez hasta tuvo la tentación de meter la cabeza o la mano dentro para ver si había dejado olvidado o escondido desde hace años un paquete de droga. Como en aquellos programas de la tele americana que sacan lo insólito, o muestran a las señoras obesas, o los negros con cara estirada y marginal que hacen de público y sonríen como si aquello no estuviera en el guion. Para el, era un día definitivo y estúpido, quizás sabía que le quedaban cinco días, su reloj vital se apagaba y ni siquiera podía meterle mano a WeBe, o cambiar el agua del canario que presidia la sala, quien vivía sin mucho refuerzo de mijo. Y en este intuir que le quedaba poco, un colega le había traído una caja inmensa que había robado en un descuido en la Rambla, donde venden bichos, pájaros, peces y hasta iguanas prohibidas por la aduana. Y, ¿de dónde sacaba aquello de que le quedaban 5 días? Pura intuición como la taza del wáter, estar convencido que algo estaba allí y sobrevendría. Pero imaginaba su final al estilo de Freud, una dosis de 400 mg de morfina –y fin. Por ello había puesto un sello a cada una de las cartas para Lucas Boy, o We Be, donde relataba alguna aventura malvada, o un silencio, o una queja administrativa. Por poner, hasta metió un ticket en pesetas antiguas, del metro de Barcelona que en su tiempo usaba para ir a la fábrica donde mutaba en obrero y apretaba tuercas durante 8 horas. Ese día, quizás abriría su última Coca Cola, él la mezclaba con hojas marchitas de un té traído de Ceylán –la actual Sri Lanka- que compraba en la herboristería de la vuelta de casa, luego la colaba y le agregaba cubitos y un poco de pimienta. Y al beberse el jarabe,  despertaba durante unas horas, y aún era un tipo decente y chistoso. Con la mirada repaso por última vez, las cartas, el té con pimienta, la ropa que le pondrían ese día, tejano marca Levis, camisa tejana Levis y un aparatoso fular rojo para disimular sus entradas y la perdida de piel del cuello. Los que tienen el SIDA –pensó, son como cowboy antiguos. Ya no montan al caballo, no eructan, ni siquiera piden prestado y se van hundiendo en una perdida espiritual que les prepara al salto mental de la muerte. Con tranquilidad se puso sus gafas de pasta y releyó en voz alta la carta número 8 que había preparado para Lucas Boy:

«Esta mañana me he frito pescado, luego lo he abierto y dentro he metido una droga alucinógena que me ha transportado. Me sentía un coyote, y subía y bajaba praderas inmensas. El sol me deslumbraba, la carretera era recta y su pendiente se frenaba de golpe. Por la tarde he despertado con un fuerte dolor en mi cabeza y un corte en la frente, la sangre ya se había secado. El comedor estaba destrozado, tal vez al subirme y bajar de los muebles imitando al Coyote convertí aquello en el desierto de Nevada

¡Y créeme Lucas Boy! LA LUJURIA Y EL DESENFRENO ERAN TAN REALES QUE AL DESPERTAR ME HABIA ORINADO ENCIMA!  ¡Viva El Che!

Nota /consejo para reelaborar antes de enviar: Cuando vamos hacia atrás en nuestros deseos el corazón dormido despierta y nos juega malas pasadas. Luis F. hizo un visado encima con un lápiz azul de aquellos que utilizan los carpinteros. De trazado grueso le gustaba esa marca tan personal que confería sobre el papel, que consideraba debía ser poroso y recio comprado en una casa de dibujo. Consentía que su vida se acabase y aquel legado de cartas abriera una fosa en sus gentes, tal vez,  para transmitir un legado de incongruencias pero con fuerza, ante una vida  efímera, sustancial si uno decide vivirla, pero resumida e intensa si se aproxima la desaparición física. Se puso de pie y fue hasta el wáter, tiro de la cadena y el chillido cruel le confirmo que estaba en forma. ¿Duraría unos segundos? Por ello fue hasta un caballete e intento pintar, tan solo colores grises o claros, el pincel se arrastraba para sentir un ruido de oleo seco sin disolvente, poco a poco apareció una pradera, luego tomo con su mano derecha un carboncillo y escribió en la base:

RETOMO UNA NUEVA CURVA Y ESPERO AGAZAPADO QUE MIS EMOCIONES APAREZCAN  –y firmo Luis F. (-1 día).

 

Unos meses después, un mensaje en la web de los gays de California alerto que existía un hotel llamado “Spiritou” que “era cálido, suave y nostálgico”. A partir de ese momento, las primeras habitaciones disponibles y la agenda y las reservas del hotel subieron como la espuma. Para algunos la manada sería un aspecto secundario, pero la creciente presencia de visitantes pobló la zona de ruidos y voces diferentes.

NOTA:

  1. A) Slang carcelario

(1) Almeja: vagina. (2) vasca: la gente. (3) bemoles: testículos. (4) bujio: escondite. (5) homosexual. (6) hacer el amor

 

La Carpa Juanita

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Ayer me re-encontré en el Carnaval con la Carpa Juanita y pude hacerme esta foto. –j re

 

“Y así era proverbio antiguo: pisce taciturnior (más callado que un pez); y los egipcios, según Pierio, lo pusieron por símbolo del silencio; y Claudiano dice que Radamanto convertía a los locuaces en peces, porque con eterno silencio compensasen lo que había errado hablando: […] Quien solio ser locuaz más de lo justo y reveló los secretos es llevado a las ondas cargadas de peces: para que con su silencio eterno expíe su voz desbordada. (1)

Este rodeo laberintico nos sitúa en la trama, la desaparición del pez que preside una ciudad. En Vilanova i La Geltrú, existía una carpa que bebía vino de un porrón. Le llamaban la Carpa Juanita. Su dueño se fue a la mar y ella triste durante un tiempo guardo el secreto.

La ciudad respiro sobresaltada. Los locuaces, los parlanchines, ya no temieron al infierno, ni al castigo.

Con su marcha, un frio glacial perturbo el cemento que conduce al museo donde le alojaban. El cartel de la entrada palideció, el sendero que los colegiales, o que los turistas visitaban, se desdoblo ante las raíces de los pinos.

En la ciudad nadie cuestionó su marcha. Un rio de charlatanes fue aumentando hasta asfixiar al torpe y al inteligente. Solo el necio fue capaz de aguantar aquel aceite de mango que se adhería a cada mortal. La Carpa Juanita solo dejaría un recuerdo. Un grafiti al final de la calle antes de echarse al mar. Por poco tiempo. La compañía eléctrica prepara el cambio de esa sub-estación. El hachazo dejara los escombros. El viento y la brisa marina harán lo que resta del futuro.

La ciudad enferma de sabiduría, carecerá en el futuro de quien expíe su voz.

 

Notas:

(1)Sor Juana Inés de la Cruz. Extraído del libro del mismo nombre de Octavio Paz. Editorial Biblioteca Breve/Seix Barral

 

Capisayos: ¡Oh Carnaval!

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(CAPISAYO.- (Kitchwa: Kapisayu)) Vestidura corta, que servía de capa y también de sayo.

Es carnaval, (y este viernes comienza en (Vilanova i La Geltrú) mientras algunos se van a un baile de mantones de precios burgueses los demás (el astuto pueblo) salimos a las 11 de la noche a correr por las calles en comparsa, o de dos en dos. Y es aquí donde aparece la vestimenta, el capisayo, algo que nos transforma de civiles a bandoleros, o a nuevos guiris apartados de la vida rutinaria.

Dios dijo: “Que haya un firmamento en medio de las aguas, para que establezca una separación entre ellas”. Y así sucedió. Dios hizo el firmamento, y este separó las aguas que están debajo de él, de las que están encima de él; y Dios llamó cielo al firmamento. Así hubo una tarde y una mañana: este fue el segundo día. El Génesis (antiguo Testamento)

Por ello, este viernes separaremos las aguas de la peste; la lluvia se transformará en caramelos y las gentes no burguesas venidas de la rutina, saldrán de sus casas para agujerear las creencias por una semana; para dictar que la raza de los humanos es aun libre. Esa será la ciencia en una semana. Una nueva y rotunda abstinencia ante la rutina que practican las gentes durante el seco y frio año laboral.

¡Bienvenido Carnaval!

Hasta Puigdemont se peinará el flequillo. ¡Damos fe!

Nota: Para aquellos que son cristianos, no ofendemos al tomar nota del antiguo Testamento. ¿Y si ofendemos? Pues estamos ocultos bajo capisayos.

Growing: Aparece Sonia Dos Santos —02

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by j re crivello

Era de noche y abrí con la llave maestra que me había dado mi amigo el de mantenimiento de los servicios centrales del Ayuntamiento. Dentro hacia un frio de perros, subí por la escalera hasta la cúpula del Museo Balaguer y empujé una entrada pequeña que daba a un espacio amplio desde donde a través de unos ventanales circulares se veía una parte de la ciudad. De repente unos ojos inflados de color verde se abrieron a escasos diez centímetros de mi cara, el susto me echo hacia atrás y su risa invadió toda la estancia, luego se encendió la luz de toda la cúpula, la que escapaba por los ventanales y que tantos problemas le dio a la alcaldía por permanecer encendida día y noche, en su momento por protesta del Comandante. Vestía con un traje de militar color caqui, sin gorra y un pantalón que colgaba en el aire mientras el flotaba o se desplazaba dando giros. Sonreía, una y otra vez sin más. Una voz metálica dijo:

—Siempre te veo pasar por la acera, pero ahora cada vez menos. ¿Te has comprado un coche y ya no vas a Barcelona en tren? Quise decir que no, pero le veía de buen humor —y continúo. Al final, tú, el Growing y yo mantenemos la ciudad limpia de facinerosos. Y en un nuevo vuelo clavo sus ojos en mí a tan solo unos centímetros. Esa mafia rusa esta por ¡joder la ciudad! Tengo aquí un mapa que puedes consultar, el tipo que la dirige es un siberiano cargado de granos por todo el cuerpo y vive en el barrio del tenis.

—¿Y qué quieres que haga yo? —pregunte. En mi caso, vivía tranquilo, tenía un retiro, a mis 50 años y aunque aprovechaba el tiempo de manera desigual, para pasear en bici y coleccionar revistas de lolitas.

—¡Eso te ocurre a ti por meterte en revistas de porno suave! —Exclamó. De golpe había olvidado que leía la mente. Te estas ablandando y esta ciudad necesita polis como debe ser. Y voló hasta el final de la sala, vi que allí colgaba en el aire un móvil donde dicto en voz alta: ok google pon twitter. Sentí un clic en mi bolsillo y miré mi móvil para leer:

#Este hijoputa se ha ablandado y vivimos en la ciudad sin ley —el Cdte. A los segundos entro uno seguido de mi amigo:

#j rick ¡anímate! verás que la M rusa caerá —firmaba Grow. Lo que me faltaba —pensé, un tipo encerrado en una cúpula y otro que aparecía y desaparecía. El comandante regreso para deslizarse suave hasta detenerse delante. Se me ocurrió preguntar:

—Ud. conoce al Vivaldi, el del palacio que toca la flauta.

—¡Es un blando! En esta ciudad todos son blandos, se pasa el día tocando canciones, de fiestas patronales o carnavales y los mafiosos haciendo negocio. Le acepte la apuesta, solo quería saber si el me acompañaría, y dijo que él nunca salía de su fortaleza, que me presentaría a un tipo duro que vivía cerca del teatro Principal. Te lo enviaré por twitter agregó. Quise preguntar cómo estaba después de tantos años, sin vernos, pero su burla fue cruel.

—Los fantasmas estamos siempre iguales, amigo rick. Como las señoras que no quieren envejecer, nos parecemos, nos parecemos a ellas. La puerta sonó detrás y el aire de sus pulmones me empujó fuera. No tenía nada más que un nuevo ayudante para enfrentarme a la banda, pero claro sería un tipo duro al menos —me dije, mientras me consolaba. Salí a la calle, el frio maniataba hasta los saludos, al pasar a tu lado movían la cabeza y sus ojillos intentaban mantener el rumbo,  los meteorólogos anunciaban que una ola siberiana barría la ciudad. Me metí en un bar, casi al final una pelirroja cuarentona bebía chocolate y los labios se le embadurnaban dejando una rara sensualidad. Me envío una señal para que me acercara. Me senté y su tercer trago de chocolate volvió a regar sus labios mientras sus ojos brillaban. En una abertura del abrigo dejaba ver dos senos con un tercio que empujaban para escaparse parecidos a los globos de cumpleaños antiguo. En dos minutos estaba magnetizado por ese bello y antiguo estilo de mujer. Se secó los labios y mordió un churro azucarado que subía y bajaba hasta dejarlo hecho trizas. Luego dijo:

—Soy su ayudante. Me envía el Comandante. Perplejo solo me atreví a preguntar.

—Me dijo que me enviaría un tipo duro. Lo soy, pero soy mujer.

—Ah! —dije. Conversamos muy poco, pago su cuenta y le acompañe hasta su casa donde decía tener toda la documentación de la mafia. Al cerrar la puerta, desapareció el frio, bebimos dos wiskis y puso música. En mi interior bullía un: ¡j rick mantente firme!, ¡no te abandones! Ella puso dos carpetas sobre la mesa y me mostro todo el esquema de la organización. Cada vez que señalaba algo, sus senos parecían susurrarme: ¡Atrápame! Dije:

—Aquí hace mucho calor

—Sí, le veo muy abrigado —respondió

Lo último que leí fue: #Estoy vigilando a la Mafia. ¡Vente! —firmado Grow.

 

Primer libro de Growing. Amazon: A. Growing: “La carcajada y el sexo se parecen. Aunque son difíciles de imitar”

A. Growing: frío, menta con leche y líos futuros —01

Amigos, esta semana regresan las aventuras de A. Growing y su amigo j. rick

-j re

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La estación de Vilanova estaba vacía, el frío de este invierno seco y sin vida le llevaba a j rick de nuevo a verse con A. Growing. Dos años habían pasado desde aquel día en que resolvieron el asesinato de la rusa –su mujer, y pudo ver como su amigo reconstruía su vida casándose con su asistenta. La entrevista se había activado por la tarde de ayer domingo cuando en twitter recibió una frase

#Me ha llegado un mensaje del Comandante. A Growing

#¡Pero si un fantasma no puede usar twitter! —j rick

#No para de decirme que hay un muerto que “parla” —Growing

Y quedaron para las 10 de la mañana. J rick se sentó en la ventana desde donde se veía la plaza. El frio devoraba las gentes, iban casi con su estufa conectada al cuerpo, ¿Qué sería de su amigo? —se preguntaba abstraído. De repente un gigantón con un abrigo de lana raído que le llegaba a las rodillas se embutió en la silla, sus ojos se clavaron, y solo puedo decir: Hacetiempoquenonosvemos: ¡Hola rick!

Hola —respondí. A los segundos puso su botella de leche letona mezclada con menta de 20 grados en la mesa y sirvió. Pasada media hora nuestros cuerpos flotaban de calor y la botella estaba vacía. Había llegado el momento de hablar. Así era Growing, lento, perezoso y lleno de intrigas.  Me explico que la mafia rusa estaba tomando posición en Vilanova para dominar sus negocios de Barcelona y el muerto correspondía a un vecino que había descubierto un local del que no paraban de entrar personas.

—Yo les he estado vigilando toda la semana —agregó Growing, como si fuera el nuevo astro de los agentes secretos. En su cara la letona con menta le daba un colorido rojizo que contrastaba con su nariz que acababa en una redonda superficie como si fuera la de un boxeador. Argumente que su intriga nada tenía que ver con el fantasma que vivía desde hace años en el Museo Balaguer, que tal vez no existían conexiones y dije:

—Un fantasma es eso, un tipo o una tipa atrapado entre dos mundos y la mafia es una gente con muy mala leche. Para el los mensajes del Comandante eran los que nos obligaban a intervenir: “recuerda otros casos, entre ellos el de mi mujer”. Mientras decía ello pidió dos vasos de leche y dos copas de menta y las mezclo. Aquello ya me flotaba en la cabeza y solo pude decir que le acompañaría en su nueva investigación. Su cara se llenó de alegría, parecía regresar a los días en que descubríamos historias dejadas al azar. La charla derivo a los fantasmas de Vilanova, el del museo Romántico, la de la Torre de la Iglesia (la que vive dominada por la ira), la de la señora de la casa de al lado del Museo (envuelta de amor y fantasias), hasta que le interrumpí:

—He descubierto a otro fantasma.

—¿Dónde vive? Recuerdas un caserón-palacio de 1731 que hay camino del antiguo pabellón de deportes. Está en una esquina y cerrado. Pude entrar hace unos días y subí hasta su cuarta planta.

—¿Y? “Es un flautista”

—¿Un flautista? Los ojos de A. Growing parecían escaparse de sus orbitas. Y le relaté que me lo encontré de frente, llevaba una flauta y repetía canciones de Vivaldi sin parar, cuando se detuvo sonrió y dijo algo así como: “Mis manos serán las tuyas las veces que lo necesites, para hacer todo cuanto pueda y sacarte del abismo en el que estás”.

—¿Un fantasma que escribe frases? —sugirió Growing fascinado.

—Si —dije. Vivaldi es un fantasma que si le sigues no para de decir frases entrecortadas, y es inofensivo. Le acompañe por el palacio, mientras aquella casona se llenaba de su música y sus historias. Por la forma de mirarme comprendí que Growing estaba a punto de marcharse era de esa manera cruel que hacen algunos, me pongo de pie y listo, pero antes leyó su twitter en voz alta:

#Dile a j rick que le espero esta noche. Firmaba el comandante. Y Growing se puso de pie. Al verlo marcharse por la calle, el frio le movía la bata abrigo de lana mientras en un lado la botella de Letona vacía le alargaba sobremanera el bolsillo. Miré en dirección a la cúpula del Museo Balaguer, allí estaría el Comandante. Me puse de pie, me sentía alegre, al salir fuera el frio me despertó de aquella ensoñación, mire la lista de la compra: pan, cerveza, arenques ahumados, dos pizzas de atún. ¡Banalidades! —exclamé. Esta noche le visitaría.

#Mafia rusa, joder con Growing.

 

Nota:

Otra frase de Vivaldi: “Cuanto más hondo es el pesar y más oprimido se encuentra mi corazón, tengo la certeza de que te encuentras riendo en algún sitio que solo puedo observar en mi imaginación”. Fuente Link

Primer libro de Growing. Amazon: A. Growing: “La carcajada y el sexo se parecen. Aunque son difíciles de imitar”

A. Growing —y nueve

La historia ya casi se acaba, amigos. Luego será libro en Amazon —j re

A. growing

Al día siguiente me levanté un poco resfriado, tanta lluvia del pantano me había desequilibrado, llamé a mi trabajo y decidí leer algunos trozos del diario de Svetla que me  entregó Grow. No tenía fechas eran apuntes dispares que me permitían entrar en su mundo, Svetla hasta ahora era una personalidad que había reconstruido a partir de los relatos masculinos: el Comandante, Papa Xico y Grow. También al ser un diario de relatos no comprendía si era verdad o tan solo fantasía de su dueña. En Lenta Destreza, ese era el título, se veía una pluma cálida que describía un encuentro con quien tenía sospechas de ser su asesino pero ninguna prueba, me llamaba la atención su retrato desde donde ella se observaba como si fuera parte y a la vez escritora de la vida.

Svetla ni atrevida, ni siquiera intensa, dejo caer sus nalgas en una silla de color marrón, de madera y paño desgastado. En ese mismo espacio, pensaría, le hubiera gustado montarse en un antiguo amor. Y sentir que uno se despoja en tan poco, es una aventura efímera. Mientras, él estaba fuera, ella había descorchado una botella de tres cuartos, un tinto, joven y afrutado. del Penedés. Sin fama de gran vino, pero nacido en una viña donde las ondulaciones de la tierra acaban en el mar. En las ricas villas costeras de Vilanova o Sitges. Muchas veces al estar ebria, con las botellas a sus pies, soñaba que le vestían de miedo, de quedar borracha y necia. Hoy estaba en una casa extraña, nueva. Su dueño era mayor. Y se suponía que dejaba en un interrogante su matrimonio. O, ¿tan solo sumaba una aventura más? Mientras esperaba a quien intuía le cerraría el paso, a su lado, en una mesa bien cuidada y dispuesta -en un plato habían un trozo de pan, aceite y ajo. Tenía apetito. De amar, ¿o de follar? Pero desde esta silla –la de una singular espera- podía ver una pradera verde que se rompía en la autopista a Barcelona y se decía a sí misma: “desde ese increíble y absurdo día no le había visto más que de tanto en tanto”. Fue en aquel invierno –de hace un año, y la viña estaba seca y los terrones de tierra se rompían casi juntos al fin de la hacienda.

“Nada era tan estúpido como amar desprevenida de gracia” –dijo en voz alta. Nada era tan increíble, cómo desde esta incomoda silla dejarse abandonar en el sueño de alguien, que no sabía, si se parecía a una avispa llena de miel o al completo silencio. Detrás de ella sintió un leve sonido. La puerta grande dejo escuchar un murmullo. A tan solo unos segundos escuchó: “Hola”. Un tipo no muy alto y frio estaba  en el rellano. Svetla no se inmuto, o intento disimular pero su corazón latía despellejado. Abandonada a su suerte, respondió:

“Hola”.

Papa Xico traía en sus manos cebolletas tiernas para asar. Le miraba dudando, o tan siquiera resignado a la propuesta difícil de cumplir. Nunca había sido amante de alguien más joven, ni de una casada. ¡Y menos de una extranjera! Ella dijo:

Ya hochuest. Él le miro. Ella atrevida e ingenua tradujo del ruso: “tengo hambre”. Podrían haber dejado allí sin más lo que les rodeaba para que fluyera ese intenso deseo, pero él agarro una silla y la puso casi enfrente de aquel archipiélago que su visita había construido. Y… le sonrió. Ella retiro la pierna izquierda que flexionaba encima de la silla y con un deseo intenso y atrevido, igual le sonrió. La sed de agua del viñedo en un julio, relleno de sol y sometido a violentas olas de calor, daban a la cita un sentimiento pasado. Pero esa particular colonia de néctar –de allí fuera- crecería rápida y dispuesta a madurar antes de septiembre. Ella dijo:

Tymolodovyglyadish. Y tradujo: “luces joven”. El estiro su mano hasta dejar que rozara en su piel. Otra sonrisa volvió a salpicarles. En esta tierra de cálidos inviernos y veranos de sol, la vid rodea con su extraña pericia a sus pobladores. Ellos tejen, creyendo ser los dueños de la espuma de sus caldos, pero la madre tierra hábil les convence de estarse quietos, unos con otros. Luego, los lazos de amor se empecinan en encontrarse. Testigo es el agua que bulle en la playa. Cada segundo, cada porfía de esta brillante e inagotable sed.

Me quede un rato absorto era la primera comprobación de la relación que mantenía con Papa Xico, decidí pasar hojas distraído para detenerme en otro pasaje más directo y relatado en primera persona:

Me había quedado tirada aquí, en un coche, de algún amante fortuito, de carretera, y él se había marchado. Serían las tres de la madrugada, fuera era verano y mi colega no estaba. La carretera era un punto largo y oscuro que se alteraba de vez en cuando el paso de algún camión. Olía fuerte y… desagradable este espacio tamizado de cuero y restos de cervezas. No recuerdo que había pasado o casi. Logre verle en un bar, me solté el pelo y baile en un grupúsculo de aquellos que se juntan en la calle del Pecado de Sitges. Luego el me invito a su coche y el alcohol me hipnotizó hasta despertar dentro de este coche, encima del macadam de cemento. ¿Y el tipo?, ¿se habría marchado? Mis bragas estaban rotas, solo recuerdo, desvestirme y el también, luego como le lamía sus pechos y por su parte amarrarme, pero con unos modales estilizados y suaves, pero ¡ay madre! Luego su sexo vigoroso y largo batiéndose salvaje. Sé que repetimos esa madeja anudada con camaradería ¡casi dos veces! De tanto trapo y fortaleza, yo me caería de lado, dejándome ver su mirada de éxito, de brío y luces, cual parecido a torero de plaza lleno de sangre. Y aquí estaba, despierta, a las tres ¡en la realidad! Algún otro recuerdo brotaba, tal como que mi menstruación le había manchado su pantalón blanco y aquella camisa ¡horrenda de botones dorados!; de auténtico chico de la noche. Pero ¡que narices! Yo estaba manchada de sangre, regada de polvo blanco y líquido, ¿y el tío?, no le veía. Me baje, recorrí los alrededores de aquel camino, un poco más adelante estaba la playa. Las olas eran de final de verano. Iban y venían con fuerza. Todo estaba vacío y oscuro, al no haber casi luna me guiaba por el ruido de fondo. Sin saber que hacer vagabundee un rato, luego regrese hasta el coche y cerré la puerta. Habría pasado una hora, ya más repuesta, preferí caminar y alejarme de aquel estúpido incidente. Aun me daba vueltas la cabeza, y sentía un leve cosquilleo. ¿Qué hacer?, estaba asqueada y me sentía inservible. Camine hasta una gasolinera cercana, llena de remordimientos llame a mi marido. Grow me recogió sin preguntar, ni confesar su dolor. Esa noche estuve un buen rato en la ducha, luego comí un poco de ensalada de arroz. En mi diario escribiría.

 02/05/00

“La calle del pecado estaba llena de un tipo de sexo alegre y bravucón. Una vez acabado, sentí un gran desprecio de mí misma. Pero en aquel infierno, debo decir que antes pase un momento fantástico. ¿Y el tipo? ¿Cómo se llamaba? ¿Carlos? Sí, creo que ese era su nombre. Me debía una, iría a verle ¿para qué? Cerrare el diario y me iré a dormir con mi marido”.

 

 

Growing —y ocho

 

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Eran la tres de la tarde, el cielo estaba encapotado y Grow me había citado en el pantano, en aquel espacio que estuvimos hacia unos meses, en la pequeña isla de la tumba de Svetla. ¡Qué sitio tan cargado de recuerdos!;  además la última vez me había quedado completamente mojado y hoy  por alguna extraña razón el cielo estaba negro y zumbaban truenos amenazadores. En el camino comenzó a lloviznar, esta vez llevaba un plástico con capucha y un buen paraguas. Aparque el coche, al ver cerca su Jeep. El sitio estaba desolado y triste, eran días de casi invierno y la lluvia espesaba con fuerza. Subí por el descampado y al descender  le vi al final, donde el montículo se elevaba y permitía ver el lago. Estaba sentado en el banco frente a la cruz. Desde allí el lago era un terrón de azul intenso y estaba cargado de un mal gusto, mientras olas pequeñas y grises daban una atrevida pintura de ansiedad. La curvatura de las montañas al inclinarse, nos parecía dejarnos aún más solos. Le salude. Nos estuvimos un rato en silencio. El me pasó la botella de Letona, la tenía agarrada en la mano derecha, sabia a alcohol de quemar con leche. Me dio asco. Al bajar por el esófago ardía de manera brutal. Allí sentados y con esa lluvia fina y densa que se esparcía en el plástico, me imaginaba una existencia donde maldecíamos una mezcla de pecado y soledad.

— ¿Estás bien -pregunte. Él se giró hasta dejarse ver. Su mirada estaba triste y ausente. La parte verde del cristalino se derretía de cansancio. Y agregué:— A veces comprendo que además del asesinato, no tengas ganas de aceptar el recuerdo de sus infidelidades.

— ¡Lo que me jode! -dijo. Es que se lo hacía con un tipo que luego le mato. Y, ¡no pude hacer nada para salvarle! Aún hoy me digo, que le amaba hasta convencerme de perdonarle todo, inclusive, hasta aquellas ausencias. Decidí volver a preguntarle algo que ya me había confirmado pero seguía escociéndome:

— ¿Ella se marchaba más de una noche?

—Pues si -dijo, un poco melancólico y con cara de estar arrepentido –y agregó— en los últimos tiempos lo nuestro no dejaba de ser una compañía a la cual ella se sometía a sí misma para no caer en las manos de él.

—Grow –dije, él –no me atrevía a introducir el nombre de Papa Xico—, también habla de sus sentimientos de cansancio, de su irregular constancia. Me ha dicho: a veces le deseaba, a veces le hubiera quitado de en medio.

— ¡Eso dice el muy cabrón!  “Si” -respondí.

— ¡Pues miente!, ella era muy delicada y suave, tal vez un poco exagerada en sus sentimientos y en… su sensualidad, pero pasado esto, siempre respondía con franca y sincera alegría. Hubo un silencio y luego dijo: vámonos de aquí mientras se levantaba del banco. Ven, acompáñame.

—¡Nos vamos a poner un desastre de agua!. Comenzaba a llover con gotas grandes que hacían ruido. Elagua del lago se habí rizado y se desplazaba hacia delante y atrás amenazando a la isla, pero él quería caminar bajo aquel espanto de tormenta.

–Ven, te quiero mostrar algo —dijo Grow.

— ¿Dónde? -fue mi pregunta . “Sígueme”. Caminamos hasta un montículo más alto desde allí se veía todo el lago, yo temía que un rayo nos calcinara, estuvimos debajo de aquel diluvio un buen rato, y luego dijo:

—Vamos hasta casa. Tengo allí un diario de ella.

Al llegar a la casa de Grow espere unos momentos en su puerta, al poco rato apareció, traía en sus manos algo. Estaba envuelto en papel de periódico, lo desenvolvió y me lo entrego. Era un diario encuadernado con tapas de cuero, lo abrí y pude comprobar unas letras suaves y apaisadas, en tinta de plumín. Y mezcladas con recortes y dibujos alegres, muy, muy coloridos. Le mire. Él dijo:

—Era su diario, nunca me he atrevido a leerlo. Espero te ayude. La cita se había acabado. Antes de irme, pude ver a la señora que le limpiaba y cocinaba, ella me saludo y yo respondí moviendo la cabeza. Era una mujer recia y de cara redonda, y de pestañas y maquillaje alrededor de los ojos en negro al estilo del cantante M. Bose. Me recordó a una chacha que tuve cuando niño, se llamaba Doña Fernanda. Siempre me viene la misma estúpida anécdota: yo aparezco subido en una terraza y desde allí  viéndole en la calle; el viento de ese día le levantó las faldas dejando ver aquel armazón femenino que utilizaban en los años 50. En el caso de mi amigo Grow, tal vez ella representaba: carne, misterio, y un señuelo, un mundo de intriga y devoción con el sexo que cultivamos los hombres.

Growing —y siete

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by j re crivello

Un mensaje en twitter decía:

#El Comandante está muy alterado desde tu visita. ¿Puedes venir? –firmado tu colega del Museo.

Visite la noche siguiente al Comandante, entre tranquilo, por la misma puerta. Se veía una iluminación inestable – mi amigo me había prevenido que la ira le imponía encender y apagar las luces continuamente. El alcalde estaba preocupado por su comportamiento y por lo que dijeran los vecinos; los estudiantes de informática -al frente- ya creaban bromas al respecto y las adjudicaban a la alcaldía. Está vez me senté más cerca de la caja de cartón, al intentar tocarla apareció su imagen. Llevaba un traje militar gris con botones dorados y en sus hombros unas charreteras de color dorado rodeadas de hilos que se despegaban suaves de su centro. Esta vez no tenía puesta su gorra militar, lo cual me permitía ver dos surcos de piel y una ola de cabello gris ondulado. Tampoco llevaba condecoración ni fajín y estaba más sucio y demacrado; además en la parte de arriba, su camisa estaba abierta. Pero su rabia y malhumor –pude comprobar nuevamente, no decaían.

— ¿Por qué no hizo lo que le dije? –bramo. No he tenido tiempo –respondí de una manera ambigua y cansina; recordé que me había pedido visitar la casa del lado. Ello no le calmo y volvió al ataque y agregó: ¡llevo días esperándole!

—Mire, en este tiempo, he buscado información sobre Svetla, y he tratado de unir algunas noticias sueltas –dije- para agregar: — si Ud. la conocía, ¿podría describírmela mejor?

—Era dulce y amiga. Me visitaba todos los jueves y siempre insistía en que debía aceptar mi rabia. Con su paciencia, me impulsaba a pensar repetidas veces respecto de mi situación. Se sentaba en el mismo sitio donde ahora esta Ud. Aún recuerdo como un día me dijo:— algún día me iré para siempre y quiero que estés preparado. A lo que le pregunte:

— ¿Por qué debería estarlo? Ella respondió entre despreocupada y seria:

—Para no sufrir y reconciliarte contigo.

—Svetla no comprendía –prosiguió El Comandante- que mi rabia es eterna, no puedo darle fin, su causa y razón es ¡tan humana! La época en que desaparezcan los hombres y mujeres, será el momento de marcharme. ¡Con vosotros! Repitió con fuerza y se quedó inmóvil. Y ante mi sorpresa encendió un cigarrillo, al fumar, el humo escapaba sin control por su cuerpo, lo que le daba un aspecto extraño. Al mirarle podía ver unos ojos impregnados de una cierta nostalgia. Aquel espíritu me conmovió. Le pregunte:

— ¿Qué necesitas para que abandones este sitio?

—Ni la bondad de Svetla lo hizo posible –respondió, dejando escapar otra dosis de amargura.

— ¿Y si voy a la casa del lado? –dije.

—Allí se reirán de ti -respondió.

— ¿Porque? ¿Qué o quién hay allí que te impide encontrar ayuda en tu rabia?

—Allí está instalada la alegría y como tal, su ironía es dolorosa -dijo.

—Por cierto, me darás el libro -insistí al verle un poco débil y asustadizo.

—Si prometes volver, te prometo que te lo entrego –dijo. Deduje que estábamos en la misma situación, pero busque un compromiso: “dejaras las luces en paz, por aquello del alcalde, sabes”.

—OK –respondió, para agregar con una cara de resignación: Svetla buscaba el amor y en ese camino siempre equivocaba el paso. Salí de aquella habitación, nuevamente sin nada.

 

Growing – y seis

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Amigos se acerca el final, luego será publicado como e-book en amazon -j re.

A Papa Xico le tenía delante. Había aceptado entrevistarme ante su insistencia en twitter la tarde anterior. Era mediodía y nos encontrábamos sentados en el porche de su casa, ambos mirábamos fijamente el ocre de las viñas, la cosecha estaba recogida y daba a este territorio un aire más invernal, a pesar que el frio de cada año demoraba aún en aparecer, y los azucares de la uva ya estaban guardados celosamente en las barricas del Penedés. Entre nosotros, se interponía una mesa de un mármol austero. Toda la decoración era muy ligera, estábamos en un porche y en la pared rebotaba el eco de las palabras de mi interlocutor. Al verle, ¿era miedo o frio lo que me calaba los huesos? Papa Xico comenzó a hablar pausado pero mirando en una cuerda fina que giraba entre sus dedos:
—El primer día que vi a Svetla, fue una noche cerca de la Torre Blanca de la iglesia al final de la Rambla de Vilanova, aquella que sobresale a su lado en el centro del pueblo. Ella salía descalza y con los zapatos en la mano. Hacia un frio de morirse. Yo pasaba en mi coche y me detuve sin más. Del lado derecho, al bajar la ventanilla, logre atraer su atención. Ella intentaba calzarse. Al intercambiar nuestras miradas, su alma se detuvo y yo le correspondí abriendo la puerta del coche. Ella se sentó y sonrió. Me sentí joven y solo fui capaz de traerla hasta esta casa. De la entrada de esa puerta –señalo con la mano derecha- hasta el comedor ni siquiera nos miramos. En ese espacio de tiempo le pregunte si tenía hambre y ante su respuesta me puse a hacer unos huevos fritos con chorizo casero. Fui hasta la despensa y traje una botella de vino. ¡Era nácar aquel caldo! Condensaba la viña que Ud. ve delante hasta perderse en el infinito. Casi no hablamos. Ella dijo que estaba cansada y miro en dirección a una de las puertas. Yo, dibuje un pasillo de hambre. Llegamos al dormitorio, no recuerdo si le seguía o ella me empujaba. Allí se estiro encima de la cama y al mover sus labios, escapo el impulso que dentro llevábamos prisioneros. Pero desafortunado o no, le vi desvestirse lentamente hasta dejar que sus piernas se abrieran o cerraran, o tal vez estaba ciego e imaginaba una ondulación tibia. No pude más que pensar, que le aceptaría en mi torpeza. A mi edad –hacía ya más de 20 años de encontrarme convencido que las mujeres estaban para servir o ser temidas. Pero, ¡pobre de mí!, me despertó una extraña furia. Tal vez, se sirvió de mi dificultad. En aquel difícil trance, no me atreví ni a tocarle, deje mi ropa ajustada y colocada en hilera. Si era capaz de retenerme, le llevaría a ver su error y ese sueño se diluiría sin más. Pero no, ¡créame! En unos segundos le mordería sus nalgas, frías y lisas. Bese su boca y su lengua me anudo hasta arrancar todos mis miedos y dejarme en un calor convulso, ¡y nuevo! Cuando estuve dentro creí haber desaparecido. Pero ella se inclinó, colocándose encima, dio unos saltos y gimió. De mi parte me deje llevar. El cadalso, la miseria mezclada con mi dependencia aparecieron. Desde ese día cada noche que le veía, en cada cita, o cada vez que la viña crecía y daba azúcar, esa rara salsa me recordaba sus visitas; su brevedad; su intensa manera de cabalgar encima, sin dejarme oír los ecos de mi soledad anterior.
—Y Ud. ¿qué le decía cada vez que ella le visitaba? – después de esa descripción, me dije, que podía preguntar. La escena descrita, ¿era un deseo o una tortura? Papa Xico seguía unido a esa cuerda que movía en sus dedos, pero respondió:
— ¡Déjame en paz! –le gritaba. Multitud de veces, le negaba pero ¡le ansiaba! Una y otra vez, no hacíamos más que repetir la escena de la primera noche. La resumiría tal como: ¡un poco de vino, otro de tocino y el secuestro del tórrido bastión! Hasta que por la mañana desaparecía. Y en mi caso, la siguiente noche daba vueltas alrededor de sus recuerdos, olía el perfume dejado en las sabanas, registraba alterado los mínimos espacios donde se había sentado.
— ¿Y nunca hubo un cambio de guion? –pregunte.
—Bueno, la última noche me resistí. Ella se enfadó y rompió la botella de vino contra el suelo  –dijo Papa Xico. Un silencio le detuvo. Para ayudarle, introduje la palabra: “¿Y?”, seguido de repetir su frase “en aquella última noche rompió la botella…”
— ¡Ah! –su cara y ojos se expandieron para continuar diciendo: no recuerdo casi nada de aquel momento, por alguna causa mi cerebro está en blanco. Se puso de pie. Pude verle mejor que otras veces, era más ágil que los de su edad. Desapareció dentro de la casa y regreso pasados unos minutos, llevaba en sus manos unas fotos. Mire –dijo. Eran unas fotos en blanco y negro. Svetla aparecía desnuda. Una mujer guapa, de carnes rosadas y sin vello en el pubis. Extraña delicadeza pensé, para preguntar:
— ¿Quién las ha hecho?
—Fui yo –dijo. Hice un gesto de sorpresa. Luego agregaría: Le veía tan bella que deseaba inmortalizarla. Una noche al dormirse le saque estas fotos. Volví a mirarlas e intuía que tenía razón, parecía dormida.
—Si quiere puede quedárselas –dijo. ¿Qué podía yo hacer con esas fotos? Mujeres desnudas ¡había la tira en los tiempos que corren! Mire nuevamente las fotos, por si algo me llamaba la atención. En todas aparecía en una cama, a su alrededor objetos sencillos me obligaban a centrarme en ella. Pero, ¡que narices! Me asalto una duda: no serían fotos hechas ¡una vez muerta! Mientras más me detenía, más convencido estaba de estar ante una persona muerta. ¿Cómo le preguntaba a Papa Xico, lo que estaba viendo? Transforme mi cara a una suave sonrisa, luego hice un gesto de despreocupación y sin mirarle directamente y en voz muy baja le dije:
— ¿En qué época se las hizo? –vaya que pregunta de tipo reprimido y mojigato, pensé.
—Al comienzo de nuestra relación –respondió y prosiguió- creo recordar que aquella noche ella había bebido mucho y yo pensaba que esa situación ya no se repetiría. Yo deseaba, tener un recuerdo.
—Pero aquí parece muy… dormida –dije intentando no incomodarle.
—Sí, es verdad –respondió con esmero y precisión- tal vez, es la luz blanca que daba sobre ella. Si tiene Ud. razón, muy… dormida.
—Veo que coincidimos –dije. Intentaba reponerme de aquello. ¿Tenía en mis manos las pruebas de su muerte? O, tan solo las fotos de alguien fallecido que se presentaba desnudo y sin rastros de violencia.
— ¿Puedo quedármelas? –pregunte. El asintió con la cabeza. Si era el asesino, yo lograba recuperar algo que uniera ambos momentos de la historia, levante la vista y el repasaba las hileras de vid subiendo y bajando la cabeza detrás de cada ondulación. ¿Usted ha ido al cementerio a visitarla en estos años? -pregunte.
—No está enterrada allí -respondió. Su respuesta coincidía con la de Grow que me había mostrado una caja con unas cenizas en la isla del pantano.
—Y, ¿Ud. sabe dónde puedo ver su tumba?
—No lo sé –Papa Xico estaba serio y tranquilo- pregunte en la policía, ellos fueron quienes la encontraron – insistió. Parecía que realmente no conocía el paradero de Svetla. Su cara era una mezcla entre irónica y perversa, pero el cabello que aún le quedaba, estaba localizado alrededor de las orejas y le acentuaba un aspecto descuidado. ¿Guarda de ella algún recuerdo u objeto más? -pregunte.
—Lo que poseo son recuerdos y regalos muy personales, que no puedo compartir – respondió, como deseando dar por terminada la reunión. De hecho, se puso de pie, pero agregó—: venga le mostrare algo. Recorrimos una suave colina y al final de las hileras de vid, en un descanso estaba una cruz clavada en el suelo y un banco de madera. El insólito refugio me recordó al del pantano, es más. ¡Era idéntico! ¿De quién es?
—De Svetla –respondió con cara de ofendido.
—Pero ella… ¡no puede estar aquí enterrada! –exclamé.
—No, pero al no saber cuál había sido su destino –dijo Papa Xico-, hice este pequeño espacio para recordarle. El suelo de tierra estaba lleno de hojas, los tonos ocres y una brisa de otoño les empujaban sobre la cruz, dando a aquel espacio un cierto desencanto. Desde esa pequeña colina largas hileras de vid se metían en el horizonte.
— ¿Ud. le amo mucho? -pregunte.
—Quizás, o… le odie también –dijo Papa Xico y continuó- los días que han pasado desde el momento en que se fue, han sido lentos. Me siento un esclavo, de su recuerdo. Inclusive, aún sus demandas de sexo me despiertan por la noche. Le veo como si estuviera presente. Tan rosada, de cara de pan y abundante atractivo físico. Es tan real que si no se hubiera muerto, quizás habría perdido la atracción y potencia por el paso del tiempo. Es, como si le comparáramos con Kennedy, ¿Vio?
— ¿A qué se refiere? -pregunté.
—Al hecho, de cuando le recordamos, es un mito de la juventud, de la carencia de errores, es una ilusión incomoda pero real –dijo al comparar el presidente fallecido con su amor.
—Ella, ¿es para Ud. una ilusión incomoda? -pregunte.
—Sí. Me arrebato al recordarla, tan atractiva, y aún hoy me produce un alocado deseo de… Papa Xico se detuvo ante un espacio al que no estaba dispuesto a atravesar.
— ¿De? –insistí, veía que rozaba una amarga confesión, pero se resistía envuelto en esa brisa que movía las hojas del viñedo produciendo una catarata de sonidos singulares.
—Hace frio –dijo y comenzó a caminar mientras proseguía hablando y moviendo los brazos mientras señalaba a su alrededor. Esta tarde vendrá la lluvia y el viento, se llevaran parte de las últimas hojas. Dentro de tres semanas podaremos la viña. Si necesita algo llámeme. Puede salir por esa fila siempre recta hasta dar con el camino y su coche. Antes de marcharme le convencí para pasar por su casa y llevarme las fotos.
Al llegar a casa, esta vez no utilice twitter, sino vía e-mail le escribí un mensaje a Grow:

#Creo que Papa Xico mato a Svetla, pero no tengo pruebas. Solo sus recuerdos y alteraciones mentales me dicen algo. Nos veremos pronto. J rick.

Estaba en un callejón sin salida. Parecía cierto que ella había tenido una relación con Papa Xico, pero no me cuadraba su fuerza y vigor sensual con la que me transmitía Grow. ¿De quién era la real imagen sobre Svetla? O, quizás era ella dos carnalidades desiguales, me reí un buen rato de esta conclusión, pues esto de las carnalidades desiguales era muy del mundo cristiano cuando hablan de vírgenes inalterables pero de gran voluptuosidad. ¡Alguien debía saber más sobre ella! Pero ¿quién? Y, ¿si volviera al Comandante del Museo y preguntara algo más sobre ella? Y, ¿el cadáver? ¿Sería el mismo que las cenizas del pantano? Decidí consultar con una amigo forense respecto a las fotos, por si el veía algo en ellas que explicaran su muerte. Suponía que Papa Xico le había hecho esas fotos el mismo día que la asesinó.

Mire en twitter. Había un mensaje.

#Cuando podemos la viña le espero. Es un día especial y preparamos este trabajo con una buena mezcla de jamón, butifarras y salchichón y, el vino de hace años. El brote próximo está atado a lo que hacemos en el pasado. En esta comarca lucimos la buena añada y escondemos el resultado mediocre con la pérdida. Ya se irá dando cuenta. Papa Xico.

 

Growing —cinco y 3/4

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by j re crivello

Grow detuvo su coche frente a la estación, le vi entrar y llegar a mi mesa. Me pidió le siguiera, le veía agitado, por sus gestos deduje que deseaba mostrarme algo. Fuera hacia un día terrible, llovía intensamente, ambos nos montamos en un Jeep antiguo con un techo de lona lleno de agujeros. El agua corría por aquella balsa sin más, solo le superaba el ruido intenso y difícil de un motor antiguo que tiraba en la proa.

– ¿Hacia dónde vamos? –pregunte.
–Al pantano –fue su respuesta- mientras intentaba encajar la tercera marcha. A la salida de Vilanova por una estrecha carretera a espaldas del mar se subía en dirección a la montaña, hasta dar con un pantano antiguo que regaba la zona. La ciudad le tenía cerca, pero ignoraba esas 2.000 hectáreas de masa de agua, ni siquiera turistas ni pescadores se acercaban, si alguna vez, grupos de adolescentes montados en su moto quienes trepaban hasta ese extraño paraje que más bien servía de riego a los últimos agricultores de la comarca. Después de dar varias vueltas logramos llegar a una especie de mirador que se prolongaba en una lengua de tierra. Algunos le bautizaban “la isla”, desde allí las vistas eran magnificas. Al Salir del Jeep, la lluvia mojaba con tal fuerza que nos impedía ver el camino. Él dijo: “por allí”, y continuamos a pie. Le pregunté:
– ¿Se puede saber que buscamos?
–La tumba de Svetla –exclamó mientras el agua le corría por la cara.
–Y… ¿piensas que está aquí? –mi pregunta era un poco retórica. Yo sentía como el agua me bajaba por el pantalón y llenaba sin más cualquier espacio y sentí un poco de frio, pero si me echaba hacia atrás, me perdería una de las pistas más fiables de la rusa. Al girarse su cara empapada repitió en voz baja:
–Yo la he visitado otras veces. Delante de nosotros un denso bosque nos cerraba el paso. La lluvia estaba dejando su gabardina hecha un asco. No había reparado, cuando ni como, pero en su mano derecha llevaba dos herramientas, una pala pequeña y una tijera de podar. La cerrazón de los árboles y las nubes bajas cubrían el espacio de un denso gris, oscuro y solitario. Le seguí, parecía ir por un sendero estrecho al que de vez en cuando le tocaba podar las ramas que nos cerraban el paso. Llevaba las botas encharcadas, a cada paso me resbalaba, primero en un descenso suave, luego a continuación en una subida escarpada. Al dar la última curva un claro despejó el terreno y desde allí pude ver el lago, delante de nosotros, una hoja de agua plateada y encrespada por la tormenta se extendía dentro de un valle de atrevidas formas. Aquel paisaje tan agreste e indómito parecía convivir con Vilanova y sus habitantes no sentirse participes. Hacia el final daba un salto anémico al cemento lleno de muros y edificios de cinco plantas de la ciudad, y posteriormente aparecía el mar con un lecho hondo de sal y espuma.
–Ves, ¡está allí! –gritó. Una cruz blanca y un banco de madera a un metro, asociados a una roca alta y redonda. “Yo la puse allí” –agregó-.
– ¿A Svetla? –pregunte.
–Cuando murió y me entregaron sus cenizas decidí traerle hasta este descampado, junto a ella deposite algunas cosas personales. Amigo j rick, ha llegado el momento de recuperarlas. Y, dicho ello, Grow se puso a cavar como poseso en la parte delantera de la cruz. La tierra y el barro se separaban como cuentas antiguas, su gabardina rozaba el suelo y arrastraba todo lo que corría a su alrededor. A medida que profundizaba, el foso se llenaba de barro y el lago grande parecía tener envidia ante el charco que Grow formaba con su tarea. Pasados unos minutos se detuvo. Estaba como transfigurado, lleno de sudor o simplemente empapado, me miraba exhausto como diciendo: ¡La encontrare! Extrajo la botella de Letona y se sirvió un trago y me invito. No supe a qué categoría pertenecía la mezcla, pero al beber me ardía todo el esófago. Le pedí me dejara cavar. Hice dos ademanes más y la pala dio con algo metálico. El me aparto, se metió dentro del foso agachado para continuar cavando con sus manos. Al poco rato una caja de acero no más grande de 30×30 estaba fuera del foso. La llevamos hasta el banco, luego busco una llave en su bolsillo. Al abrirla, dentro encontramos una urna que supuse contenía las cenizas de Svetla y a su lado un paquete. Él intento abrirlo, tiro de una punta, de la otra, pero no pudo más y le dejo caer. Lloraba desconsolado, de pie, con la lluvia deslizándose en su inmenso abrigo. Pude abrir el paquete e intente hacer un recuento de su interior: un zapato; un sobre; dos amuletos y una caja pequeña. De ella al abrirla apareció un anillo de piedra fina que brillaba en aquel osario, sometido al viento, la tormenta, al barro y la soledad.
– ¿Y esto? Me giré hacia él y le mostré el anillo. El me dio a entender que era lo que buscaban los cuatro hombres esa noche.
–Vale una fortuna, antes de venir con Svetla lo robamos y lo introdujimos en España -agrego.
–Y ellos ¿cómo lo sabían? –pregunte.
–Nunca pude explicarme como se enteraron. Dos noches antes de su muerte se presentaron en nuestra casa y con amenazas desmontaron nuestras cosas, nuestros muebles. Nos amenazaron si no se lo entregábamos. Svetla luego me conto que no quería perderlo y lo había escondido en un museo de los que visitaba. Cuando le asesinaron pude encontrarlo y enterrarlo con ella en este pantano.
– ¿Y los tipos? ¿Se fueron sin más? El me miro y dijo:
–Insistieron hasta comprobar que yo no lo tenía y se marcharon.
–Demasiado fácil, Grow –dije.
–Fue así, ¡no tengo porque mentirte! Ellos merodearon sin poder encontrar aquello. Les explique miles de veces que ella se había llevado el secreto a la tumba, que podían matarme, que me daba igual. Es que luego de su muerte… ¡me daba todo igual!
–Entonces tu conocías a quienes le asesinaron –pregunte.
–No –su respuesta me desconcertó- desde hace años, pienso que no fueron ellos. Alguien se les adelanto, alguien que tenía otro interés.
– ¿Cuál? –razoné en voz alta ¿Qué otro móvil le llevaría a alguien planear su muerte?
–Nunca fui capaz de descubrir quién podría ser. ¿O, porque le hicieron daño? –añadió Grow.
– ¿Tu conocías de su relación con un hombre mayor, de nombre Papa Xico? Era aquel el momento de preguntar, o de explicar lo que había descubierto en mi larga charla con Papa xico Se dio vuelta e imagine que aquella confesión no le gustaría.
– ¿Te refieres al tipo de la cooperativa del vino? -afirmó.
–Bueno, sí.
–No me lo creo –respondió él, con cara de tristeza. Tal vez se resistía a ver que su amada había unido alguna vez sus sentimientos o tan solo su sexo con un extraño. Por ello agregue:
–El posible amante, me ha reconocido de manera indirecta, que Svetla había pasado alguna noche en su compañía. ¿Tú notaste la ausencia de ella en casa alguna noche?
–Bueno… muchas veces –dijo Grow- y, me lo explicaba por aquella afición que le perseguía… la de ir a ver a sus amigos de otra dimensión. A visitar los museos donde viven los seres reencarnados.
– ¿De qué dimensión? –pregunte, aunque intuía que me diría lo que yo mismo experimentaba al visitar algunos museos y sentir esas extrañas apariciones.
–Ella decía –continuó Grow- que en Vilanova había descubierto algunos fantasmas y era posible hablar con ellos. Yo no me lo creía y lo adjudicaba a una manía que distorsionaba su vida.
– ¿Cuándo comenzó con esas visiones? –pregunté.
–Tres años antes de su muerte. Vino un día y me dijo que había estado en la Torre de la Iglesia. ¿Sabes?, aquella tan alta y blanca, la de las campanas, la que está cerrada en la base con puertas altas y anchas, de reja recia y gruesa. La que dicen en el pueblo que es imposible subir sin permiso directo del cura. Durante aquel día no paro de hablar, que si allí estaba encerrado el miedo; que en el pueblo antiguamente era una costumbre; que suponían los vecinos que la valentía había quedado libre; que el miedo soportaba su carga ¡embrujado y cautivo! También con el paso del tiempo comenzó a visitar espacios, en lo que según su relato, aparecían extraños personajes; que si hablaban de la ira; del amor; del odio; de la alegría. Y, en concreto este último, del Miedo prisionero en la Torre.
–Notables emociones… humanas –dije.
–Sí, pero ella las veía, ella conversaba con esas idealizaciones. Es más, ¡me explicaba que vivían en diferentes edificios de la ciudad! De una de aquellas salidas conservo esta llave. Y saco de su abrigo una llave grande y brillante. Es de la torre de la ciudad. De esa torre inmensa, blanca, de mármol hasta desaparecer en el cielo, la que vemos desde todas partes, o de la cual escuchamos sus campanas y que esta coronada por ese ángel frágil y escurridizo. ¡Es la única prueba que me queda! –concluyó, mientras jugaba entre sus manos con la llave. Aunque la lluvia no amainaba, estuvimos en ese espacio un buen rato. La Letona se acabó y mi amigo sentado en el banco y ensimismado sostenía su mirada atrapada en el lago. Decidí recoger todo. Probablemente se lo llevaría a su casa. Puse la urna de las cenizas en el cofre y lo enterré nuevamente. Le aparte el anillo dejándole a su lado y me quede la llave de la torre. ¿Cómo alguien podía estar encerrado si aquello estaba abierto en su parte superior, donde todos veíamos su campanario? Me senté nuevamente, un ligero manto de agua corría en bajada, se deslizaba hasta hacerse un espacio, estos hilos de agua servían para aumentar la masa dócil y azul del lago que les recogía. Desde hace años desde este pantano regaban, para una agricultura que en nuestros días se aburría desposeída de mercados, trabajadores y precios. Aquello solo le movían unos pocos agricultores, que contrataban “els negros” venidos del sub-Sahara africano, y era la única manera de dar salida a la producción con costes más bajos.
–Nos vamos –le pregunté.
–Vete tú, estaré aquí hasta la noche. Si sigues el camino, a 2 kilómetros esta Castellet, allí encontraras la forma de regresar a Vilanova. Hice lo que me dijo, en dicha aldea, no había ni un alma. Un agricultor me permitió montarme en su tractor dejándome tirado cerca de la ciudad. Al llegar a casa estaba empapado y muerto de frio. Y en mi bolsillo pude encontrar al fondo un anillo de diamante.

Notas:
(1)Saudade del latín solitas, soledad, es un vocablo incorporado al español empleado en portugués y también en la lengua gallega, que describe un profundo sentimiento de melancolía producto del recuerdo de una alegría ausente, y que se emplea para expresar una mezcla de sentimientos de amor, de pérdida, de distancia, de soledad, de vacío y de necesidad. Saudade es la sensación que permanece cuando aquello que una vez se tuvo, material o inmaterial, que en su momento permitía disfrutar alegría y euforia se ha perdido y se extraña y el hecho de recordarlo, tenerlo de nuevo o pensarlo, produce una sensación de volver a la vida.
El término, de extensa y ambigua definición, ha sido considerado uno de los más difíciles de traducir, y es uno de los conceptos clave de la lengua y de la cultura en Portugal y Brasil. Saudade es la emoción predominante tras el fado, la samba y la bossa nova brasileña.
Como ejemplo de la riqueza y profundidad de su significado se puede mencionar el movimiento literario-espiritual, a principios del siglo XX en Portugal, conocido como saudosismo y promovido especialmente por el escritor Teixeira de Pascoaes. Su gestación y fundamento se dio a través de la saudade y, hasta el día de hoy, mantiene una influencia significativa en la cultura de aquellos países. Dentro de los nombres que formaron parte de esta escuela se encuentra Fernando Pessoa.

El edificio de la casa de Santa Teresa es de tres crujías de planta rectangular, con tres pequeños cuerpos que forman accesos y tribunas. Con un sótano, que ocupa, la mitad de la planta; una planta baja, levantada del nivel del jardín, y una planta piso bajo cubierta plana de la que sobresale la caja de la escalera, y una pequeña habitación que divide el terrado en dos partes iguales. La escalera está centrada en la fachada norte del edificio. Las fachadas compuestas simétricamente con aperturas de arco rebajado y algunas formando ojos de buey, presentan una moldura perimetral a la altura del forjado. Erigido en nombre de Teresa Cirera, madre de Víctor Balaguer, en el año 1889.

http://www.victorbalaguer.cat/es/reformaparcialsantateresacast

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