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Barcelona / j re crivello

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relatos cortos y ensayos

U Faber: 12 a quién Ud. no invitaría a cenar: “Mamá dime si estoy equivocado, es Dios otro policía”

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Todos tenemos 12 personas que no invitariamos a cenar, le invito a incluir a U Faber en su lista. Subiré algunos de estos…

U Faber se había detenido en una calle del bajo Manhattan, sentía morriña de Barcelona y abrió la libreta donde apuntaba las anécdotas más famosas de su experiencia de taxista en Nueva York. Pasó con el dedo entre las páginas amarillentas y se detuvo en una donde solo ponía una frase:

¡Qué asco! Se han dejado olvidado el niño. Intento recordar aquel día, pero su memoria no le aportaba gran cosa, salvo que fue hasta la comisaria, lo entrego a los servicios sociales, relleno unos documentos y una poli negra de labios rollizos le miro durante algún rato. Colgado del recuerdo, de repente abrieron la puerta de su coche. ¡Rápido hasta la 56 casi 12! Era ella, ¡la poli! ¡La Negra! ¡La de la Comisaria del niño! Puso en marcha el coche y mientras surcaba una gran avenida y sucesivas le fue observando, estaba más vieja y vestía al estilo moderno. Se había cortado el cabello y ello le aportaba unos rasgos más sensuales.

—A Ud. le conozco –se animó U Faber

—Fui poli, es normal y abrió la ventanilla. El otoño se metía dentro con sus aires fríos y húmedos.

— ¿Le apetece un chicle? U Faber le alcanzó unos chicles verdes brillantes de menta acida que su clienta mastico hasta decir:

—Joder ¿Qué llevan?

—Pimienta fina mezclada con menta, los hacen en la India y me los trae un amigo hindú desde Bangalore cada tres meses. Solo dos cajitas y las dedico a mis clientes especiales y… sabrosos. U Faber había metido la pata, dejo caer un cierto interés por esa negra, muy negra y ex poli. Ella exclamó

— ¡Ya me acuerdo! Tú eres el taxista que trajo un bebe a la Comisaria hace… ¿6 años? “Si”

—¿A qué te dedicas ahora? –pregunto U Faber soltándose como si estuvieran en su salón bebiendo licor rojo mesclado con wiski

—Soy cantante de rap Y muy famosa. Y comenzó a cantar una canción de Gabylonia que habla del amor al rap El escuchaba y al acabar dijo: “Bien. ¿Cómo te llamas?”

_Linda Zurc! Actúo dentro de dos días en este sitio. ¡Pásate! Y le dio una entrada. U Faber dudaba, dijo algo así como:

—Normalmente trabajo muchas horas, pero se quedó con el ticket. Se despidieron. Linda Zurc! caminó en dirección a la discográfica elrap-lohacestú. U Faber decidió dejar con este viaje resuelto el día. Miro el ticket y en el lateral ponía un número de teléfono y con una letra apretada ¡llámame! No ¡déjate de historias!, -le dijo esa voz interior-. Si le llamas esta negra te llevara por caminos que tú conoces. Paso un día y el ticket le quemaba en el bolsillo y llamó

—Hola, Soy el taxista. Del otro lado un murmullo suave respondió con un: las ex polis no aceptamos invitaciones fuera del trabajo y una risotada cargada de sexo. U Faber golpeo con el nudillo el cristal he hizo una mueca. “No es una cita respondió, es un paseo por la ciudad”, para imaginar aquella cara redonda y los labios zulúes que rapeaban en la tele. Amo el hip hop estuvo a punto de decir. Pero ella soltó una frase:

— ¿Tus paseos con el taxi huelen a gasolina?

—Siempre

— ¿O Casi?

—A veces –confirmo la voz de U. Faber

—Anoche cante un rap que ponía esta frase –dijo ella:

#La mezcla quema al primer contacto# Siempre –pensó él. U Faber quedo esa noche, aunque un viento frio de otoño golpeara con insistencia en su taxi. Fuera. En el interior del taxi, en el cuero de los asientos, los dos resbalaban, la sangre de ambos corría sin detenerse, los besos de los labios zulúes remaban en su boca, la gallina de cemento del parque cercano se derretía, y la música sensual y barroca de la cinta de la Zurc! sonaba con tanta fuerza que temía ver llegar el coche de la NYPD, bajarse un poli con una linterna y golpear en su cristal para preguntar:

“¿DNI?”

 

Nota 1

La poli negra Zurc! Vivía en un edificio frente a Central Parc donde dejaban entrar si estabas previamente anotado en una lista. No permitían perros, y sus dueños eran la familia del famoso rapero 2Pac fallecido que olía gasolina en las botas y decía:

“Mama dime si estoy equivocado, es Dios solo otro policía” 2Pac ver video Trapped en YouTube

Propiedad de la imagen: link

Oscar Bor y Buenos Aires

 Juan re-crivello

Pueyrredón 23. Esa era la dirección en que Oscar Bor concertaba sus citas. Una calle ancha, de las miles que tiene Buenos Aires, con aceras que se utilizan para navegar o vender Frankfurt al caer la noche. Esta ciudad está dormida, cuando los inquilinos palidecen a final de mes. Allí todo el mundo fisgonea a su vecino, o descubre que la alcantarilla es un sub-mundo parecido al exterior. Oscar Bor acostumbraba a fumar un cigarrillo detrás de otro, Chesterfield King Size, lo compraba en un Kiosco a la vuelta de su casa y camino del trabajo solía parar en un bar de la esquina, un café de nombre raro: “Filogonio”. Casi antes de dar las 22 de la noche. Era su ultimo café, luego un garito en un sótano y una orquesta de nueve músicos para que él -quien cantaba para los turistas que invaden la ciudad en estos días. Pero en su cabeza no había más que la tormenta sentimental que le invadía. María O., una espléndida morena de atrevidas formas quien salía con él desde hace ¿uno?, ¿dos? meses. ¡Es que todo había ido tan rápido! Que no se atrevía a considerar si seguían o no esta aventura. Antes de pagar extrajo un papel de su bolsillo del pantalón:

“¿Te veré esta noche? El día se alarga de tal manera que no puedo apartarte de mi interés. Todo me refiere a ti. Todo recuerda los tres cuartos del alma donde resides”

María O

_ ¡Muy fuerte! -dijo en voz alta. Siempre había pensado que sus anteriores amores eran un recuerdo vano y suave ante la intensidad de esta comedia que le tocaba vivir. Se llevó la mano a su nariz. El perfume era una huella, y esta le acercaba a aquella intensa noche donde cada muslo cometía un exceso y donde él aparecía como un alegato al miedo o a la osadía. Recordó un segundo una estrofa de su tango preferido:

Corrientes 3, 4, 8,

segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos.

Adentro, cocktail y amor.

Y pudo pensar, que la mezcla de deseos y la llamarada que aparecía de madrugada al regresar a aquel piso donde no podía escapar  diariamente. Y, sonó su móvil

_Hola –dijo

_ ¿Vendrás de noche? ¡Como siempre! –preguntó ella.

_Si

_Hoy hablare con F S y le explicare que ya no puedo más. Le diré –agrego ella- que no voy por casa desde hace seis días por este amor que nos consume. ¡Qué nos pasa! –su exclamación fue un eco para Oscar, y escucho: Cada día es una nueva prueba que nos somete. ¡Cada día!

_No sé –la irregularidad de su respuesta le hizo agregar: a veces pienso que la cita es un malefició, nos incluye en la noche y luego perdemos esa regularidad que da la claridad de la vida cotidiana. Físicamente ¡estoy muerto! Llevamos noche tras noche envueltos en un atractivo sensual continuo que ¡joder!, parece no acabar.

_Nos recuerda al tango –dijo ella y rio con fuerza. Para agregar. ¿Es un bucle? Es un espacio –y agrego en tono explicativo-, donde lo físico, la bruma, la fragancia, los silencios, la voz que proyectamos, o esa ternura que descargas en mí. ¡Oh Dios!

_Esta noche –dijo el- cuando cante, proyectare un misterio que dejara a las almas de los noctámbulos… al lado del deseo. Les empujare a ese sentimiento que cada giro de esta música sensual nos provee… de un espacio único; donde ellos se aprietan; se perdonan; sus infidelidades o sus olvidos.

_Estaré –dijo ella- como cada noche ¡contigo!

_Como cada noche -repitió él y colgó. Oscar Bor se puso de pie, subiría por esa calle rellena de adoquines para torcer a la tercera, ver el Obelisco de costado, y romper cada celda diminuta donde su pie se mojaría al contacto con la acera. Estaba comenzando a lloviznar, Buenos Aires cambiaba de cara, llenaba su barriga de melancolía y los tangos que cantaría -dentro de una hora- serian amargos, sensuales, llenos de apetito por amor y sexo.

“Casi una vida” –dijo, -y giro para entrar a su club.

la bici

Amigos… A veces las tardes de verano son estúpidamente iguales: perezosas, llenas de calor, y con algún café. Luego acompañaré a dos tipos uno de 12 -Sergi- y otro de 23, Dario. Traman arreglar una bici de las de antes, antigua, de carretera, con frenos que ya Decatlhon ha descatalogado. No soy un experto en bicis –y confieso a mi edad en casi nada- y tal vez… ya comienzo a ser sabio. Y recordé este artículo del año 2011. j re.

Un camino marron en plena siesta. Nada parece rebelarse contra el mal de la juventud. Le seguimos arbitrariamente por un indolente y afeitado paisaje. Al final de la pendiente un rio estrecho y cautivo de su soledad. Solo es bajarse y respirar. Luego el pantalón deja paso a una representación de otro ser .

Del dorsal que muestra mi compañera aparece un testigo que embruja. De mi parte un rápido botón, de agua dulce y rara. Las tardes de verano son asi. En los pueblos. En la orilla de ríos que se descuelgan de profundos picos, falsos y hartos de mantener una barriga sedienta de verde.

Pero ella esta hoy aquí. O, ¿tan solo se dispara mi sed?. De verle unida, a un manto de agua. Y presentirle como se descuelga de su morada de ciudad y ama la dicha -en la montaña.

Aunque las imágenes de un chico de provincias son tercas y fantasiosas. ¡Si! ¡tal vez! tan solo aparecen buscando un regazo. Nosotros deseamos un liquido rosado y rubio. Aunque dificil explicarlo, en el camino, la correa del tiempo une y destroza un amor cada verano. ¡Da igual!.

Le amare como si presintiera que su sabor es compartido. Como si mi olor a naftalina de este pasado invierno -aún me delata. Le mantengo cerca y con ello basta. La siento extraña y me derrito. Este verano amare locamente, luego cuidare de su recuerdo. Y del mio.

El clan de la Hiena. China 1949 -01-

Hay novelas que uno nunca terminará de escribir, pero bullen con fuerza. ¿Dónde nacen? En un espacio pequeño e imaginario que se repite en mi cabeza, donde veo a miles de chinos intentando escapar en Shanghái, a la llegada de los Guardias Rojos. Ni-Lang, la protagonista se vuelve y me mira invitándome a que cuente su alocada aventura y… sufro por no tener tanta fuerza ni tanta grandeza. –j re-
#Pero van tres capítulos…

By J re crivello

Ni-Lang estaba estirada y mirando el sol. Nada permitía entrever que esa tarde llegaría una carta. Al abrirla, pudo pensar en noticias allende su vida. La fría hoja solo permitía saber que un cadalso había matado a su familia. Uno a uno las hojas, le habían susurrado que los asesinos pensaban de otra manera. Nada haría prever, que en las próximas jornadas, en el puerto cargarían ya las últimas pertenencias de aquellos que querían marchar. Tampoco la cara servida por una de aquellas heridas que deja la guerra, y los miles de opositores que en susurro llegaban hasta este pueblo alejado de la buena de Dios. Solo pudo preguntarse: ¿cómo llegar hasta Shanghái? La caída de Chiang Kai Shek, y la llegada de Mao en este 1949, que parecía un año de lluvias y buen arroz le obligaban a subirse a un tren ¡sin más!, para plantarse allí.  Una gran ciudad donde se acaba el mundo de la fe y surge alocada y extensa la revolución maoísta, compleja y terca, llena de promesas y felicidad en la tierra. Pero, no le quedaba más remedio, marcho hasta la estación. Allí le informaron que a última hora pasaba un tren vestido de gente y paisanos, quienes intentaban al igual que ella -dijo el revisor, llegar desesperadamente a la ciudad. El campo desagotaba a sus trabajadores y les ponía en el cerco de la villa grande. Desde allí, una parte intentaría asaltar un carguero que los llevara a América. Un rio agotado, fue el bautizo de aquella muchedumbre -pudo pensar ella, y tal vez les compararía con una terminal de granos dispuesta a soltar su molienda dejándoles partir. Pero debía saber si sus últimos familiares ¿estaban muertos?   -como ponía la carta- y luego –quizás- dejarse llevar por aquel infierno. Nada perdía aquí, en este arrozal familiar, en esta casa grande que durante generaciones había sido la fuerza de los que se iban. Tan solo 2 Hectáreas, pero con multitud de arboles que producían fruta. Les había sembrado su bisabuelo con esfuerzo trayendo algunos hasta de América. Solo le bastaba acariciar los 4 cerezos, o los 8 melocotoneros y algún peral verde y recio de lava natural. Pero, era joven, llena de sueños. Presentía a los guardias rojos que vendrían, jóvenes, parásitos y cargados de orden. Decidió regresar hasta casa, enrollo una manta y dos trozos de pan. Decidió dejar el dinero oculto en una esquina de la casa, en la tubería, debajo de una palangana que evacuaba los esfínteres.

La noche llego pronto y decidida monto en aquel caos de mujeres y niños, o de hombres llenos de furia y odio. El tren horizontal y de madera marrón se movía impreciso como advirtiendo una carga de los comunistas que le detendría antes de ver la densa humareda de Shanghái. Por la mañana llegaron. Desde allí deambulo por las calles en dirección a la casa de su tía. Las avenidas estaban presididas por la fiebre de la Revolución, la gente iba y venia en busca de un sentido al mundo que se hundía. Pudo llegar a la antigua casona familiar, un cierre de madera en color salmón le recordaba las visitas de años pasados. Al entrar todo estaba revuelto, nadie había dejado un rastro. Solo pudo encontrar un cuerpo diminuto con un vestido de seda rosa y flores en rojo furioso. Era ¡su tía! Estaba doblegada en un recinto antiguo y lleno de mierda: la casa de los cerdos. Tenía un golpe en la cabeza y respiraba lo justo, le limpio la herida y le dio agua. Aì měi con esfuerzo y recuperada levemente, hizo un recuento de los muertos. Además agrego: “todos fueron cargados en un camión”. Ella se había salvado y había visto aquello amarrada al tejado, desde allí les habían ajusticiado “a solo 100 metros”. Con un grupo de cinco guardias rojos y sus escopetas. Luego un sollozo lento y cerrado le mantuvo una hora. Su tía se repuso y le dijo dónde estaba el dinero escondido, donde comprar un pasaporte, donde comprar una salida. Ni-Lang se despidió de ella, la dejo allí y se marchó.

Continuará…

Octubre rojo: ¿Me estás hablando a mí? By Frank Spoiler

 

En esta serie (de tuits o escritos breves) que publicaré en los próximos días, participan los escritores Marlene Moleon, Frank Spoiler, Miguel Ángel Moreno, Carmen Villamarín, Julio G. Castillo, Carmen Cervera Tort, Olga Nuñez Miret,  J re crivello. Agradezco a todos ellos su confianza y participación.

 

 

Otoño, atardeciendo, un sol debilitado y rojo ocultándose por el Oeste, paseaba yo por un pequeño puentecito cuando escuché (más que ver) una voz que, decía chillona; “ahí va el sapo más gordo y feo de toda la charca”. Me paré muy sorprendido y, no fue hasta que di varias vueltas sobre mi mismo que lo vi… justo al otro lado de la charca y subido a una enorme y amarilla hoja de abedul, mirándome muy orgulloso  e inflando su gran papada, bueno, ejem… más que verlo intuí que me miraba pues, ese día no llevaba las gafas puestas (y la edad no perdona…) era un enorme sapo, pero lo extraño no era que el sapo estuviera allí y que él hablara, faltaría más… no, lo increíble es que me hablara a mí y, lo que era aún peor, !yo lo entendiera!

Desvié un instante la mirada mirando hacia el cielo, quizás creyendo que así desaparecería o rogando a dios porque así fuera, no lo sé… el caso es que lo volví a escuchar y ahora fue aún más incisivo y ofensivo. “Míralo, y se hace el desentendido… ¡eh, so mamón, grasiento y gordinflón, te hablo a ti, sal de mi charca y date el piro!” — me dijo con su chirriante y chillona voz. Esta vez no hubo duda, ¡se estaba dirigiendo a mí! (no había nadie más) y he de reconocer que me sentí muy ofendido, ¡muchísimo! tanto que, apartando orgulloso la mirada  inflé mi papada al máximo y huí saltando al charco y desapareciendo bajo las sucias aguas… aún pude escuchar  el desagradable y chirriante eco de sus carcajadas hirientes burlándose de mí.

 

Obra del autor:

Amazon.es

http://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Daps&field-keywords=frank%20spoiler&sprefix=frank%2Caps

Ricardo Artl (capítulo seis)

 

by juan re crivello

 Ver capitulo uno Ver capítulo dos ver capítulo Tres Ver capítulo cuatro ver capítulo cinco

Artl y Buenos Aires

Pueyrredón 23. Esa era la dirección en que Ricardo Artl concertaba sus citas hasta conocer a María Ramírez. Una calle ancha, de las miles que tiene Buenos Aires, con aceras que se utilizan para navegar o vender Frankfurt al caer la noche. Una ciudad que está dormida, cuando los inquilinos palidecen a final de mes. Allí todo el mundo fisgonea a su vecino, o descubre que la alcantarilla es un sub-mundo parecido al exterior. Artl acostumbraba a fumar un cigarrillo detrás de otro, Chesterfield King Size, lo compraba en un Kiosco a la vuelta de su casa y camino del trabajo solía parar en un bar de la esquina, un café de nombre raro: “Filogonio”. Casi antes de dar las 22. Era su último café, luego un garito en un sótano y una orquesta de nueve músicos para que él -quien cantaba para los turistas que invadían la ciudad. Pero en su cabeza no había más que la tormenta sentimental que le aturdía. María R. una espléndida morena de atrevidas formas, quien salía con él desde hace ¿uno?, ¿dos? meses. ¡Es que todo había ido tan rápido! Que no se atrevía a considerar si seguían o no esta aventura. Antes de pagar extrajo un papel de su bolsillo del pantalón, en lápiz verde, con formas acostadas hacia la derecha:

“¿Te veré esta noche? El día se alarga de tal manera que no puedo apartarte de mi interés. Todo me refiere a ti. Todo recuerda los tres cuartos del alma donde resides”

María R

_ ¡Muy fuerte! -dijo en voz alta. Siempre había pensado que sus anteriores amores eran un recuerdo vano y suave ante la intensidad de esta comedia que le tocaba vivir. Se llevó la mano a su nariz. El perfume era una huella, y esta le acercaba a aquella intensa noche donde cada muslo cometía un exceso y donde ya nadie fingía un alegato, un miedo o una osadía. Recordó un segundo una estrofa de su tango preferido:

Corrientes 3, 4, 8,

Segundo piso, ascensor.

No hay porteros ni vecinos.

Adentro, cocktail y amor.

Y pudo pensar, que la mezcla de deseos y la llamarada que surgía de madrugada al regresar a aquel piso donde no podía escapar…  diariamente. Y… sonó su teléfono de la salita

_Hola –dijo

_ ¿Vendrás de noche? ¿Como siempre? –preguntó ella.

_Si

_Hoy hablare con F S y le explicare que ya no puedo más. Le diré –agrego ella- que no voy por casa desde hace seis días por este amor que nos consume. ¡Qué nos pasa! –Su exclamación fue un eco para Artl, y escucho-: cada día es una nueva prueba, y nos somete a ambos. ¡Cada día!

_No sé –la irregularidad de su respuesta le hizo agregar-: a veces pienso que la cita es un malefició, nos incluye en la noche y luego perdemos esa regularidad que da la claridad de la vida cotidiana. Físicamente ¡estoy muerto! Llevamos noche tras noche envueltos en un atractivo sensual continuo que ¡joder!, esto parece no acabar.

_Nos recuerda al tango –dijo ella y rio con fuerza-. Su voz era suave pero arrastraba la rugosidad del fumar. Para agregar. ¿Es un círculo sin fin? O…es un espacio –y agrego en tono explicativo-, donde lo físico, la bruma, la fragancia, los silencios, la voz que proyectamos, o esa ternura, que descargas en mí. ¡Oh Dios!

_Esta noche –dijo el- cuando cante, proyectare un misterio que flotará en las almas de los noctámbulos… sugeriré el deseo. Les empujare a ese sentimiento que cada giro de esta música sensual nos provee… de un espacio único; donde ellos se sujetan; se perdonan: sus infidelidades, sus olvidos.

_Estaré –dijo ella- como cada noche ¡contigo!

_Como cada noche -repitió él y colgó. Artl se puso de pie, antes de salir realizo un croquis mental. Subiría por esa calle rellena de adoquines para torcer a la tercera, ver el Obelisco de costado, y romper cada celda diminuta donde su pie se mojaría al contacto de la acera. Estaba comenzando a lloviznar, Buenos Aires cambiaba de cara, llenaba su barriga de melancolía y los tangos que cantaría -dentro de una hora- serian amargos, sensuales, llenos de apetito por amor y sexo.

“Casi una vida” –dijo, -y giro para entrar a su club.

 

4 de la madrugada

Para Artl desde hace días, noche si noche no, al salir del garito de Puerredon, 23 se marchaba con María R. Intentaba frenar ese deseo que le dominaba. Esos meses alrededor de la cama le ponía de los nervios. ¿Describirlo? Ni se atrevía, siempre comenzaba al abrir su puerta y atravesar la salita al lado del teléfono, apretándose los dos, el aparato por el suelo, luego abrazados mientras la ropa caía aquí o allá y esa traicionera curva de la pared antes de dar con la cama. Más de un día se disloco el hombro para pasar por el giro que tenía una repisa pequeña con la imagen de la virgen de Lujan y dos lucecillas que yacían por el suelo. ¿Y en la cama? Sexo, una manera de aferrarse a sus labios y dejar que le revisaran sus muslos, o su pirueta para zafarse y ver si sus senos tan duros y rectos le empujaban hacia atrás. Y ¡prisionero! Como se sentía al verlos tan turgentes y acechándole. No era capaz de confesar a ningún amigo que aquello tan repetitivo y animal acababa con una tableta de chocolate rozándole en los cantos, ¡los suyos! Y resistiéndose ante ese rasguño lento, pícaro que iniciaba María en su espalda y terminaba en una invitación ácida. Debía detener esta entrega nocturna. Debía alejarse un mes o más. Pensar que narices significaba este dejarse ir. Por ello busco en su departamento, un lápiz. ¡Estaba todo revuelto! Como si llevara una vida forzada de trabajo y sexo inclinado al delirio. Escribió:

¡Basta! En rojo. Luego garabateo: ¡descansemos!, agrego, quiero que en los próximos meses solo nos veamos en una casa del té. Té y masitas, doradas llenas de crema y mermelada. Y entre ambos… violentas miradas de deseo.

Te amo Artl

No hubo respuesta, Pasaron los días y llego una carta de dos líneas. Artl la dobló y la puso en una habitación vacía. Comenzó para él un calvario de escribir pequeñas misivas que guardaba en el cuarto.

 

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H Raz le visito un domingo. Como siempre fue hasta el cuarto y extrajo una hoja verde. Tan solo decía:

Me pides parar. Detener esta fuerza de la vida que es envolverme en ti hasta desfallecer. No, no, ¡no! María R.

_ ¿Qué es esto pregunto? H Raz, su amigo mantuvo un silencio durante un largo rato, luego dijo:

_Amigo H. Raz, si te asomas a la fuerza del amor este te avasalla hasta ser intolerable. Y… ¡eso ocurrió!  Ve y trae otra nota de otra habitación ¡por favor! H Raz regreso al cabo de unos minutos y al abrir la hoja cual sería su sorpresa, comenzó a leer una carta del gran Nicolino Loche.

Gansos

 

by juan re crivello  Imagen: Marcos López – Carniceria, Sutil Violento, Argentina, 2009.

Era tarde. Detrás del portal un hilo de luz se colaría por una ventana. Dentro un amargo aceite. Una mala cacerola rellena de patatas fritas. El humo y el olor del comedor-cocina nos parecía que mataban la sauna de naftalina que su dueña poseía como marca personal. Dos gansos esperaban sobre la mesa. Maniatados. Sin más ardor que escapar de su fin. La hoja de la cuchilla les abriría el cogote en un infierno de sangre. Mesa triste. Presidida por una dueña con delantal blanco chorreando de calor. Hasta sus sandalias llegaría un riego en color rojo. En esa dieta: “de pechuga de pavo le habían dicho que estaba la salud”. Luego meterles en el agua caliente y quitarles las plumas. En ese esfuerzo de carnes y salpicaduras, la asesina-cocinera dejaba mover sus dos nalgas dentro de un vestido aceituna. ¡Quién diría que una vez hecho añicos irían a compartir, o un arroz, o una fritura, o un puré!

Mariona R. prevenida, debía dejarles boca abajo en el patio. La sangre iría bajando hasta licuarse de su vida. De la del ganso. Dos horas tardaría aquello, con ducha incluida de la matrona para escapar del estropicio de plumas. Pero esa práctica semanal le proveía de carne de junco y avellanas para mantenerse en forma. Solo le molestaba una nota, que ella siempre tenía la delicadeza de apartar. Iba en las patas de uno de los animales. Atada con hilo de algodón. El carnicero ponía, con letra redonda: déjeme señora: “que se los entregue muertos y listos”.

Mariona R. se abstenía de la recomendación, de las miradas de su proveedor y puesto a recordar, su paseo del sábado ante aquel tipo sonaba a rapsodia de invitación a la carne: el miraba, ella suspiraba. El dichoso carnicero afilaba sus cuchillos. El papel marrón sonaba recio y de cartón. Ella daba tres monedas, su proveedor le devolvía 0.50 y antes de apartarse de la barra de mármol mariona R. se subía el cierre que dejaba hermético su atractivo. Los comentarios en el pueblo lo reducían a: allí va ella, tan suelta, tan recia, tan ¡estúpida!. Ni siquiera el carnicero lleno de vida le atraía, a pesar que al afilar los cuchillos pronunciaba una cancioncilla antigua

“Estarás atrevida y tierna, como cada mañana

Cerca del rio, a punto de verte.

A punto mi vida.

Estarás”.

 

 

Nota:

El artículo pertenece a la serie: paraísos imaginarios

 

Asesinato en La Moncloa –y cuatro-

 

by juan re crivello

Un mensaje entro en mi móvil, ponía: “Le espero en La Castellana, se detendrá un taxi, suba. A las 22”. Frutos estaba sin blanca en el caso de La Moncloa. Se habían cargado al Presidente, el país seguía igual, ¿que perdía con ir? Miro su reloj quedaban dos horas, decidió comer algo e ir con su coche. Lo dejo cerca y dio vueltas. La ciudad estaba metida en sus historias, hacia una ventisca mezclada con nieve suave, y noviembre era un mes en el cual el frio se había lanzado. Pero según su costumbre, dos jerséis le protegían de una noche dura. ¿Sera ese? ¿O aquel? Se detuvo un taxi, le abrieron la puerta y se sentó. Conducía un tipo de gorra, peluca larga y unas gafas de sol. Dijo:

_No me mire y le tiro un sobre de plástico. “allí dentro tiene unas pequeñas anotaciones sobre el gobierno. El que espía es el ministro de Defensa. Le hare llegar alguna otra información para que destape el asesinato”. No terminaría de hablar que dos coches se echaron encima convirtiendo el taxi en un puré que dio vuelta sobre sí mismo y derrapo con el techo al revés varios metros por La Castellana. Frutos aturdido vio como el chofer se soltaba el cinturón, rompía el cristal y escapaba. De su lado un tipo rompió el de su lado y retiro el sobre y escapo. Se sentía en forma, se deslizo por el cristal yendo tras las huellas. Intuía que había entrado en un edificio al lado del estadio del Real Madrid. ¿Hacia dónde ir? No había ni rastro, ni siquiera portero. Empujo la puerta de cristal y cedió. Fue hasta los ascensores y una lucecilla roja marcaba el sitio 40. ¿Sería esa la ruta? Y si… ¿era para distraerle? Pulso en el ascensor y se monto hasta la 40. Al abrirse la puerta con la pistola en mano miro en todos lados, solo había una puerta al final del pasillo. Al abrirla el viento le dio en la cara, era una gran terraza preparada para aterrizar un helicóptero. Una explanada gigante, inservible; el tipo le había dado el esquinazo, iba a retirarse cuando escucho el ruido de las palas que se posaban en el centro. Y un tipo ¡El tipo, joder! Corría en esa dirección, apunto a sus piernas y le dio en una, al caer quien conducía dudo en abortar la operación, Frutos corrió hasta apuntarle en su cabeza.

_ ¿Donde? ¡Dame la mierda de plástico! –grito. El tipo la tiro unos tres metros, Frutos fue por ella y mientras la recogía, dos del helicóptero lo rescataban para escapar. ¿Estaría dentro lo que le había dado el taxista? Mientras el helicóptero marchaba retuvo su matrícula 003456, tal vez, un número de atleta… Fue hasta el ascensor, y en la calle entro en un bar. Abrió el sobre de plástico. Dentro decía tan solo: ¡JL es un cabrón que oculta los fondos reservados! Y luego un esquema de traspaso de cuentas que acababa en las Islas Caimán. Poca cosa, con ello nadie diría que se mata a un presidente. Observo que el mensaje estaba escrito en una letra en lápiz fino de pergamino, con los finales de las palabras reduciéndose. ¿Quién conocía el papel de pergamino? Decidió ir hasta una casa antigua en el centro de La Villa donde aun vendían papeles para la escritura de comienzos de siglo.

Al entrar en la tienda, estrecha, cubierta de cartulinas y sobres desparramadas sobre un mostrador enseño lo que llevaba. El dependiente le dijo que aquello lo servían solo a dos clientes. Le invito pasar a la trastienda y un señor mayor muy bajito volvió a pasar el dedo por el papel. Luego en un castellano grave dijo:

_Este papel lo hacen en Barcelona, nosotros lo servimos desde hace un siglo. Y… dejo su silla y fue hasta un armarito, de dentro extrajo unas direcciones, para decir: van a la Moncloa y a un tal C. Ar de la provincia de Tarragona. Luego le miro sin casi pestañear para agregar: no se para que la usan. Antiguamente en La Moncloa la utilizaban para dar sus recomendaciones el Generalísimo. No sé si Ud. recuerda, él escribía y el motorista iba y venía con órdenes a sus ministros.

_ ¿Y ahora?

_Hace unos días me llamaron de la oficina del Vicepresidente, que ahora es Presidente, para solicitarme cuatro cajas. Las envolvemos en papel celofán ¿ve? Montamos fajos de diez en diez y son muy bonitas para escribir pequeñas notas. “¿Y el otro?” –Preguntó Frutos-.

_ ¿Cual?

_El otro cliente.

_Las compra desde hace dos años. Una vez apareció por aquí. Era alto, recio con unos ojos azules que llenaban esta sala… de ira. No hablo. Le acompañaba una secretaria reducida en la sien pero de senos altos y redondos. Al darse vuelta su trasero fue el comentario de mis empleados. El señor en cuestión apreciaba la cartulina, pues le recordaba a Rusia. Esa fue la única frase que dijo, además de sorber con fuerza de una pitillera una docena de cigarrillos que olían a… mostaza.

_ ¿A mostaza?

_Pues sí, quedo todo impregnado, al subir a casa, mi mujer me pregunto en una de esas frases que tienen las señoras de mi época: ¿Has estado rozándote con una hiena? Con una hiena, ¡imagínese Ud.! ¿A que huelen esos bichos que salen en la tele y no paran de reír?

_A mostaza –dijo Frutos. Su interlocutor consternado sonrió, parecía reír ante la cultura de olores de su sabia mujer. Frutos pregunto:

_Su mujer detecto algo más?

_ ¿Como qué?

_¿Algún olor raro e indescifrable?

_Creo que la mujer, la secretaria olía a salchichas de Frankfurt.

_Ya

_Pero no a cualquier salchicha. En Tarragona hay un Frankfurt muy famoso que los hace con salsa de calçots y… ¡están que te mueres! Hace años iba allí, mi hijo… ¡Robert! Y se giro para preguntar en voz alta: ¿Está aún allí ese Frankfurt de Tarragona? “Si papa” Es que, el estuvo la semana pasada visitando a un proveedor que nos compra lápices para marcar los goles de su equipo favorito. Frutos ya no sabía si aquel señor estaba enfermo o era verdad, solo pregunto:

_Esa señora –la del olor a Frankfurt- A Ud. le parece –digamos- ¿era alguien en quien desconfiar?

_Mi mujer me dijo –ese día- “ese olor a salchichas es muy atractivo y traidor”. Pero el cliente paga bien…

 

 

 

 

Asesinato en La Moncloa –y tres

 

by Juan re crivello

 

La entrega de las condecoraciones se hacía en un salón contiguo a las oficinas de la Presidencia En un descuido fue al lavabo. Si proponérselo, por error derivo hacia un largo pasillo. Desde allí, apareció frente al despacho donde habían asesinado al Presidente. Abrió la puerta y se sentó frente al escritorio. Aquello estaba igual a como lo dejaron, dedujo que nada podía ayudarle. Ese despacho estaba abandonado y se moría de siniestro y débil. Salió de allí y deambulo por el pasillo central. Al llegar a la esquina del edificio, por rutina, observo una puerta abierta y al intentar cerrarla, su intuición le llevo dentro. Nada diferente. Un despacho más de aquel complejo. Si le atravesaba, al final daba a otra puerta pequeña cerrada con llave. ¿Qué habría detrás? Cogió el abrelatas que llevaba y logro entrar. Nada exquisito, solo una estantería donde guardaban viejas filmaciones. Miro por orden, pudo localizar la del día del magnicidio. Cuál sería su sorpresa que allí estaba la filmación entera del despacho  de J L donde aquella noche por costumbre leía. Extrajo el film de su plástico y volvió a dejarlo en su sitio. Esa noche al llegar a su casa puso el material en un viejo lector de Cd. Su resultado no podía ser más explícito: dos asesinos disparaban al Presidente mientras dormía plácidamente en el sillón. Luego le trasladaron a la mesa y le recostaron. Pasados unos minutos, después de salir, una persona parecida al número Dos en estatura, y poco más, limpiaría aquello hasta dejar organizado el magnicidio. Luego haría una llamada -¿a la Comisaria?, para desaparecer tranquilamente.

Frutos sonrió levemente, ya tenía el material para el juez. Cogió el teléfono y luego se sentó para elaborar el informe.

 

A las 4 de la tarde el numero Dos recibió un papel. Decía:

“El trabajo está en el aire. Ha desaparecido la filmación de la noche de autos. Ha llegado a mi despacho un  informe, y una copia de esa noche desde la Comisaria de La Moncloa -del inspector Frutos-, quien solicita una ampliación de las investigaciones”. Firmado juez R. Sander. El numero Dos mascullo y se ajustó las gafas. Su nariz aspiro aquel gélido ambiente. Sus piernas se balancearon de rabia. Desde que había sido Secretario de Organización del partido, jamás había tenido tanto poder y nunca tal debilidad. “Deberás asesinar al poli y hacer desaparecer el informe. No tienes más que 6 horas” fue el mensaje que hizo llegar a un ayudante. Con una frialdad sobrenatural, el ex número Dos se fue hasta la cadena de televisión que dominaba. Ante las preguntas de los periodistas, todo su discurso fue violento y cargado de odio. Detrás de la pirotecnia pretendía demostrar que la muerte inoportuna del anterior presidente le había producido un gran dolor y una gran insatisfacción personal. Pero la realidad del país le contradecía. Agobiado por la falta de recursos, con un desempleo altísimo y fuera de la confianza de sus socios europeos, intentaba cerrar una cuerda que le atraía. Sabía que aquel año de hace una década atrás –el de los Gal –, era pasta de boniato de lo que podía venir en lo sucesivo.  Al llegar a su casa mientras cenaba otro mensaje le altero “hemos intentado cazarle en la calle C y su coche se ha estrellado contra una cristalera. Frutos está vivo y sin un rasguño”.

_¡Inutiles! –exclamo. Repaso mentalmente lo que había hecho aquella noche y todo le conducía a la cinta y Frutos. Y si le llamaba y hablaba con él. O le ascendía. O le chantajeaba con la familia. Decidió marcar su número de teléfono, eran las doce de la noche. Del otro lado el Inspector respondió seco, casi no se le oía, estaba en la bañera con agua hasta el cuello imitando aquellas películas americanas donde la sal está en la sensación que el calor de los músculos de la entre pierna se aviva sin gran esfuerzo. Pero quedaron en un precipicio de la sierra madrileña al final de un camino desde el cual alguna vez cuando joven el Presidente miraba los aguiluchos planear sobre su presa.

7 de la mañana. El coche de Frutos se detuvo en un lateral. El presidente estaba solo. Hacia frio, su abrigo negro tapaba una camisa blanca y una corbata de topos pequeños. Camino hasta su lado, para Frutos el poder no dejaba de ser algo raro e insolente, quienes le poseían aguardaban como un gato varias vidas hasta que la fuerza de los hechos les hacia añicos. Este presidente era un numero dos que llegaba a su cita pasado en años pero fiel a sí mismo. Su estilo surgía al participar en todas las citas anteriores que incluían conducir el país hacia una hoguera de vanidades. Y ahora sin J L pretendía alimentar su ego. No hubo saludo ni apretón de manos, si un intercambio de frases cortas y llenas de silencios.

_Ud. tiene una cinta que nos pertenece –argumento el Presidente.

_No yo, la Policía. Y… pronto el juez

_Le puedo enviar a los servicios a su domicilio y despojarle de lo que Ud. más quiere.

_Y yo… del poder –respondió Frutos. Luego de un breve silencio, el Presidente –dijo:

_Ambos nos necesitamos. Si Ud. restituye lo que pertenece al Estado, nosotros le situaremos donde nos pida. El valle por delante, era largo, estrecho, lleno del frio del invierno. Ambos pudieron ver una vez más, la cita entre el depredador que volaba para descargarse y un conejo que corría suelto en la parte donde la montaña cede terreno al llano. Menuda imagen para esa cita, para Frutos –que no cedería- la respuesta fue elíptica, elaborada, a tan solo tres años de su jubilación.

_Puede Ud. retirarse y llamar a elecciones anticipadas y la cinta será destruida. O puede hacer un alegato de dos asesinos de poca monta. O…

_ ¡Ud. es estúpido! No tiene nada más que una cinta borrosa y conjeturas. Porque abandonare el poder, por un líder muerto que resistía sin más. Por un político que nos hundía con su imprevisión y voluntarismo en la decadencia. El sistema de partidos está acabado, la ciudadanía necesita un cambio y… yo se lo daré. Cogiéndole del brazo se acerco hasta su hombro, era más pequeño que en la tele. Tiene… hasta esta tarde para entregar la cinta,  sino luego el Estado le hundirá.

_ ¡Ud. no es el Estado! El ex número Dos le miro un largo rato, sin apartarse ni soltarle del brazo, su sonrisa taimada, sus ojillos vivaces y llenos de odio parecían mantenerse en aquella trama de un golpe civil y no permitiría que un Inspector de una Comisaria intentara alterar. –Y  dijo:

_Debemos ayudar al Estado. Y comenzó a caminar hasta el coche, un Renault Gordini de hace 30 años. Rojo. Limpio y de colección con una matrícula de las primeras. Así era este nuevo presidente, duro, calculador, con doblez y resolución y un coche propio de hace 30 años. Frutos se quedo un largo rato pensando, no tenia salida, irían a por su familia ¿se merecían esto? ¿El país le agradecería este esfuerzo? Dudaba, la cinta no era suficiente para desmontar la trama. Decidió consultar con un viejo inspector que conocía, tenia los pájaros, pero estos no aceptaban ser asesinos. Al llegar su jefe le llamo a la oficina. Le dijo que necesitaba unas cintas que el poseía. Contesto que no las tenía. Luego le exigió que dejase el caso de La Moncloa, a lo que respondió que no existía tal caso. El Presidente se había suicidado y el caso estaba cerrado. Luego le obligaron a entregar todas las carpetas. Estaba en el punto en que el poder había vencido. Esa tarde visito a su amigo el Inspector retirado y este con una pregunta dio vuelta todo el caso.

_ Si se ha suicidado y su despacho estaba limpio, y hay dos que salen en la filmación, detén a los pájaros y cierra el caso. Y mantén en tu poder la cinta del número Dos, luego busca las relaciones entre el numero Dos y la cloaca del poder. ¿Hay cloaca?

Si.

 

 

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