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Barcelona / j re crivello

¿Tiramos los borradores viejos?

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by j re crivello

“No tienes que disculparte, para nada, pues no me moviliza ni un cabello. Sólo me asombra su eterna capacidad de guardar rencores, de no pasar en limpio la vida y tirar los borradores viejos por el inodoro, De empezar, aunque tarde, un camino más placentero y fecundo”. Monica Nigro (1)

Los rencores son apaisados y delgados, tienen esa suerte especial para poder acumular más y ponerles uno encima de otro. Y no sentimos su carga, hasta nos es difícil calibrar si nos amargan,  o nos dan impulso. Muchas veces frases tales como “esa persona es muy rencorosa” caen en el olvido, o el desuso. Cada cultura parte de esta necesidad y la estimula según le convenga. Ahora nos encontramos que una energía intelectual de sanadores, de renegociadores de conducta ha puesto sobre la mesa esta estafa del alma. Nos dicen:

“En algunas pérdidas o fracasos –separaciones, ruinas, problemas relacionales, etc.- nos preguntaremos que necesitamos aprender y mejorar para que no se repitan.” (2) Con lo cual el autor nos remite a no pagar culpas ajenas y considerarlas como propias.

Pero multitud de personas se animan a pasar por esta etapa de la vida que acumula antiguas reyertas del amor, o de envidia, o de los celos. Y su vida se va llenando de rosas desgastadas y marchitas que le atrapan en una batalla imaginaria.

Recuerdo haber metido la mano en el cajón de madera del último cuarto. Había poca luz, nada me hacía presentir que detrás de aquella envoltura en celofán gris las fotos de la boda de mi padre me traerían hacia el pasado, en donde los gritos, las peleas y el maltrato estaban pegaditos uno al otro en un resumen de odio y silencio. Ante ello mi pecho dejo escapar un gemido, cargaba con las incomodidades y desvaríos de las dos almas de mis padres en una disputa sin fin. Por la tarde compre un álbum familiar y pegue las fotos intentando reconciliar mi odio ante su falta de tacto y amor. (3)

Si nuestro corazón se aprieta de dolor, liberémosle, escalonando las imágenes de la desidia para decirles adiós sin rencor. En suma, como define mi hermana escritora, son borradores viejos.

 

Notas:

(1)Monica Nigro Ré Cartas privadas

(2) Pág. 109 La llave de la buena vida, Joan Garriga, Edit. Destino

(3) J. re crivello 004 Memorias de un hombre estúpido

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Final de trayecto

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by j re crivello

Es algo que hace ruido allí dentro. Te haces mayor y te jode cumplir años (el mío llega este 13) y aunque lo disimules hay jornadas que tirarías por la ventana o lo que sea ese mal sabor. Es algo vital, entras a la ducha y sin cuidarte patinas dejando-te media piel, o giras la rodilla y hace Tramp, o aunque estás bien te vas alejando de los amigos pues ellos (soy masculino) quieren hablar de futbol o jugar al tenis y así sucesivamente, de cosas que me encasillan y uno percibe que los treinta o los cuarenta de tipos de esa edad aparecen charlas más interesantes. Y escucha a su amada mujer y sus amigas: son más actuales, van a la acupuntura, hacen dieta o hablan de vainas más modernas.

Y así. Entonces sube un residuo molesto de protesta por la tráquea, como una espuma de cerveza rancia. Vamos que el 13, sumo 62. ¿Es tan solo eso?

EsteputorunrunmeestaHartando.

Y luego uno se dice, a pesar de que tienes una cantidad de relaciones digitales con las… o vas por la calle y te saluda hasta el vendedor de cagadas varias ¡Mierda! Auto justificación pura y dura

 

Nota: Hace años me enfermaba en mis cumpleaños y los invitados libaban a mi cuenta.

Escribir un Diario Íntimo

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Diario Íntimo Frida Kahlo

Escribir un diario íntimo es llamar a los diablos y a los truenos. Es ver si el guiso se está quemando o mi abuela se ha echado aquel novio que baila recto como si tuviera atados sus atribulados mantos del poder. En el Taller de Escritura FlemingLAB ya hemos pasado por esa experiencia, no consideraba que iba a escuchar tantos quejidos, pero ya van llegado algunos testimonios:

María Jimenez lo resuelve así:

“El terapeuta del hospital me ha indicado amablemente que comience a escribir en una libreta lo que siento, con la intención de que aflore todo aquello que pueda quedarse dentro como emoción negativa y me impida recuperarme y progresar.

No estoy seguro de si ésta terapia dará algún resultado, pero creo que tampoco me hará sentirme peor. Hace cuarenta y ocho horas que he despertado de un coma tras el accidente que tuvimos mi mujer y yo el día de nuestra boda. Viajábamos…”

Silvia Salaplana nos dice:

“Llevo dos horas con las nalgas muertas en el asiento y creo que voy a cerrar el pc porque la familia comienza a salir de sus habitaciones, ya están todos levantados.

El domingo se convierte en un día de dardos, he acabado pasando por debajo de la mesa hasta María la más pequeña me ha ganado. Paseo para ir al comprar el pan, toca coger el coche, allí la excusa perfecta para tomar el aperitivo. Los niños están encantados…”

Antonio Guillán en su estilo no concede y es valiente:

“Pillo los gayumbos que están enrollados a un lado de la mesilla y me los calzo con cierta agilidad. Trastabillo un par de veces, poniendo en peligro la tele. Como son oscuros no me paro a ver la rúbrica. Si fueran claros estoy seguro de que la nicotina sería una metástasis visible del textil. Cada color tiene sus ventajas. A mi particularmente me gustan más los sufridos. Ay, ¡el Oxi Action no tiene precio! Frotas con la bolita, un cacito y lavadora. A ver cuando me llaman a mí para contarles mi truquito, ando apurado de pelas…”.

 

Conchi Ruiz via e-mail me pega su trabajo, pues según me cuenta el gato se ha devorado el enchufe del ordenador.

“Lo cierro y sigo mirando y rebuscando. Me hundo hasta el fondo de mis sueños. Hacia mi pasado. Elijo otro diario, tiene un cordón de dos colores: blanco y celeste y una estrella colgando que ya ha perdido el color. Lo abro por cualquier página y dice: “las notas no han sido buenas, pero he aprobado, papá está serio, hoy le daré más besos y lo peino mientras oye la radio”; o una frase que me sorprende “es guapo ese compañero y me ha llevado a clase una rosa, cada día me lleva una rosa pero no me gusta, se repeina mucho”. Pero mi mirada se detiene con un cierto escalofrío. “Mamá no está bien, si se muere yo me muero con ella, dicen que está mal desde que nací yo ¿tendré la culpa?”

Pedro J aunque me previene que no lo publique incrusta el diario de un dialogo de dos polis. ¡Lo siento Pedro J. hoy es domingo y rezaré 24 padrenuestros!:

“Alguien ha avisado a los policías que acaban de llegar.

—Osti tú. Mira eso neng. ¡Qué mal rollo!

—¿Quién coño habrá hecho algo tan repugnante?

—¡Ve tú a saber!, hay cada depravat por ahí…

Aquellos policías se equivocan, no fue un depravado. El cuerpo, en avanzado estado de descomposición, había alimentado a cangrejos, langostinos y tintoreras…”

Antonio Caro (hay dos Antonios en los grupos) nos dice:

“He de reconocer que aprovecho estos paseos para buscar especies de semillas o de árboles para satisfacer mi afición, pero también para sacar alguna foto que me guste ya que es otro de mis hobies a la vez que cuido de mi salud entre comillas o al menos no la descuido.

Los dolores de cabeza me están matando como cada día y trabajar de noche no es quizás la mejor opción, pero mi calidad de discapacitado no me da muchas opciones donde elegir, si bien este tipo de trabajo me da la oportunidad se poder escribir o leer más que en cualquier otro empleo.”

Frank Spoiler nos atrapa en su particular estilo, ¡vale Frank, es que la lías un montón!

“Lunes, 17 de abril de 1976, 13:17 horas”.

Hoy es mi cumpleaños, cumplí 15 años. Es horroroso, mi cuerpo aparece deformado, soy un monstruo. Siento asco del cuerpo que habito, no quiero estar aquí… ¡me ahogo! Todos me miran y me insisten en que apague las 15 velas, las que permanecen encendidas encima de una masa de bizcocho y nata, esperando, en una danza grotesca, mi soplido. No pude, huí, estuve toda la tarde escondido bajo la cama donde dormía”.

Veronica Boletta a su vez nos permite atisbar que siente un gato cuando ya ha pasado el invierno y regresa a sus rutas de la primavera:

“Desde la ubicación más mullida de la casa una gata interior me observa. Ha usurpado mi cama y desparrama sin pudores su anatomía. ¡Otra vez las sábanas llenas de pelos! El cambio de estación también le llega. Se desprende de su abrigo natural. Barro, limpio, recojo y siempre hay más. ¡Voy a rellenar almohadones con los pilosos anexos tegumentarios! Mudan las estaciones y las costumbres. Miro hacia afuera mientras me mira. ¿Hay cariño en esa costumbre de estudiarme? A veces creo que me quiere”.

 

O en mi caso en una respuesta a Silvia Salaplana

“A veces uno se pregunta si escribo sobre mi vida ¿soy valiente? O aquello está alejado. Bueno tal vez esta Actividad nos lleva hasta nuestra rutina y nos hace pensar: en nuestros hijos, la comida o el aburrimiento. En mi caso he escrito mucho sobre mi vida y ello parece incorrecto con los que te rodean… pero libera y tanto que libera el alma

Nota: Yo también siempre encuentro el rollo de papel vacío que deja mi hijo el de 25. Es su firma… emocional”

 

El nacionalismo. S Zweig

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En 1942, Stefan Zweig se suicidó junto a su segunda esposa en Petrópolis (Brasil). Era la última estación de una huida de la Europa conquistada por el fanatismo y el régimen nazi que no tardó en prohibir sus obras. Link art. El Mundo

A veces cuando escribimos pasamos por alto multitud de infames peripecias de la sociedad, por no ser valientes, por mirar hacia el costado, por cuidar de nuestra familia. Con Zweig coincido que el nacionalismo es una herida humana que lleva a menospreciar al otro, a aquel que al atravesar una línea nos somete a la privación cruel de decir que ese pueblecito de Valencia es diferente a nosotros y convive a nuestro lado desde hace siglos.

Hace 120 millones de años donde vivimos los actuales españoles era una isla varada en la cual el Cantábrico estaba girado y el línea recta  a la altura de Valencia y esta isla era el paso entre dos continentes, el del Oeste y el del sur (Laurasia y Gondwana). Por aquí se movían especies y semillas de ambos espacios y florecía el intercambio.

«No hay nada que odie más que la egolatría de los pueblos y su rechazo a reconocer la variedad de las formas de pueblos y de tipos de seres humanos», escribe Zweig y con el nos une a esa madeja de intercambios que somos los humanos pero que intentamos sacrificar en pos de el ciudadano ejemplar con un título dotado de Nación independiente.

En época de Franco eran los desafectos, hoy en los twuits de los wattsap de los amantes de la independencia en donde resido, llegan con títulos como: indecisos.

No aconsejo tal vez el suicidio como Zweig pero debo reconocer que no soy valiente.

#La semilla del odio late sin cesar#

Veneno hasta los 18

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1.600.000 españoles comerán en 2017 con la recaudación de alimentos de este fin de semana. Los desajustes entre emprender y crear riqueza con la desigualdad son un reto -j re crivello

Margarita temblaba bajo la lluvia, Una tormenta infame y calurosa escupió agua, tierra y hedor en el verano del trópico. Nadie protestaría. Todos aguardarían con calma que se deshiciese aquel espectro caído desde el cielo.

Ella esperaba que abrieran la fábrica. A las 5 de la mañana un pitido diría ¡adelante!, de allí hasta las 7. Con sus 13 años tenía un compromiso con su familia. Con la literatura barata, también. Dirían que en la piedra de la globalización, millones de pobres se incorporaban al consumo. O, más sueños se reunirían en la aldea. A ella le importaba bien poco, salvo aquella nube azul zafiro que el polvo de las maquinas barrían sobre su pueblo. Un toxico que mataba en barrena. Su agria lengua les pasaba al lado y resucitaba a los que la familia había enterrado. Se decía a si misma que a los 18 se subiría a un tren o a un barco apiñada para dejarse caer donde el mundo les insultaba, pero estaba libre de fuego y suciedad. En esa parte de Europa o América los caciques no podían dictar sus normas y la fría altanería del pan y carne donde iría a comprar a diferencia del pueblo donde residia estaría llena de lineales batiéndose con ofertas. El pitido les despertó. Su nieve aromática comenzó a inundar la aldea. Ni el asco, ni el inoportuno matambre de seda pendiente de comprar, le apartarían de aquel espacio listo para llevarle hasta los 18.

Este artículo aparece en The Pizza

B J Grass: Manfredi —04

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by j re crivello. Derechos mundiales La Abeja (C)

Tenía 23 años, había dejado a mi familia, deseaba alejarme y construir una nueva vida. Solo disponía de dinero para muy pocos días. Había elegido este sitio porque tan solo vivían 1000 habitantes. Cerca del pueblo un manicomio albergaba a 4000 enfermos. Luego una cantera en la cual podía encontrar trabajo ¿Qué venía a hacer aquí? El fastidio se mezclaba con la alegría que me producía ir a la aventura.

Mis botas tocaron el borde de la carretera. Era estrecha, recta, con dos curvas en sus extremos que establecían un viaje interminable en la larga llanura. Era un paisaje egoísta y sutil, de gran amplitud, pero cobarde al aplastar al visitante entre un cielo dulce y azul y una planicie irritante.

Atravesé el camino, del otro lado se veía una gasolinera, una pista de baile y un escenario. Luego un bar y una pensión. Me rodeaba la desolación. Hacía calor, mucho calor. Fuera del poblado se veían grandes extensiones. Durante la siesta –fue mi reflexión- infaliblemente todos desaparecían en sus casas. El lento paseo me dejo frente a la puerta de la pensión, al franquear la entrada observe que serían cerca de las 2 de la tarde. Nadie se veía en la recepción, opte por golpear. Espere un momento, abrieron una puerta lateral. De ella salió una mujer, fina, estrecha de caderas, de pechos abundantes. Estaba más bien despeinada y desarreglada. Vestía con una bata que anudaba con un cinturón a la altura de su barriga, aquel estropicio en el diseño dejaba entrever un movimiento sensual. Me preguntó:

—¿Qué desea? Sus ojos chispearon, una luz de deseo despertó en mí la codicia.

—Una habitación, respondí. ¡Que estupidez!, para que si no había venido hasta aquella mugrienta recepción. Me hizo escribir mi nombre y garabatee un seudónimo: Nil Costa

—Pase. Un ademán me invito a adelantarme. Atravesamos una sala grande en la que se distribuían cuatro sillones, una mesa y un piano negro que ajado e inservible en una esquina. Hacia el fondo una puerta daba tal vez al patio –en este pueblucho asomarse a la calle era dar con un gran escenario. Por la izquierda una escalera subía a la planta superior. Ella dijo:

—Sígame. Comenzó a subir. Al ir delante, su trasero redondo, erguido, se movía y estiraba. En varias ocasiones casi zozobra. Le sobresalían unas piernas carnosas, rosadas. Sus sandalias golpeaban los escalones a ritmo obsceno. Llegamos a la primera planta, ante nosotros apareció otra sala y un largo pasillo del que se divisaban varias puertas. Me preguntó:

—¿Con lavabo?

—Si. Extrajo un manojo de llaves de su bolsillo derecho y se detuvo en la habitación 113, abrió empujando la puerta. Había dentro una cama, un ropero y una ventana que daba a la pista de baile. Ella me señalo la puerta del lavabo, decidió entrar, le seguí. Como una autómata su relato describía lo que veía, se giró para regresar hacia la cama y su cuerpo quedo frente mí. Nuevamente sus ojos dieron una antigua chispa, percibí que sus senos se hincharon. Dos palmos nos separaban. Su frente sudaba, de sus axilas mojadas despedía un hedor picante. Cual narcótico, aquel olor me paralizaba. Intente retirarme, la dura carne me atraía. ¿Qué edad tenia? Unos 30 o 40 quizás. Ella murmuro con voz acida y fría:

—Son 20 pesos diarios incluida la comida del mediodía. Dicho esto acabo de realizar el giro para salir de aquel impasse y del estrecho recinto. Parecía que se marchaba pero se detuvo un momento frente a la cama y se agacho para recoger la manta que entendía estaba puesta de una manera irregular. Por mi parte desde mi posición en el lavabo le observaba contonearse. Me pregunte: ¿es perfeccionismo o provocación? Se puso recta, abrió la puerta, antes de salir mirándome dijo:

—La cena la servimos a las 9 Cerró la puerta. Al irse el espacio recupero su aburrimiento, decidí abrir el bolso y colgar mi única camisa y pantalón de recambio.

 

La dueña de la pensión —al día siguiente- me consiguió un trabajo en la cantera del pueblo. Comenzaba a las 6 de la mañana y regresaba a las 7 de la tarde. El esfuerzo era agotador. Según mis cálculos seriamos unos 4.000 que picábamos o arrastrábamos arena del río o granito de una montaña semi-escondida. En esta tarea trabajaban 3.000 enfermos del psiquiátrico que colindaba con nuestro terreno. ¡No entendía como podían estar aquí!, ni siquiera hablaban. Les veía ir y venir como zombies en función de lo que le ordenasen y al final del día regresaban en grupos a través del camino que les unía con el asilo. Allí bebían una sopa boba y vuelta a empezar. ¿Cuál sería el acuerdo que tenían entre el Director y la familia Grover? Lo más seguro es que una parte de los resultados de la explotación terminara en los bolsillos del Director.

Los Grover, eran los dueños y señores desde hace 100 años de la explotación y de parte de la comarca. Vivían cerca de aquí, en una mansión antigua y destartalada. Lo que ganaba me alcanzaba para pagar la pensión y poco más. La brutalidad de esta familia nos ahogaba. El Viejo —así le llamaban los del pueblo- no aceptaba discusiones, mantenía su poder mediante corruptelas y acuerdos. Pocos escapaban a su influencia. ¿Dónde ir si dejaba este pueblo? Por las noches, al regresar extenuado, solo pensaba en marcharme del infierno, pero una intuición me detenía. Tal vez algo me decía que este lugar sofocante y agreste reservaba una pequeña historia en mi futuro. Una de aquellas tardes un empujón en mi hombro me retiro de mi tarea. Un tipo mediano, con poca barriga, nariz afilada y sonrisa cínica y ya sin edad dijo tan solo: “tú eres el nuevo” y sabes mates”. Luego indico a su ayudante que me pasara a la Administración de la cantera y se marchó. Mi colega levanto la mirada y sin dejar salir de su cara la más pequeña expresión dijo:

—Ese es Grover. Tienes suerte. Las tareas en esta comarca están asignadas por la suerte —pensé.

 

Héctor Prat entro en la Biblioteca como cada día, le sorprendió que esta vez estuviera sentado un tipo ya mayor, medio encorvado. Leía un libro grande casi de tres kilos de peso. Una única luz le dotaba de misterio. Decidió sentarse al comienzo pero aquel le hizo señas y fue a dar frente a él. Se saludaron y le pasó un libro y sin más lo abrió. Su mirada huidiza parecía demostrar una gran cultura pero en este espacio todos hablaban de historias disimiles y las repetían una y otra vez con insistencia. Ya se estaba acostumbrando de este lenguaje de manicomio basado en cuentos cortos que transmitían periodos de lucidez con momentos de paranoia. Aquel solo dijo.

— ¿Ella le ha mostrado la casa? Héctor Prat frunció el ceño y aquel agregó: yo fui su anterior protegido. Sin dejarle hablar, sonrió, rio y salió en dirección a la puerta. Héctor Prat se puso de pie y miró el libro grande que leía quien le acompañaba hace unos minutos, un papel escrito en letra prolija y con lápiz rojo ponía:

Los zánganos están alterados por la ausencia de día y noche; y por unas rutinas de sexo sin deseo ni amor.

Escribir usando la regresión (o comunicar, o crear, o desatascar un proyecto)

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by j re crivello

“Sin embargo, al iniciar la regresión ocurrió algo desacostumbrado. Anita no entró en una vida pasada: fue a un lugar que parecía estar entre dos vidas. Semejaba a un jardín, lleno de enorme sabiduría. Brillaba una luz purpúrea y dorada, y había muchos guías sabios. De pronto, desde ese lugar, esa mujer apocada y deferente empezó a enseñarme profundas verdades sobre el amor y la sabiduría”. Pág. 228 Brian Weiss (1)

Al escribir usamos diferentes técnicas, una que practico es la regresión (y con algún alumno de mi Taller de Escritura FlemingLAB) consiste en viajar hacia atrás, pero no de cualquier manera, uno debe elegir una imagen que se repite y trabajar sobre ella, o bien asociarse a un dolor y dejarse guiar hasta el límite (también puede ser otro tipo de emoción).

Siendo muy pequeño, con tal vez 6 años fui al rio con una familia de un amigo y trastabille cayendo al agua pero pude evitar en unos segundos morir ahogado, agarrándome de unas hierbas. Aquella muerte no realizada, aquel naufragio al que me resistí, aquella hoja que el destino buscaba imponer es una de las imágenes que aparecen reiterándose y dan a mi vida un sentido.

Por ello escribir es amarrar ese pasado y convertirlo en un espacio literario. A veces es incierto, o no da de sí, pero volverá a surgir y estaremos más preparados para hacerlo con una desacostumbrada e incipiente fuerza de creatividad.

¿Están listos? Díganmelo…

 

(1)Brian Weiss, a través del tiempo, Biblioteca Bruguera

Barcelona/ j re crivello nominado entre los 50 blogs de literatura

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A veces… Mi blog Barcelona entre los 50 Nominados del mundo por wordpress en Literatura. El 21 de diciembre darán el resultado. Gracias! Es un honor… ir de la mano de tales compañeros https://premioslyp.wordpress.com/nominados/
Y en mejor bloguero/a del año tres alumnos mios Antonio Caro Escobar Antonio Guillán y Ana Fernandez Bravo!

 

Tierra del Fuego: Karukinka

 

Repongo este interesante y antiguo artículo saludos de domingo -j re

Así llamaban los indios selk´nam a la Tierra del Fuego. Traducido significa “la última tierra de la gente”, fueron asesinados a finales del siglo XIX por los primeros colonos europeos. No es mi propósito hablar de ellos, pero si del concepto de la última tierra.

En la dispersión que la civilización ha producido en los últimos dos siglos hemos llegado a los confines más alejados. Los pueblos Ona eran 4.000 individuos que dominaban una isla donde parecería imposible que existiera interés por explotar un territorio desértico y sometido a unas duras condiciones ambientales. Pero los colonos europeos introdujeron las explotaciones de ovejas y el territorio en su esencia desapareció, y con ello, desaparecer sus pobladores originales.

Karunkinka fue domesticado por la fiebre del dinero y la extensa explotación ganadera. El último poblador Ona murió en 1980. Una vez más constatamos, como la última tierra ha sido incorporada a esfuerzo globalizador, como multitud de territorios alrededor del Planeta.

A veces observamos como las antiguas fronteras -de atrevidas e inestables formas- ceden su espacio a nuevos estilos. Con lo cual, las buenas gentes que le poblaron sin poder explicar los cambios que están sufriendo caen en la disolución espiritual. Los selk´nan nos han dejado algunas imágenes de su forma de ver la vida. En su sencillez se observa como al pintarse los cuerpos de una manera tan excitante, hablan de su fin. Es la cultura occidental quien somete a la imaginación. Pero detrás de aquella está el paisaje de unos individuos que sienten la pérdida de su civilización, sin poder convivir con el nuevo poder.

Luego un gran silencio y unas fotografías rellenarán el hueco espiritual.

Es la globalización en su intensa y atrevido desarrollo quien unifica y destruye las sentidas y vibrantes propuestas culturales, de civilizaciones humanas, que al desaparecer nos sumen en el esclavo calor de hamburguesa, cola y rock and roll.

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