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Barcelona / j re crivello

¿Qué tripa se te ha roto?: Blanca Foss

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Amigos… Últimos 4 capítulos -j re

by Ana Fernández

Blanca Foss y Antonio Renz se habían conocido dos años atrás, en la Sala Parés, una galería de arte de las más antiguas de Barcelona. Les presentó el director de la sala y enseguida supieron que surgiría algo entre ellos. Fue muy fácil hablar durante horas, en paseos interminables por el paseo de Gracia o tomando un café en algunas de sus terrazas. Los dos llevaban pesadas cargas  y encontrar a alguien a quien contarlas resultaba liberador. Antonio era aficionado a las noches de Sitges, en las que mezclaba a partes iguales el sexo —le daba lo mismo con hombres que con mujeres— con el juego. Esto último le había reportado algunas deudas importantes y no menos enemigos, con lo que su relación con Blanca —la futura heredera de media fortuna Foss— le venía como anillo al dedo para reflotar sus finanzas y de paso seguir con la vida disoluta que tanto le gustaba. Blanca por su parte arrastraba la sombra de su popular hermana Marta, casada con uno de los empresarios más influyentes de Barcelona, era una mujer fría y calculadora, que había ejercido de madre con Blanca cuando la de ambas falleció y su padre se quedó solo. Blanca siendo la menor, admiraba a su hermana y ésta aprovechaba esa admiración para imponer su voluntad en todo lo que la pequeña le consultaba y terminó por anular su sensible personalidad. La menor aceptó cada decisión de su hermana sobre su futuro hasta que meses atrás el padre falleció. Fue en ese momento cuando empezaron a surgir las desavenencias debido a que el patriarca  no había hecho testamento y las dos debían repartirse a partes iguales la nutrida herencia.

A pesar de todo eso, la pequeña aún conservaba vestigios de sumisión hacia su hermana.

Cuando conoció a Antonio Renz todo cambió de una forma radical. Él le hacía sentirse más segura en su día a día. Le ayudó a reafirmarse como una mujer extraordinaria, sensible, amable, con una gran fortaleza interior y eso acrecentó sus diferencias con Marta.

En el transcurso de su noviazgo, Blanca le fue contando a Renz lo desgraciada que era debido a su mala relación con la hermana mayor, y que la otra estaba haciendo todo lo posible para que gran parte de la herencia paterna pasase a sus manos. Renz prometió ayudarla y consultaron a un par de buenos abogados para intentar solucionar el asunto.

El gran problema era que Marta Foss y su marido contaban con los favores de un bufete de abogados conocido por ganar juicios a costa de lo que fuese y se enzarzaron en una dura lucha legal.

Un año antes de lo ocurrido en casa de Marta Foss, el abogado de Blanca le daba la mala noticia.

—Tu hermana es muy lista, o lo son sus abogados. No sé cómo lo han hecho pero creo que han comprado al juez que lleva el caso, es un viejo conocido de tu cuñado, y la sentencia, según mis fuentes, les será favorable. No podremos conseguir la mitad de la herencia de tu padre.

—Pero, ¿eso cómo puede ser? ¿Me estás diciendo que no podemos hacer nada?

Durante más de una hora le estuvo explicando todos los detalles acerca del caso, las argucias de la hermana, las decisiones que se habían tomado y el resultado final.

—Lo siento Blanca, podemos esperar a que la sentencia se haga pública y quizás recurrir.

Cuando el abogado se marchó Blanca llamó a Renz llorando desconsolada.

—Según me ha dicho el abogado, mi hermana se saldrá con la suya. No podré conseguir lo que me pertenece legalmente, ¿qué voy a hacer ahora?

—Tranquilízate cariño, en media hora estaré ahí y me cuentas lo que ha pasado.

Cenaron en la diminuta cocina del piso que Blanca tenía en Creu Corbeta y ella fue desgranando todo lo que el abogado le había dicho horas antes con la angustia impresa en su voz y los ojos llenos de lágrimas por la tremenda injusticia.

Renz la abrazó y pasaron un largo rato en el sofá después de cenar.

— ¿Te quedarás a dormir?

—Si claro, no te dejaré sola esta noche.

Se tomaron una copa en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. Blanca dando vueltas a lo que su padre pensaría desde su tumba ante la terrible distancia que separaba a las dos hermanas. Ella era la favorita de su madre, y siempre había visto con envidia la relación de complicidad que unía a su padre con Marta, algo que a veces rozaba lo enfermizo. Y Renz, odiando a su futura cuñada por el daño que le estaba infringiendo a la mujer a la que amaba, pero también con un sentimiento más profundo, relacionado con la envidia por su estatus económico, algo que él nunca había tenido y por el que sería capaz de casi cualquier cosa.

Durante esa noche, después de hacer el amor con la mujer, y mientras ella dormía, en su cabeza empezó a bullir una idea. Necesitaba conocer a Marta Foss y la oportunidad no tardó en llegar, cuando durante una cena conoció a su íntima amiga Ana Fer.

 

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Like y vida líquida

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by j re crivello

La vida liquida tiene tonalidades, sentimos que nos empujan y mueven el tablero. Los cambios son tan apresurados que los refugios antiguos tienden a ser inseguros. La familia es tan reducida que cualquier préstamo emocional con un tercero se dirime en pocas personas. Hemos llenado la tierra de cubículos unipersonales o familias tan reducidas que si miramos en derredor los actos de fe son vanos, tan solo se esparce el intercambio, el contacto para el trueque.

La aldea digital intenta compensar estas carencias con sus millones de likes. O el consumo de objetos hechos en una China que sus trabajadores sueñan, pero aguantan su domesticación apresurada en fábricas donde las horas se suman hasta permitir que sus sueños se transformen en aparatos sin sentido que le llevan apresuradamente al Primer Mundo.

Y aquí, en el Primer Mundo todo se descuece en una inseguridad alarmante. Compramos cajitas y dentro guardamos objetos. Esta marea de consumo y soledad digital nos lleva a una apocalipsis mental.

En las largas carreteras los coches atestiguan esta soledad que sus conductores omiten escuchando la radio. Cada día muere y otro nace con una atractiva seducción que nos muestra el plasma. Like! Like!

Silvia Salafranca editará en 2018

Les presento a una escritora que publicará en 2018 en FlemingEd! Editorial: Silvia Salafranca

¡Amamos el talento! j re crivello

Relatos de una youtuber portada-1

¿Qué tripa se te ha roto?: Colin ¿Colin?

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Este capítulo es probablemente uno de los que más me gusta -j re

by J. re crivello

 

#Cenamos a las 9#

Era su primera cita, había quedado en casa de Ma Rawson, se duchó, se puso crema y dejó encima de su cama 6 chombas de colores variados.

 

Era su primera cita con él. La incertidumbre podía con ella. Ma Rawson llevaría un vestido, lo tenía decidido, rojo, tan rojo que el cielo se desplomará, y de ropa interior… ¡cáspita! No podía irse a la cama el primer día y en su apartamento, pero decidió llevar una braga negra e ir sin sujetador.

Se miró al espejo, sus dos senos caían mucho. Se sentía insegura. Abrió una caja de sujetadores que se trajo de Andorra. Ahora sí, le quedaban uno senos altos y bien provocadores. ¿Por qué narices se aceleraba tanto? ¿Si llamaba a su amiga y le decía que un tipo de casi sesenta años y compañero de trabajo la tenía loquita? Se reiría de ella. Se prometió ser firme en la tentación y nada de arrastrarse como en las pelis dejando aquí o allá su ropa. No se desvestiría de golpe —pensó.

En su interior latía una falta de contexto, ¡Qué «palabro»! para decir que estaba desorientada.

Fue hasta su lavabo y vio los tips que ponía del caso del asesinato en su espejo. ¡Horror! ¿Los quitaba de golpe? No, allí estaba el núcleo del caso, si hacia eso, Wert que era un descuidado de la vieja escuela, no descubriría al asesino tan rápido y ella no sería Jefe de la Comisaría. Pero ella, ¿quería aquello? Estaba hecha un lío.

« ¿Qué hora es?» —se preguntó. Las 20:30, dentro de 30 minutos estaría él allí. ¡Por Dios! Fue hasta la cocina, allí estaba todo lo que había comprado en la rosticería de lujo. Con ello se tranquilizó para terminar de vestirse.

Wert se decidió por la chomba negra, ¿y si ella iba de ese color? ¿Y dentro? Tal vez un calzoncillo ancho de volados o un slip. Se veía ridículo con un slip. Decidió uno intermedio, y se pasó más crema por las piernas, le preocupaba el olor que dejara. Él era un hombre de pistas, con ello le transmitía que iba a por ella. ¿Y si le rechazaba? No quiso ni pensarlo, ya había abandonado esa vida gris, si le daba de lado se apuntaría a un curso de baile de salón para ligar con alguna cincuentona.

20:00

Se dio prisa. Aunque el piso estaba cerca, a esa hora el tráfico de Barcelona era infernal. ¿Me llevo alguna carpeta del caso? No sé, para disimular            —pensó. Y decidió arrastrar con él una carpeta de una tal Blanca, la hermana poco conocida de Marta, solo había dentro una hoja y cuatro preguntas. Y se montó en el coche.

Tocó el timbre a las 9:05.

—Ha dado vueltas a la manzana dos veces —dijo ella. Le he visto. Y sonrió. Estaba encantadora, de rojo, y unos ojos que con un toque de negro en los laterales realzaban su belleza natural.

—Si no… hubiera tocado el timbre hace 10 minutos —respondió Wert incómodo. Entraron a un comedor que dominaban los ocres y dorados, con un estilo chino. Al fondo un ventana que daba a la calle.

— ¿Ha estado en China? —preguntó él.

—Fui enviada por los Mossos a investigar un caso de soborno y viví allí un año. Si es que no se lee los CV —dijo ella sonriendo.

El asintió. Y puso por delante el vino del Penedés que había comprado en la Bodega de la esquina. Y dejó la carpeta en la mesa.

— ¿Siempre se lleva trabajo a su primera cita? Rieron, Wert necesitaba soltar lastre, su entrada iba de mal en peor y dijo:

—No sabía si traerme trabajo o decirle que Ud. me gusta.

— ¡Dígalo!

—Me gusta. Las gemas incrustadas de la mirada de Ma Rawson brillaron. Wert se sentía desposeído después de vivir rodeado de trabajo durante años.

— ¿Tienes hijos? ¿Por cierto cómo te llamas? He mirado tu CV y solo aparece Wert.

—Justino

—Justino Wert. Una risotada de Ma Rawson estalló y él le siguió, para agregar: «mi madre era una capulla, conociendo el apellido no hizo más que ponerme ese nombre tan espantoso».

— ¿Y cómo te llamo? Por primera vez aparecía el «tú» entre ambos, ella sirvió dos copas de vino. «Bautízame» —respondió él—

—Colin, Colin Wert. Y brindaron. ¿Tienes hambre?

—Si. Y llevando sus copas fueron hasta la cocina. Allí estaban dispuestos en un lateral del fregadero varios platos que incluían cangrejo, patatas, trocitos de pizza, queso y salsa.

Comieron de pie. Bebieron de pie. Follaron de pie. Cada beso les hundió más en un deseo que les alteraba como si se hubieran conocido de toda la vida. Ella dijo «llevo años esperándote».  Él dijo «llevo años siguiendo tus casos en la poli»  Ella dijo: «Mientes. Dame un ejemplo». Él, mientras la levantaba y se apoyaba en la mesa, respondió: «El caso del vendedor de coches que mataba a sus amantes con cola envenenada».  «Oh si, fue famoso». Un grito de exhalación de Ma Rawson y sus piernas abiertas pero muy unidas a su torso llevaría a que la mesa de la cocina temblara una y otra vez. Él gritó sin medirse. El suelo de la cocina fue recibiendo todo lo que caía inclusive la carpeta de una sospechosa o los vasos recién servidos.

 

— ¿Qué hora es?

—Las cuatro —respondió Wert. ¿Hablamos del caso?

—Ve al lavabo y cuando regreses tendré preparada hoja y papel.

— ¿Al lavabo? —Preguntó Wert

—Venga ve —dijo Ma.

 

04:10

— ¡Vaya!, ahora comprendo el caso del asesinato no está en tu cabeza sino en tu lavabo —dijo Wert al regresar del lavabo. Ma Rawson llevaba una camiseta oscura y su calzoncillo. Sus dos muslos rosados y atractivos resaltaban aún más con su pantalón masculino y él sin proponérselo calzaba la chomba de mercadillo tan larga que tapaba su sexo. Definitivamente Wert sentía que había perdido su norte. Traía un tip del espejo.

— ¿Qué pone?

—Blanca Foss —respondió Wert.

¿Qué tripa se te ha roto?: La Floresta -09

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Para quienes han llegado hasta aqui, quedan solo 6 capítulos. ¿Los devoraremos? -j re

by J. re crivello

03:30

El pitido del móvil se repitió durante un largo rato, Wert luchaba con su sopor, ¡era ella!, seguro que era ella —pensó. Al final, quien le llamaba desistió. Wert le quitó el sonido al teléfono y con tranquilidad se puso de pie, ya estaba desvelado. A los cinco minutos percibió que su móvil vibraba y lo cogió:

—Ayer noche me marché en taxi y hoy durante todo el día no nos vimos      —dijo Ma Rawson. Lo siento. Wert sonrió, mientras se miraba en el espejo las arrugas debajo de los ojos. Y respondió:

—No te preocupes. La había tuteado. ¡Qué desastre! Se detuvo, ya la había estropeado. Pudo oír una leve risa y una frase rápida pegando palabra a palabra.

—«Yanosoylapoli» ¡Cabrona! —exclamó Wert. De nuevo la comunicación se cortó. Wert fue hasta la cocina, dio vueltas como un zombi, de repente intuyó que algo no encajaba, él trabajaba a la antigua y su método era perfecto, por ello abrió la nevera. En su interior iba pegando papelitos al azar. Le gustaba resumir ideas de los casos que iban surgiendo. Vio cinco desde el amarillo al rosa y una tapa de yogurt de hace unos días escrita por detrás. La cogió e intentó descifrar lo que decía, con una lupa miro debajo de una luz, ponía:

«El desaparecido está muerto» ¡joder! ¿Y dónde esconde uno a un muerto? Pasados unos segundos marcaba el número del móvil de la Rawson:

—Si  Marta tiene una segunda residencia, el muerto está allí. Ma. Rawson dormía boca abajo. Sus piernas redondas se prolongaban en unas nalgas cubiertas por unas bragas ajustadas y con lunares negros de tamaños irregulares al estilo pañuelo flamenco. Solo respondió:

— ¿Ud. no duerme? Y el móvil rodó por el suelo. Wert luego llamó a un juez amigo, un tal J. Ramos. Al atender la llamada este pudo ver las cuatro en el reloj de su mesilla y le escucho diciendo: «Qué narices! ¿Tú sabes qué hora es?». Wert le hubiera dicho que tenía una pista, que le había despertado su adjunta, que estaba desvelado y hubiera aguantado las bromas sobre si la adjunta estaba buena, pero fue directo:

— ¿Qué puedo hacer para conseguir una autorización para examinar un piso de alguien que no es oficialmente sospechoso?

—Pon en la solicitud: Célula islamista.

— ¿Solo dos palabras?

—Dos palabras y la dirección, e intenta pasar desapercibido ante el juez, que cuando vea tu firma en la solicitud la denegará, pero las están concediendo en horas… « ¡Para esto me llamas!» Y cortó. Wert se vistió, estaba contento, llegaría a las siete a la comisaría. Preparo café con tostadas y aceite, y puso a toda pastilla la música de Los Chunguitos.

 

09:00

Ma Rawson descubrió una casa de Marta a nombre de su padre en La Floresta. En el Registro de la Propiedad decían que existía una solicitud de cambio de nombre desde tres meses firmada por una Marta con el mismo DNI. Todo coincidía, ahora tocaba convencer al juez. Ambos siguieron la consigna del amigo: «célula islamista». Y lo firmó ella para no despertar al juez con el apellido Wert. Pasados unos treinta minutos el juez les llamó. Razonó con ellos que era una solicitud fuera de su zona y ni siquiera ponían un detalle. Ma Rawson argumento con sumo cuidado que era un chivatazo surgido en un bar. Un hilillo de voz del juez exhalo una pregunta que los precipitaba al desastre.

— ¿Qué bar? La Rawson respondió:

—La Puñalada. El juez ante la respuesta reía con fuerza y mientras tanto, aunque no lo vieran, firmaba la orden. A punto de asfixiarse repitió:

— ¡La Puñalada! Pasen a buscar la orden —dijo antes de despedirse y agregó. Dele saludos a Wert. «La tenemos» fue la exclamación del Jefe de Policía.

 

14:00

Entraron en la casa unos diez policías. ¡Nada! No encontraron, nada. Ma Rawson intento ser positiva, al mencionar que tenían mucho material personal de Marta, y era necesario analizarlo antes de dar el siguiente paso. Al regresar a comisaría todos se reían. Un pequeño cartel apareció en la mesa de Wert: «célula islamista». Intuyó que venía del bromista del Departamento de Estupros. Ya sentado en su despacho lo dobló para tirarlo a la papelera. A través del cristal pudo ver sus ojos claros, su melena rubia, en un segundo una ráfaga de sus miradas se cruzaron, Wert disimuló. Y un mensaje entró en su whatsapp:

#Cenamos a las 9 en mi piso#

#Ok, llevaré vino# —respondió Wert

La ciudad era una larga cola de japos haciendo fotos. Era viernes, Wert pudo pensar que era el día perfecto. Para la cena, se pondría una chomba de color gris y pantalones tejanos negros y como hacía calor unas sandalias de tipo cincuentón. Miró por la ventana, pudo ver una Barcelona llena de gente con ideas en la cabeza, con sueños y una asesina que tenía un cuerpo metido en una nevera o enterrado. «¡En una nevera!» Allí está —pensó.

¿Qué tripa se te ha roto?: «¿La Puñalada?» -08

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by J. re crivello

Con la inspectora Ma Rawson llegaron a casa de Marta. Wert consideraba una pérdida de tiempo las preguntas que hacía su compañera, la coartada de Marta era sólida; partían del hecho que no había un muerto sino sólo un desaparecido y dos cuchillos, uno con restos de sangre del escritor el otro con un ADN desconocido al cual no podían cotejar con el desaparecido por no existir una base de datos. Ma Rawson interrogaba con gran frialdad y no daba a Marta respiro situándose en el día en que el escritor declaró que alguien se le tiró encima y la negativa contra viento y marea de Marta resumida en la frase mil veces repetida: «Éramos dos y… muy borrachos». Se hacía tarde, Wert hastiado se puso de pie, al salir observó que Marta llevaba un suave corte en el lateral de la barbilla disimulado por crema, lo adjudicó a un mal afeitado, pero se lo mencionó a la Rawson una vez en el coche:

—Si la he visto —respondió, para agregar. Las mujeres nos pasamos maquinillas y no lo decimos. No le veo ninguna conexión. Un arañazo sería más lógico.

— ¿Ud.?

—Yo soy rubia. Ru-bia. Repitió mirándole con cierta insistencia, como insinuando que no se había detenido a observar. Wert intentó continuar, ella tajante dijo:

— ¿En qué boca del metro le dejó? Wert fastidiado señaló una entrada de la Línea V. Se despidieron.

 

00:20

Una llamada entró en su móvil. La habitación sin más muebles que una cama y un estante era un páramo. La ventana estaba siempre cerrada pues daba a un restaurante chino y si la abrías se colaba el olor a pato laqueado. Su dueño, encendió la luz cabreado. Del otro lado, una voz femenina dijo:

—Esa Marta no podía tener un cuchillo sin haberlo usado.

—Ya —respondió Wert mientras percibía que la comunicación se había cortado. Dedujo que era la Rawson.

 

00:30

— ¡El escritor es un capullo de derechas!

— ¿Ud. no duerme? —pregunto Wert.

—Sí, cuando llevo un caso lo hago a saltos —respondió Ma Rawson. Ella hablaba estirada en la cama y vestía unos pantalones de seda cortos de color carne y una camiseta negra apretada. Un silencio volvió a aparecer, Wert intuyo que ya había cortado. — ¿Está ahí? —dijo Ma. Ella recibió un whatsapp con una foto por respuesta, era Wert en calzoncillos blancos y una camiseta de los años 50. Ma Rawson respondió con una foto de sus piernas y unas uñas del pie pintadas en azul. ¿Sigue ahí? —insistió la Rawson. Wert había dejado su móvil dentro del vaso de agua y dormía plácidamente.

07:30

Ma Rawson fue presentada como adjunta de Wert con el pomposo título de: Adjunta a la Jefatura. Directora de la fusión de los Departamentos de Alcohol, Drogas, Robos y Estupros de la Zona Norte de Barcelona. Wert intuía que algo no marchaba bien y detrás de la operación de ascenso se movía algún enemigo que quería destruir a la Rawson y en ese punto le acercaba a ella, además de su espectacular físico.

 

21:00

Durante ese día interrogaron a cada uno de los amigos que salían en la foto que encontraron en el piso de Marta. Nada. Solo actores menores que contaban historias del bachillerato. El caso estaba cada vez más cerca de la papelera. Ella le dejó otra vez en la boca del Metro.

 

02:00

Sonó el móvil. Una voz femenina, esta vez un poco alegre dijo:

— ¿No se atreve a decirme qué piensa de mí? Era la Rawson. Wert estaba perplejo, notaba una voz cargada de melancolía.  ¿Tomamos una copa?         —insistió ella. En Paseo de Gracia hay un bar que no cierra hasta las tres y pico.

— ¿La Puñalada? —preguntó él.

—Nos vemos allí en media hora —dijo ella. Wert salió a la calle, vestía un tejano demasiado nuevo y una camisa azul claro. Y… ¡oh Dios! Sin querer llevaba bambas. La noche era cálida, la ciudad respiraba turistas en retirada al hotel. Las dudas rodeaban esa cita fuera de guión, nada peor que ver a una mujer que respiraba alguna herida y le invitaba a tirarse dentro de un foso. Entró y pidió un whisky. Pasada media hora entró por la puerta una rubia despeinada, con una camiseta de Route 66 y unos tejanos rotos en la rodilla derecha. La noche nos cambia —dedujo él. Una vez se sentó, ella bebió dos whiskies seguidos. La noche se aplastó en las calles, en los minutos siguientes. Wert escucho machaconamente una frase de Ma Rawson:

— ¿Qué tripa se te ha roto?

Luego preguntó:

— ¿De dónde sale esa frase?

La Rawson respondió:

—Estaba en un papel que le saqué en un descuido a Marta mientras Ud. charlaba con ella y fui hasta el lavabo. Pero me desvíe a su habitación y la obtuve de su agenda.

— ¿Ud. fisgoneando? ¿Saltándose las normas? La Rawson se encogió de hombros mordiéndose un labio. A Wert le costaba resistir su atractivo. El camarero intervino con el clásico: «vamos a cerrar»

— ¿Me lleva hasta casa? —preguntó ella

—La llevo. Al salir del bar, las aceras verdes del Paseo de Gracia estaban mojadas por la Brigada de Limpieza. La ciudad tramaba sus próximos sueños.

—Le dejo, ¡he visto un taxi! —dijo ella y se marchó.

 

¡Qué tripa se te ha roto?: « ¿Y si no acepto?»

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by J. re crivello

Wert entró en la sede de la Policía autonómica —los Mossos—, ya conocía este camino, cada tanto le llamaban sus superiores por algo que rozaba la ilegalidad, o para decir que le debían un favor pero le pedían otro, o que tenían un colega y lo querían introducir en el escalafón, en suma, el ruido de la burocracia y la política juntos. Se detuvo ante una puerta inmensa, el edificio era antiguo pero se habían gastado la pasta en su remodelación. La secretaria, una morena esponjosa pero funcionaria desde hace diez años le sugirió que quien le esperaba era el Jefe de los Mossos, a quien le nombraba el Conseller de Interior. Ya les conocía, a su superior directo, un nacionalista que pegaba manguerazos a los manifestantes cuando eran okupas. Al abrirse la puerta, en una sala diáfana, al fondo pudo ver al Jefe y una mujer vestida de policía, con varias condecoraciones —ahora las llevaban al estilo americano—, unos sencillos grabados en la guerrera lateral. A medida que se acercaba descubrió que la conocía. Era la estrella ascendente, joven, muy guapa, o como mínimo vistosa, hábil al comunicar, y obsesiva en las leyes. Los tres se sentaron en una mesa redonda. Sus dos interlocutores sonrieron, él sonrió, los tres sonrieron. M. Lancioni fue directo, la presentó describiendo sus servicios, su tenacidad, su forma de actuar con las leyes —un capítulo que iba directo a su mentón — por su estilo personalista, desequilibrado y volcado en la acción al borde del reglamento. Luego solo dijo tres palabras:

—Será su sucesora. Wert trago saliva, venía a la rutina y su vida cambiaba. ¿Qué le parece la idea? —preguntó el Jefe.

—Bien. Dentro de él pasaron miles de recuerdos de los años duros. Pero ¿a cuento de que enviaban a la más eficiente al distrito de Gracia? El corazón de Barcelona, donde se cocían pocos crímenes, pocos robos, pocas historias, pero donde vivían los okupas más belicosos de la ciudad. ¡Se aburrirá o hay gato encerrado! —pensó. Y el jefe continuó.

—Pero antes quiero que investigue este asesinato: «el de los cuchillos» como ya le llama la prensa junto con ella —y miró a quien se sentaba entre ambos. En los próximos meses espero que trabajen juntos, que conozca la comisaría, que tenemos proyectado fusionar con otros tres distritos. Ahora se veía el fondo del tema, la enviaban a una macro-comisaría para dar algún salto después. Un silencio cubrió sus pensamientos y Wert intentaba no incluirles en la charla, pero dirigir una macro-comisaría no era juego de niños. ¿Y para él? ¿Qué tramaban? Su jubilación o un puesto de chupatintas era lo más probable. El Jefe retomó: —Y… como no hay dos sin tres, cuando acaben la fusión y descubran al asesino, Ud. ocupará mi puesto —y sonrío. Wert esta vez ni respiro, solo preguntaría:

— ¿Jefe de los Mossos?

—Si

—Es un cargo político —dejó salir suavemente Wert pero dando a entender que no se vendía ni prestaba a manejos

—El sistema de ascenso cambiará, lo ha diseñado Esquerra republicana y la CUP, —luego agregó— Ud. será el primero que será nombrado por combinación de puntos, hoja de servicios y algo de política. Tendremos un Jefe por primera vez profesional.

— ¿Y si no acepto?

—Le jubilamos hasta que cumpla los sesenta y cinco. Pero para Ud. es un gran paso, por ahora no tendrá grandes cambios hasta que acabe la fusión y el caso del asesinato.

— ¿Por qué tienen tanto interés en un caso de asesinato que está casi sin fuelle?

—Intuimos que el escritor de derechas y antinacionalista J. Re la va a liar. Wert respiró, la Inspectora suspiró. Pasados unos segundos, la Inspectora Ma. Rawson habló por primera vez, voz suave, rapidez al pronunciar las eses y un acento que no descubría de dónde venía.

—Para mí es un placer trabajar con Wert —mientras miraba a su Jefe—, no hubiera imaginado hasta ayer que todo daría un giro tan rápido. Wert la miró y sonrió. Y dijo ya despachandose de toda hipocresía: «Y Ud. me sustituirá como Jefa de los Mossos». Ella sonrió. Lo implícito aparecía en esa carrera de rivalidades y apoyos tácitos. Wert se sentía incómodo, la pinza por primera vez le rodeaba. Luego Lancioni dijo:

—Bueno, veo que estamos de acuerdo. Wert y Ma Rawson salieron a la calle, en la acera mientras se dirigían al coche policial, ella se giró. Los ojos verdes muy claros le atraían. Wert se olió una trampa después de casi cinco años de vivir divorciado.

—Tengo una idea sobre el caso. Y dijo: el muerto fue asesinado por alguien muy caliente.

— ¿En que se basa? —preguntó Wert.

—Marta casi no ha hablado y su silencio es una forma de decirnos: ¡no podéis conmigo!

Montaron en el coche, por primera vez él no conducía, y las piernas rosadas de un vello suave y rubio le distraían, pero intuyó que iban a casa de Marta. La ciudad estaba en su cenit, mediodía, aceras llenas de vendedores, japos echando fotos, damas gruesas y tacón subido para ocultar las nalgas entubadas en faldas a la moda y una tormenta que amenazaba descargar a la hora de la siesta. La Inspectora Ma Rawson dijo:

¡We will catch her!         

 

56- Un cuenco de soja

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by j re crivello

Este astuto no-cereal está asociado a una humanidad que come demasiado y se ha vuelto sedentaria. Tal vez diríamos a la parte más rica de nuestra civilización, aquella que intenta cambiar una dieta de azucares y grasas a otra de proteínas. No soy un experto –bastante tengo con mantener a raya mi barriga, pero los telediarios nos muestran la muerte de hambre y sufrimiento, mientras en los acolchados del nuestro primer mundo, los yogures agregan el extra a cada cena.

Como ya no es posible vender para hacer dieta, ahora el yogur nos ayuda a no estar hinchados, lo que equivale en buen romance a dar salida a nuestras dietas grasas e insalubres.

¡Y en esto aparece la soja! Es rica en proteínas y suma, evitando la arteriosclerosis y mejorando la función cardiovascular y alguna cosilla más.

Pero de cereales antiguos y rácanos en grasas –como el trigo y otros, hemos pasado a esta delicia del paladar que posee un 60% de proteínas. ¡Hasta nos evita comer tanta carne!

Hace treinta mil años, cuando era hippie y vivía en el tradicional barrio de Gracia, en una tienda macrobiótica ya vendían las hamburguesas de soja. “¡Son iguales!” pregonaba su dueña, una gran mentira que uno transformaba a una lista de ventajas, pero al pasar por una hamburguesería los ojos enloquecían.

En el caso español asistimos a un crecimiento de los extremos –no estoy hablando de política, digo que Mac Donald hay hasta en la ventana detrás de mí lavabo, y Ud. puede comprar las 24 horas, o sino los chinos gigantes y llenos de aceite barruntan nuestras calles. En el otro lado se bate en retirada una cocina rica en fruta, arroces, potajes y aceite de oliva.

¿La batalla está perdida?

La soja la ha ganado –puede Ud. comprobar su índice de precios, y la furia de proteínas en que nos hemos metido también. Queda el imperio de las grasas en cada esquina para decirnos que nos dejemos llevar.

Rábano, coles y tomates

Una sandía fresca y bronceada al sol

Esta tarde bailare breve al son

De tanto -quilate perdido. (1)

 

Notas

(1) Los genes de Mingo -libro de poemas en preparación.

Ventajas de la soja

La genisteína es una isoflavona abundante en la soja y en sus derivados. Se ha visto que esta isoflavona mejora los parámetros de neoformación ósea y reduce los indicadores de resorción. Recientemente se descubrió que la genisteína mejora significativamente la función endotelial. Una de las principales causas de arteriosclerosis es la disminución de la misma.

También se ha demostrado que las isoflavonas (debido a su estructura análoga a la actividad estrogénica) presentan propiedades hipocolesterolémicas debido a que disminuyen el LDL.

A los efectos terapéuticos de las isoflavonas sobre la función cardiovascular se debería agregar la función antioxidante que cumplen, previniendo la oxidación de los LDL por lo que se limita la formación de ateromas.

Se han presentados evidencias de que juegan un rol beneficioso en la obesidad y ladiabetes. Estudios de intervención nutricional realizados en animales y en humanos sugieren que la ingesta de proteínas de soja asociada con isoflavonas, mejora el control de la glucosa (reduciendo la insulina en suero) y la resistencia a la insulina.

La proteína de soja también aparece como moduladora de la hiperglucemia y reduce el peso corporal, la hiperlipemia y la hiperinsulinemia, manteniendo efectos beneficiosos sobre la obesidad y la diabetes. Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Isoflavonas_de_soja

 

 

 

¿Qué tripa se te ha roto? ¿Re-sintonizamos? —05

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by J. re crivello

Wert toco el timbre varias veces y nadie aparecía, luego preguntó a los vecinos, nadie refería la ausencia de A. Renz. La vecina más coqueta y parlanchina ante la presencia del famoso Wert soltó un poco el pico: que era un tipo duro, siempre con olor a colonia Don Algodón, vestía con tejano, y… marcaba paquete. Esto último fue una salida de tono que sonó inaudible pero fue repetida hasta tres veces al ver la cara de sorpresa de Wert. Ella la cubrió con una risa picara. Y además refirió que llevaba una moto de gran cilindrada y una vez se montó, pues él se ofreció traerla desde el mercado hasta casa y hablaron al respecto de algo que les unía: una tienda de productos ecológicos de la calle Port casi esquina Menéndez Pelayo. Wert una vez en la acera pidió una autorización judicial para entrar al piso de A. Renz y se pasó por la tienda ecológica. Allí solo decían maravillas del desaparecido y siempre terminaban en la misma descripción: «tenía un…, cómo decirle —dijo la vendedora entre las risotadas de la jefa— un así» y movió las manos como describiendo una bolsa redonda.

— ¡Un escroto! —exclamó Wert

— ¡Eso! Al entrar por el pasillo del mercado bailoteaba —agregó riendo con fuerza. Wert preguntó en las tiendas de alrededor, todas le describían como el señor tan presentable que insinuaba un cierto misterio.

— ¿Misterio? —preguntó a una vendedora. La dependienta del pescado agitó una lubina en la losa de mármol y sin cortarse agregó:

—Nadie le conocía ni trabajo, ni amores. A vosotros, los hombres —y la lubina se deslizó cerca del cuchillo— igual que al pescado, se os conoce por la boca. Y riendo remato: «Por la boca muere el pez».

 

Esa tarde Wert logró entrar al piso de A. Renz, todo estaba sumamente limpio y prolijo. Vio fotos, cartas, documentos, camisas apiladas y planchadas con estilo casi irreal y una colección de botas. Su ayudante exclamó:

—Este tipo es gay o bisexual. Wert asintió con la mirada y acordaron que su ayudante fuera a la calle del Pecado en Sitges y enseñara por los bares su foto por si era un habitual. Dos cartas les llamaron la atención: la primera muy corta y seca de A. Fer, decía:

«Querido

Te he presentado a Marta y está loca por ti. Me debes una. A Fer»

La otra estaba escrita por Blanca. Antes de abrirla Wert se preguntó si aún se escribían cartas físicas, con tanto e mail y WhatsApp. Era de hace un año, perfumada, y con un detalle cursi en el lateral. Un falo dibujado y estirado y palabras sueltas:

« ¡Ahora sí! La noche increíble. ¿Repetimos? ¿Re-sintonizamos?»

« ¿Comemos juntos en La Gota?»

Tuya B. Foss

 

Wert guardó en su bolsillo un amuleto que le llamó la atención y cerraron la puerta. Todo era demasiado explícito:

— ¡Y el pájaro ha volado! —agregó su ayudante.

—Busquemos mierda —agregó Wert. Su ayudante señaló la Calle del pecado y Blanca como lugares del rompecabezas, pero Wert intuía que el juez no daría una autorización para «limpiar» el piso de Blanca.

—Estamos de nuevo a cero —dijo. Al despedirse de su ayudante extrajo la lista de la «banda de los seis» y escribió un WhatsApp a A. Fer:

#Soy Wert, Jefe de Policía. Le visitaré en su casa mañana#. Una respuesta apareció.

#Estoy lista para defender a mi amiga# Wert sonrió. Otro mensaje apareció a continuación:

#Preséntese en la Central#

Wert intuía que los cambios por arriba traían noticias y no positivas. Comenzó a caminar por la Diagonal en dirección a la Central. La ciudad estaba engalanada del Congreso de Móviles. Todos caminaban inquietos ante una primavera tan lluviosa. Los carteles de una marca coreana de móviles hablaban de: «Humedad en los talones», «humedad en las relaciones», «humedad en la amistad»

#Humedad en el sexo# —pensó Wert— y en su cabeza retumbó: «este es un caso húmedo».

 

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