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Barcelona / j re crivello

Agosto 18: Uncanny

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By Olga Núñez Miret

Estaba leyendo un artículo hoy donde recomendaban subir y bajar escaleras como forma de aumentar la cantidad de ejercicio que hace la gente. En particular discutía lo útil que sería si las ciudades y poblaciones hicieran las escaleras más atractivas en lugar de estar tan centrados en los ascensores y las escaleras mecánicas. Y eso me hizo pensar. Por motivos no demasiado afortunados estoy en Barcelona este verano y he visitado mucho el Hospital Clínic, que es donde estudié Medicina (y parte de la Universitat de Barcelona, a la que no le falta mucho para cumplir los 500 años, debo acordarme de apuntarme a la lista de alumnos). Me empeñé en subir y bajar las escaleras (y hay muchas) para ir a todas partes. Al menos aprovechamos, pensé. Tampoco pude evitar andar de visita y chafardear cómo estaba el hospital (nuevos servicios de atención privada, zona de investigación) y la facultad, con su maravillosa escalera de mármol, y los cuadros al óleo, pero muy cambiada. Y me hizo pensar en la noción de Freud de lo ˈuncannyˈ (a mí me suena mejor en inglés, como más uncanny, aunque por lo visto lo traducen en español como lo ominoso o lo misterioso), algo que es familiar y a la vez extraño.

Justo eso, sí, lo conozco, o creo que lo conozco, pero de verdad, no… Por supuesto no es solo el edificio quien ha cambiado, sino yo también. Y si me encuentro con alguien del pasado, ¿también pensarán que soy uncanny?

Notas:

Por cierto, también fui a dar sangre, algo que solía hacer antes más que ahora. Si podéis…recordad que todos los hospitales andan necesitados, especialmente en verano.

Blog: http://OlgaNM.wordpress.com

Web: http://www.OlgaNM.com

Goodreads: http://www.goodreads.com/author/show/6562510.Olga_N_ez_Miret

Mis libros en Amazon: http://amzn.to/XLnZTo

 

Notas (2) ¿Qué es Uncanny?

Segun Wickipedia: The uncanny (GermanDas Unheimliche, “the opposite of what is familiar”) is a Freudian concept of an instance where something can be both familiar yet alien at the same time, resulting in a feeling of it being uncomfortably strange.[1] Because the uncanny is familiar, yet incongruous, it often creates cognitive dissonance within the experiencing subject, due to the paradoxical nature of being simultaneously attracted to yet repulsed by an object. This cognitive dissonance often leads to an outright rejection of the object, as one would rather reject than rationalize, as in the uncanny valley effect.

 

Agosto 18

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by Verónica Boletta —Argentina.

Acarreó el último cajón de cerveza y lo apiló junto a los otros. Se rascó la cabeza engrasando los cabellos ralos y duros. Bajo los párpados gruesos. Los ojitos brillaron con un destello de inteligencia. Poca inteligencia iluminaba aquel cerebro, a decir verdad; se parecía más a la llama de una vela que a un potente reflector. Pero para la vida sencilla de Salsipuedes bastaba.

Olga es la propietaria del autoservicio del pueblo. Quien atiende su propio negocio, repone los productos, despacha a los clientes y paga a los proveedores. También oficia de curandera, trata el empacho y el mal de ojo. Los vecinos la respetan. O le temen. Ninguno quiere granjearse la enemistad de ser tan poderoso. Su figura rotunda agiganta el mito. Su cintura es el ecuador del globo que es su cuerpo. El sobrepeso se adueñó de su ser de tal modo que los pies, a cargo de sostener la estructura, viven hinchados. Por eso, calza pantuflas en toda ocasión. Sus piernas, sin embargo, son dos pilares. Allí se concentra toda la energía. No esquiva el trabajo duro. Aún más, lo agradece. Si no hay, lo inventa.

En cuanto Lucas traspuso la puerta del local se estudiaron. Éste no es de acá. Tiene pinta de ciudad. Y está paliducho. —«¿Qué desea el señor?», preguntó para romper el silencio.

—Agua mineral, pan, doscientos gramos de jamón serrano y doscientos cincuenta gramos de queso. Y saber dónde puedo cargar combustible agregó.

—No hay.

—Pues allí veo el agua y el canasto con pan, al menos.

—Sí. Eso sí. Lo que digo es que no hay dónde cargar combustible. —Y, mientras ponía los productos en una bolsa y sumaba los precios, agregó: «Nadie sale de aquí»

 

Agosto 17: OBSESIONES COINCIDENTES VI

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by María Jimenez

La mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella. (Oscar Wilde)

Llegó al bar antes que Lucía y se acomodó en una mesita junto al ventanal de cortinas desangeladas. Había pasado una mala noche haciendo guardia en el sillón hospitalario cuya comodidad dejaba mucho que desear, pese a que están diseñados para el descanso de los familiares del paciente. Si su hijo despertaba del coma, quería estar con él. Pensó en cómo afrontar la charla con Lucía Marquez; iba a cumplir ochenta y un años y no pretendía escandalizar a la doctora que trataba a Moisés con tanto celo. Su intención era involucrarla en el estado de su hijo, y para conseguirlo, debía ofrecerle algo más que el envoltorio de mentiras caramelizadas de sus vidas. Pidió otro tercio de cerveza y el anterior, junto con el tibio sol del cristal donde apoyó la cabeza y la falta de sueño, hicieron de somnífero acelerado.

Su sueño lo transportó cincuenta años antes. La música corría entonces a cargo de un grupo alemán tan desvaído como el color de la cerveza suave que se servía aquella noche en la plantación familiar. Sus padres se empeñaban en que dejara el ejército y que por fin, se hiciera cargo de las tierras y propiedades que poseían en Ciudad del Cabo desde hacía cuatro generaciones, que para eso se empeñó en cursar estudios de ingeniería agrónoma contra la voluntad paterna. Sentado en el cenador del jardín, celebraba a solas su treinta cumpleaños con la incertidumbre de quien aunque trabajador, siempre tuvo una vida regalada. La mujer que sus padres eligieron para él no le gustaba en absoluto; de hecho, no conseguía concretar esa aversión, pues era popular en la pandilla y muy extrovertida. Apareció de repente, sin ruido ni lugar donde esconderse. Un fantasma que olía a vainilla y yerbabuena. Sólo se distinguían sus dientes blanquísimos y perfectos en la completa oscuridad, hasta que se fue acercando descalza y con la blusita banca desabrochada hasta la cintura. Justo antes de caer de lleno en sus ojos de ámbar fundido, atisbó la punta de sus pezones pugnando contra la seda y contra la vida y la muerte de un hombre que sabía perdido el destino y la suerte. Lo presentía como el maquinista a la roca antes de saber que fallan los frenos, sin pensar nunca en el pasaje, sino en un abrazo mortal entre la roca y él para la eternidad.

—Soy Violeta Lee, la sobrina de tu capataz. He venido para ver al niño rico que va a cambiar mi vida, porque yo cambiaré la tuya.—  Lo dijo con tanto descaro y altanería que él no supo replicar. ¿Cómo una niña que no tenía ni dieciséis podía decir esas cosas?, pensaba Jan Brenner con treinta recién cumplidos, poco amor a su espalda, pero mucho sexo con mujeres de mala vida y damas entradas en años, cuyos maridos frecuentaban los mismo burdeles que él. Lo único que podía hacer en ese momento, era seguir contemplando las piernas extendidas y abiertas que Violeta le ofrecía junto con una porción de sus minúsculas bragas de encaje chantilly. El pelo frondoso y despeinado le caía entre los senos sin sujetador, reposando en los  botones de la camisa; se lo apartó lentamente dejando el pecho semi-expuesto al relente nocturno, y el lunar perfecto en el nacimiento tenía el mismo color caoba que su pelo. La erección era tan intensa que tuvo que darse la vuelta y apurar su copa, antes de darle el gusto a esa descarada de sentir el poder que intuía sobre los hombres. Era una niña malcriada y obscena consciente de la presa, y de momento, él era el cazador y el dueño de la sabana. Ni siquiera se despidió de ella al terminar, pero escuchó su voz ronca susurrarle a la espalda.

—¿Sabes, niño rico?; esta madrugada te tocarás pensando en mi, no querrás acabar con una fulana vieja, lo harás tú solito imaginando muchas Violetas como yo, cada una lamiendo la parte mas sensible de tu piel. Me verás cerca de tu miembro y a la vez lejos, eyacularás sintiéndote un pervertido, y mi olor no te dejará en paz hasta que YO me abra de piernas para ti y sólo para ti, cuando y como YO lo decida, moun amour….

Agosto 16: El Meca

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by Antonio Guillán

Menudo cabrón. El Meca. Le llamaban así, abreviadamente, porque había sufrido la polio cuando era pequeño y balanceaba ruidosamente su pierna encarcelada en una prótesis hecha de hierros y correas que recordaba a una de las muchas construcciones que se podían hacer con un juego de moda de la época: Mecano. Una pierna esquelética. Era una auténtica alarma ambulante. Macabro. El tinglado que lo sostenía era como un gigantesco cascabel de gato que avisa del inminente peligro. Un “Eduardo pierna-tijeras”. Para más inri tenía una cabeza desproporcionada, famélica, en la que se marcaban con nitidez los huesos y de la que salían con ganas los ojos, como queriendo huir a un lugar más placentero. Parecía un recurso didáctico excelente para impartir una clase de anatomía. Capítulo “Cráneo”.

Por esa condición era el protegido de casi todos los maestros. El Meca sabía bien como explotar aquella pena para obtener de ellos la bula a sus múltiples fechorías. Porque era un puto acosador, un tirano, que quede claro. De frágil nada. Los débiles imponen su propia dictadura cuando les dejan. La compasión sin control genera muchas. Que el Supremo nos libre de ellos. Débiles eran aquellos que tenían la desgracia de caer bajo su inquina, nutrida principalmente por la envidia que le ocasionaba cualquier poseedor de un físico normal, con piernas y cabezas normales. Débiles, porque a ver quién era el guapo que le largaba una patada como dios manda y derrumbaba aquel montón de chatarra humana. Si a la normalidad anatómica se añadía alguna habilidad que hiciera descollar a su titular, acaparando la atención de los compañeros, se estaba gestando un enemigo acérrimo del Meca.

El mote se lo colocó una víctima que un día, harto, decidió que le daba todo igual. No aguantaba más. Raúl no halló, como tampoco los demás maltratados, amparo o piedad entre los amigos del acosador. Ni entre los suyos. Ni siquiera entre el profesorado, al que acudía cuando estaba desesperado por lo que ahora llaman bullying y en los sesenta del pasado siglo gamberrada, que era el genérico para los atropellos en una España huérfana hasta de anglicismos. Y lo que resultó definitivo: ni en su propio padre encontró apoyo. Este ya le había dicho que le partiera los dientes a aquel remedo de ser humano y listo. Raúl no sabía cómo gestionar el consejo, no se veía capaz –no por falta de ganas-  y lo peor es que el padre solía rematarlo con un cobarde, gallina. Hasta que no llegara a casa con un premolar de aquel cabrón en su mano ensangrentada no sería un verdadero hombre para el progenitor. Casi deseaba formar parte de la legión de tullidos que arropaban cada una de las acciones del indiscutible jefe y líder. Cegatos con gafas culo-botella, bizcos, cojos engaña charcos, chepas y demás desafortunados con su carrocería. Vivían tranquilos sin que nadie los molestara, ¡pobre de quien lo hiciera! Hubiese dado un cacho de oreja o diez grados de verticalidad.

Le dolía a Raúl especialmente la actitud del padre. Le dolía porque en el cole también le llamaban gallinita cobarde. Por no defenderse, a pesar de que no era la única gallinita cobarde que rehusaba hacerlo. Aquel día no le partió la boca al Mecano, pero ante la enésima vejación, cuando le “robó” el trompo de boj, su favorito, el más deseado de los trompos que bailaban en la arena del patio durante los recreos, se lo arrancó a su vez de las manos y morado de ira le gritó: ¡Mecano, que eres un Mecano, prefiero a una cobarde gallina que a un despojo de metal como tú. La próxima vez que te acerques a mi te clavo la punta de este trompo en la cara, baboso, y si tienes alguna duda, inténtalo! La amenaza surtió un efecto inmediato, además de un “sonoro” silencio. Fue una tregua tácita, unilateral y definitiva. Raúl era un artista tuneando trompos, le extraía la punta original y la sustituía por otra modelada por él, bien afilada, larga, de unos tres centímetros. Un auténtico espolón. Su gallo de pelea. Pero lo que hacía a la perfección Raúl era lanzarlo. Lo soltaba de la cuerda de un trallazo, un latigazo, para conseguir una inercia imparable. Conseguí meterlo dentro del círculo dibujado en la tierra y en el que bailaban otros trompos, muchos de ellos de humilde  pino. Era frecuente que alcanzara a alguno de lleno y lo partiera en dos, como lo hubiera hecho un rayo, y al mismo tiempo bailarlo como si nada. En eso consistía el juego. Quizás el Meca imaginó la peonza aterrizando sobre su rostro, desfigurándolo todavía más. De hecho se sabía de percances por malos lanzamientos, de trompos que fueron a parar a cabezas ajenas al corro y que necesitaron algún punto de sutura. Fue suficiente para el Meca.

Acababa de nacer un héroe. Sin pretenderlo, Raúl fue sumando a su causa un goteo de adeptos amedrentados por el común maltratador. Así como iban llegando lo ponían al corriente de las experiencias vividas. Insultos, escupitajos, zancadillas, hurtos. Todo le resultaba familiar al nuevo ídolo. Realmente no había ninguna “Causa” pero tampoco tenía motivos para rechazar a esa gente, por lo menos no quería hacerlo. Eso le proporcionaba un nuevo sentido a su existencia. Y qué menos que disfrutar de sensaciones tan desconocidas hasta entonces para él. Afecto, cariño. Aunque fuesen interesados. Casi sin darse cuenta, poco a poco, se fue agregando alguno de los tuertos y otros “defectuosos”. Fueron aceptados sin rencor. Notaba cómo le reconfortaba que así fuera. Pasado el tiempo se incorporó el Meca. Sin rencor.

Agosto 15: Las ramas

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Las ramas by Adry Luis Castillo —Cuba.

Habíamos llegado enseguida. Noté que la relación de Martha con el teléfono, era mucho mejor que la ya rigurosa con su novio. Se pasó todo el viaje pendiente de llamadas, y leyendo mensajes inscritos de manera casi poligonal por su amado Rafa. Siempre era así, y no tenía remedio. Sin embargo, todo esto me dio igual, cuando estuvimos bien intrincados en el bosque. Las copas frondosas de los árboles nos daban sombra, que a primera vista era algo bien aprovechado por nuestros cuerpos sudorosos y sucios, pero a la vez, nos dejaba casi ciegos en los espacios más bajos.

Habían demasiados bichos, que salían de sus escondites e iban hacia nosotros en ocasiones. Martha brincaba, mientras yo solo los aplastaba con mis inmensas botas. Aún así, entre la fructífera lucha con estos diminutos animales, la pobre niña no soltaba el celular.

—¿En serio? ¿De verdad que vas a estar ahí con el maldito teléfono? —Dije apenas brinqué un charco de lodo—. ¿Qué haces? ¿Buscas porno en Google?

Ella me miró. Fueron los únicos dos segundos en que le vi los ojos verdes. Su fugaz atisbo reanimó mi ya disoluto sentido de supervivencia.

—No hay cobertura —dijo.

—¿Qué?

—Que acaba de caerse la cobertura —dijo otra vez de forma asustadiza.

—Mierda.

Ella brincó el mismo charco de antes y, para no perder el equilibrio, se agarró de mi hombro en cuanto cayó a la derecha. Sus botas resonaron con el agua.

Rato después seguimos un estrecho caminito por la pendiente. Este bosque era demasiado para nosotros. Martha continuaba nerviosa.

Después llegamos a una lomita de tierra seca. Ella se sentó con desgano. Sus pelos, todos tirados en la cara, parecían manchas húmedas en los rosados cachetes. El moño de su cabeza estaba caído.

—Tenemos que seguir—hablé mientras miraba a los alrededores—. No quiero más sorpresas.

—¿Crees que nos está siguiendo? —Preguntó.

—Estamos bien lejos. No creo que se haya dado el trabajito de caminar todo esto—. Mentí. Y lo hice por esos ojos tristes que capturaron mi atención.

Ella jadeaba.

Sacó de la mochila un pomo de agua y se lo bebió completo.

—¿Tienes ahí? —Me miró con el recipiente vacío en la mano.

—Si —dije.

—¡Qué bueno! —Afirmó con elegancia.

Luego de un ratito seguimos el sendero. Miraba de vez en cuando hacia arriba. Me pareció un poco oscuro y no sé por qué, me imaginé la lluvia cayendo. «Los malditos árboles, los putos y grandes malditos árboles».

Los celulares están muertos, pero el reloj no, así que revisé la hora tras pasar un estrecho río. Era las siete, y supuse que debíamos de comer. La noche caía y nuestros estómagos gritaban.  Al menos el mío.

Nos recostamos a una piedra cerca de la otra orilla, y ella sacó un paquete de perros calientes y yo un poco de sirope de miel. Los mosquitos a veces me hacían rabiar, pero valorando lo bueno y lo malo de estar perdidos en un bosque de árboles grandes, con bichos de todo tipo, y para colmo, un hijo de puta que nos perseguía; no era una cosa tan mala la verdad.

Yo pensaba así, pero Martha no. Creo que ella era más de: «Hay un tipo que me quiere violar – bichos de mierdas – mi celular no tiene cobertura – Rafa debe estar preocupado – hay mosquitos impertinentes – ¡quiero morirme!» Y no la culpo.

Se veía muy nerviosa, incluso cuando comía, parecía hacerlo con un pavor irritable. Yo, desde su izquierda, muy pegado a su hombro, trataba de quedarme callado. No sería prudente ahora, soltar una palabra.

Comimos.

Dormimos.

Ella lo hizo en mi hombro. Yo, en una jodida piedra.

 

Hubo un ruido a media noche que nos despertó a los dos.

—¡Huy! —Soltó.

Enseguida le tapé la boca y agarré las mochilas. Le señalé que guardara silencio y nos levantamos del montículo lentamente. Ella estaba aterrada, sus ojos verdes me parecían negros, y me apretó el brazo derecho como queriendo fundirse a mi piel. «Pobrecita» pensé, pero debía de darle una solución al problema antes de ponerme a sentir lástima por los demás.

Caminamos lentamente por el lado izquierdo de la piedra. Creí en aquel entonces que eran pasos lo que se acercaba. Quizás era él, y nos había encontrado, porque era lo más seguro, porque era totalmente cierto.

Apareció con una sonrisa. Lo hizo como si tuviera toda la verdad en su acto. Como si confiara ciegamente en su habilidad para atacarnos. Fue una sonrisa de loco, esa penosa acción de autosuficiencia muda.

Yo puse a Martha detrás y apreté el puño. El mostró una navaja desde su manga y se nos acercó. Mi cabeza daba vueltas. Mis ojos, en segundos, trataban de ver las piedras más grandes del camino, pero si me agachaba a recogerlas, tendría, antes que nada, la cuchilla dentro de mi cuello.

Se abalanzó hacia nosotros y yo me esquivé enseguida con un movimiento de la mano. Él seguía riéndose. Martha agarró una piedra.

—Corre  —dije.

Pero Martha no me hizo ni caso. Ella seguía con el seboruco en la mano y sin decir palabras.

—¡Corre carajo! —Grité de manera intranquila.

La voz se me fugó de la garganta como resbalando entre el propio miedo.

Martha saltó unas ramas y corrió. El hombre hizo por salir tras mi compañera, pero le cerré el paso con las manos y el cuerpo. Enseguida se echó hacia atrás.

De repente la tierra comenzó a temblar y unas ramas salieron desde el interior para amarrar al tipo. Sus manos, sus pies, su cuello. Cada extremidad se vio inutilizada por las raíces. Yo me quedé inmóvil, nunca imaginé que existiese algo así. El hombre me miró con el rostro deformado, mientras sus rodillas se doblaban tras la fuerza de las ataduras.

—¿Qué has hecho? —Gritó.

Yo no sabía lo que estaba pasando. Estaba perdido, al igual que él y al igual que todo quien estuviese presenciando la escena. «Martha debía de estar muy lejos». Aquellas raíces estaban actuando por si solas, como si tuviesen conciencia. Me asusté, y di dos pasos hacia atrás.

Entonces, fue cuando vi como otra de esas enredaderas se arrastró hacia mí. Lo hizo de manera rápida y silenciosa, como la conducta tal de una serpiente. Yo enseguida reaccioné y corrí hacia atrás.

—¡Maldito! ¡Qué coño me está pasando? —Escuchaba los gritos del violador…

Mi corazón estaba bombeando litros de sangre y a mí me parecía dejar escapar todo el oxigeno por la boca. Y sin pensarlo demasiado, corrí por el sendero para perderme de aquellas ramas asesinas.

Martha estaba sentada tras unas rocas. Había huido demasiado y comenzó a llorar cuando me vio. Yo quise llorar también, pero no quería atontarla. Martha suele ser hipocondriaca.

—¿Qué pasó? —Preguntó.

Y le conté todo. Cosa que no dio por hecho y estuvimos discutiendo todo el rato, hasta llegar a la carretera. Allí los móviles se activaron y el fresco nos secó la cara. Sus pelos dejaron de ser manchas en las mejillas y se arregló el moño. Sus ojos se volvieron verdes otra vez. El mundo se nos hizo claro y por fin ella pudo hablar con su novio.

Me dijo que no la jodiera más de esa forma y para colmo, terminó por creer que era un plan mío para hacerle pasar un susto. No me habló más después de eso. Ella y yo perdimos la comunicación totalmente…

 

Agosto 14: Mood Nat

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by G&Q

Fast se encontraba atado contra la pared, de modo que debía sufrir la tortura de permanecer de pié durante días, las cuerdas de esparto se tornaban brazaletes en pies y manos, así,  los pocos momentos en los que intentaba dormir, su peso repartido entre las muñecas le despertaban. Mood Nat, la jefa suprema de la tribu, entró en la cueva que servía de calabozo, los dos guardas se hicieron a un lado y abrieron la puerta de madera forrada de ramas de olivo para mitigar los quejidos de los reclusos que habitaban esas estancias.

Se acercó con sus característico contoneo de caderas, era rápida y nerviosa como una gata, hacía serpentear su figura como una danza hipnótica a pesar de los toscos ropajes hechos a base de piezas de esparto, tejida con tiradas bien prietas y piel de goot, combinación que daba una idea de una manufactura textil bastante más avanzada que la del resto de poblados que habían encontrado.

— Has sido muy atrevido, incluso estúpido diría, no puedes venir a mi casa y hacerme sugerencias,  de manera tan altiva, delante de todos mis consejeros.

A medio metro de distancia, podía el olor a flores secas que provenía del pelo largo y enmarañado, se aproximó aún más, y su voz se tornó un susurro que se deslizaba gota  agota por su oído, creándole un hormigueo que le rodeaba la cabeza y le bajaba por la espina dorsal erizándole toda la piel del cuerpo. Súbitamente, pegó su cuerpo contra el suyo, notó todas y cada una de las curvas de mujer contra su pecho desnudo e indefenso al enroscar su pierna contra su cadera.

— Has sido muy atrevido, aunque tengas toda la razón del mundo. El susurro se le grabó de manera inmediata, no quería que ningún oído indiscreto lo oyese, ahora lo entendía todo, necesitaba hacer un doble juego delante de su consejo, si no podría perder el poder frente a otra mujer al mostrar duda o debilidad.

Ella apartó sus ropas, dejando su cuerpo al desnudo, y volvió a enroscarse contra él, buscó su cuello, y empezó a besarlo, Fast apartó la cara, más por seguir en su papel de prisionero rebelde que por voluntad propia. Ella entendió la postura y se separó de él súbitamente.

— ¿Osas rechazarme sanador? Eres rápido, e inteligente, cualquier mujer te desearía a ti y a tu semilla, podríamos tener hijas fuertes y sabias, podríamos dominar juntos toda la tierra hasta donde abarcan los ojos.

— Sabes que no debo, soy sanador no puedo quedarme en un solo lugar, debo ayudar a todos por igual.

— Tu boca dice no, — pasó sus dedos por los labios de él y continuó bajando por el cuello, el pecho y hasta el bajo-vientre, llegando al calzón que le habían dejado como única vestimenta tras los azotes, donde su masculinidad latía viva por la excitación de aquélla mujer preciosa y voluptuosa— pero… tu cuerpo dice que me desea, ¿quieres que te libre de esta contradicción?

Sacó de detrás de la espalda un cuchillo hecho de hueso de goot con forma curva y hoja de metal y se lo puso en el cuello, Fast le miró a los ojos, su respiración estaba aún más acelerada, no por la amenaza, si no por el descubrimiento de una hoja de metal en un poblado tan al Norte, ella se percató y volvió a arrimarse, apretándose contra él y su sexo totalmente excitado, notando el pecho firme y duro de ella contra él.

— Podría tomarte aquí mismo hasta que me dejases completamente satisfecha, bajo amenaza de rajarte entero, podría tenerte aquí colgado por el resto de tus días o hasta que me des hijas, y obedecerías. No eres nada, solo un hombre, indefenso a mi merced, como el resto de hombres en cualquiera de los otros poblados, pero eso es algo que yo no tolero, creo que aunque seáis lentos y casi estúpidos, también sois personas. Soy demasiado benévola.

Empleó el cuchillo para liberarlo, y sujetó a Fast que se desplomaba por el cansancio, lo dejó en el suelo con delicadeza. Y le susurró al oído mientras le acariciaba la cara.

— Dejaré que tu aprendiz te cure las heridas, pero debéis marcharos, no puedo liberar a tu amigo, será ejecutado el próximo día de tormenta.

— ¿De dónde has sacado el metal para el cuchillo?

— Un regalo de una pastora nómada, lo encontró más allá de los montes gemelos, en una zona de desértica que llaman Base.

Se miraron largamente a los ojos, las respiraciones se habían calmado, y lo que quedaba eran dos animales salvajes, ardiendo en deseo, pero conteniéndose, por un bien mayor debían seguir con el papel de prisionero y jefa suprema, por fin Fast había encontrado un poblado suficientemente desarrollado, con una matriarca inteligente y justa, era el germen que necesitaba para plantar, para establecer los cimientos sólidos de una civilización justa, restablecer el conocimiento y el progreso humano una vez más. Ahora ella debía mantenerse con vida en el poder, en una sociedad en la que el mínimo indicio de debilidad se tornaba en un golpe de estado, normalmente solucionado en combate a muerte.

— Gracias mi señora, te debo la vida.

— Vendrán días de cobro. Cuida tus pies.  — dijo haciendo el saludo típico de los caminos.

Ella se levantó y se dirigió de nuevo a la puerta, dio las instrucciones de hacer llamar a su aprendiz y se fue, no sin antes dirigirle una última mirada llena de preocupación, ¿sería la última vez que se encontraban?

Agosto 13 El enigma Kurtz

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by j re crivello

Este artículo está cargado de enigmas… mi obligación es escribir, los lectores situar y analizar

“En pocos días la Expedición Eldorado se internó en la inmutable jungla. Mucho después llegaron noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada del destino de los animales de menos valor. No pregunté. Cada vez estaba más agitado ante la perspectiva de conocer a Kurtz muy pronto”. (1) Apocalypse Now

Todos amamos y cuidamos de un kurtz interior. Y ese profundo foso de inseguridades y venalidades calcula fielmente los seguidores permitidos en la tribu que nos rodea. Fascinantes a veces, o en otros calculadores, siempre, el fantasma de Vietnam nos asola. Cuando un conflicto se apaga otro le sucede, a veces lo creamos agitando una diferencia, luego le agregamos una bandera y suponemos que nuestra especialidad es ser únicos e independientes. Solo nos queda inflamar la tierra –con consulta o sin ella. Ya antes de votar, de decidir, nuestra imaginación está dominada por este fuego por el conflicto. Nos domina Kurtz. El nos habla “como el fluir falso desde el corazón, de una oscuridad impenetrable”.

Las grandes decisiones surgen a partir de sentirse convencidos de una idea y dejar que esta sea dominada por “la emoción de Kurtz”, pero la historia nos señala que llevan a grandes fracasos. Y el tiempo perdido desgarra la sociedad en dos mitades que se abaten por un sueño.

 

Notas:

(1)Pág. 27 Apocalypse Now Edit La Vanguardia. El Corazón de las Tinieblas Joseph Conrad.

Solo la democracia y el respeto a las minorías alejan de nuestras vidas la “emoción de kurtz”

Agosto 12: El Botas

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by Ana Centellas

“El Botas” era el claro prototipo de chico malo. Cuerpo cultivado, lleno de tatuajes, cabeza rapada, vaqueros y chupa de cuero. Le conocían por este mote porque siempre llevaba sus desgastadas botas de “chúpame la punta”, de las  que no estaba dispuesto a separarse, aunque ya no estaban de moda.

Pertenecía a una pequeña banda que tenía atemorizado a medio barrio, más por las pintas que llevaban que por otra cosa; y que tenía locas a todas las muchachitas de menos de veinte. Lo cierto era que no se les podía acusar más que de robos de poca monta, de cerveza y tabaco en alguna que otra gasolinera y en varias tiendas del barrio.

Pero esta vez, “El Botas” estaba jodido pero bien. Detenido hacía unas horas, tenía frente a sí a un agente de la policía con muy malas pulgas, que no paraba de hacerle preguntas. Enfrascado en un mutismo absoluto, “El Botas” solo tenía pensamientos para hacer callar a aquel tipejo que le estaba mareando la cabeza de aquella manera. Y eso no era un buen augurio para el policía. Como se le cruzasen los cables, el jodido sería él. Su fortaleza física se lo permitía, por mucha mala leche que se gastase el madero de turno.

La noche anterior, había aparecido asesinada por estrangulamiento una joven vecina del barrio, Amanda Rodríguez. El acontecimiento había tenido lugar un par de horas antes de medianoche y hubo testigos por todas partes, que se encargaron de alertar a la policía. Por esa razón, “El Botas” estaba en comisaría en aquellos momentos.

—Te lo voy a preguntar por última vez, ¿por qué lo has hecho? —le increpaba el policía, haciendo acopio de la poca paciencia que le quedaba.

“El botas” seguía siendo como una tumba. Recostado sobre la silla en actitud chulesca, lo único que hacía era golpear en el suelo con su bota. Una y otra vez. Era su particular manera de tranquilizarse y guardar la compostura ante una situación que lo único que haría era perjudicarle aún más.

—El pajarito no quiere cantar, ¿eh? Tendremos que buscar otras maneras, a ver si así se atreve a cantar. Sabemos que fuiste tú, tenemos varios testigos que te han señalado. Lo que aún no comprendo es cómo pudiste ser tan estúpido de hacerlo a esas horas, en la misma puerta de entrada a la casa de la chica y sin protegerte de ninguna manera. Estás jodido “Botas”, solo intento adivinar por qué.

El repiqueteo de la bota cesó al instante. Hubo un duelo de miradas entre policía y delincuente. El mutismo por parte de este seguía haciendo acto de presencia. El cruce de miradas continuó unos segundos más de lo estrictamente necesario. Hasta que, al fin, “El Botas” cedió. A él nadie le llamaba estúpido. Ya no. Echó mano a su chupa de cuero, lo que puso en alerta al policía de inmediato. Se relajó al instante al ver que echaba mano de una cartera de cuero que debía haber conocido tiempos mejores. La relajación inicial del policía fue dando paso a una rabia desorbitada.

—¿Pero quién ha sido el gilipollas que ha dejado entrar a este tipo con objetos personales? —bramó con furia.

Al otro lado de la pantalla protectora, alguien temió por su puesto.

“El Botas”, con una serenidad pasmosa, se limitó a extraer de la cartera una vieja fotografía raída y doblada por varios sitios.

—¿Ves al chico de la foto? —preguntó con su voz grave y amenazante, mientras señalaba a un chico escuálido, con la cara llena de acné y un flequillo con tanta grasa que bien podría haber valido para engrasar unas botas de montar. Cuando vio que el agente asentía, continuó —: Soy yo, cuando estaba en el instituto. La muy zorra de Amanda se dedicaba a insultarme cada vez que me veía. Lo pasé muy mal, ¿sabes? Mis padres me llevaron durante una temporada al psicólogo por miedo a que cometiese una locura, a que me suicidase, vamos. Así de grande fue el acoso psicológico al que me sometió la tal Amanda, siempre con sus sonrisitas tontas y su porte de modelo. Era la típica niña de papá, que se creía que tenía el mundo a sus pies y todos debíamos pisar por donde lo hacía ella. Tan rubita, tan buena chica. Pero era una auténtica zorra. Nada más llegar al instituto, comenzaban sus insultos, sus humillaciones, sus chistes graciosos a mi costa. Todo el mundo comenzaba a reírse de mí, por su culpa. Fui quedándome cada vez más aislado, hasta que ir al instituto se convirtió en una auténtica tortura. Y todo por culpa de ella.

Durante todo este tiempo, los ojos del chaval habían permanecido fijos en un lugar indeterminado de la sala, como si en verdad se hubiese trasladado a aquella época. Posó su mirada en el policía, para asegurarse de que le prestaba atención y prosiguió:

—Cuando terminé mi terapia, creí que lo tenía superado. Pero la volví a ver, y lo volvió a hacer, ¿sabes? Nadie se molestó en ningún momento en recriminarle su actitud. Le bastaba con poner su carita de niña buena para que todos creyesen que era mentira. Pero a mí no me lo iba a volver a hacer. Por suerte, ya estábamos en el último año y dejé de verla pronto. Desde entonces se convirtió en una obsesión para mí cultivar mi cuerpo, para que nadie me volviese a humillar de aquella manera. Ahora tengo confianza y hasta me había olvidado de Amanda. Pero el otro día la reconocí, siempre tan perfecta, con su perfecta casita y su perfecto trabajo, su perfecta familia y su perfecto caniche. Me volví a obsesionar. Anoche estaba esperando a que llegase. Solo quería darle un susto, que viera en qué me había convertido y que supiese que nunca más se volvería a burlar de mí. Ni siquiera sé si me reconoció. El caso es que  empezó a gritar como una loca y tuve que callarla, ¿sabes? Cuando me hablan mucho o me gritan, mi cabeza se hace una pelota y, entonces, no controlo.

—Señor Jaime Villar García, alias “El Botas”, queda usted detenido por el asesinato de Amanda Rodríguez. Tiene derecho a permanecer en silencio. Tiene derecho a un abogado, si no tiene uno se le asignará uno de oficio…

Agosto 11: Virgo a la venta

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by Melba Goméz —EEUU.

Caminaba despacio entre toda esta gente de abolengo con mi mejor sonrisa —la que tanto le gustaba a mi esposo—, Don Eduviges Montes de Villaseñor, el Gobernador del Estado. Me preparé para este momento toda la vida. Tomé clases de modelaje, inglés y otras artes que me serían útiles en el futuro, según me aseguró mi madre. Al menos —las de modelaje—, me sirvieron para que llevara ese vestido dorado, ceñido a cada curva de mi cuerpo y que enseñaba mis tetas, las que mi marido mostraba con orgullo a sus correligionarios y amigos. Me repugnaba cuando me agarraba por la cintura como trofeo de feria y presumía de mi belleza y juventud. Como si no tuviera rostro, todos me miraban fijamente al pecho, lo que invariablemente provocaba una erección a mi querido Eduviges quien me sacaba de la fiesta para darme un par de estocadas por el culo en par de minutos. No duraba más. Me reventaba tener que limpiarme ese embarre asqueroso. Tardaba más en asearme que lo que duraba el acto, pero ya me había acostumbrado. Retocaba el peinado y el maquillaje y salía del baño como si nada hubiera pasado, mientras el Gobernador se paseaba ufano para que todos vieran que todavía podía follar.

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Eduviges tenía setenta años y mientras más lo miraba más asco me daba. Su vientre era tan grande que el pantalón solo le servía debajo de la barriga. Sudaba como cerdo, sobre todo cuando «hacíamos el amor», aunque él no usaba precisamente esas palabras, era más prosaico cuando estábamos en la cama o en donde me cogiera.  Era un viejo libidinoso, con todo y que me tenía, andaba manoseando a cuanta muchachita se encontraba por el camino. Supongo que a ellas también las habían entrenado para usar sus encantos, ya que todos en la ciudad conocían sus debilidades tanto como las conocía mi padre.

Mi madre me crio peinando mis rizos dorados con un cepillo de cerdas suaves todas las noches. Desde niña me acostumbró a usar cremas en todo el cuerpo, porque la piel hidratada de mantenía más joven. Me bañaba con agua fría, para que las carnes no se me aflojaran. Me dijo que mi virginidad era lo más valioso que tenía y me aconsejó que no la perdiera con nadie que no pudiera pagar su importe.

—Es una pieza de negociación, niña —decía muy seria—. Puedes salvar el patrimonio de la familia.

Jamás entendí exactamente lo que era la «virginidad» de la que mi madre hablaba. Cuando busqué información en línea, la respuesta no era muy alentadora. Leí, «virgen es la mujer que no ha tenido relaciones sexuales». Esa explicación no me ayudaba mucho. La otra respuesta — la científica— especificaba que era «la ruptura del himen de la mujer de cualquier modo». Cualquier cosa que fuera una ruptura —pensé— debía causar un dolor terrible. Así es que con esos datos me fue más fácil guardar la maravillosa joya que nos sacaría a todos de la más terrible bancarrota.

Cuando cumplí trece años, mi padre me llevó a un rodeo en el que iban a estar muchas personas importantes, incluyendo al señor Gobernador. Mi madre puso especial atención a mi vestimenta. Me puso unos vaqueros apretados, unas botas adornadas con diseños de color turquesa y una blusa ceñida. Había heredado el inmenso busto de mi abuela y según mi mamá era un atributo al que las mujeres siempre debíamos sacar partido.

Tan pronto me vio el lujurioso Gobernador, se acercó para verme de cerca.

—¡Qué hermosa jovencita! —dijo mirándome de arriba abajo, mientras mi padre, como un pendejo, le reía la gracia al anciano decrépito.

—¡Ve, hija! —insistió el viejo—. Busca el caballo que quieras y diviértete. Es más… —dijo mientras llamaba a uno de sus lame botas—. Tráele el Pegaso a la niña —ordenó—. Seguro que estará encantada con él.

La semana siguiente una camioneta arrastraba el transporte de Pegaso hasta mi casa. Era un regalo. La bestia era hermosa, era cierto, pero no me agradaba quién lo enviaba.

—Está rete bonito ese animal —insistió mi madre quien se daba cuenta de mi disgusto—. Debes subirlo y pasear un rato. Después de todo ahora es tuyo, como lo será todo lo del Gobernador.

—¿Cómo que todo lo del Gobernador será mío? —pregunté confundida.

—Sí, mi amor. El Gobernador quedó tan impactado con tu belleza que ha pedido tu mano a tu padre.

—¡Madre, no quiero casarme con ese vejestorio!

—Marta, la vida es así —dijo despacio—. Las mujeres tenemos que sacrificarnos por la familia. Tú has tenido mucha suerte de que este hombre tan poderoso se haya fijado en ti y hasta haya pedido tu mano en matrimonio. Otras, solo reciben unos cuantos dólares por su virginidad y luego a paseo.

—No puedo creer que me estés diciendo esto…

—Yo también tuve que aceptar la voluntad de mi padre, hija. Tu papá era de una familia de abolengo, pero no tenían dinero, y la mía, tenía dinero, pero no linaje, por eso se empeñaron en unir las dos familias. Pero cuando murieron nuestros padres, mi pusilánime marido, perdió la poca herencia que nos dejaron. ¡Solo tú puedes salvarnos de la ruina!

No se habló más. Dos meses más tarde me casaba con el Gobernador, vestida de blanco como una verdadera virgen. La crema y nata de la sociedad se encontraban en la iglesia y la ceremonia estaba amenizada por el grupo de música norteña de moda. Yo solo sentía horror por la dichosa ruptura de mí himen y en cuánto me dolería cuando el viejo barrigón se me tirara encima. Los demás hombres hacían bromas subidas de tono sobre el evento y mi padre achantado sonreía.

Cuando acabó la celebración, Eduviges se quedó fumando un puro en el balcón y me dijo secamente que subiera a la alcoba y me desnudara. Mi madre me había puesto en la maleta una bata virginal —de las que se usan en las noches de boda—, me la puse y esperé. Una hora después el hombre entró en la habitación borracho, sudado y apestoso.

—Te dije que te desnudaras —dijo.

—Es que mi madre…

—¡Tu madre al carajo! Ahora eres mi propiedad.

Dicho esto, se me acercó y de un tirón me rompió la bata. Me empujó a la cama y me apretó los senos. Como un salvaje comenzó a chuparlos y a morderlos sin importarle que me hacía daño. Yo casi vomitaba de asco. Se agarró el pene y lo batió hasta que obtuvo una erección. Me haló hacia él para que lo pusiera en mi boca. Cuando vio que estaba dando arcadas, me tiró de nuevo, se subió sobre mí y en un par de estocadas acabó con mi dichosa virginidad. Sentía su sudor repugnante sobre mi cuerpo y entre mis piernas un líquido pegajoso. Él se levantó de la cama y salió de nuevo. Sentí alivio. Al rato regresó —aún más borracho—, y repitió la operación. Me sentía humillada, despojada de todo mi orgullo, pero no lloré. Desde ese mismo momento comencé a odiar a mis padres y al marido que me impusieron.

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En estos cuatro años que he estado casada Eduviges dejó de atacarme, salvo en las fiestas cuando quería demostrar que seguía perfectamente saludable y capacitado para violarme. Mientras, no se quedaba en el rancho. Prefería irse a la ciudad a pagar por la virginidad de otras niñas. Me acostumbré a salir a cabalgar a Pegaso, cuando lo hacía me sentía tranquila.

En esa época llegó Ramiro, el encargado de las caballerizas. Lo miraba desde la ventana bañando a los caballos sin camisa y sentía que se le enchilaba la sangre. Imaginaba su vientre plano sobre el mío «haciendo el amor», de verdad. Esa mañana me puse unos pantalones cortísimos y una blusa amarrada sobre el ombligo. Salí descalza hasta donde estaba Ramiro.

—¿Ya bañaste a Pegaso?

—Sí, señora —contestó observándome, sintiendo que se le encandecían los sentidos —¿Quiere salir ahora?

—Quiero… Pero no quiero ir sola.

Ramiro que llevaba un tiempo observando a la mujer del Gobernador, no se hizo de rogar. Se puso la camisa, buscó a Pegaso y a otro caballo. Me ayudó a montar, poniéndome su mano en la nalga. Me estremecí, pero no me quejé. Cabalgué hasta un lugar en donde sabía había una casucha abandonada. Me bajé del caballo y sin mediar palabra entramos y por muchas horas dimos rienda suelta a nuestros deseos. Desde ese día buscábamos la hora de encontrarnos a solas. Le confié todo lo que había sufrido, cómo mis padres la vendieron y cómo el viejo me violaba.

—Tengo que deshacerme de mi marido, de mi padre y de mi madre —confesé entre lágrimas desesperadas.

Ramiro guardó silencio, tan largo que pensé que había dicho demasiado.

—Yo te ayudo —dijo finalmente.

Me sentía segura pues tenía un aliado. Conspiramos para matar a la gente que me destruyeron la vida. Esperamos una fiesta de esas en las que Eduviges acostumbraba a forzarme a tener sexo.  Enviamos una canasta con un vino envenenado que se tomaría el viejo panzón y que compartiría con mis queridos padres. Yo tomaría una copa, pero no lo bebería. Todo salió exactamente como lo habíamos planeado.

Lloré amargamente durante el velorio. Insistieron en que dijera algunas palabras.

—He perdido a los seres más importantes de mi vida. Lucharé porque el asesino pague con la propia.

Las gentes gritaban enardecidas pidiéndome que ocupara el puesto de mi esposo. Sería la señora Gobernadora y haría lo que le viniera en gana. Por fin sería libre, todo lo demás sobraba.

En ese mismo momento la Policía llegaba con una orden de registro y allanamiento a la cabaña de Ramiro. Encontraron oculta entre sus ropas una botella que contenía el mismo veneno con el que asesinaron a mi familia. Lo condenaron a muerte por magnicidio.

 

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